El campo de trabajo n. º 3: viajes al Cáucaso
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Fueron unos viajes inolvidables, es cierto, pero no solamente por la posibilidad que me brindaron de conocer aquella remota región, de entablar amistad con camaradas soviéticos, sino también porque vinieron a determinar mi destino de una manera que entonces, acodado a la barandilla de babor de un buque en el Mediterráneo y en el mar Negro, visitando los campos de petróleo, no pude ni tan siquiera imaginar. ¿Cómo podría haberlo imaginado, si nada malo hice, si todos mis desvelos iban encaminados a recabar información para el progreso de mi país? Pero el 4 de octubre de 1937 tres esbirros del SIM, el Servicio de Investigación Militar, el órgano de represión política y de persecución de disidentes ideológicos y enemigos del comunismo, se presentaron inopinadamente en las oficinas de la CAMPSA. Con suma corrección y cinismo me dijeron que querían hacerme unas preguntas, que sería un trámite que apenas me ocuparía un par de horas. Primero, me llevaron a las instalaciones que tenían en el Pueblo Español, donde me sometieron a interrogatorio, preguntándome por mis actividades en la URSS en los diferentes viajes que había hecho, preguntándome por mis actividades supuestamente clandestinas, según ellos de sabotaje y espionaje dada mi condición de ingeniero encargado del proyecto de la nueva refinería, preguntándome sobre mis contactos con el enemigo, a quien, siempre según su versión, estaría pasando la información, preguntándome, finalmente, por una familia conocida de mis padres de Martorelles a la que había facilitado unos litros de gasolina.

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Antonio

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