La envidia: restaurant
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Y luego estaban los placeres de la buena mesa. Una llegaba a un restaurant y todo eran atenciones. “¿Tienen reserva los señores?” Los camareros siempre tan solícitos. Levantabas un dedo y ahí estaban, con la carta y la libreta de notas. Una de gambas a la plancha. Crevettes, decía Jean. Una de mejillones al vapor. Moules, aún me acuerdo. Unos pulpitos. Y la paella de marisco para dentro de un cuarto de hora. Y cerveza bien fresca. Y vino blanco con aguja, refrescante, burbujeante. El sol lo justo, ni mucho, ni poco. Al aire libre. Una pareja de buenos amigos, cuatro en total, más era multitud. Aquellos sabores que todavía recuerdo nítidamente. El sabor de la sal gorda sobre la piel de una gamba. Y chupar la cabeza de una crevette. El sabor a mar de un moule. Y el arroz meloso y calentito mezclándose en la tripa con el vino fresco. Una buena charla. Un pitillo entre plato y plato. La brisa del mar meciendo los cabellos. Hubiera vivido siempre así, comiendo paellas todos los días. Entonces, claro, mon mari se levantaba y me hacía una foto. Menos mal que me hacía fotos a todas horas. De lo contrario, me pregunto qué hubiera pasado con mis recuerdos. Se hubieran perdido. Nada del restaurant, nada de mi vida. Menos mal.

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Antonio

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