Insectos en el Véneto: una fiesta en el Ghetto
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Una fiesta en el Ghetto.

 

Estas viviendas humildes y apelotonadas sugieren estrechas relaciones de vecindad, los unos al corriente de las manías y costumbres de los otros. Casas de colores obscuros que se comban, innumerables ventanas superpuestas, tablas verdes, sin más, que se utilizan para clausurar los espacios cerrados. Escuchamos el sonido de un violín, no sé por qué me represento a una mujer anciana, extremadamente gorda, que interpreta la débil canción compuesta en un lugar remoto. Al fondo, la plaza del ghetto nuevo de Venecia. Esperábamos encontrarla desierta, débiles bombillas y movimiento imperceptible de árboles. Pero se celebra el último día de la fiesta del Partido Democrático de Izquierda. Qué sorpresa. Cuánta algarabía. Otros, o yo mismo hace poco, hubieran dado la vuelta, aturdidos por la no confirmación de las secuencias aprendidas. Adelante. Entremos. A la derecha, en un escenario de orquesta, el músico polifacético distribuye sus miembros sobre el teclado y el micrófono, como un malabarista. Números en el panel. Mesas comunales de madera, bancos, chiringuitos que venden fritangas, carnes a la brasa, pescados, vino y cerveza. Pedimos raciones, un canje desenvuelto. Bebemos. Las viejas de al lado, encantadas, nos explican el juego y nos miran de vez en cuando, sonriendo. Confraternizamos lentamente con los italianos que utilizan la misma mesa, mientras jugamos a una suerte de lotería colectiva. Tómbola. Tombolino. Reímos y tachamos números en un ambiente inolvidable, quizá porque estamos en Venecia, en la judería, de vacaciones, rodeados de italianos, y todo nos parece irrepetible. La novedad nos encandila. Tan similar a las que se desarrollan en España, en occidente. Hubiera sido mejor intercambiar miembros corporales con los habitantes inaccesibles de otros lugares. O no. Borrachos que repiten los números, que se tambalean y hacen reír, el alcoholismo forma parte de las costumbres. Hablamos con los comensales, despacio, derribando barreras por ambas partes, bebiendo, ofreciendo nuestro licor. Gentío. Y me siento bien, en este mundo ajeno, tan idéntico. La judería permanece abierta, en contra de la definición tradicional de su espacio urbano. Nos mezclamos. En cualquier parte se reproducen las fiestas con este vigor ancestral. La música del ambidiestro. Colorido. Ruido múltiple, alimentos. He de reconocer que la vida sencilla, las curvas del pensamiento domeñadas, las líneas extendidas, es muy tolerable.

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Antonio

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