Prodigioso azar: calle Camp, 34
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La casa del número 34 de la calle Camp la compraron mis padres entera. Lo curioso es que allí vivía una inquilina, la señora Irene, que era tejedora, a quien tuvieron que respetar su contrato de alquiler y hacer un piso para ella, a su gusto, pues el edificio hubo de reformarse de arriba abajo. La distribución del inmueble quedó igual, y a ella se le reservó el piso de arriba, de más de cien metros cuadrados. Nosotros nos reservamos el primer piso, donde estaba nuestra casa, y la planta calle se alquiló como almacén. La idea de mis padres era que con el tiempo, después de la muerte de esa inquilina, nos harían pisos a nosotros en ese segundo, pero claro, luego eso nunca se llevó a cabo entre otras cosas porque siempre nos opusimos. Aquella inquilina no tenía hijos, ni sobrinos, ningún pariente, y al morir, hacia 1964, sin testar, todos sus ahorros, que no eran pocos, pues calculamos que tenía más dinero que todo lo que había costado el inmueble entero y su reforma, se los quedó La Caixa. Lo curioso del tema es que, cuando esta mujer ya era mayor y estaba impedida, la cuidaron unas hermanitas de la caridad, y sin embargo no les dejó ni siquiera una parte de su fortuna. También, se encontraron dentro de la casa unas ochenta mil pesetas en metálico, que no era poco. A la muerte de esta señora la casa se cerró, no se puso nunca en alquiler, todo lo más la utilizábamos nosotras para nuestras fiestas, solamente se quedaron los muebles y nuestros padres debieron deshacerse de todo lo demás, la ropa, los libros, lo que se acumula en un piso a lo largo de una vida.

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Antonio

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