El campo de trabajo n. º 3: la herida
foto-relato

Uno de ellos, un individuo pequeño y fibroso al que llamaban “el lobo feroz”, se cebó especialmente conmigo, dada mi condición de intelectual fascista, como ellos decían. El día 7 de agosto de 1938, estando cavando las trincheras a unos tres kilómetros de Els Omells, y sin venir a cuento, solo porque mi forma de trabajar le parecía impropia de un obrero revolucionario, me asestó un tremendo golpe con su “pirrossa” en una pierna. Sí, aquel salvaje me hirió profundamente en mi pierna derecha con su garrote, dejándome una herida de muy mal aspecto que nadie osó curar, a pesar de lo cual tenía que levantarme como todos a las seis de la madrugada, acudir a la zona de excavaciones después de un magro desayuno a base de café de cebada y un chusco de pan, deslomarme toda la mañana entre gritos y más golpes hasta la hora de la comida que consistía en una sopa aguada de legumbre, continuar con la faena por la tarde quemado por el sol y el agotamiento, regresar hasta la iglesia donde nos metían para dormir, tragar otra vez la nauseabunda sopa de legumbre con la sola esperanza de sobrevivir y disponerme a dormir, entre otros cientos de presos tan asustados como yo, en aquellas noches de calor infernal, entre piojos, chinches y pulgas que se alimentaban de nuestra sangre. La herida, que no me eximió de seguir acudiendo al tajo ni me permitió refugiarme en la casa del pueblo que habían habilitado como hospital, otro de los muchos eufemismos del campo, fue empeorando día a día, a ojos vistas, hasta que comenzó a despedir un olor nauseabundo que indicó sin lugar a dudas que se había gangrenado.

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Antonio

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