El campo de trabajo n.º 3: nada (final)
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Esos son los peores minutos de la vida de un hombre, un hombre enfermo y dolorido, agotado, que se ve en la obligación de cavar su sepultura, palada a palada, consumiendo sus últimos minutos de vida con una extraña mezcla de sentimientos, indignación, dolor, alegría por el inminente final de las penalidades. La confusión máxima en la cabeza. La tortura máxima a la que un hombre puede ser sometido. No fue muy profunda, mi sepultura, no me quedaban fuerzas, quizá algún día salgan de la tierra, como ballenas a la superficie para respirar, mis huesos descarnados. Más tarde, impasible, como quien dispara a un gorrión o a una lata, “el lobo feroz” apuntó con su “naranjero” en mi vientre y disparó. Todavía sentía un dolor infinito en mis tripas mientas aquellos animales iban echando paladas de tierra sobre mi cuerpo. Debí morir asfixiado unos minutos después, aunque esto no lo recuerdo. Y esta es la verdad. Ninguna prueba queda de ella, no hay fotografías de mi cautiverio, de mi ejecución, tampoco de mi tumba anónima en los campos de aquel pueblo. Nadie supo de mí ni de mi destino, los demás compañeros fueron también ejecutados o liberados al final de la guerra sin que nadie les preguntara nada. Ninguna investigación intentó arrojar algo de luz acerca de aquel espinoso asunto de los campos de trabajo. Nada de nada.

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Antonio

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