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Recuerdo muy bien la primera vez que compré un álbum de desconocidos en los Encantes de Barcelona. Entre los muebles de la casa desahuciada que delimitaban el perímetro del puesto, los armarios, la mesa de comedor y las sillas, los aparadores y la cama con su colchón amoldado a la forma de los cuerpos, entre la ropa tirada por el suelo, los objetos de decoración, los libros de bolsillo y los discos de vinilo que una vez habían entretenido a sus propietarios, entre los útiles de cocina y la vajilla y los cubiertos tantas veces utilizados, había un álbum de fotografías al que nadie prestaba atención. Lo abrí. Decenas de instantáneas mostraban los rostros sonrientes de los propietarios de todo aquello, seguramente ya muertos y enterrados, seguramente olvidados también de los suyos, que ni siquiera se habían llevado, en la inspección rutinaria de la casa que sigue a la muerte de los otros, las fotos de recuerdo. He de confesar que sentí pena por aquellos humanos de los que nada sabía, una pena extraña y ajena, como sentida de soslayo, que rozaba mi entendimiento de una manera tangencial, pero pena, al fin y al cabo. El vestigio más claro de su paso por el mundo yacía entre los demás enseres y era más que probable que nadie lo comprara y que ese objeto, que se me antojó trascendental, terminara en el contenedor de la basura, desperdicios al fin y al cabo, el destino más corriente de cuantos objetos se ponen a la venta en un rastro de ese género.

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Con el álbum entre las manos, pregunté el precio a un tipo que se quedó estupefacto. “¿Los conoce?”, me preguntó. No, no los conocía, hubiera sido una tremenda casualidad encontrar las fotos de unos conocidos, unos amigos a los que había perdido la pista, por ejemplo, los padres de unos vecinos a los que había visto en sus ocasionales visitas de domingo, o, todavía más extraordinario, las fotos de uno mismo perdidas por alguna extraña circunstancia que completaban de esta manera su ciclo para regresar a su propietario. Pero lo cierto es que partir de aquel día empezaría a mirar alucinado, una y otra vez, ese álbum extraviado y a familiarizarme poco a poco con Inés y su marido y sus amigos, según desfilaran ante mí esas fotografías tan comunes a todos los mortales, esas instantáneas que hablaban del pasado de los otros tan parecido al nuestro, esas poses en día de fiesta que todos teníamos, casi idénticas, en nuestros respectivos álbumes de familia. Y compré otros álbumes, por un tiempo obsesionado por el pasado de los otros que yo asumía como si fuera mío, al sentirme de alguna manera emparentado a aquellos humanos desgraciados de los que apenas quedaban vestigios, casi nada, un nombre en los registros, una lápida en un cementerio, un vano recuerdo que era el destino común de la especie, apenas unas fotos extraviadas y que ahora, milagrosamente, volvían con toda su crudeza.

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Sí, es cierto, aunque pueda parecer increíble compré decenas de álbumes de personas todas ellas desconocidas, desde luego, que se iban acumulando en los estantes como sepulturas de un particular cementerio. La familia que había emigrado a Panamá en los años treinta y que no había regresado a España hasta después de la Segunda Guerra Mundial, los nigerianos que se habían visto impelidos a venir a Barcelona a principios de los años setenta para conseguir trabajo, la excursión por el sur de Francia y el norte de Italia de una familia bien allá por 1956, el memorable viaje a la India de dos meses que tanto influyó en la vida de quienes tuvieron el privilegio de hacerlo en 1958, las fotografías de evidente contenido erótico que un portugués había tomado en la Angola colonial a comienzos de los años sesenta, las que había tomado un padre de familia en Ibiza en julio de 1936 y de espaldas al estallido de la Guerra Civil, los desnudos sensuales de una mujer ya muerta, los instantes de esplendor de una vida privilegiada en la Cuba de antes de Castro, los álbumes de un ingeniero que había viajado por el Cáucaso inspeccionando los pozos de petróleo y las refinerías de la antigua Unión Soviética, las instantáneas de una tal Inés en la Barcelona de los años cincuenta… Allí estaban, sobre los anaqueles, llamando mi atención y pidiendo una segunda oportunidad, como una especie de resurrección.

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Esos y otros álbumes compré, esas fotografías estuve examinando una y otra vez durante meses, asombrado ante los rostros felices de quienes ya habían muerto, en cierto modo hipnotizado por la experiencia de los otros tan parecida a la mía, preguntándome por sus sentimientos, sus expectativas, los sucesos claves de sus vidas, si tuvieron hijos y lo que supuso para ellos, si tuvieron fortuna o fueron unos simples desgraciados, sus experiencias vitales que no parecía que hubieran sido demasiado extraordinarias, por la muerte que se los llevó y el olvido en el que estaban sumergidos, olvido de sí mismos y del resto de los humanos. Era como echar un vistazo a la memoria perdida, al pasado extraviado, lo que no hacía sino hacerme reflexionar sobre el significado de la pérdida, el significado de esos álbumes que todos tenemos, en Zaragoza o en Buenos Aires, en Madagascar y la India, confeccionados a mediados del siglo XX o a finales del XIX, en el arranque, ahora mismo, del siglo XXI, con una cámara digital y un ordenador en el que gravar los archivos, archivos y más archivos que han de recoger los fragmentos de una memoria que, tarde o temprano, también será candidata destacada al olvido y que quizá otros recuperarán en un rastro.

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El significado de esos álbumes, el sentido último por el que los hacemos, eran las preguntas que me hacía delante de ellos. Por eso comencé a escribir relatos basados en las fotografías perdidas de los muertos, inventando identidades, peripecias, sentimientos, emociones, inventando vidas a partir de los leves indicios que mostraban las fotografías. Son los relatos que preceden a este, son las Resurrecciones que llegan desde el siglo XX, en forma de foto-relatos más o menos verídicos, o las Resurrecciones que llegan desde más lejos, desde el siglo XIX, en forma de foto-biografías inventadas de seres reales, son las Resurrecciones para el siglo XXI que propongo ahora y que pretenden, en cierto modo, llamar la atención sobre los álbumes que todos tenemos, esas fotos de género que coleccionamos todos de la misma manera, como si fuera un requerimiento biológico, una superestructura cultural, algo de lo que nadie puede ni quiere evadirse, y que vendrían a suponer, como intentaré demostrar en estas páginas, una suerte de inmortalidad de nuevo cuño, parcial y limitada, sí, pero una cierta inmortalidad que se manifiesta en esas fotografías que vemos de vez en cuando, esas instantáneas de los seres queridos que murieron y que examinamos con tanta curiosidad, como concediéndoles un nuevo tramo de vida en nuestras consciencias, una nueva experiencia a nuestros ojos, una resurrección para el siglo XXI, muchas resurrecciones cada vez que abrimos las páginas de los álbumes, infinitas resurrecciones aunque nadie mire los retratos de los otros en un tiempo perdido y sin embargo eternizado sobre el papel.

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Y para ello he escogido los álbumes de Inés en la Barcelona de los años cincuenta, uno de los cuales se ve sobre la mesa del café y el pastel dominicales, esa colección de fotografías compiladas por su marido, un fotógrafo dedicado e incluso obsesivo que se afanaba en registrar a su mujer en cuantas ocasiones festivas podía. Poco sé de ellos, solamente el nombre de ella, Inés, que debió nacer allá por los años veinte del siglo XX, que su marido, en la fotografía el que está de pie, era francés y que probablemente habría llegado después de la Segunda Guerra Mundial a Barcelona, quién sabe si huyendo por ser un colaboracionista, que no tuvieron hijos puesto que no hay fotografías de bebés o de niños, todo lo más los hijos de algunos amigos y puede que algún ahijado o ahijada, que tuvieron una vida relajada e incluso acomodada en esos años de penuria general y estraperlo, viajes por España, reuniones con amigos, celebraciones, automóviles, comidas en restaurantes, vivienda bien en un barrio de clase alta de Barcelona. Poco más sé de ellos. Allá por 1950 Inés debía tener unos 30 años, y su marido unos 40, por lo que es seguro que, a fecha de hoy, 2016, ambos estén muertos, enterrados y podridos, y la misma pérdida del álbum es prueba fehaciente de ello, pues nadie se preocupó de rescatarlo, ningún heredero quiso llevarse la memoria de los suyos, a pesar de que nada costaba, los álbumes de fotografías no copan mucho espacio.

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Por otro lado, este álbum es como todos los demás, y sé lo que digo porque los tengo por docenas, cambian los cuerpos, algo las escenografías, pero no las actitudes ante la cámara, la insistencia en retratar los momentos felices de la vida, como no podía ser de otra forma. Es cierto, no hay una sola fotografía del dolor, de la enfermedad, del desasosiego, de la muerte, en las decenas de álbumes que he ido comprando. Porque se trata de una fotografía de especie, tan propia de la humanidad, un ejemplo entre otros muchos de las cosas que nos hermanan y nos hacen tan similares. La introducción de la fotografía, su advenimiento a mediados del siglo XIX, fue la gran revolución antropológica de la historia moderna, como han señalado autores tan influyentes como Roland Barthes, John Berger o Gisèle Freund, porque de hecho cuando la cámara salió a la calle y empezó a registrar la vida cotidiana, incluso de personajes ajenos al fotógrafo, los que casualmente pasaban por allí, como esa mujer meditabunda y vestida de blanco que se ve detrás de Inés, embarcada en la misma golondrina del puerto de Barcelona, el signo de los tiempos empezó a cambiar. Empezó a cambiar también para Inés. Quién le iba a decir a ella que, después de la muerte, su cuerpo y su rostro aparecerían en un blog como modelo de la resurrección que siempre representan las fotografías.

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Tanto cambió el signo de los tiempos con la fotografía que podría decirse que el mismo Tiempo, el de Inés, el de todos, quedó prendido en el papel, en los millones de fotografías que se tomaban y se siguen tomando. Tan solo hace falta una centésima para tomar una fotografía si las condiciones de luz son propicias, y esa centésima quedará para siempre detenida sobre el papel, como prueba palpable del pasado. Podría considerarse que la fotografía comenzó entonces a cartografiar el mundo, al recortarlo en pequeñas fracciones que, multiplicadas hasta el infinito, arrojarían un mapa virtual de todos los lugares y todas las centésimas de segundo, así las centésimas de Inés congeladas, las centésimas de todos los retratados en el mundo. En estos años del siglo, desde la vulgarización de las técnicas y la universalización de la compulsión fotográfica, se han hecho millones de fotografías parecidas a las que recogen los álbumes de Inés. Como esa que la muestra en el parque Güel, junto a la famosa escalinata de cerámica, ataviada con un fresco vestido primaveral, un bolso negro y gafas de sol. Fue un día soleado y feliz, de paseo y restaurante del que nos ha llegado esa centésima precisa que se congeló cuando su marido pulsó sobre el obturador de la cámara.

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Es posible que todos los segundos transcurridos desde la vulgarización de las cámaras estén registrados en cartulinas dispersas por el mundo, es posible que tengan su correlato en una o varias fotografías. Cada segundo, una foto, cada décima sería más preciso decir, cada centésima, que es el breve lapso de tiempo que precisa la emulsión química para impregnarse de luz y de imagen, de tal manera que existiría un archivo de todo el tiempo transcurrido en los millones de colecciones particulares de fotografías. Hay un archivo oculto, patrimonio de la Humanidad, que documenta el paso del tiempo y la persistencia de los paisajes. Y está tan disperso… Millones de propietarios de álbumes y de archivos digitales poseen un tesoro infinitamente cuarteado, imposible de reunir, casi de concebir. Y este archivo oculto no hace sino crecer con las nuevas técnicas de fotografía digital. De hecho, hoy en día se hacen, aproximadamente y en un cálculo a la baja, más de doscientos millones de fotos digitales por segundo, teniendo en cuenta que hay más de siete mil millones de teléfonos móviles, lo que viene a suponer que cada diez millonésima parte de nuestro tiempo, del tiempo que fluye a nuestro alrededor, está atrapada en una eterna inmovilidad de proporciones delirantes.

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Y no solo el Tiempo quedó prendido en el papel. También el Espacio quedó atrapado en las fotografías, las escenografías, los lugares pintorescos, las casas de las gentes, las calles populosas, los parques llenos de palomas, las plazas y sus fuentes, los monumentos notables, los pueblos y los campos, las ciudades del turismo y aun las que no lo son, los parajes que llaman la atención, todo utilizado como un decorado y la gente delante sonriendo siempre. En realidad, cada fotografía recortaría ya no solo una porción de tiempo, al detenerla para siempre, sino también una de espacio físico, el que se ve como telón de fondo, el que es objeto del retrato como paisaje, la escenografía de las instantáneas familiares, a veces una simple porción de realidad, como una pared que sirve de fondo al rostro del retratado, una ventana, el salón de la casa familiar, otras veces un pedazo de la ciudad, del pueblo, un camino, un automóvil que lucir. O una porción de un campo de olivos un día de excursión, cuando Inés se subió a un olivo centenario, un olivo que llevaba siglos existiendo antes de que hicieran esta foto y que, muy probablemente, habrá subsistido sin problemas la vida entera de Inés, la nuestra también, y que al quedar atrapado en esta fotografía ha conseguido también su ansiada parcela de inmortalidad.

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O como esta playa en verano, el niño que juega con la arena, los bañistas que toman el sol tumbados sobre sus toallas totalmente ajenos a la labor del fotógrafo aficionado, o esa caseta de baño con la puerta abierta y dos personas que van a cambiarse o ya se han cambiado, o el tendido eléctrico para el ferrocarril justo detrás de una playa con toda probabilidad del Maresme barcelonés, como esas viviendas frente al mar que apenas han cambiado en estos últimos 55 años… Espacio y tiempo cortados de cuajo, arrancados del fluir temporal y de la transformación, un pequeño bloque de pasado perpetuado en un trozo de papel. La fotografía sería como una materia compacta, aunque plana, de dos dimensiones, que llega desde el pasado, que seguirá llegando mientras no sea destruida o se degrade irremisiblemente y que nos mostrará el paisaje tal como era, detenido, una prueba de cómo fueron las cosas y de cómo seguirán siendo. Un documento, una prueba, una huella de las cosas que muestra, un certificado que acredita un tiempo y un espacio, el paso por el mundo de una mujer de carne y hueso que un día de julio de 1954 se fue con su marido, en automóvil, a tomar el sol y unos baños de mar en una playa del Maresme.

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Una de las características principales de la fotografía es la fijación de lo móvil por medio de una cámara que congela la escena retratada para crear una “instantánea”. La fotografía como congelación de un instante, la separación de un segundo de la trama temporal, segundo que queda fuera del tiempo, congelado, perpetuado, inmovilizado. Y ese segundo supone una grieta en la trama temporal porque en cierto modo no deja de suceder, siempre está sucediendo aquel micro instante, la sonrisa de los que posaban, el pálpito de sus existencias. Inés brindaba con sus amigos en el comedor de su casa con un vaso de vino blanco, ante los platos dispuestos sobre la mesa, en un tiempo anterior a la misma comida que iban a celebrar, congelada en ese gesto para siempre, las barras de pan, el sifón, la jarra del agua, la vajilla y las servilletas, dos amigos sonrientes, para siempre sonrientes. E Inés continúa brindando con esos amigos siempre vivos, en el comedor que no ha cambiado, con un vaso de vino blanco que nunca se vacía, en un tiempo que no transcurre, congelada en ese gesto para siempre, las barras de pan sin corromperse, el sifón, la jarra con el agua tan clara, la vajilla y las servilletas, los dos amigos todavía vivos y sonrientes, para siempre sonrientes.

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Por eso puede decirse que la fotografía produce un cierto tipo de aislamiento, una parálisis, una detención en la percepción sensorial, de tal manera que lo fotografiado queda congelado, una porción delimitada de espacio y tiempo, el lugar y el momento exactos que afectan a los sujetos retratados y a nadie más, como si el resto de los lugares y los tiempos y los seres vivos hubieran seguido su marcha independiente. Es cierto, la fotografía nos muestra el tiempo siempre en pretérito, inalcanzable, detenido y extraído del fluir temporal, y esa es su gran perversión, la gran falacia, la fotografía expresa la inmovilidad máxima. Se podría decir que pertenece al orden de lo imposible, movimiento congelado, segundo petrificado, vida detenida, muerte infinita, como si cada segundo de cada existencia, de por sí digno de fotografiarse, fuera un candidato a esa falacia de lo imposible. Como este segundo en los instantes previos al arranque de la fiesta, la mesa dispuesta, los alimentos sin consumir, las tres mujeres ante la expectativa de un tiempo que ha de llegar en unos momentos y que promete diversión, aunque quizá la auténtica diversión esté escondida en este retrato de tres mujeres antes de divertirse. Con todo, lo realmente singular es que la fotografía no revuelva las tripas de quienes las contemplan.

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He aquí la fiesta en su apogeo. Da que pensar el observar esas presencias humanas distendidas, relajadas, todavía vivas en un pasado remoto, presente para ellos, que había de cambiar drásticamente poco después. Puede que algunos de los retratados estén ya muertos, si tenemos en cuenta que han transcurrido más de 50 años desde que se tomó la fotografía en la fiesta. Es más que probable que todos estén muertos y no puedan reconocerse en este foto-ensayo que de alguna manera les resucita. Puede que de algunos de ellos esta sea la última fotografía, o la única que se conserva, o la única que llega a los lectores. Vivían el momento, sentían el calor de la lámpara encendida sobre la mesa, es probable que ya no tuvieran hambre, ni siquiera sed pues habían bebido hasta la ebriedad en esa jornada de risas y alegría desatada, pasada para siempre, puede que alguno de ellos estuviera enfermo pero que eso nada importara si no lo sabía, si lo sabía, pero había de morir tarde o temprano, de enfermedad o de accidente. No hubo otro instante igual, ni habrá otro igual, es un golpe único, y como tal digno de pasar a los anales de la historia, como cada segundo de la vida de cada humano. Lo que sucede es que no somos conscientes del prodigio, que fue la fotografía la que nos puso sobre aviso y que seguimos practicándola con total ingenuidad, sin pensar que cada segundo retratado es y será único y, por lo tanto, patrimonio de la humanidad.

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Otra de las características de la fotografía, y que se puede apreciar especialmente en los álbumes particulares, es su capacidad de captar una parte del ser de los sujetos fotografiados, y esto es así porque el mismo proceso fotográfico, de naturaleza físico química, lo lleva implícito. La luz reflejada en el rostro de Inés, en todo su cuerpo, en la playa que se aleja y las aguas tranquilas de esa bahía, en el cielo sin nubes de aquel verano, vuela hasta la cámara e impregna la emulsión que reviste la película. Es como un rastro de Inés en el papel, como si imprimiera su huella dactilar sobre un documento, su carnalidad, el detalle casi obsceno del sudor en el cuerpo, los granos de arena pegados a la piel, la tela mojada del bañador perfectamente adaptada a su anatomía, su presencia física, el rastro de sus músculos, su piel, la cara, los rasgos, es como retener una emanación de la persona, una parte del ser. Todo lo cual significa que, de alguna manera, en las fotografías queda un rastro físico real de las personas o los lugares retratados, algo que es posible rastrear y que otorga a este arte un estatuto realmente singular de huella, de indicio, de prueba clara de la existencia. Y esta característica de las fotografías hace que los actos fotográficos tengan algo de obsceno.

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Sí, esa obscenidad que impregna la contemplación, pues el cuerpo se nos muestra tal cual era, sin posibilidad de hurtarse a nuestra mirada, Inés contemplada hasta el hartazgo sin que ella pueda oponerse, sin que pueda ocultarse o sencillamente insultarnos o recriminarnos nuestra actitud de fisgones sin castigo, aunque la imagen, antes de quedar atrapada para siempre sobre el papel, haya rebotado en un espejo. En el retrato, algo del sujeto queda en la fotografía, una impresión, un rastro de corporalidad, una luminosidad captada por el dispositivo y fijada químicamente, ahora digitalmente. En cada retrato es posible rastrear una presencia, una impresión físico-química que hace de la fotografía algo más trascendente de lo que a primera vista parece: la impresión directa de un cuerpo en un lugar y tiempo precisos, como si la fotografía captara una porción de realidad que queda retenida para siempre. Es como si el retratado entregara algo de sí mismo al documento. Hay algo de fantasmagórico en todas las fotografías, un resto del ser físico, como las huellas en la arena, o los fósiles en las rocas, o los vaciados en yeso y las máscaras mortuorias.

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Enlazamos ahora, a través del cordón umbilical de esta fotografía, con ocho bañistas, entre ellas nuestra Inés, que siguen vivas aunque algunas de ellas, las mujeres sonrientes con toda seguridad, puede que alguna de las niñas, deben estar enterradas, pero que a pesar de todo siguen emanando un fragmento de la luz que les iluminó en sus vidas, allá por el verano de 1952, en una ciudad de Sitges casi irreconocible, sin puerto deportivo a la vista, sin diques para retener la arena de sus playas, sin aglomeraciones, sin que existiera entonces ningún indicio de lo que iba a deparar el futuro, tanto a los bañistas y su particular fortuna vital, como a la ciudad y los cambios que iba a traer el siglo XX. Es posible percibir todavía el olor a mar, a salitre, a cuerpos remojados, acomodados a la barca varada junto a la rompiente, las vidas de aquellos seres entre el instante del nacimiento y la muerte, entre el momento en el que el fotógrafo les advirtió de su intención de tomarles la foto, después del baño matutino, y la vuelta a la normalidad de otro baño de mar que se repite cada vez que miramos esta instantánea. Y, cómo no, esa felicidad de existir que reflejan los rostros, pues a pesar de todo hay momentos que merecen la pena ser vividos, un día en la playa con los amigos y baños y risas y la comida en un restaurante con terraza y la ebriedad.

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Otra característica de los álbumes familiares es la uniformidad temática que los hermana, como si todos estuvieran hechos con el mismo propósito e idénticos condicionantes. De hecho, la fotografía, casi siempre, es un ejercicio de la felicidad. El fotógrafo sale a la calle un domingo de primavera, bajo un sol radiante,  desbordante de salud y de optimismo, lleno de expectativas ante la jornada de asueto tan merecida, acompañado de su familia y de sus amistades, a quien se dedica a retratar en esas poses eternas de la bonanza, de la alegría, el niño en bicicleta, la comida en el campo, la pose de grupo, el retrato de la persona que sonríe, las parejas entrelazadas, los grupos pronunciando la palabra ritual para salir con el mismo gesto, los ojos siempre fijos en el objetivo de la cámara. O Inés montada sobre un burro, con su falda de rayas, sus alpargatas atadas a los tobillos, la blusa veraniega marcando sus pechos prominentes, el rostro sin maquillar con una expresión a medio camino entre el gozo y el susto. Sin duda, una jornada festiva, una excursión al campo y la sonrisa algo forzada encima del animal, puede que ella estuviera insegura, o temerosa, pero daba igual, el rito exigía su sonrisa y ella nos la enseña eternamente.

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Como destacó Bourdieu, la uniformidad temática de las fotos de aficionado es mareante ya que siempre se retrata el instante positivo, las escenas agradables y dignas de ser recordadas: el nacimiento y crecimiento de los hijos, la pose ceremonial, el acto social, la excursión, el viaje, los días de fiesta consagrados, en parte, al acto fotográfico, que suple la necesidad del esfuerzo de memorizar… Es el ciclo vital positivo. No es que los temas sean superficiales en sí, la fotografía los vuelve superficiales por pura insistencia temática. La gente repite los mismos actos, fotografiar y posar, delante de escenarios similares. Esas instantáneas de la felicidad muestran lo mismo, los cuerpos de los humanos en sus funciones primordiales, los cerebros procesando la misma información, todos hermanados en la ceremonia, los vivos cumpliendo con el guion de la especie sin salirse de lo previsto. Aunque nadie sea realmente consciente de todo ello cuando empuña su cámara, igual que no somos conscientes de que la sangre circula por las venas y las arterias, de que el estómago digiere los alimentos o que los pulmones se hinchan y vacían, rítmicamente, de aire. Es como si la fotografía se hubiera convertido, en siglo y medio de existencia, en una prolongación de nuestra corporalidad.

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Por eso el valor real de la fotografía desde el punto de vista de la memoria es muy limitado. ¿Qué podría recordar Inés de aquel día de campo en el que le hicieron este retrato? ¿Se encontraba bien, confiada y satisfecha, querida y respetada, o, por el contrario, ocultaba su rostro una frustración, el dolor de una enfermedad? Lo más probable es que todo marchara bien, o no habría salido de paseo al campo con su marido, o su marido no habría osado tomarle ese retrato. Al repasar las fotos de la normalidad, de las celebraciones, nos damos cuenta del inútil ejercicio memorístico que ese esfuerzo supone, lo vacío y sin profundidad de contemplar esas fotos. Uno siempre sonríe al objetivo porque el momento lo requería y no había sombras alrededor. Con los álbumes familiares, es como si la vida fuera perdiendo misterio, como si los recuerdos, reforzados por las instantáneas, fueran más banales, como si no hiciera falta ejercitar tanto la memoria. La imagen hace aparentemente innecesarias las palabras. O el esfuerzo de la memoria. Ya no se rememora el pasado, se pasan las páginas de los álbumes y las fotos usurpan el papel de la memoria, del relato oral o escrito. La foto documenta el tiempo, la imagen desplaza a las palabras. Echar un vistazo al propio álbum sustituye a una larga y agotadora sesión de introspección. Es más fácil, más dinámico, también más banal y superficial. Los álbumes familiares falsean la propia historia familiar.

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Sin embargo, la vida es otra cosa, no ese inventario de viajes, excursiones, días de fiesta y ceremonias sociales. La fotografía, entonces, es una imperfección, una imposibilidad, una abyección, ya que de alguna manera solo muestra una parte de la realidad, la más histriónica, ocultando la auténtica sustancia de la vida, generalmente repleta de momentos de aburrimiento, de hastío, de acciones automáticas, de comportamientos incontrolados, como comer y beber, o hacer la digestión, o dormir, de acciones rutinarias, el trabajo, conducir un automóvil, hacer la comida, asear el cuerpo, acciones que nunca se muestran, o el dolor, el llanto, la enfermedad, la pena, la ansiedad, la obsesión, sentimientos que impiden la práctica de este arte de clase media. Yo nunca he visto una fotografía del dolor en las decenas de álbumes que he ido comprando. Quizá ese tipo de fotografía esté reservada para los artistas del género, que sí buscan expresar con sus propuestas el otro lado, lo oculto, lo anormal. Recuperar el papel de la palabra, de la memoria, supondría, en última instancia, quemar las imágenes, ya que solamente muestran una cara de la moneda. La misma cara, carente de profundidad y de relevancia, de perfección.

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Aunque quizá no sea siempre así. Siendo cierto que la fotografía supone un corte espacial y temporal de contenido altamente banal, sucede que, para el espectador informado, el que fue testigo y conoce tanto el lugar como el momento vivido, la fotografía puede expandirse por efectos de la memoria personal. El lugar puede evocarse con detalle, también el fuera de campo, los alrededores del bloque espacial recortado por la fotografía, como puede expandirse también el tiempo en un antes del acto fotográfico y en un después del mismo, siempre desde la perspectiva de un futuro más o menos lejano. La fotografía, por tanto, permite recrear el momento y el lugar, por lo que el corte no sería siempre definitivo, al permitir en determinadas circunstancias un juego de memoria. Aunque nosotros no sepamos dónde estaban Inés y su marido, para ellos el lugar sería identificable, como sería evocable también el momento vivido, las circunstancias que rodearon ese domingo de otoño en que salieron a misa y luego tomaron el vermut en una terraza de la ciudad. Memoria perdida, al fin y al cabo, desaparecida con la muerte de los protagonistas, que nunca nos podrán decir si eran dichosos o no, si aquel fue un día digno de recordar o no.

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Así, Inés podría rememorar el viaje en barco con todo lujo de detalles, el embarque, la sensación de explorar el buque y el camarote, el movimiento sobre las olas, el olor del mar, las palabras intercambiadas con su marido, el enfado momentáneo por una nimiedad, los alimentos que se servían en el comedor, las noches sobre el camastro y el sexo practicado al vaivén de las olas, el paisaje del lugar de destino, el viaje entero y la impresión que dejó, el estado de ánimo de aquel año de 1954, las expectativas frustradas de la maternidad, la crisis de la pareja por las infidelidades de él con una compañera de trabajo, o la muerte esa primavera de un ser querido… Lo que pasa es que este ejercicio no suele hacerse ante la misma acumulación de las instantáneas, seguidas unas tras otras en las páginas abarrotadas, lo que desarma y provoca la actitud fácil de pasar páginas, sin más, sin preguntarse nada más, adelante, foto a foto, año tras año la vida se esfuma y al cerrar el álbum ya no queda nada, solo la sensación de haber matado el tiempo con los recuerdos estereotipados que se desgastan poco a poco, que ya de nada sirven.

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Pero, a pesar de que vemos a Inés en pleno esplendor de su vida, en esas actitudes festivas que caracterizan a los álbumes familiares, lo cierto es que es más que probable que ella muriera unas semanas antes de que yo comprara los álbumes perdidos en los Encantes, el tiempo necesario para el desalojo del piso por unos herederos lejanos que ni siquiera se guardaron estas fotos de la felicidad. Por lo tanto, la felicidad se transmuta en melancolía ante la evidencia de que estamos contemplando el rostro de una persona muerta, ya enterrada, seguramente descompuesta, o de dos personas, marido y mujer, que cumplieron su ciclo sobre la tierra y nos abandonaron, de los que apenas quedan vestigios que les recuerden, los nombres en los registros que nadie repasa, en las sepulturas que nadie visita, en un listín de teléfonos perdido y anticuado, en documentos legales, escrituras de compraventa, reconocimientos de herencias, declaraciones de impuestos archivadas, papeles que algún día serán destruidos cuando prescriba la necesidad de guardarlos. Y las fotografías también perdidas, que estuvieron a punto de ser arrojadas al contenedor de la basura porque nadie las podía querer, pero que se salvaron milagrosamente y que ahora retornan aquí, como ejemplo para el género humano.

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Sí, las fotografías son quizá los documentos que mejor sirven para conservar la memoria, a pesar de todas sus imperfecciones, a pesar de su blanco y negro, de su falta de profundidad, de la calidad justa de las emulsiones populares, de la falta de pericia de los aficionados al manejar sus cámaras, de su temática de la felicidad que tanto distorsiona lo que en verdad hubo de ser. Impregnadas de melancolía por lo que fue y ya no es, impregnadas de la tragedia de la muerte y la desaparición, se constituyen en el único medio de prolongar un poco la presencia en el mundo de los vivos de aquellos que murieron, Inés y su marido, enterrados quizá en la misma sepultura de un cementerio de Barcelona, uno detrás de otro. La fotografía, en última instancia, se impregnaría siempre de esa sombra de tragedia que se revela después de la muerte, lo que fue y ya no es, la felicidad retratada y que se perdió para siempre, como un eco que se aleja hasta hacerse inaudible. Sería una constatación de que existen los fantasmas, de que las presencias de aquellos que cumplieron su ciclo sobre la tierra todavía dejan un rastro, allí siempre, mirando fijamente a los ojos del espectador, como desafiando a través del tiempo, como convocando desde la tumba, como advirtiendo del futuro común de los mortales.

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¿Evocan siempre las fotografías la felicidad?, cabría preguntarse ante los semblantes sonrientes de Inés y su esposo, y la respuesta es no, la supuesta felicidad en la playa en el año 1955, los cuerpos relajados y tostados por el sol, mecidos por la brisa marina, reconfortados por el descanso y la compañía mutua, ya ha pasado, petrificada ahora en ese trozo de papel, y eso no significa otra cosa que el final de la dicha y la instauración de un periodo nuevo y duradero de reinado de la nostalgia. La constatación de que el tiempo pasa y de que nuestra condición mortal nos acompaña siempre, pensemos o no en ella, seamos conscientes o no de ella. Ante la visión de esos cuerpos relajados y calentados por el sol en un tiempo pasado no cabe otro sentimiento que el desasosiego. Esa nota de desasosiego impregna todas las fotografías, incluidas las que cada uno colecciona, un poco inconscientemente, como quien reúne piezas de un rompecabezas que solo con la muerte se completa. Las piezas de una vida que se va entre las manos, sin que nos demos cuenta, a una velocidad de vértigo, y que apenas queda retenida en esos álbumes de especie que se coleccionan, o en esos archivos de especie que se van acumulando en los ordenadores.

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Porque cada fotografía es una pequeña muerte de los retratados, que quedan inmovilizados en un instante fugaz y perdido, en medio del camino un día de verano, el burro tirando del carro con los niños encima, los adultos a ambos lados eternizados con la sonrisa obligada, Inés con un perro entre los brazos que también tenía que salir, todos congelados, todos muertos en vida. Apretar sobre el disparador sería una suerte de homicidio y el marido de Inés, detrás de la cámara, sería el asesino impune que ejecuta a los demás. El fotógrafo dispara su cámara para matar el tiempo, la vida, aunque no sea consciente de ello, aunque su objetivo sea precisamente el contrario, conservar la vida, el tiempo. Un álbum lo componen decenas de pequeñas muertes involuntarias. Inés muerta en la playa, tendida sobre la arena, Inés muerta con los amigos y el brindis, Inés muerta prematuramente sobre un burro, junto a un automóvil, un día de fiesta. La fotografía, en última instancia, es un ejercicio sobrecogedor. Esa mujer que se llamó Inés y que sonríe sin malicia ante el objetivo, y los niños sobre el carro, y los dos hombres a la derecha, y esa otra mujer que acompaña a Inés porque debía ser su amiga, habrán de morir y sus rostros fotografiados serán examinados por otros, por nosotros, que seguiremos la misma suerte. Como si la fotografía fuera un adelanto de la muerte, un anuncio de la inmovilidad.

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Es verdad que la fotografía representa mejor que cualquier otro arte, por su fidelidad al modelo, por su inmovilidad, por el corte espacio temporal que supone, la quintaesencia de la tanatografía, la representación de los muertos, del tiempo pasado, la detención del fluir del tiempo y el recordatorio de la caducidad de los instantes. Como eternos parecen los personajes congelados en las instantáneas, que de alguna manera vencieron también al tiempo que fluía sobre sus cabezas al quedar atrapados en las fotografías. El álbum de familia se convertiría, así, tanto el de Inés que ahora vemos como los de cada lector, en un fetiche, un objeto de veneración que debe cuidarse, mimarse, observarse en un ceremonial religioso, un ceremonial cargado de melancolía, y que vendría a suplir, en una sociedad laica, a las antiguas visitas a los cementerios, tan abandonados últimamente, o a las ceremonias religiosas que periódicamente se organizaban en memoria de los muertos, misas de difuntos, memoriales, recordatorios, esquelas de aniversario. No importan en realidad los contenidos ni las cualidades estéticas de las fotos, sino su calidad de huellas del pasado, de ser reflejos de las personas que han estado allí y que tuvieron una relación estrecha con los observadores, con nosotros.

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Los álbumes serían una suerte de monumentos funerarios más trascendentes que las sepulturas en los cementerios, que los monumentos fúnebres, que los panteones familiares más sobrecargados y espectaculares, que las lápidas simples con los nombres y las fechas de nacimiento y muerte y un retrato enmarcado del difunto, que los nichos en hilera en esas pequeñas ciudades de muertos, que las urnas de la modernidad que contienen las cenizas de los seres queridos y que a veces, en lugar de ser esparcidas en los lugares que agradaban especialmente a los muertos, mares, acantilados, bosques, se conservan en columbarios y domicilios particulares. Serían, esos álbumes de especie, como sepulturas al alcance de la mano, tumbas de estantería, nichos integrados en el paisaje doméstico. La contemplación de las fotografías entraría de lleno en el ritual funerario. La muerte relegada, olvidada, ocultada de la actualidad, de la vida cotidiana de los vivos, pero conservada e idolatrada en esos álbumes que se coleccionan con las fotos de nuestra muerte diaria y final. De hecho, la paulatina sustitución de la sepultura religiosa en los camposantos por la incineración en occidente va en ese sentido, se borran las huellas de la muerte, desaparecen los cementerios, se lanzan las cenizas los vientos, pero quedan los álbumes como monumentos fúnebres de la modernidad.

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Por todo ello, el álbum familiar, como objeto mortuorio por antonomasia, como reliquia de unos seres y un tiempo pasados, ejemplifica a las mil maravillas uno de los mayores afanes de la humanidad, el afán de supervivencia. En la historia de la humanidad un deseo ha sido el motor del desarrollo, un solo deseo que conmueve los corazones de todos los miembros de la especie, y es el deseo de supervivencia, ligado al instinto propio de nuestra condición animal, instinto que dio origen a todas las formas de creencias religiosas y en cierto modo también a las formas de representación artística, mediante las cuales el hombre buscaba la inmortalidad, o al menos la pervivencia en el tiempo aunque solamente eso lo consiguieran sus obras, los monumentos funerarios, las obras de arte, la literatura como afán de pervivencia, y que de golpe la fotografía, con la práctica del retrato ya desde su mismo arranque, vino a solucionar de una manera mucho más eficaz que lo conseguido hasta el momento: mediante la fotografía y la fijación de la imagen del hombre, se accedía por fin a una parcela de inmortalidad. Y una inmortalidad ya no reservada a los grandes hombres, sino a todos nosotros, independientemente de las cualidades y de las obras. En última instancia, la fotografía sería como la democratización de la inmortalidad.

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Todo ello implica que la necesidad psicológica primordial del ser humano, incluso el instinto de todo ser vivo, que no es otra cosa que sobrevivir, vivir eternamente, ser inmortal y prolongarse en el tiempo más allá de la muerte, de alguna manera queda salvaguardado por la obtención de una fotografía, una imagen permanente, una huella, un indicio, una prueba de la presencia en el mundo, una prueba de la existencia más allá de un simple registro o una lápida. Antes, es cierto, los nombres de las personas normales solo subsistían en una lápida, en los registros de nacimientos y defunciones, documentos de compra venta de bienes inmuebles, escrituras de sociedad, herencias, actas notariales, nada más, hasta la llegada de la fotografía y la posibilidad de pasar a la inmortalidad desde un retrato o una serie de ellos a lo largo de la vida. Porque la fotografía no conserva un nombre y unos apellidos, que nada dicen sobre el individuo que se escondía tras ellos, sino un rostro, un cuerpo, unos rasgos característicos y únicos en la historia humana, algo incompleto, es cierto, pues faltaría dotar a ese rostro de personalidad, pero muy eficaz de cara a la permanencia, eso sí, parcial y limitada, de un ser en el tiempo, quizá mientras no se destruyan sus fotografías, o no acaben descomponiéndose por el paso de los siglos.

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Todos estos caracteres configuran los álbumes de familia como objetos de la especie humana, genéricos, comunes en todos los países, similares para todas las razas. Cada fotografía que se toma sería una fotografía de especie, una fotografía que nos contiene a todos, como la de Inés con una pareja de amigos tomando el aperitivo, mejillones y cervezas, en una terraza junto al mar, bajo los cañizos que puntean de luz sus trajes, puede que a orillas del Mediterráneo, en la playa de la Barceloneta. Ese hombre con las manos enlazadas sobre el regazo y que unos segundos antes del disparo había tomado un sorbo de su bebida helada, que después del disparo se comería uno de los sabrosos mejillones, esa mujer del pañuelo en el pelo que sonreía en 1956 y sonríe ahora, en 2009, viva entonces y ahora, muerta entonces y ahora, e Inés a un lado, sin mirar al objetivo de la cámara como era su costumbre, algo ajena al momento vivido, desinteresada, ausente, fumando con gesto de resignación, quizá se sentía mal, o había discutido con su marido, puede que los amigos con los que salía no fueran tales sino amigos de su marido a quienes tenía que soportar sin ganas, quizá asustada ante la fantasmagoría que estaba a punto de culminarse cuando su marido tomara por fin la instantánea y de la que tuvo un atisbo mientras se escondía en cierto modo al negar su atención, al negarse a ofrecer frontalmente su rostro, cuando debería haber mirado de frente, como mandaban y mandan los cánones, como si se hubiera negado a convertirse en un fantasma que sobrevive al paso de los siglos, como cualquier ser humano sin nombre, perteneciente a la especie, como otro fantasma cuya imagen no quiso entrar en la tumba.

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Porque Inés posaba para nosotros, espectadores de hoy, allí, sentada sobre ese banco de piedra sobre un estanque, por encima de 55 años, por encima de la vida que tuvo que vivir y que es la vida que vivimos nosotros. Porque Inés somos nosotros que nos negamos a veces a mirar a la cámara en un gesto rebelde pero que salimos en las fotografías, en todas las fotografías, somos todos y de alguna manera intuíamos toda la carga de profundidad de ese gesto, de esa foto que había de atravesar el espacio y el tiempo para llegar hasta el aquí y el ahora, hasta nosotros, lectores, más allá de nosotros pues ese instante, como todos los instantes fotografiados, ha de sobrevivirnos a pesar de todo. Porque esta es una fotografía de la especie que nos muestra a nosotros mismos como habitantes del pasado, cuerpos recubiertos de piel, cuerpos con la sensación de la corporeidad, el calor debajo de la ropa porque ya luce el sol y calienta demasiado y ha sido necesario desprenderse de la chaqueta, el calor en el cuerpo y la sed y las ganas de fumar junto al estanque de aguas turbias y el marido de Inés que se aleja unos pasos, desenfunda su cámara instantánea, pide atención y una sonrisa, enfoca y aprieta sobre el obturador para inmortalizar el momento, una y otra vez, fotografiando siempre el mismo segundo.

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Es por ello que la fotografía inaugura la inmortalidad, aunque siempre pasajera, de los hombres y de las mujeres, de los niños y los ancianos, de los animales y los lugares, es el advenimiento de la inmortalidad, y si no que se lo pregunten a Inés, retratada en el umbral que separaba el salón de su casa de la terraza, eternizada sobre el papel en el momento de plenitud de su vida, siempre ahí, en un tiempo pasado, siempre ahí a lo lejos y tan cerca, hace casi sesenta años y ahora mismo, en este preciso segundo en que fijamos nuestras retinas en las suyas, tan vivas, tan muertas. Es cierto que es una fotografía parcial y que refleja solamente una de las caras de la existencia, la que representa la felicidad o al menos la apariencia de felicidad, es cierto que su valor como documento es imperfecto y algo falaz, que sus cualidades estéticas son nulas o mínimas, que la insistencia temática la hace insufrible, pero también es cierto que esta foto de Inés, igual que la colección de instantáneas de cualquier persona desde su nacimiento hasta su vejez y su muerte es, hoy por hoy, el único registro fúnebre posible, en un tiempo que incinera a sus muertos de un día para otro, tras veinticuatro horas de duelo contra reloj, y que esparce sus cenizas a los cuatro vientos como tratando de ocultar la simple realidad.

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Sería, este álbum familiar de Inés y de su marido, de los amigos que salen y los familiares, como lo son todos los álbumes familiares, el único recuerdo, aunque parcial y melancólico, que a la postre quedará del paso de estos humanos sobre la tierra, en espera de una época que entienda mejor la necesidad de conservar la memoria, si es que esto es necesario. Si no fuera necesario, bastaría con incinerar no solo los cuerpos, sino las pertenencias y las fotografías de los difuntos, sus obras enteras, y borrar sus nombres de los registros, haciendo que cada generación crezca sobre las cenizas de la anterior. Si fuera necesario, esa memoria hoy por hoy parcial debería completarse y reforzarse de alguna manera, con la práctica de la fotografía integral, positiva y negativa, tanto la fotografía de la felicidad que se practica los domingos como la fotografía del desasosiego que debería practicarse los lunes de madrugada sobre el rostro de los enfermos, con la elaboración de nuevos álbumes que incluyeran otras formas de memoria, testimonios, escritos de propia mano, declaraciones, entrevistas, imágenes de vídeo, grabaciones sonoras de la voz, filosofías personales, biografías al fin y al cabo de los humanos que van dejando la vida. Toda una saturación de recuerdos para que todo se pierda cuando llegue la hecatombe.

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 “La fotografía tiene algo que ver con la resurrección”, escribía Roland Barthes, y es cierto, esta pareja dichosa, Inés y su esposo, retratada en un mirador sobre fondo boscoso y en un día en apariencia gris, vestidos para la fiesta que exige la fotografía, están resucitando siempre, a cada segundo, un centésima en su vida que se repite eternamente, la sangre en sus cuerpos habría recorrido una distancia breve, el corazón debía haber latido o se aprestaba a ello, los pulmones estaban exhalando o inspirando o simplemente detenidos ante la magia del momento, ellos miraban a la cara del fotógrafo y ese gesto es el que iban a perpetuar para toda la eternidad, los pies sobre el suelo, la vista sobre el objetivo. Ellos dos, a sus cuarenta años, en plena efervescencia vital y de excursión una mañana de festivo, siempre de excursión, siempre en el mismo arranque de la excursión, lo mejor de todo, la expectativa de un día dichoso en el campo o la playa colgada para siempre del tiempo, no el goce, sino su expectativa, que resulta más sublime. Ellos dos de alguna manera resucitados, aquel segundo que se quedó prendido del papel y que sigue transcurriendo, como una anomalía de la historia, como una falla de la percepción, siempre ahí, advirtiendo, señalando, identificando a los difuntos, a los eternos resucitados, sin corrupción de la carne, sin olores pestilentes, sin huesos blancos ni polvo después de todo.

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Es como pasar la eternidad en el mejor de los paraísos, el paraíso de una fotografía en la que se barrunta un goce presente y fugaz a la vez que futuro y eterno. El paraíso de una ciudad occidental, junto al mediterráneo, y esas calles tan pulcras, y los viandantes del fondo también inmortalizados, y los edificios bien conservados, y los automóviles, tan genuinos y brillantes, estacionados junto a las aceras. Ni más ni menos, la resurrección, como si la vida pasada continuara sucediendo, como si la felicidad siguiera su curso inalterado, como si tanto Inés como su marido resucitaran cada vez que alguien mira estas fotografías, o, sin que haga falta que alguien más las mire, como si resucitara cada segundo del tiempo, aunque las tapas del álbum estuvieran cerradas, porque aquel segundo congelado es independiente de nuestra percepción. ¿Y por cuánto tiempo esa resurrección? ¿Otro siglo de regalo de vida, mientras aguanten las fotografías, mientras los productos químicos y el papel sobrevivan? ¿Dos siglos? ¿Cinco? ¿Cuatro milenios, como las momias de los faraones? Y es que ahora, gracias a la existencia de la red, la fotografía y el retorno de los muertos pueden prolongarse de verdad en el tiempo, hacia la ansiada inmortalidad de los archivos virtuales que se copian y se reproducen eternamente.

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Esta es la foto de una sencilla ama de casa española de la posguerra con su abrigo de estreno, ese fantástico abrigo a franjas blancas y oscuras, con los botones como soles y las solapas bien colocadas, junto a los jardines de Salvador Espriu, en el centro de Barcelona. Su imagen salvada de milagro, en una fotografía que debió sobrevivir al olvido y que bien pudo destruirse decenas de veces. Corría sangre por sus venas, su corazón latía por entonces, sus ojos veían a un fotógrafo armado tras su cámara, su marido que la amaba. Inés, realmente, no murió, siguió viva en esta foto, en su álbum entero, sigue viva en cada uno de nosotros que nos retratamos cada día, que miramos al mundo cada día, sigue viva en nuestros corazones que laten como latía el suyo, en nuestras venas llenas de sangre como las suyas, en nuestros cerebros llenos de sentimientos como los suyos. Es como si la fotografía, el congelar los segundos y los rostros, permitiera infinitas vidas simultáneas. De hecho, el que yo lucubre sobre la vida de los pobladores de álbumes, personas ya muertas, demuestra que no fue, ese afán fotográfico de domingo soleado, un esfuerzo vano, que de esta manera los personajes adquieren un tramo más de vida, una prórroga de la existencia, un tiempo extra fuera de sus propias conciencias, en la conciencia de unos desconocidos.

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Luego estarían los plazos de esa resurrección, de esa inmortalidad, que dependerían de la supervivencia de la misma fotografía como documento, de la degradación química, de la calidad de la emulsión y del revelado, del papel y de la conservación. Todavía sobreviven los primeros daguerrotipos que se tomaron a partir de 1839 sobre placas de metal, las primeras fotos en papel de los aficionados que se vulgarizaron cuando George Eastman inventó el rollo automático y el ingenioso lema “You press the bottom, we do the rest”. En todo caso, con la llegada de la informática y la digitalización de los archivos fotográficos, esa supuesta vida finita de las fotografías se alarga algo más, por simple proceso de copia sobre copia. Además, uno siempre podría colgar sus fotos en internet para que estuvieran siempre a la disposición de los otros, eternamente, mientras se paguen las cuotas, año tras año, que los servidores cobran por los dominios de la red. No estaría mal que una empresa novedosa ofreciera ese servicio, un mausoleo digital y eterno, una página en internet con los datos de la persona fallecida, sus fotografías todas, sus escritos, la biografía completa y el sonido de la voz, el hombre reproducido en la red. Páginas como cementerios virtuales conteniendo los datos de los muertos, la secuencia del ADN incluida, para que cualquiera pudiera asomarse al pasado desde el futuro.

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Siempre una resurrección incompleta y limitada, es cierto, pero algo más de lo que ahora tenemos, en una época que entierra a sus muertos en veinticuatro horas y lleva a los rastros los muebles, las ropas, las pertenencias todas, los álbumes fotográficos. Una resurrección que debería fomentarse y cuidarse más, como sería el filmar la vida de alguien y mostrarla eternamente en un bucle casi perfecto, espacio y tiempo en la red, mientras los herederos paguen los derechos de los servidores, o mientras no se ofrezca un servicio para siempre en la red. Es, entonces, la resurrección una opción real hoy en día, que todos podemos practicar, con todas las limitaciones que conlleva, una reencarnación continua, una redención que acontece una y otra vez, cada vez que alguien echa un vistazo a las fotografías del pasado en el futuro, o aunque nadie las mire y estén en la oscuridad, encerradas entre las páginas de un álbum o colgadas en la red sin visitas. Se cumpliría, con la fotografía de recuerdo que todos practicamos, uno de los anhelos mayores de nuestra especie, la supervivencia, la inmortalidad, aunque sea pasajera e imperfecta, aunque solamente sea una resurrección incompleta y que ocurre en la mente de los otros, en la percepción de los sucesores. La resurrección de Inés para el siglo XXI. Las resurrecciones de todos nosotros para el siglo XXI y los que vengan detrás.