Un día más con vida: opresión
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Tocaba irse a dormir, algo mosqueado por los pinchazos que no habían cesado durante todo el día. Y allí, tumbado sobre el colchón, a eso de la una de la madrugada, fue cuando lo sentí por primera vez: una opresión en el pecho que aumentaba y disminuía su intensidad. Me levanto, me voy al baño, me miro al espejo y pienso: “Esto no me puede estar pasando a mí”. Sí, eso pensé, no me lo podía creer, a mis 49 años recién cumplidos, que estuviera viviendo una experiencia de ese tipo, no quería admitirlo, no me veía en urgencias y sometido a pruebas, no me apetecía nada de nada. Ester dormía plácidamente y no quería despertarla, la pobre llevaba un mes de enero infernal de médicos, urgencias y hospitales con el infarto de su padre y la caída de su madre, así que no quise despertarla para decirle: “Cariño, siento una opresión en el pecho, creo que deberíamos ir a urgencias”. No lo hice, me bajé a la cocina, me hice una tila, me senté de nuevo ante la tele, afortunadamente Marca TV seguía con su noche de boxeo y me metí, además de la tila, un relajante Margarito versus Mosley, otro de esos combates que crean afición. Y así, noqueado por la tila, el boxeo y mi extraña experiencia me fui a dormir.

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Antonio

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