Insectos en el Véneto: una cena compartida
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Una cena compartida.

 

Cenamos en una terraza, junto a un canal menor. Sombrillas ridículas. El propietario nos atosiga con su verborrea, tan convencido de regentar un establecimiento dignísimo. No es para tanto. Y nos obsequia con unas gotas de vino dulce. Los insectos, espías de otras percepciones, intrusos enviados para registrar nuestros pasos, se acercan atraídos por el calor. Sensores perfectos. ¿Cómo nos verán? ¿Qué imágenes retransmitirán a los receptores ilocalizables? Picaduras en los tobillos, en un segundo, asombrosa versatilidad. Mi sangre vuela rumbo a las probetas de los laboratorios de tecnología ahumana. ¿Servirá de algo? La cerveza en la jarra, la jarra ocupa más espacio que la ración de comida, la comida desaparece en unos bocados. Líquido. Pequeña embriaguez. Hablamos plácidamente. Nos rascamos a la vez y bromeamos con el destino de nuestra sangre. Reímos rememorando los sucesos y callamos para escuchar el zumbido de las alas. Son amigos. Les regalamos sangre. El líquido se trasvasa, del recipiente al estómago, del estómago a las venas, de las venas a los insectos que caen, ahítos, sobre la cerveza que les sepulta. Los bebemos. La sustancia digerida pasa a sus congéneres. Reímos. Comprendemos. Nos gusta jugar a ceder esencia, a despojarnos del instinto de combate. Mercados ambulantes. No defendernos de aquellos que se comportan como nosotros. Debemos parar la vorágine del giro. Carnaza fresca a vuestra disposición, de verdad. ¿Qué es la supervivencia?

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Antonio

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