El campo de trabajo n.º 3: espionaje
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Aún hoy, creo que todo se debió a la animadversión que me tenía otro ingeniero de la empresa, un tal Antonio Corominas, que nunca encajó bien el hecho de que me encargaran a mí los viajes y el estudio del proyecto de refinería en lugar de a él. Sin duda, también contribuyó a mi desgracia el hecho de que hubieran detenido, unos días antes, en Puigcerdá, cerca de la frontera francesa, tan cerca de su objetivo, el coche de la familia Valls en su huída hacia el país vecino. Eusebio Valls, el anciano patriarca del clan, imagino que entre amenazas y torturas, confesó que yo les había proporcionado el bidón de gasolina que les había permitido emprender su huida. Me acusaban, entonces, de desafección al régimen por haber auxiliado en su huída a unos fascistas y de labores de espionaje a favor del enemigo. Nada menos. Era algo muy grave. Mi vida estaba en peligro. A aquellos hombres no les temblaba la voz. Parecían determinados a meterme en la cárcel. Por todo ello, y sin que sirvieran de nada mis irreprochables años de servicio en la CAMPSA, sin que se me permitiera contratar un abogado, sin que se presentaran pruebas concluyentes de mis actividades de espionaje excepto las denuncias anónimas que esgrimía el fiscal en el juicio, el Tribunal de Espionaje y Alta Traición de Cataluña, en un tiempo record, dictó sentencia condenándome a seis años de reclusión.

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Antonio

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