La envidia: playa (final)
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Y he dejado para el final lo mejor. La playa. Era mi destino favorito. Un fin de semana. Las vacaciones enteras. Escapadas de un día con alguna amiga. Allí, mecida por la brisa marina, expuesta a los rayos del sol. Allí, refrescada por el agua salada, calentada por la arena fina. Siempre llevábamos buena comida, buena bebida. Y buena compañía. Si era una cosa especial hacer el amor en el campo, todavía era más especial hacerlo junto al mar. O aunque estuviera sola. Miraba mi cuerpo bronceado y no me cansaba. Mis pies bronceados, qué bonitos eran mis pies. Mi vientre plano, los brazos con granos de arena. Me sentía cómoda en mi cuerpo. Tenía un cuerpo de primera. Y eso era lo que importaba de verdad, la carne. Sentir los órganos por dentro. Sentir la piel en contacto con el aire, con las cosas, con la piel de otra persona, la de mon mari, por ejemplo. Mirar mis pies descalzos y bronceados sobre la arena. Qué imagen tan bonita. Tocar mis muslos dentro del agua. Nadar sobre las olas. Tomar el sol tumbada, la mente en blanco, la vida derramándose por los poros. Lo demás, todo lo demás, es superfluo.

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Antonio

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