La envidia: fiesta
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Luego estaban las habitaciones de invitados. Y la cocina con su dormitorio de servicio. Esos eran los dominios de Felisa, la empleada que se encargaba de la limpieza, la compra y las comidas. No teníamos habitación para los niños. No nos hizo falta. No los tuvimos. Sin ellos, la vida era mucho más cómoda. Todo el dinero para nuestros gastos. Viajes. Lujos. Joyas. Eso de los hijos es un incordio. Bueno, a los hijos los suplían los amigos. La compañía ideal, claro. Estaban allí durante unas horas y luego se largaban. Mucho más cómodo, no se puede comparar. A los hijos hay que atenderlos siempre. A los amigos, a veces. Llegaban a las siete con sus sonrisas brillantes y unas botellas de licor. Llegaban y todo eran abrazos, besos y chistes. Fiesta. Lo bien que lo pasábamos en las fiestas que hacíamos. No escatimábamos en gastos. Buena comida, desde luego, fiambres, quesos de primera, patés. Vino blanco y champagne français. De eso se encargaba Jean. Y nos poníamos a beber y a cantar, era todo tan alegre, se contaban tantos chistes. Nos reíamos tanto. Jean se sabía muchos chistes franceses y era muy gracioso oír sus adaptaciones. Se pasaba un buen rato. Nos tirábamos confeti. Poníamos la casa hecha un asco, pero bueno, para eso estaba Felisa. Que se caía una copa, daba igual. Las risas eran continuas, de verdad. Luego nos íbamos de paseo, abrazados, tan contentos, por las calles tranquilas de la ciudad. Sí, una buena fiesta con amigos era realmente algo extraordinario.

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Antonio

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