Insectos en el Véneto: el vaporetto
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El vaporetto.

 

Viajes largos. Seguiría horas y horas por una Venecia que se estira a lo largo del océano y que no tiene fin, ninguno. El Canal Grande se muerde la cola y el carrusel prosigue su marcha, sin detenerse, por la noche también, en invierno. Lentitud en las curvas, que se hicieron precisamente para ignorar lo vertiginoso. La ciudad renuncia a cambiarse de fachada. Por el día, siempre, como si mi percepción fuera la de todos los viajeros pasados, la de aquellos que nunca vinieron. Menos mal que el motor hace ruido, sobre todo cuando se invierte. De otro modo tendría la sensación de ser un espectro indefinido, un personaje del sueño de un advenedizo, el héroe del relato no escrito. Ruido. Vibración. Y se superponen en mi plaza de proa todos los que quedaron cautivados por la sinuosidad. La curva. El viaje es largo y quien afirme que el tiempo corre, en este lugar o en otros, miente.

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Antonio

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