El campo de trabajo n.º 3: Prisión Modelo
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Estoy convencido que todo fue una patraña de mis enemigos en la empresa para hundirme. Es cierto que facilité la gasolina a los Valls. Era una familia conservadora que nada malo había hecho, refugiada en su masía cerca de Martorelles, que veía cómo el paso de los meses les ponía en mayor peligro dado el fanatismo que imperaba en el ambiente. Por eso les di el bidón de gasolina, para que se marcharan a Francia en el coche que tenían escondido. Sin embargo, los detuvieron a unos pocos kilómetros de la frontera, y no puedo reprochar al viejo Eusebio Valls que confesara quién le había facilitado el combustible. Eran dos delitos graves, el auxilio al enemigo y el espionaje, aunque los Valls no fueran realmente enemigos de nadie y a mí jamás se me hubiera ocurrido la posibilidad de vender información al otro bando de la contienda. Lo cierto es que me enviaron, en primer lugar, al barco prisión “Uruguay”, anclado en el puerto de Barcelona, abarrotado de presos de toda condición. Apenas entraba un rayo de luz por los ojos de buey de aquel buque que fue mi primera cárcel. Allí estaba la ciudad, Barcelona, tan cerca y tan lejos, unos cientos de metros más allá, a donde pensaba que nunca más regresaría. Sin embargo, sí que regresé, pues me trasladaron a la Modelo unas semanas más tarde. La Modelo, aunque parezca mentira, era un destino de privilegio para cualquier prisionero en aquella época, ya que allí se respiraba cierto aire de tranquilidad debido a que la política carcelaria no estaba en manos del SIM sino de funcionarios de la Generalitat.

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Antonio

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