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Propongo ahora un paseo fotográfico por una ciudad de Buenos Aires que ya no existe, fantasmagórica, no en vano las instantáneas que muestro fueron tomadas en torno a 1880. Todas las personas que salen en ellas, evidentemente, han muerto. Por morir, también ha muerto su recuerdo, su memoria, ya no quedan vestigios de su paso por el mundo. Incluso la ciudad ha debido cambiar drásticamente en estos 130 años. Buenos Aires fue fundada a comienzos del siglo XVI, aunque su verdadera transformación en gran metrópoli comenzó a verificarse en 1880, cuando una ley la declaró Distrito Federal, pasando a englobar una serie de municipios limítrofes, como Palermo, Belgrano, Chacarita, Caballito, Flores, La Boca o Barracas, actualmente barrios consolidados de la ciudad. Era la época de los ensanches decimonónicos, de la industrialización y la llegada masiva de inmigrantes europeos. En la foto de arriba se ve una ciudad dormida, quizá en las primeras horas de una mañana de verano, vacía, despertándose, cargada de sueño, como si 130 años después todavía fuera posible rastrear esos sueños olvidados, perdidos para siempre, de los que no quedan vestigios.

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Y es que Buenos Aires, en la década de 1880, era ya una ciudad pujante, con una población en torno a los 500.000 habitantes y que crecía a un ritmo vertiginoso debido a la bonanza de su clima, como su nombre indica, a la riqueza de su economía, a la escasa mortandad y, sobre todo, a la inmigración tanto del propio país como del exterior. Comenzaban a llegar miles de europeos buscando sus oportunidades de supervivencia, gente española e italiana en su mayoría, que tanto contribuirían al engrandecimiento del país. Eran tantos que tubo que construirse el llamado Hotel de Emigración, para dar un primer cobijo a esa gente exhausta que desembarcaba de los buques que surcaban el océano Atlántico. Me gusta imaginar las historias que debieron sucederse en el interior del singular hotel, la gente que en él se alojó, sus anhelos y esperanzas ante el futuro que entonces empezaba y ya es pasado remoto, el olor del establecimiento mezcla de humanidad y mar, el mobiliario rozado hasta el delirio, aquellas sábanas utilizadas miles de veces. Y los hombres saliendo cada mañana en busca de empleo mientras las mujeres y los niños mojaban sus pies en las aguas del Río de la Plata junto a los carros que, como barcas, esperaban sobre la arena.

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Los inmigrantes llegaban a la ciudad y al nuevo continente por el puerto más antiguo, al que llamaban “el Riachuelo”, de hecho el único que existía en esa época, antes de que se construyera el más moderno Puerto Madero. Era el verdadero puerto de Buenos Aires y allí entraban buques de cualquier porte. Estaba situado al sur de la ciudad y de los barrios La Boca y Barracas, y fue construido en el Riachuelo del mismo nombre, siguiendo sus curvas y dragando hasta 18 pies de profundidad. Como puede verse en esta fantástica fotografía, efectivamente se trataba de un simple riachuelo atestado de buques de todo tipo, todavía de vela, en una época anterior a la generalización de los barcos de vapor. Al fondo, decenas de mástiles de otros tantos barcos amarrados unos a otros. En primer plano, un barco algo escorado y el bote quizá de los antiguos prácticos del puerto. ¿De dónde venía ese buque, quién lo guiaba, qué mercancías guardaban sus bodegas? ¿Qué fue de sus marineros y sus anhelos, de sus proyectos y sentimientos, de sus vidas y sus tumbas?

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La Plaza Victoria, actualmente Plaza de Mayo, fue una de las principales plazas de la ciudad tanto por su extensión, ya que contaba con 17.446 metros cuadrados, como por su situación frente al puerto, del que la separaba el palacio del Gobierno. Estaba bordeada de edificios monumentales como la Catedral, la Intendencia, los Tribunales, la Curia, el Banco Nuevo Italiano, el Banco de la Nación y la Bolsa. Era continuamente recorrida por tranvías de tracción animal, o tracción “a sangre”, como se decía en esa época, que partían en todas las direcciones. El primer tranvía “a sangre” se puso en funcionamiento en 1869. Me apasionan estas fotografías que retratan la vida cotidiana de una ciudad, el paso de la gente y sus sombras sobre la calzada, los animales tirando de los tranvías y los carros. Un muchacho cruza la calzada con un hatillo de hojas bajo el brazo, quizá era un vendedor de periódicos. Un señor con sombrero de copa pasa frente al tranvía con las ventanas abiertas, dentro del que se intuye la presencia de viajeros. Y los animales cabizbajos, y sus bostas cayendo sobre la calzada, y los barrenderos recogiendo cada día toneladas de mierda de caballos y mulos.

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La catedral, en la foto, estaba situada en la Plaza Victoria y comenzó a construirse hacia 1620 por iniciativa del carmelita Pedro de Carranza. Se levantó sobre el emplazamiento de la antigua iglesia de la colonia y se terminó de construir en 1791. La fachada se debe a Bernardino Rivadavia que trajo de Europa los planos de la Magdalena de París. Un presidiario trabajó el bajo relieve de su frontispicio, por cuya labor mereció el indulto. De nuevo los carruajes en la plaza, una plaza, por otro lado, medio desierta, quizá la fotografía se tomó a primeras horas de una mañana de domingo, como parece deducirse de la luminosidad del documento, de las sombras, de la ausencia de actividad. El fotógrafo debió madrugar ese día, como parece deducirse de esta colección de fotografías. ¿Quién fue? ¿Cómo se llamaba, cuáles eran sus defectos y sus virtudes? ¿Se ganaba la vida bien con esa profesión? ¿Tuvo hijos que recogieron su memoria o, por el contrario, se perdió toda pista sobre él con su muerte? ¿Qué aspecto tenía? No quedó constancia de su físico, la cara, el cuerpo, solamente quedó constancia de lo que sus ojos vieron en el instante justo en que apretó el obturador de la cámara.

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Me encanta esta vista de uno de los muelles de pasajeros que había frente al Río de la Plata. Eran construcciones que se adentraban en el estuario y que servían de embarcaderos. El fotógrafo improvisó su toma y captó esta escena callejera sin importancia, una más entre millones posibles, los carritos de venta de productos a los lados, los paseantes que se dirigían a sus quehaceres, el hombre de barba y gorra de la derecha apunto de posar su pie sobre la calzada, el hombre de traje y sombrero de la izquierda también sorprendido caminando, como los peatones del fondo, cada vez más pequeños e indiscernibles, en silencio, esa mañana de un día cualquiera que parece repetirse cada mañana. Como si los pasos dados fueran los mismos que los que damos, como si el caminar de los hombres muertos fuera el mismo caminar nuestro, en cualquier calle, una mañana que ha de pasar y que alguien registrará en otra fotografía casi idéntica. Todos figuramos en fotografías similares, voluntaria o involuntariamente, en primer plano y conscientes o al fondo y sin darnos cuenta, y no será raro que nuestras siluetas formen parte de la reflexión futura de otros, en una prolongación virtual de la cadena metabólica.

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Es verdad que la fotografía ilustra mejor que cualquier otro arte, por su fidelidad al modelo, por su inmovilidad, la quintaesencia de la tanatografía, la representación de los muertos, del tiempo pasado, la detención del fluir del tiempo y el recordatorio de la caducidad de los instantes. La Estación del Sur esperaba la llegada de los ferrocarriles que venían de Mar del Plata, Bahía Blanca, Comodoro Rivadavia, la Patagonia y Tierra del Fuego. Había gente en el andén, esperando ese momento, la llegada de un familiar o un amigo, apenas siluetas perceptibles, borrosas, un número indeterminado de personas, un baúl sobre el suelo, un reloj que marcaba una hora detenida, las 3 y 22 minutos de una tarde perdida y olvidada. Ese reloj estaba en marcha y al fotografiarlo quedó parado, marcando para siempre esa hora ya eterna. Como eternos los personajes congelados en la instantánea, que de alguna manera vencieron también al tiempo que fluía sobre sus cabezas.

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Instantánea de la puerta de acceso al Mercado del Centro, al que entraban cada día para ser distribuidos miles de kilos de fruta, de legumbres, de pescado, de carne, de queso y manteca, innumerables gallinas, patos, gansos y martinetas, conejos, perdices y palomas, cientos de kilos de embutidos, de hielo… Dos personajes, esta vez más discernibles, caminaban sobre la acera, el primero quizá un obrero que miraba al objetivo de la cámara y, directamente a través del tiempo y de las pantallas de los ordenadores, a las personas que miramos la fotografía, más de 130 años después. ¿En qué pensaba, era consciente del prodigio que se acababa de producir al quedar su imagen atrapada en ese documento que iba a sobrevivirle y a originar toda una cascada de reflexiones en el futuro? El sombrero arrojaba su sombra sobre el rostro. Y otro señor más elegante entretenido en sus pensamientos. ¿Qué pensaba ese hombre? A la izquierda del encuadre, caballos pacientes. Detrás, el rótulo que anunciaba el Café Restaurante Galileo, puede que a esa hora de aquel día lleno de gente almorzando, quién sabe, trabajadores del mercado, descargadores, tenderos, compradores…

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Junto al edificio de la Aduana Vieja, en un momento que parece de marea baja, varias mujeres ya muertas se entretenían lavando la ropa blanca de sus casas. En primer plano, una mujer agachada manipulaba su fardo de ropa, tensaba los músculos, anudaba con sus dedos los bordes de la sábana que contenía el resto de las prendas, sudaba algo por el esfuerzo, la sangre fluía por sus venas, en ese instante acababa de latirle el corazón, como le latería un segundo después de que el fotógrafo accionara el obturador de su cámara. ¿Estaba su corazón en sístole o diástole en el momento del disparo? ¿Gestaba su cuerpo los síntomas de una enfermedad, un tumor maligno tal vez, coágulos en las venas y arterias, las primeras incongruencias de la locura? También sus pensamientos quedaron en suspenso en ese momento. Los retratados no piensan en las fotografías, no les da tiempo, el obturador permanece abierto una décima de segundo y no hay reflexión que quepa en tan corto intervalo de tiempo. ¿Fue feliz esa mujer, tuvo descendencia? ¿Alguien conserva su memoria, alguna pista sobre ella? ¿Dejó un diario, un libro de memorias? Me extrañaría. Cuanto desperdicio, entonces, supone la vida de hombres y mujeres, gastada inconscientemente.

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Sí, vida gastada inconscientemente, derrochada a manos llenas en todos los rincones del  mundo, como en Buenos Aires en 1880. Gente anónima, la esencia del género, la explicación del impulso vital, del afán de procreación. Vida y muerte, sin que importen las causas. ¿De qué nace la gente? ¿De qué muere? Esta es una fotografía de una calle de un cementerio de Buenos Aires, seguramente el del Oeste o Chacarita, inaugurado en 1867 y que tuvo que ampliarse cuatro años después debido a la mortandad causada por la fiebre amarilla. Sí, la fiebre amarilla causó la muerte, en esas fechas, de 18.360 bonaerenses, cada uno con sus rasgos particulares, su rostro único, su pensamiento personal. La gente moría de tuberculosis, de enfermedades del corazón, de meningitis, de hemorragias cerebrales, de cáncer de estómago e hígado, de arteriosclerosis, tifus y traumatismos. Tantas muertes y ampliaciones constantes de los cementerios, como el de la Recoleta, o el Nuevo Cementerio inaugurado en 1886. Y dos siluetas paseándose, todavía, entre panteones.

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Pero también había tiempo para la diversión en Buenos Aires, en la primavera de 1888, durante la celebración del Corso o desfile de las Flores, por ejemplo, en el bosque de Palermo. La buena sociedad se emperifollaba, igual que ahora, acudía a la cita anual de esa fiesta de celebración de la primavera, se colocaba a ambos lados de la calzada, luciendo sus mejores galas, los ternos impecables, los bombines cubriendo las cabezas de todos los hombres, los trajes largos y recatados de todas las mujeres. Recorro con una lupa las apretadas filas de espectadores, todos vueltos hacia la calzada en donde evolucionan los carruajes, hasta que me encuentro con un rostro de hombre que mira directamente hacia la cámara, hacia el espectador de 2009, por encima de un tiempo que acaba de volatilizarse. Ese hombre miraba al fotógrafo y así, puede que sin ser conciente, o conscientemente, de alguna manera mandaba un mensaje al futuro, la afirmación de su presencia sobre el mundo, la prueba de la vida ya acabada, quizá un gesto casual, un cruce de miradas que, sin embargo, terminó por destacarle entre la muchedumbre de anónimos ya muertos. Pero él sobrevive al posar su mirada en nosotros porque era como  nosotros, exactamente igual.

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Como iguales a nosotros eran también los tres gauchos que se asoman al presente desde el pasado remoto de esta fotografía, ataviados perfectamente según la moda que seguían, las bombachas que cubrían sus piernas, los ponchos sobre sus hombros, los gorros en las cabezas, y esos cuchillos que blandían como prueba de su bravía. Se decía que los gauchos era individuos útiles, sosegados, amigos de la justicia y buenos anfitriones, y que su fuerte era la equitación, así como su punto débil la falta de previsión y cierta propensión al despilfarro. Siendo este terceto de inmortales sin duda interesante, lo que más me atrae de esta instantánea es la presencia discreta de esa mujer en segundo plano, una mujer meditabunda, grave, preocupada, con sus pómulos marcados y el cabello recogido en coleta. ¿Cómo se llamó, qué esperaba de su vida, vio cumplidos sus objetivos vitales y fue feliz o, por el contrario, sumamente infeliz y desdichada? ¿Cuántos grados existen entre la felicidad y la infelicidad? ¿En qué grado se situó aquella mujer? ¿Por qué no se apartó y dejó a los gauchos posar solos, como debería haber sido? ¿Qué pretendía saliendo a escondidas en este documento? ¿Quiso decir algo a través del tiempo?

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Uno de los manjares predilectos del argentino es el asado, cuya elaboración es un complejo ritual desde el momento mismo de la matanza, instante que muestra esta curiosa fotografía. Siete personajes reunidos alrededor de un cordero muerto que está siendo destripado. El anciano de la izquierda, con pose muy teatral, estiraba de la cuerda que sujetaba el cordero. Junto a él, un falso matarife, con traje y sombrero, blandía el cuchillo de destripar, aunque tenía las manos limpias. A la derecha, el hombre del sombrero y camisa blanca que abría sus brazos debió ser el auténtico matarife, pues tenía las manos manchadas de sangre, que separaba de su cuerpo para no mancharse la ropa. La sangre todavía caliente del animal seguía cayendo en el cubo. Y tres niños a la derecha, uno sentado, otro junto al matarife y un tercero subido a la escalera donde colgaba el cordero. No hay nombres anotados, no hay identidades, los siete seres anónimos, aquel lejano día tan contentos ante las expectativas del banquete, apenas dejaron huellas de su paso, algunas fotografías, nada más. Nadie, cuando le hacen un retrato, piensa en la muerte o en la manera de superarla, aunque luego el retrato sea, aunque de manera parcial, un breve regalo de inmortalidad.

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Esta es la foto de un modesto carnicero bonaerense. El único rastro que queda de aquel buen hombre es saber que era carnicero. Y luego su imagen salvada de milagro, en una fotografía que debió cruzar el Atlántico y que bien pudo destruirse decenas de veces. Este documento muestra a un hombre prematuramente anciano, vestido pobremente, apoyado en un palo que hace las funciones de bastón, llevando una cesta vacía, cubierta su cabeza por una modesta gorra. Su rostro irradia cierta sorpresa, la del hombre trabajador a quien se disponen a hacer una fotografía, lo que no era frecuente allá por 1880. Se giraría en ese momento, alertado por el fotógrafo, y poco después volvería a girarse para acudir a su trabajo. Corría sangre por sus venas, su corazón latía por entonces, sus ojos veían a un fotógrafo armado tras su cámara. Ese hombre, realmente, no murió, siguió vivo en la foto, sigue vivo en cada uno de nosotros que nos retratamos cada día, que miramos al mundo cada día, sigue vivo en nuestros corazones que laten como latía el suyo, en nuestras venas llenas de sangre como las suyas. Esta es una fotografía de especie, la humana, que nos retrata a todos.

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Una fotografía de especie, como todas las que se hacen, como todas en las que aparecen hombres o mujeres, una fotografía que nos contiene a todos, a los bonaerenses de 1888, a los internautas de 2009, a esos señores que estuvieron empleados en una vaquería de un suburbio de Buenos Aires hace 130 años, que ordeñaban vacas a diario, que limpiaban con cepillos de cerdas de metal el suelo adoquinado, que miraban al objetivo de la cámara como quien mira al futuro. Y esa niña que debió moverse en el momento del disparo y cuyo rostro aparece algo difuminado, esa niña que acababa de beberse un vaso de leche recién ordeñada y que tenía el estómago caliente. Y esa otra muchacha que se escondía tras el hombre de sombrero y camisa remangada, reacia a salir ella en la foto, asustada por la fantasmagoría que estaba a punto de culminarse y de la que tuvo un atisbo mientras se escondía cuando no debía, cuando debería haber ocupado su sitio también, como otro fantasma que sobrevive al paso de los siglos, como otro ser humano sin nombre, perteneciente a la especie, como otro fantasma cuya imagen no quiso entrar en la tumba.

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Una china, una campesina pobre que apenas podía sobrevivir en aquella ciudad para ella inhóspita a la que había llegado sin saber muy bien cómo. Quizá habitaba el que llamaban Pueblo de las Ranas, una barriada misérrima de chabolas al sur de Corrales, junto a la zona donde incineraban las basuras de la ciudad y en donde rebuscaban los menesterosos que no tenían forma mejor de ganarse la vida. Aquí la vemos sentada y sonriente. Nos sonríe a nosotros, espectadores de hoy, por encima de 130 años y un océano, por encima de la vida que tuvo que vivir y que es la vida que vivimos nosotros. La fotografía de la especie nos muestra a nosotros mismos como habitantes del pasado, cuerpos recubiertos de piel, cuerpos con la sensación de la corporeidad, el calor debajo de la ropa inmunda porque ya luce el sol y calienta demasiado, el calor en el cabello sudoroso y sucio, que huele mal, y que continúa creciendo, a pesar de todo. A nosotros nos crecen los pelos de aquella china muerta, a nosotros nos pica el sarpullido que molestó las noches de aquella campesina. Esa china está aquí, a tu lado, eres tú esa china que rebuscaba en las basuras, que sigue buscando sin descanso, pues no hay descanso para la especie igual que no hay descanso para los fantasmas que pueblan las fotografías.

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La fotografía de la especie, es verdad, todos y cada uno de nosotros retratados en todas y cada una de las fotografías que se han gastado desde 1839, cuando se inventó el arte que habría de cambiar el signo de los tiempos. La fotografía cambió el signo de los tiempos al permitir la vida eterna de los seres, al darnos noticia de los fantasmas de carne y hueso, al hermanarnos a todos en el tiempo y en el espacio. Ese músico callejero que tocaba la guitarra en la Buenos Aires de 1888 eres tú mismo apoyado a los carteles de aquella calle, de aquel día como todos los días, eres tú interpretando la canción de la vida, o de la muerte. Eres tú ese niño lazarillo que lleva un bastón tan largo como su cuerpo y que mira al objetivo de la cámara, ese niño que estaba triste, asustado, que intuía de alguna manera toda la carga de profundidad de su gesto, que habría de atravesar el espacio y el tiempo para llegar hasta nosotros, para seguir más allá de nosotros, para sobrevivirnos a pesar de todo.