La envidia: perro
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Lo que no podía soportar eran esas bebidas tan amargas que tomaban Jean y los demás hombres. Ginebra, coñac, eso no era lo mío. Pero el vino y el champagne, sí. Con dos o tres vasos las cosas empezaban a entonarse. Sobre todo si era de mañana, antes de comer. Una buena cata de vinos antes de comer abría el apetito. Sentías todo tu cuerpo vivo. La cabeza empezaba a girar, muy despacio, y la sonrisa se dibujaba en el rostro. ¡Cuánto me gustaba emborracharme! Y las tertulias con los amigos, sí. Una sobremesa agradable, con buen café y pasteles. Tengo mucha añoranza de las fiestas, de los amigos. Lo que daría yo por hacer una fiesta, aunque solamente fuera una. Lo que daría, incluso, por tener hijos molestos que lloran y lloran, aunque solo fuera eso. Lo que daría por recuperar a mis mascotas, a mis perros, que a veces pensaba que eran como hijos. Aquel perra que me trajo Jean una buena mañana, con lo bueno que era, que era como una persona, igual que una persona. Pero no me voy a poner triste. Mejor recordar las cosas buenas. Sí. Las fiestas que hacíamos y los vasos de buen vino que bebíamos. El sabor del vino. Recuerdo perfectamente el sabor del vino blanco, mi favorito. Cómo inundaba la boca. Cómo se esparcía por el paladar, cómo impregnaba la lengua. También me gustaba el rosado, por este orden, y luego el tinto. Y el champagne français, desde luego. Y moscatel, anís…

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Antonio

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