El campo de trabajo n.º 3: ejecución
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Así pasaban los días, entre sufrimientos y añoranzas, hasta que me llegó la hora. Fue el 30 de agosto de 1938. Como todos los días, nos habían levantado a gritos y garrotazos a las seis de la mañana. No pude tragarme la bazofia del desayuno, ya resignado a un final que veía demasiado próximo. Salimos de Els Omells a las siete de la mañana, tenían que ayudarme entre dos presos para poder caminar, mi pierna convertida ya en una masa tumefacta e informe debajo de los harapos que me vestían. A dos kilómetros del pueblo, en el camino de Senan, antes de llegar al collado de la Dona Morta, me cogieron “el lobo feroz” y otro guarda y me sacaron de la formación. Supongo que ya lo sabía, que conocía mi destino, que lo aceptaba, que deseaba dejar de sufrir a pesar de todo. Me arrastraron unos metros entre las piedras de un campo inculto y esperaron fumándose unos pitillos hasta que el resto de la columna de presos se hubo alejado. No querían testigos, aunque todos, en la formación, sabían lo que iba a pasar. Luego, me hicieron cavar mi propia sepultura con la pala con que cada día cavaba sus trincheras.

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Antonio

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