El bucle: Tánger
Bucle-tanger

Hemos llegado a Tánger. Me hubiera gustado contemplar desde la cubierta las maniobras del buque en su entrada a puerto, pero me quede dormido junto a sus fotografías.  Es de noche y las farolas del muelle iluminan débilmente. Las etapas de la singladura se cubren según lo previsto. ¿Me quedaré también en el camarote? ¿Encerrado? Ya no existe la tragedia, a nadie le interesa, solo es cuestión de borrarla de la memoria, de relegarla a las estanterías, de merodear por los escenarios de la batalla como quien visita una exposición canina. El buque sigue amarrado al dique de descarga del puerto. En mi paseo por cubierta he contemplado Tánger, la ciudad vieja, los minaretes gallardos. Pero el paisaje no consigue sacarme del camarote, del pasado junto a ella que recorro con una sed indescriptible. Deseo que mi conocimiento de la realidad sea tan superficial como el de los marinos que desembarcan de noche, sin consentimiento pero con la complicidad de la guardia, y se emborrachan como mandan los cánones en las tabernas del centro.

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Antonio

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