Prodigioso azar: infartos
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Mi padre, a partir de 1989, cuando tenía setenta y dos años, tuvo varios infartos cerebrales, aunque ni él ni mi madre nos decían nada. Sin embargo, en una ocasión, conduciendo el coche por General Mitre y entrando, precisamente, en la calle Camp, sufrió uno de esos infartos y se empotraron contra un coche aparcado. Fue la señal de alarma para nosotras. Neus trabajaba en el Hospital del Mar, y sometimos a nuestro padre a toda la batería oportuna de pruebas. El diagnóstico fue obstrucción de las carótidas, una, al 100% y la otra, a un 80%, por lo que tuvieron que hacerle baipás de carótida, con tan mala fortuna que pasó un coágulo al cerebro y lo dejó afásico y sentado en una silla de ruedas, aunque nunca perdió la lucidez. No podía hablar ni escribir, no se podía comunicar con los demás, salvo algunos gestos simples que utilizaba para las cosas más elementales, como señalar que tenía hambre o frío, por ejemplo. Vivió diez años más, hasta los ochenta y dos, en unas circunstancias bastante dramáticas, haciendo siempre vida en casa, por lo que fue necesario emplear gente que ayudara a nuestra madre, una chica para las tareas domésticas, un señor encargado de levantar a mi padre y bañarlo, y otra chica para cubrir los fines de semana. Además, mi madre tenía también la movilidad reducida porque le habían sometido a una operación de columna. Cuando pasó todo esto yo me ofrecí para mudarme a la calle Camp y ocuparme de mis padres, pero entre mis dos hermanos me quitaron la idea de la cabeza, que, literalmente, habría significado una especie de enterramiento en vida, dedicada todo el tiempo al cuidado de dos personas impedidas.

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Antonio

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