Un día más con vida: puñetera camilla
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Podéis imaginaros cómo iba mi cabeza en esos momentos. Sí, ese 31 de enero de 2011 sería inolvidable, ya me veía en mi nueva etapa de cardiópata Cardiel por tradición familiar, quizá un catéter, un extén, puede que me ingresen, etc., etc., amén de las reflexiones de signo existencial correspondientes, nada originales, puedo aseguraros, que si mis hijas, mi mujer, ese libro sobre boxeo que tengo a medias, qué poco somos, no somos nada, un día más con vida a lo Kapuscinski, y tal y cual. Todo un día sobre una puñetera camilla que debía medir 1,60 de largo por 50 de ancho y en la que no cabía (me río yo del protagonista de esa peli, Buried, o Enterrado, cuyo ataúd, comparado con mi camastro, parece la suite presidencial del Ritz), conectado a aparatos, toses en concierto interpretadas por la orquesta de la gripe estacional, ancianos a mi alrededor pues no hay que olvidar que son los mayores “beneficiarios” del servicio de urgencias… Eso sí, además de las Mires, también las enfermeras eran jovencitas, atractivas y amables, también los Mires y enfermeros del género masculino, yo creo que los deben someter a un casting antes de enviarles allí para animar a los pacientes, que por la vista entra todo. Incluso hubo una, muy diligente ella, que se empeñó en lavarme con una esponja, ya por la mañana, mi dolorida espalda. ¡Lástima que no se atreviera a seguir hacia abajo!

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Antonio

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