El campo de trabajo n.º 3: recuerdos
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Fui consciente de que mi fin estaba próximo, si no por la gangrena que subía por mi extremidad, sí por la desesperación que me invadía, o por las veleidades suicidas que me desvelaban, o por el odio que acumulaban los vigilantes como si fueran baterías y que luego descargaron sobre mí sin ningún atisbo de piedad. Allí, en la iglesia, tumbado medio desnudo junto a otros cuerpos malolientes de compañeros de cautiverio, incapaz de conciliar el sueño a pesar del agotamiento, me venían a la cabeza los recuerdos de mi vida pasada, las excursiones veraniegas con mi mujer por las sierras de alrededor de Martorelles, boscosas y frescas, por donde tanto nos gustaba pasear, las escapadas de domingo a las playas del Maresme para zambullirnos en el mar y nadar un rato, la vida incluso relajada que llevábamos en la Barcelona de los años 30, antes de la guerra civil, en aquella República que tanto nos había entusiasmado en un principio y que tanto nos iba a defraudar con el paso de los años. Pensaba en mis padres, a quienes veía sufriendo segundo a segundo la incertidumbre que les causaba no tener ninguna noticia del paradero de su hijo desde que se lo llevaron de la Modelo. Pensaba en mi hermana, mi cuñado y mis sobrinos y los sobresaltos que debían sentir por las noches cuando un ruido les despertaba o alguien, por casualidad, llamaba a la puerta a una hora intempestiva. Y pensaba en mis hijos, tan pequeños todavía, quizá Luis, con sus ocho años, sí sería capaz de recordar la cara de su padre y de comprender la angustia que reflejaba día tras día el rostro de su madre, puede que también Pascual, con sus cinco años, sintiera algo parecido, o al menos una ausencia indefinida que perturbaba la vida diaria, pero Alfonso, el pequeño, con sus tres añitos, de eso estaba seguro en aquellas noches insomnes, ni siquiera sería capaz de recordar la cara y la complexión física de quien una vez había sido su padre, tampoco su manera de ser, su estar en el mundo, nada de nada. Olvido de su padre, cuánta tristeza. Así pasaban mis últimas horas, entre el dolor de la pierna gangrenada y ese otro peor que corroía mi alma.

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Antonio

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