El viaje falso: Dalia Campos (final)
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Lo cierto es que la última noche, a eso de las cuatro de la madrugada, cuando nadie se movía por las calles de nuestro barrio, nos fuimos Flora y yo a por el SEAT y regresamos al amanecer con toda la parafernalia de una llegada después de un largo viaje: aparcar, estirar las piernas y los brazos como agotadas del largo trayecto, acarrear unas maletas que nada pesaban y que nosotras arrastramos por la calle y escaleras arriba, entrar haciendo todo el ruido posible, abrir las ventanas de par en par para que la casa se ventilara después de tantos días de ausencia, cuando la realidad es que debía ventilarse de nuestros olores después de tantos días de encierro. Es cierto que nos dio tiempo más que de sobra para conocernos, para hacernos tantas confidencias y amarnos tan apasionadamente, se puede decir que nuestra relación comenzó en esos días con tan buen pie y ya nunca más nos separamos. Semanas después de nuestro viaje inventado y después de explicar los detalles a nuestras respectivas familias, anunciamos nuestra intención de vivir juntas, la experiencia había resultado positiva, la convivencia posible y de esa manera ahorraríamos gastos. Desde entonces, nuestra vida fue así, como una fiesta privada, porque había que actuar con sigilo en la Valencia de los años sesenta y setenta. Pero nos daba igual. De todo, del viaje falso por tierras de Francia y de Italia, de mi vida junto a Flora en nuestro apartamento de Valencia, queda el mejor recuerdo, aunque ella se marchara tan pronto, y sirvan estas palabras para expresarlo y para mandar un beso a mi amada Flora, esté donde esté, de parte de Dalia Campos.

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Antonio

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