Insectos en el Véneto: de espaldas
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De espaldas…

 

De espaldas a la villa Barbero, en Maser. Estatuas en el paseo de entrada, formación simétrica. Mato, sin pensarlo, a un pequeño insecto, un gesto más deleznable que incendiar la mansión entera, con sus frescos. Tolerar las picaduras, darles de comer, como hacen esas figuras de piedra que regalan alimento mineral. El campo, allí abajo. La gente se estará deslizando en el interior. Se oyen risas, las ventanas abiertas. No cabe duda de que el objeto de las zapatillas de trapo es provocar la hilaridad, y no evitar que se estropee el embaldosado. Qué amables. ¿Sentirán emoción al contemplar los frescos? Pobre de aquel nuevo ateo que ponga en entredicho la calidad de las obras. Sí, son espléndidas, a pesar de la dudosa utilidad, de su ligereza, de su ubicación en los aposentos de los expoliadores. Hablan a mi lado y el eco hace trabajar al otro oído, como en un sortilegio. Una carretera de automóviles cruza la hacienda por la mitad. Hay caras de piedra que se asoman en los muros, sobre los arcos de los aleros, bajo los palomares. Voltean las campanas en una torre cercana y el ruido se expande. Acaba de cruzar una ínfima araña delante de la punta de este bolígrafo, sobre el papal, estupendo. Y este detalle es más reseñable que todas las obras de Palladio y de Veronés juntas, personajes ya muertos, conciencias ya extinguidas. Como la araña. Queda en el cuaderno un surco de sus entrañas recién aplastadas.

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Antonio

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