Insectos en el Véneto: la siesta
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La siesta.

 

Volvemos a Marghera, acuciados por el hambre. Merendamos huevos fritos con panceta, ensalada, queso. Manjares sencillos y deliciosos que desaparecen. Limo. Antes de salir y de tomar el autobús, una siesta. Nos tumbamos. Los dos. Nos hundimos en el mismo pozo de abrazos y reconocimientos, las córneas transparentes, los poros festivos. No quería dormir, pero me doy cuenta de que el sueño se acerca, silbando cada vez más fuerte. Por el momento, ella dormida, nada mejor puedo hacer que dejarme vencer por esta sensación voluptuosa que se produce ahora mismo, mientras escribo que escribo. Definitivamente, me ha ganado la inmediatez. Me resisto, aunque sé que terminaré por dejar el rotulador azul sobre la mesilla de noche, marrón, claro, marrón. Letras negras en el futuro. O incoloras. Bostezo. ¿Cómo es posible que pierda la conciencia así, en unos minutos? Si me dijeran que no voy a despertar, quizás cedería igual de contento. Puede que algún sueño sorprendente sea digno de anotar. Ahora, la velocidad remite, la concentración se desvanece, podría anotar cualquier palabra, espejo, llanura, ruido, la velocidad remite, sí, la letra se torna ilegible, ilegible…

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Antonio

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