La envidia: aseo
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Y yo en casa haciéndome la toilette. Sí, es verdad, una de las cosas más placenteras que conocí era hacerme el aseo. Me encerraba en el baño, después de que Jean se fuera, y me pasaba un par de horas de reloj allí dentro. Me metía a las nueve de la mañana y así hasta las once. Primero un largo baño con espuma. Sales y jabones aromáticas. Cuarenta y cinco minutos de reloj dentro del agua caliente. Luego me embadurnaba de cremas. Lociones para el cuerpo. Cremas para la cara. Piedra pómez para los pies. Las uñas siempre bien arregladas. Y perfumes sofisticados. Largos ratos peinando mis cabellos, pintando los ojos, espolvoreando mi cara. La sensación de relajación era total. Y nunca tenía prisa, ya me preocupaba yo de quedar con las amigas más tarde de las doce. Luego escogía la ropa interior, siempre de primera calidad. Tener un mari francés dedicado a los negocios de importación tenía sus ventajas. Y el resto del vestuario, los vestidos vaporosos, las blusas a la moda, los trajes de chaqueta, los abrigos de piel. El cuerpo quedaba como cocido, blando, expectante, listo para cualquier aventura. Envuelto en materiales de primera calidad. Y una mujer así podía enfrentarse a la vida con garantías de éxito.

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Antonio

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