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Hace algunos años compré en los Encantes de Barcelona un álbum de fotos perteneciente a la familia García-Oliván, que emigró a Panamá en 1931. En él se recogen las fotos que hicieron en Centroamérica hasta 1945 y que fueron enviando a Barcelona, para que la familia tuviera constancia de la vida en Colón. Son fotos que documentan la vida cotidiana de la familia, el viaje a Panamá de Juan Francisco García y Adela Oliván de García, el nacimiento y crecimiento de sus hijos Hortensia, Pilar y Lorenzo García Oliván, las excursiones y los viajes, las celebraciones, las fotos que reflejan el paso de los años… Imagino que mucho tiempo después la propietaria del álbum, madre de Juan Francisco, o quien estuviera en posesión del álbum, debió morir. Sin embargo, y aunque parezca extraño, sus pertenencias fueron a parar a los Encantes, los muebles, los libros, la ropa, el aguar doméstico… Y este álbum que nadie quiso conservar, o que simplemente se extravió entre otras cosas y que se puso a la venta en un puesto del rastro barcelonés. La memoria perdida, el recuerdo de los momentos felices del pasado olvidado, ahora en manos de un extraño que conjetura sobre el significado del álbum, el álbum de la felicidad extraviada.

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14-febrero-1931. Magallanes. Trayecto entre Curaçao y Puerto Colombia. Adela Oliván de García.”

Las fotos están escritas al dorso, con caligrafía pulcra y meticulosa, por lo que reproduzco entre comillas esas frases.

En la foto se ve a una joven y sonriente Adela Oliván de García, la esposa de Juan Francisco, el fotógrafo casi siempre de los recuerdos familiares, con un libro entre las manos, sentada en una butaca en la cubierta del buque Magallanes. Curaçao es una pequeña isla frente a las costas de Venezuela, perteneciente a las llamadas Antillas Neerlandesas, cuya capital es Willemstad, o Ciudad Guillermo. Puerto Colombia está junto a Barranquilla. Son las etapas que cubrían los transatlánticos en su ruta hasta América Central. Al parecer, ellos emigraron a Panamá por motivos laborales, de recién casados, instalándose en Colón y creando allí su familia.

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Juan Francisco García. Panamá. Colón. 1931”.

Juan Francisco sentado en una mecedora, en la terraza de su vivienda en Colón, sonriente, de aspecto lozano. Viste impecablemente, va peinado con corrección, se le ve relajado y contento. Me lo imagino pulcro, ordenado, casi obsesivo, muy correcto, educado y algo autoritario. Su sonrisa delata, quizá, la buena posición que ocupa gracias a su puesto de trabajo, que imagino algo tenía que ver con el Canal de Panamá y las esclusas de Gatún, cerca de Colón. Debió ser un buen trabajador, un empleado constante y poco díscolo, que enseguida escaló puestos en el escalafón de su empresa. Luego, en fotos de 1945, se le verá muy cambiado, en tan solo 14 años pasa de la juventud a la vejez. Ahora debe llevar muchos años enterrado.

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Adela Oliván de García. 1931. Colón.”

La señora de García está sentada sobre la misma mecedora que ocupaba su marido en la foto anterior. Han intercambiado puesto y función de fotógrafo. Parece una vivienda de apartamentos. Adela sonríe forzadamente o sin naturalidad. Está embarazada de su primera hija, se le nota el bulto en el vientre, sobre el que enlaza las manos. Lleva reloj de pulsera, brazalete, medalla en cadena. Cambia el modelo de traje y los zapatos en las fotos. Un nivel de vida alto, en consonancia con el país de acogida, Panamá, próspera república en las esfera de influencia de los EEUU (multinacionales, Canal, ferrocarril…). Quizá el origen de la pareja fue modesto, nadie emigra por gusto. La colocación de Juan Francisco en Panamá quiere decir que no tenía nada mejor en España o al menos que le tentaron los altos salarios de la zona, alentado quizá por la idea del retorno una vez acumulado el suficiente capital. Y puede que las circunstancias les impidieran regresar cuando pretendían, debido a la Guerra Civil y a la Segunda Guerra Mundial, ya que el retorno se verificará hacia 1946. La estancia se prolongó y allí nacieron los tres hijos del matrimonio.

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Adela Oliván de García y Hortensia García Oliván. 1931. Panamá. Colón.”

Adela sostiene a Hortensia. Lleva vestido de flores, sortija, brazalete, medalla. Luce la sonrisa no natural de otras fotografías, el rostro cansado, la dolorosa recuperación después del parto. Quizá se le juntó todo a la vez, el matrimonio, la emigración, el viaje en vapor, quién sabe si el sexo y la concepción de su hija, el embarazo, la nueva vida en Colón, la casa, los vecinos, el parto… Las fechas coinciden. En la foto 1, a bordo del buque Magallanes, el 14 de febrero de 1931, día de los enamorados, el matrimonio está en luna de miel; más adelante, Hortensia nace el 6 de octubre de 1931; esta foto está tomada a finales de 1931. Quizá se quedó preñada en el camarote en el que hicieron la travesía. En todo caso, el nacimiento de Hortensia es un momento determinante en las vidas de la pareja. A los hijos se dedican la mayor parte de las fotos. La criatura empieza a crecer, los años van pasando. Hortensia, si vive, tendrá en la actualidad 78 años.

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“Estas fotografías de la niña son todas hechas con exposición, por ser hechas en tiempo de la caída de la tarde. La niña en todas está movida. Adela está gordita, y el semblante que con estas fotografías aparece es tal como ella es al natural.

Adela Oliván de García y Hortensia García Oliván. 1932. Panamá. Colón.”

Juan Francisco es quien anota las fotografías y quien las toma. Efectivamente, la niña aparece movida, como un espectro. Sesión vespertina. Cierta preocupación por los encuadres y escenarios, por los problemas de exposición. A Juan Francisco le interesaba la fotografía, además de que era el instrumento ideal para hacer partícipes de su vida de emigrante a sus parientes en Barcelona. Es posible que de cada sesión fotográfica se mandaran copias a las familias, además de las que engrosan el álbum familiar. En aquellos años, allá por 1930, comenzó el dilatado proceso de vulgarización de las técnicas fotográficas, tan corrientes hoy en día. Entonces, todo era más novedoso, se comenzaban a coleccionar los primeros álbumes. Hasta entonces, las fotos se hacían en los estudios de los profesionales y requerían otra actitud, una pose, una ceremonia. Cuando la cámara salió a la calle y empezó a registrar la vida cotidiana, incluso de personajes ajenos al fotógrafo, los que pasaban por allí, el signo de los tiempos comenzó a cambiar. Es como si la vida fuera perdiendo misterio, como si los recuerdos, reforzados por las instantáneas, fueran más banales, como si no hiciera falta ejercitar tanto la memoria. La foto documenta el tiempo, la imagen desplaza a las palabras. Echar un vistazo al propio álbum sustituye a una larga y agotadora sesión de introspección. Es más fácil, más dinámico, también más banal y superficial.

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Colón, 3 de julio de 1932. Hortensia a los 8 meses y 27 días.”

Juan Francisco sonríe con su hija en brazos. No hay muchas fotos suyas en el álbum. En parte porque las hacía él. Es curioso, pero la dedicación al papel de fotógrafo suele excluir la querencia a la pose, como si el individuo de detrás de la cámara rechazara colocarse delante, como si el hecho de escrutar por el visor fuera un acto unidireccional, como si al fotógrafo, testigo de la magia de la fotografía, de su carácter espectral, le repugnara ser fotografiado. En todo caso, y como conclusiones provisionales, las siguientes:

  1. Es Juan Francisco quien tomas la mayoría de las fotos y quien escribe al dorso las frases explicativas. Es un hombre tenaz, meticuloso, casi obsesivo, amante del orden, de la disciplina.

  2. Mantiene correspondencia con su familia de Barcelona, va mandando las fotos familiares, hay que tener en cuenta que los parientes no conocen a la niña. Además, es seguro que acompañaba las fotos de largas cartas.

  3. Disfrutan de un buen nivel de vida, pero sin exageraciones. Emigraron por motivos laborales.

  4. En Barcelona, es la propietaria del álbum y madre de Juan Francisco quien va coleccionando las fotos que le manda su hijo.

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“Colón, 3-7-932. Adela Oliván de García. Hortensia a los 8 meses y 27 días”.

Sesión en la galería del apartamento, los padres posan alternativamente con la niña. Imagino a Adela revisando las fotos. Quizá lo hacía en largas sesiones, subyugada por la magia del instante atrapado. Juan Francisco seleccionaba copias para su familia y las anotaba. Puede que Adela hiciera lo mismo para su familia, enviar sendas copias de los retratos para que sus padres y hermanos tuvieran, igualmente, prueba de la vida en Panamá. Entonces, debe de haber otro álbum similar en algún lado, sería curioso que se juntaran por azar, dos álbumes muy parecidos, con las mismas fotos del exilio en Panamá. Incluso un tercer álbum, el que coleccionaban Adela y Juan Francisco en Colón.

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Hortensia aparece en la terraza superior de la casa, de estreno, con gorro y todo. Hay una muñeca rechoncha, cráneo hinchado, gran barriga, piernas fofas, desnuda salvo por una banda de tela brillante anudada al pecho. La niña sentada en una mecedora infantil, la muñeca a la derecha con un brazo extendido como si sujetara la mecedora. Los padres del otro lado de la cámara. Quizá ya eran conscientes de la importancia del acto fotográfico, de hecho las fotos cruzaban el océano y llegaban a manos de los familiares, que así iban asistiendo al crecimiento de la niña. Apretaban el obturador por la necesidad de documentar un tiempo exclusivo que de esta manera volaba sobre el océano y era cedido a otras personas, partícipes también de ese tiempo no vivido. Es como si la fotografía, al congelar los segundos y los rostros, permitiera infinitas vidas simultáneas. De hecho, el que yo lucubre sobre la vida del matrimonio García Oliván, personas con seguridad ya muertas, demuestra que su empeño no fue un esfuerzo en vano, que de esta manera los personajes retratados adquieren un tramo más de vida, como una prórroga de la existencia, un tiempo extra fuera de sus propias conciencias, en la imaginación de un desconocido y de sus hipotéticos lectores, los visitantes de este blog.

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Hortensia en brazos de una amiga de la familia, o una vecina, quién sabe. Lo curioso de esta foto es que se ve la sombra del fotógrafo, la huella de su presencia, que así tiene doble virtualidad: por un lado, la visión que se inmortaliza sobre el papel es la que tuvo el fotógrafo en el instante de apretar sobre el obturador, cosa que le da presencia sobre el documento, aunque invisible; por otro, esa sombra proyectada sobre el suelo da corporeidad al fotógrafo, volumen, era un cuerpo que vivía en ese momento y reflejaba su sombra, tras el sol, sobre el pavimento. Y debía utilizar una cámara de aquellas que tenían el visor en la parte superior y que se colocaban junto al pecho, y no un modelo reflex como los que se popularizaron más adelante. De hecho, la introducción de la Leica hacia 1925 revolucionó el concepto de fotografía y empezaron a popularizarse las cámaras pequeñas para fotografía de exterior, a la vez que se perfeccionaban las emulsiones.

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Día de Reyes de 1932. Hortensia junto a sus juguetes, el árbol de Navidad profusamente adornado con los regalos al pie, un gato y un perro con correa, una muñeca mofletuda y con caperuza, un lobo con la lengua fuera, una pelota, un negrito, una gatita, un piano de niño. Navidades al sol del trópico. La colección de instantáneas aumenta y varía la percepción del tiempo. El álbum vacío, que poco a poco se va llenando, es como el cobijo de la vida que resta, el nicho de los segundos inmortalizados. Un álbum vacío de fotos es lo que queda de vida. ¿Hasta qué página se llenará? ¿Quién pegará la última foto del ya difunto? El álbum como objeto de unas implicaciones tremendas, tanto vacío como lleno. Lleno es el resumen de unas vidas, vacío, la incógnita del futuro.

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Día de Reyes de 1932. Otra vez la sombra del fotógrafo sobre el suelo, que parece una señora por el pelo, una amiga o vecina de Adela. El rostro de Adela parece una máscara, sus rasgos marcados entre la alegría y el dolor, la dentadura incompleta, las órbitas de los ojos tan marcadas y profundas, el cabello pegado al cráneo, bajo el sombrero. Una mujer de rostro singular que a veces se acerca a la belleza y a veces se aleja, quizá influida por los embarazos y los partos, quién sabe, por los abortos no documentados.

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Primera fotografía de Adela con su hija Pilar, nacida el día 11 de junio de 1933, y que debe tener unos tres meses de vida. La madre con semblante serio, sin ganas de ser retratada. Cierto gesto de resignación, no se siente favorecida. A la derecha, un brazo y parte del vestido de una niña, no desde luego Hortensia, que tiene dos años, quizá una vecinita. A Pilar tardaron más tiempo en hacerle fotos que a su hermana, es un comportamiento natural, como si las energías del fotógrafo aficionado se agotaran con la primogénita. Pilar posa casi siempre junto a su hermana, apenas tiene fotos exclusivas. A la vez, el protagonismo de Hortensia parcialmente eclipsado por su hermana. Más tarde, en 1945, llegará el varón a la familia y las niñas dejarán de salir en las fotos.

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Retrato, en la galería de la casa, de las dos niñas junto a un personaje que aparece en varias fotos del álbum y que bien podría ser una vecina o una asistenta. Es una mujer huesuda, de rostro extraño, poco agraciado, de piel morena. Nunca mira directamente a la cámara, lo que quizá se deba a cierto atavismo ante estos artilugios. Su imagen quedará atrapada en un pedazo e papel, viajará a un país lejano al otro lado del océano y quedará expuesta a las miradas de otros. Por otro lado, la cámara actúa como un filtro entre el fotógrafo y sus retratados. Las imágenes de los cuerpos y los rostros vuelan en fracciones infinitesimales hasta la emulsión que las fijará para siempre. Y el fotógrafo, amparado por la impunidad que le ofrece la cámara, ejecuta el instante con un gesto, una decisión entre varias posibles, una centésima entre millones, una milésima que se individualiza. Conciencia de que entre las personas se instalan las fotografías, esos filtros de la existencia que tanto difuminan la realidad.

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Retrato de grupo, puede que tomado en una fiesta de las niñas. Adela con sus hijas, que llevan gorrito, en primer término. Hortensia llora desconsoladamente. En total, hay catorce niños y niñas, de los cuales solo cuatro miran hacia el objetivo, los otros diez están completamente distraídos, ajenos al prodigio fotográfico. Cierta sensación de desasosiego cuando se repasan los rostros con una lupa. El sol da sobre las caras. Brazos y manos inermes, el gesto convulso de los niños que lloran, micro instantes captados y fijados sobre el papel. La foto debe ser de 1934, muchos de los que posan ya habrán muerto. El hecho de que catorce de los retratados sean niños refuerza el desasosiego. Pero, por otro lado, es una escena ordinaria, deben existir millones de fotos similares en el mundo, de todas las épocas, desde que a mediados del siglo XIX comenzó a vulgarizarse la fotografía. En suma, el álbum de los García Oliván no es nada extraordinario, son fotos corrientes, situaciones muy usuales, el nacimiento de los hijos, su crecimiento, los viajes y excursiones, a casa familiar… Pero en esto mismo reside la importancia del álbum, en su carácter universal, como el que cada uno va llenando a lo largo de los años. Esa nota de desasosiego impregna todas las fotografías, incluidas las que cada uno colecciona, un poco inconscientemente, como quien reúne piezas de un rompecabezas que solo con la muerte se completa.

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De izquierda a derecha, Adela Oliván de García con su hija Pilar en brazos, una mujer con Hortensia en brazos, un adolescente de miembros largos y Juan Francisco García con una funda de cámara sobre sus piernas. Detrás, clavado en la pared, un gran cartel en inglés de lo que parece un estadillo de personal y turnos de las esclusas de Gatún, cerca de Colón. Colón era entonces una ciudad pujante, con puerto y ferrocarril y boca de entrada del Canal de Panamá por el Atlántico. A partir de 1915, debió crecer al ritmo del tráfico marítimo del canal de Panamá. Es posible que Juan Francisco trabajara en el Canal, de historia agitada. En 1829 se hicieron las primeras mediciones para un proyecto ambicioso que uniera los océanos, ordenadas por Bolivar que a su vez había sido inspirado por Humbolt. En 1876 Lesseps fundó en París la Sociedad Civil Internacional del Canal Interoceánico, que comenzó las obras en 1886. Sin embargo, debido a la alta mortandad de los trabajadores, en su mayoría de raza negra, se fracasó en el empeño. Entones, tras algunas escaramuzas bélicas, Estados Unidos negoció con Colombia el tratado de Hay-Varilla, que se firmó en Washington el 18 de noviembre de 1903, y que supuso la independencia de la República de Panamá, reservándose los Estados Unidos el dominio sobre el trazado del Canal, de una franja de 10 millas de anchura a cada lado del mismo y sobre las ciudades de Panamá y Colón. Fue entonces cuando se terminaron las obras, inaugurándose el 15 de agosto de 1914, aunque el primer barco ya lo cruzó el 26 de septiembre de 1914. Desde entonces, Panamá ha sido un estado satélite de Estados Unidos.

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Un automóvil de la época, quizá un modelo de la Ford, con las puertas abiertas. Juan Francisco ocupa la plaza de piloto, ufano y serio. Además de otras dos personas, su mujer y sus hijas en el asiento trasero. ¿Ya había comprado un coche Juan Francisco? No le iba mal, ganaba un buen sueldo. El coche como símbolo de bienestar y de cierta distinción, ya en los años treinta, aunque Colón estaba bajo la influencia del modo de vida americano. Cámara de fotos, coche, ratos de ocio consagrados a hacer excursiones, más adelante viajes, restaurantes, pruebas de un desarrollo innegable, de corte americano, que con el tiempo se ha extendido por todo el mundo, como la manía de acumular fotografías de los instantes felices de la vida.

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Noviembre 1937”.

Las hermanas Hortensia y Pilar García Oliván en el jardín de la casa. No parecen especialmente contentas ni sonrientes. En España, la Guerra Civil estaba en pleno apogeo, lo que sin duda constituía motivo de angustia para Juan Francisco y Adela, que de alguna manera debía trasmitirse a las niñas. Desde Panamá, la guerra se vería algo distorsionada. Imagino las cartas enviadas desde Barcelona con las noticias sobre el conflicto, la preocupación por los parientes movilizados, los bombardeos sobre la ciudad, el racionamiento y la carestía.

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San Ramón, Costa Rica, septiembre de 1938. Adela Oliván de García, Hortensia García, Pilar García. Foto-Sport A31142, San José CR.”.

¿Hicieron un solo viaje a Costa Rica? La primera foto está fechada en septiembre de 1938. La última, en diciembre de 1939. Es un periodo muy largo de 16 meses. En todo caso, no hay ninguna foto de Colón entre las de Costa Rica, que van todas seguidas en el álbum. Además, cuando regresan a Colón, las fotos muestran otra casa diferente, no la de los primeros años, por lo que parece probable que se mudaran durante año y medio a Costa Rica. Por otro lado, todas estas fotos están rebeladas en un mismo establecimiento de San José de Costa Rica, la capital del país, “Foto Nueva Librería, G. López”. Por último, más adelante hay una foto de Hortensia con sus compañeras de clase en San José. Lo que parece definitivo. ¿O hicieron varios viajes? De hecho, no hay fotografías de una casa en San José, y sí de la casa de un amigo, Eugenio Madariaga, donde parece que se alojaron. Además, las fotos están fechadas en tres tramos distintos, entre septiembre de 1938 y enero de 1939, junio y julio de 1939 y diciembre de 1939. Puede que hicieran tres viajes. Luego hay una foto de la clínica del doctor Hernández, especialista en ginecología, en donde Adela fue operada en diciembre de 1939. Quizá se desplazaban para el tratamiento de Adela en la clínica, que fue operada en diciembre de 1939. Podrían aprovechar las estancias para hacer algo de turismo por San José y otras zonas del país. Por otro lado, al tener coche estos viajes, aunque largos, estaban a su alcance. Entre Colón y San José hay unos 800 kilómetros, una distancia importante, pero no imposible.

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San José de Costa Rica. Nuestra casa alojamiento de Eugenio Madariaga. Adela Oliván de García, Hortensia y Pilar García. Octubre 1938”.

Tesis de los tres viajes. Puede que en esta primera estancia, que parece la más larga, de septiembre de 1938 a enero de 1939, alquilaran la casa de Eugenio Madariaga. De hecho, las niñas salen retratadas varias veces, en noviembre de 1938, en el patio de la casa de Madariaga. De las mismas fechas es una foto donde las niñas aparecen retratadas con Nenona, que bien podría ser una sirvienta contratada para aliviar el trabajo de Adela en la casa, dado su estado de salud ante la operación en ciernes.

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San José de Costa Rica. Noviembre de 1938. Teatro Nacional. A la derecha las niñas Hortensia y Pilar García.”

Juan Francisco hace una serie de fotografías de edificios notables de la ciudad, el Teatro Nacional, el Gran Hotel Costa Rica, el monumento a Juan Fernández de Mora, el cine Raventós, el edificio de Correos y Telégrafos, el Club Unión, el Congreso y Secretaría de Gobernación, la Escuela de secundaria y la Junta de Educación, la estación del Norte… En un primer vistazo, parece que el interés exclusivo de Juan Francisco era la arquitectura, pero si se examinan las fotos con detenimiento y lupa se ve siempre a sus hijas al fondo del encuadre, empequeñecidas junto a los edificios. Aprovechaba la ocasión para retratar a la vez a sus hijas y a los monumentos más notables de la capital, esas diminutas figuras humanas casi indistinguibles debajo de las contundentes arquitecturas. Además, se ven detalles de la vida ciudadana, viandantes, automóviles. En esta foto en concreto, una madre y su hija cruzan la calle bajo la sombra de un paraguas.

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San José de Costa Rica. Noviembre de 1938. Gran Hotel de Costa Rica. Plaza y estatua de Fernández Mora. A la izquierda, en primer término, las niñas Hortensia y Pilar García.”

Las ventanas del hotel y los interiores oscuros de las habitaciones. Camareras de pisos ya muertas arreglando las habitaciones, cambiando las sábanas, limpiando la suciedad de los que durmieron, los pelos en el lavabo. Simultáneamente, en la plaza, se desarrolla una escena por entonces ya bastante común, un matrimonio pasea con sus hijas, el marido ordena a sus hijas posar ante la perspectiva del edificio y aprieta el obturador en el momento en el que una camarera de pisos se asoma a la ventana y queda también retratada, a su pesar. Ella es consciente del suceso, tiene cierto pánico a esas máquinas que atrapan la imagen y se retira algo asustada y compungida pensando que su imagen debe estar ya dentro de la cámara, sobre la emulsión, y que alguien la verá en un momento u otro y descubrirá su gesto de inquietud al retirarse.

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San José de Costa Rica, diciembre 1938. El Congreso y Secretaría de Gobernación. Avenida Central. En el lado izquierdo del edificio se ve a Hortensia y Pilar García.”

Más detalles de la vida urbana. Tres mujeres charlan en la esquina, cerca de donde están las niñas, un hombre camina por la calzada, otro por la acera, una mujer que lleva algo en las manos, un niño entre dos figuras más altas, siluetas, un coche, una motocicleta… Todos ajenos a la labor del fotógrafo. Ajenos también a estas notas tomadas setenta años después. Algo inaudito, que un individuo armado con una lupa haga conjeturas sobre las vidas de unos seres que ni lo pudieron imaginar.

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Los Cartagos. Provincia de Heredia, Costa Rica. 6/39. Finca del presidente León Cortés. Adela de García. Hortensia García. Pilar García.”

Es curioso, pero en las fotos tomadas en Costa Rica en los sucesivos viajes, o en la estancia prolongada, Juan Francisco no aparece ni una sola vez. Tesis del papel asumido por el fotógrafo. Quienes se dedican a las labores de fotógrafo son reacios a aparecer en las fotografías. Se asume un papel que luego resulta difícil de cambiar. Es como si el fotógrafo fuera el único consciente de la magia real de las fotos, circunstancia por la cual rechaza posar delante de la cámara impúdica. Es la persona que decide qué segundo quedará congelado, qué encuadre, qué paisaje, la gente, etc, todo congelado menos él mismo. ¿Y si todo es más prosaico? Simplemente, Juan Francisco es el encargado de manejar la cámara, ese juguete que se compraban los hombres para retratar a sus familias.

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Volcán Irazú. Provincia de Cartago, Costa Rica. 2 julio 1939. Adela de García. Nuestro carro.”

Matrícula 255. Una jornada de excursión admirando el paisaje de los alrededores de San José. Juan Francisco es quien maneja el automóvil y la cámara, no hay testimonio gráfico de su presencia en la excursión salvo por las notas que escribe en el dorso de las fotos y por la certeza de que se colocó tras la cámara para inmortalizar las escenas. La visión que tuvo el fotógrafo coincide con la visión del que ahora examina las fotografías. Lo que vio el fotógrafo a través del visor es lo que ahora vemos nosotros. Por eso inmortaliza su visión, algo más trascendente que salir dentro del encuadre.

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Volcán Irazú. Costa Rica. Junio 1939. Srta. Fernanda Bernabé. Adela de García y las niñas Hortensia y Pilar García.”

Excursión al volcán Irazú. El paisaje parece bastante desolado y el grupo posa sentado sobre un tronco caído. Como nota curiosa, Adela saca la lengua a la cámara, a Juan Francisco o a la posteridad, en un gesto inusual en ella. Parece realmente contenta, es probable que estuvieran bromeando. Primera y única vez que sale así, ella que solía posar sin gracia, como por obligación, con semblante serio, incluso entristecido. Pero puede que su talante fuera más optimista de lo que muestran las fotografías y que su seriedad al posar se debiera a que no le gustaban nada esos ingenios que absorbían la imagen y la fijaban sobre una cartulina.

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Volcán Irazú, Costa Rica, junio de 1939. Restaurant Casa Robert. Adela de García. Niñas Hortensia y Pilar García. Srta. Fernanda Bernabé.

El grupo posa ante el edificio. Sobre la puerta principal, un cartel muy simple, con letras negras sobre fondo blanco, con la palabra “Restaurant”. A la izquierda del encuadre, se ven de espaldas a una mujer con vestido blanco y a una niña también de blanco. El detalle insignificante. Ni el mismo fotógrafo fue consciente de que captaba esa escena sin importancia, una madre con su hija caminando junto a la fachada lateral de un restaurante cercano al volcán Irazú, en Costa Rica, en junio de 1939, la conversación banal, la hierba que pisaban. Microinstante ínfimo de la existencia de unos seres anónimos y ahora también fallecidos. Gente muerta, recuerdos inexistentes. Pero quizá acababa de ocurrir algo trascendente. Adoptar el papel de los retratados por azar y convertir ese momento en apariencia anodino en la clave de la existencia.

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Grecia, Costa Rica, 16 julio 1939. Parroquia, parque y templete.”.

En el ángulo inferior derecho hay un niño que se asoma al tiempo en que Juan Francisco toma la fotografía. ¿Estará vivo? Causa inquietud pensar en ello, los niños, setenta años después, puede que todavía sobrevivan y sean ancianos sin memoria, o con memoria acentuada. A lo mejor ese anciano costarricense recuerda la tarde de verano festiva en el parque de Grecia y al señor que hacía fotos y que le gritó por ponerse en medio. Puede que coexistan recuerdos y pensamientos sobre los mismos sucesos y que nunca se sepa. En un mismo instante, alguien recuerda algo que un desconocido ve en una foto perdida. El microsegundo atrapado en la cartulina revive en dos puntos de la tierra a la vez.

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Naranjo, Costa Rica, 16 julio 1939. Procesión paso del Santísimo.”

Gente en procesión. Se ven muchachas vestidas de blanco, mujeres de negro, hay un grupo de fieles arrodillados a la vera del camino, alguien lleva un paraguas para protegerse del sol, un rostro de policía con gorra reglamentaria y chaqueta abotonada, personas que llevan incensarios, palmas… Cuerpos congelados en la instantánea. La fotografía abarca a los que posan voluntariamente y a los que pasaban por el lugar, al fondo del encuadre, ajenos al proceder del fotógrafo. Además de los retratos deliberados, cada individuo ha debido salir en su vida en innumerables fotos sin darse cuenta, entrando en el campo focal e una cámara. ¿Sería posible reunir todas las fotos donde sale un humano sin querer, ese registro inconsciente de la vida?

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San José de Costa Rica, diciembre 1939. El edificio para oficinas de Aduana y otros, del aeropuerto Nacional en La Sabana al final del paseo de Colón. En primer término las niñas Hortensia y Pilar García.”

Las niñas aparecen cegadas por el sol y protegiéndose los ojos con sus manos. ¿Qué recuerdo, si viven todavía, guardarán ellas de las fotos que les hacía su padre, tan tenaz, y del mismo viaje o viajes a Costa Rica? Entonces, tenían 7 y 5 años. ¿Ayudarían las fotos a refrescar su memoria? Aunque las fotos puedan ocasionar un efecto contrario al deseado y llegar a provocar el olvido. De hecho, las escenas del pasado retratadas pasan deprisa ante los ojos, cuando alguien ojea su álbum, casi sin ejercitar la memoria, para eso ya están las fotografías. La fotografía sustituye a la memoria y acrecienta el olvido.

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“San José de Costa Rica, diciembre 1939. Pista del aeródromo nacional mirando hacia el norte, lado del volcán Poas. En primer término las niñas Hortensia y Pilar García.”

Desconcierta ver las pequeñas figuras de las niñas ante la pista interminable del aeródromo. Al fondo, se intuye la cadena montañosa de la Cordillera Central que abarca desde el volcán Turrialba al Poas, y cuyo punto culminante es el Irazú, con 3353 metros. En 1723 el Irazú sufrió una erupción que duró varios días y que destruyó la ciudad de Cartago. En 1841 otra erupción causó parecidos estragos. En 1910 tenía 5731 habitantes, antes de un terremoto también devastador. Hacia 1938 se había recuperado de nuevo y contaba con 94247 habitantes. Una historia cíclica de catástrofes.

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“San José de Costa Rica, diciembre 1939. Clínica del doctor Hernández, en calle 5ª, entre avenidas 5ª y 6ª, a 25 varas del parque de Morazán, en donde fue operada Adela siendo su cuarto el de las dos ventanas superiores de la torre de la izquierda del edificio.”

¿Fueron a Costa Rica para la operación? ¿O les sorprendió la urgencia quirúrgica en su viaje, en uno de sus viajes? ¿Qué enfermedad padecía Adela? ¿Sufrió un accidente? Puede que fuera algo relacionado con la ginecología, un embarazo que terminara prematuramente en aborto, un tratamiento primitivo de fertilidad. En busca del anhelado varón. De hecho, tengo referencias de un doctor Hernández de Centroamérica que perfeccionó sus conocimientos y técnicas en el extranjero y que abrió clínica ginecológica en Costa Rica. ¿Era el mismo? En todo caso, es la única vez en el álbum que una foto, aunque indirectamente, retrata el dolor. ¿Debemos suponer que Adela estaba todavía ingresada? Juan Francisco bajó un momento para fotografiar la fachada de la clínica. Y es de suponer que la operación fue un éxito, sino no se explicaría esta foto, ni las sucesivas. Recuerdos del dolor detrás de una ventana cerrada, eso es todo a lo que llega la fotografía de aficionado. ¿Un primer plano de Adela sobre el lecho, el gesto contraído, una mueca de sufrimiento?

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El crecimiento de las niñas. Pasando las páginas del álbum se asiste a una vida acelerada, los pequeños cuerpos van creciendo, los padres envejeciendo a marchas forzadas. Es cuestión de perspectiva, en todo caso la vida es un suspiro, es como pasar páginas de un álbum, páginas numeradas, limitadas, situaciones tipo, nacimiento, enfermedad, ocio, trabajo, viajes, muerte. Un álbum cualquiera podría ser el álbum de cualquier persona. Cambian las caras, algo las personalidades, pero todos estamos sometidos a las mismas fuerzas incontrolables, el paso del tiempo, la decrepitud, los acontecimientos vitales dignos de figurar en una antología del género.

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“Febrero 1942”.

La familia García come en un restaurante. Los cuatro miran a la cámara. Supongo que un camarero u otro cliente les hizo el favor y tomó la fotografía. Al menos se aprecian doce mesas más, algunas desocupadas. Un hombre corpulento y solitario bebe agua de su copa detrás de Adela. Luego se ve a otro comensal que agacha la cabeza como si estuviera leyendo un periódico que ha dejado sobre el mantel. Al fondo, dos hombres más, uno que mira hacia el centro del comedor y otro que lle unas hojas, con el puño en la barbilla. A la izquierda del encuadre, un muchacho que parece atento a la escena de los García y el fotógrafo. Al fondo, se ven otros comensales, un anciano, dos niñas y dos mujeres. Y la puerta de acceso al comedor en el ángulo superior izquierdo, con una cortina. En la pared del comedor, un cuadro de dimensiones irrisorias flanqueado por otros dos de forma hexagonal con aplique encima.

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“Niñas Hortensia García (con patines) y Pilar García. A la izquierda de la fotografía, la entrada de la casa donde vivimos.”

Después de la estancia en Costa Rica, los García regresan a Colón y cambian de casa. Hortensia tiene ya 13 años y Pilar 11. Todo el mundo tiene su álbum de fotos, más o menos completo y mimado. Y las situaciones se repiten con insistencia. Hablar de estos álbumes es hacerlo al oído de media Humanidad, expuesta a extraviar su pasado de la misma forma que los García. Con el tiempo, el número de álbumes que existen ha ido creciendo, debe de haber millones, y por eso crecen también las posibilidades de extravío. No es incongruente vaticinar que muchos de esos álbumes cambiarán de manos, sean cuales sean las causas (muerte, mudanza, separación, desidia…) y que será posible adquirir la memoria ajena como quien compra libros de segunda mano, o cuadros, ropa, muebles. Será posible especular con la vida de los otros como quien practica un juego novedoso.

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“11/3/45. J. F. García y su hijito.”

Nacimiento del anhelado hijo varón, que acaparará las fotos hasta el final del álbum. Es el niño deseado, que se llevará con sus hermanas 14 y 12 años. Debió nacer a finales de 1944 o comienzos de 1945, por lo que en la actualidad tendrá 65 ó 66 años. El final de los sinsabores de la pareja, aunque les coja un poco mayores. El hijo tardano que viene a endulzar la madurez. La satisfacción de Juan Francisco. Pronto regresarán a Barcelona, en plena posguerra, a iniciar una nueva vida. Sin embargo, para el pequeño Lorenzo el periodo de estancia en Panamá debió dejar poca huella, salvo por estas fotografías que ya no tiene.

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“11/3/45. Adela de García y su hijito.”

Adela, aunque madura, da impresión de mayor vitalidad, lo contrario que en otras fotos. Ella también deseaba con todas sus fuerzas el nacimiento del varón. Es la última foto del álbum del periodo de vida en Panamá y Costa Rica. En breve, la mudanza, la venta de los enseres que no pudieron trasladar, como el coche, y el embalaje de lo demás, la ropa, los recuerdos, los documentos, el mismo álbum de fotos que Adela debió ir coleccionando, similar a este, durante los 14 años de estancia en Centroamérica. Desde el momento del regreso el álbum pierde su sentido para la abuela. Ya no hace falta coleccionar fotos de las nietas, se acabaron las cartas. La familia se reúne con frecuencia y el crecimiento de los nietos deja de ser un tema fotográfico, su percepción se diluye como los días que pasan, una cotidianeidad que rompe el hechizo de las fotografías. Desde el regreso, el álbum solo recibe catorce fotografías más, todas de Lorenzo García Oliván, el hijo, el nieto favorito. Nunca más aparecerán Hortensia y Pilar, ni Juan Francisco padre ni Adela. ¿Qué será de todos ellos?

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Tiempo después, pude localizar la dirección en Barcelona de las hermanas Hortensia y Pilar García Oliván. Decidí hacerles una visita con el propósito de devolverles sus fotografías y charlar un rato para que, si lo deseaban, me explicaran algunos detalles de su vida y poder así contrastarlos con mis suposiciones. Tuve que llamar a la puerta insistentemente. Nadie abría. Ya estaba a punto de marcharme cuando sentí una voz desde el otro lado que preguntaba: ¿Quién es? Algo más tarde, una anciana me abrió la puerta unos centímetros, sin atreverse a quitar la cadena. Era Pilar García Oliván, muy envejecida, pero con la misma cara de las fotografías que yo tanto había mirado. Le expliqué el motivo de mi visita, el álbum de su familia, cómo lo había encontrado, lo que pretendía, pero no quiso saber nada. No quería recordar nada del pasado. Era evidente que le resultaba muy doloroso. Sostuvo una fotografía de ella y su hermana Hortensia entre sus dedos, asombrada de que hubiera llegado a sus manos de manera tan extraña. Pero no quiso recuperar su álbum, que yo le ofrecí sin contrapartidas. Al final, aceptó quedarse con la fotografía que tenía entre sus dedos y cerró la puerta.