El bucle: tormenta
Bucle-tormenta

El mar agitado a través del ojo de buey. Mis ojos se han fijado en las grandes olas que zarandean el buque, en la vasta superficie convulsa que me hace desear el naufragio y la nueva existencia en el medio acuoso. Pero mis deseos no se van a cumplir. La tormenta remite y la vida de a bordo recupera su ritmo, la faena, las charlas animadas de los marinos que salen de sus camarotes. Paso por la sala de recreo y veo caras aliviadas, casi eufóricas. Julio juega al mus. Su expresión ha cambiado radicalmente. Al parecer, el buque ha navegado por el límite de la borrasca, sin llegar a sufrir todos sus efectos. En el fondo yo también me alegro, aunque sólo sea por estos marinos que no merecen tan malos ratos. Julio se da cuenta de que comparto su animosidad, deja el juego y se sienta conmigo a beber en otra mesa. Me presenta a Ahmed, que ha embarcado en Tánger. Tiene las uñas ennegrecidas por la grasa. Ahmed cuenta la historia de un naufragio frente a las costas de Mauritania, cuando el mercante sufrió un golpe que desgarró su casco. Muchos se fueron al fondo atrapados en las dependencias. Él tuvo suerte, le dio tiempo de saltar.

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Antonio

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