El viaje falso: Lido
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Diríamos también que nunca se nos olvidaría el gentío que había por la Plaza de San Marcos y alrededores, que no se podía dar un paso sin pisar a un turista. Que de todas formas visitamos la Catedral, más hermosa por fuera que por dentro, la Torre del Reloj extraña y antiquísima, y otra torre todavía más alta a la que se subía en ascensor. Diríamos que habíamos tomado un refresco en la plaza de San Marcos, donde nos habían preguntado por nuestra nacionalidad y al servirnos nos habían tocado un chotis, delicadeza que acostumbraban a hacer por lo visto con el turismo pero que nos habían cobrado veinticinco pesetas por cada Coca-cola. ¿Y por qué no una visita al Lido en vaporeto? Flora estaba entusiasmada, hablaba y hablaba sentada en el sofá, me explicaba las cosas que le había contado su amiga de su estancia en Venecia y cómo había pasado algunos días en el Lido, que era, según ella, un rincón delicioso para los millonarios, todo un paraíso en limpieza, con una hermosa playa de arena fina. Así que convinimos en que nosotras también lo habíamos visitado, que nos habíamos puesto el bañador y pasado un día entero tomando el sol. Y como prueba, una foto nuestra en la playa del Saler. ¿Y si unos hombres habían intentado ligar con nosotras? Esa sí que fue una gran idea, dos apuestos caballeros italianos convidándonos a cenar en un restaurante lujoso del Lido, y a quienes nosotras habíamos rechazado.

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Antonio

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