El viaje falso: Montecarlo
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Luego nuestro viaje falso continuaría hasta Montecarlo, donde visitaríamos el casino. Flora reía sentada sobre el sofá, siempre tratando de controlar los ruidos, tan hermosa como era, allí, en ropa interior, que no le podía quitar los ojos de encima. Se reía y hablaba, inventaba detalles, que si el palacio era un edificio demasiado majestuoso, que si debía encerrar muchísimos recuerdos de generaciones pasadas, aunque en el fondo nos debía decepcionar, decía, pues no se veían vestidos largos y lujosos, ni joyas, en realidad es que no se veía mucha gente. Si alguien nos preguntaba, deberíamos decirle las dos lo mismo, que no llegamos a jugar por desconfianza, pues estábamos convencidas de que en los casinos todo estaba preparado para que los clientes perdieran. Su capacidad de inventiva no tenía fin, así como la información que había recopilado gracias a la narración de su amiga y a las guías que había comprado, la Michelin, para Francia, y la Touring, para Italia. Convinimos que habíamos recorrido el pequeño país de Mónaco por las tres carreteras que tenía, la primera junto al mar, la segunda a media montaña y la tercera por lo alto. A nosotras nos parecería más hermosa la segunda, pues se divisaba todo el paisaje ya que la tercera se adentraba en tierra y se perdía la vista del mar, según explicaba la guía.

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Antonio

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