El bucle: Mediterráneo
Bucle-mediterraneo

Hace dos horas que el buque navega por el Mediterráneo, sin percances, con clima benigno, a veinte nudos. Es mucho el tiempo libre que sobra tras la jornada, y las posibilidades de distracción demasiado limitadas. Películas de serie B en cintas de vídeo, campeonatos de mus y dominó, revistas sobadas, fumarse unos pitillos y beberse unas cervezas. Hoy se me ha presentado un tipo nuevo, un tal Julio. Un bisoño del mar. Debe rondar los treinta y cinco años, es huesudo, pálido de tez, de facciones agradables y rostro sereno. Lo contrario de la imagen tópica del marinero surcado de arrugas, el de torso lleno de tatuajes y aliento a ron. Solo quiere hablar conmigo, se ha fijado en mí mientras comíamos. Dice que me ha visto nervioso, que mis ojos vagaban de un lado a otro del comedor, como si temiera que las paredes se me echaran encima. Él es marinero desde hace solo dos años. Lleva encima la cartilla de navegación, que me muestra lleno de orgullo, quizá esperando rellenarla con el paso de los años. Se convertirá, me dice, en el certificado de sus peripecias por los mares del mundo, el nombre de los buques, las fechas de embarque y desembarque.

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Antonio

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