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El material de Liquidación, la primera reconstrucción que acometo, está compuesto por un álbum con numerosas fotografías y una agenda de teléfonos de una señora a la que llamaré Nuria. Puede que también le pertenecieran todos los objetos que se ven tirados por el suelo en el puesto de los Encantes. Sin duda, debieron formar parte de la decoración de su casa. La foto más antigua nos la muestra cuando era niña, no creo que llegara al año de edad. Al dorso, escrito a lápiz, pone lo siguiente: “Nuria, 1945”. Más adelante, en torno a 1965, aparece retratada en una cala de la Costa Brava, en donde su familia debía tener casa. Se la ve muy joven, buscando en el bolso su paquete de tabaco, vestida con la parte superior de un biquini y tejanos, en la proa de una barca, ante un paisaje de acantilados y rocas. Y una instantánea de cuando viajó a Holanda, lo sé por los tulipanes que se ven, a finales de los años sesenta o comienzos de los setenta, cuando ella debía tener unos veinticinco años y la vida era pura dicha. Eso parece cuando se contemplan estas fotografías que bien podrían ser falsas, o al menos mostrar algo que no era real, quién sabe, quizá Nuria no era feliz, a sus veinticinco años, estudiando en la universidad. También hay algunas fotografías de Nuria, algo más mayor, puede que tuviera en torno a los treinta, en bodas de parientes y amigos. Eran ceremonias que llegaban casi todas juntas, por pura lógica generacional, bodas de compañeros de una edad similar, de primos, ceremonias de las que siempre queda alguna pista.

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Dentro del álbum, aparecen siete fotos rotas, partidas por la mitad, enigmáticas, que denotan dos tiempos bien diferentes. Primero, el momento en que fueron tomadas, en un pub en donde posan Nuria y un señor de traje marrrón. Y luego, el momento en que fueron rasgadas con ira y sin embargo conservadas, con un resto de arrepentimiento, pues en lugar de ir a parar a la basura siguieron en el álbum, rotas pero presentes. No sé si se casó, si el hombre de traje marrón fue su esposo o un buen amigo, pero sin duda fue una persona importante en la vida de Nuria, que significó mucho y que luego la traicionó. Ignoro, así mismo, si tuvo hijos, aunque me inclino a pensar que no, no hay fotos de niños en el álbum. Hay, también, instantáneas de una fiesta, ya en color, que parecen recientes. Yo las sitúo en torno al año 2005. La fiesta se debió celebrar en la casa familiar de la Costa Brava, lo creo así por los muebles que se ven, desgastados y viejos. Además, la entrada de la casa responde al zaguán característico de las construcciones de esa zona. Hay un buen retrato de Nuria con su cigarrillo entre los dedos y su vaso de vino al alcance de la mano, el último en orden cronológico. Debía tener alrededor de sesenta años. Por último, hay una curiosa fotografía de un hombre, quizá un hermano de Nuria, arrodillado junto a un elefante recién abatido, en cacería en África en los años setenta. La fotografía es muy reveladora, siempre que pertenezca a la familia directa o a las amistades de Nuria, del origen social y el tipo de vida que llevaba.

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¿Por qué perdió Nuria las fotos de su vida? Quién sabe, puede que por descuido, al hacer una limpieza rutinaria de papeles, o por impago de las cuotas de un guardamuebles, o puede que se desprendiera de ellas voluntariamente. Es posible que en este caso se den otras circunstancias como la enfermedad, la muerte, el robo, los papeles vendidos por el hombre despechado del traje marrón, que los tenía en su poder. No creo que me cueste mucho localizar a Nuria o a alguno de sus parientes gracias a la agenda que compré. Allí, al menos, aparece la dirección y el teléfono de una hermana suya. Pero antes de llamar, voy a visitar la vivienda donde residió Nuria, en la calle París. En el buzón correspondiente a su piso no hay nombre alguno. Una vecina que llega en ese momento y a quien pregunto me dice: “Esa señora murió este verano pasado”. Parece claro que la dispersión de los bienes de Nuria se debió a su muerte. El tiempo transcurrido desde el verano es el plazo mínimo que se necesita para tramitar un testamento y proceder a dividir la herencia. Quien vendió sus pertenencias, quien desalojó su piso, no se reservó las fotografías. Puede que se despistara, o que las vendiera deliberadamente.

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Después de visitar el domicilio de la hermana de Nuria, en la avenida de Sarrià, para confirmar que sigue residiendo allí, redacto la carta de presentación que quiero enviarle.

Estimada señora.

Me llamo Antonio Cardiel, soy escritor y vivo en Barcelona. Le escribo porque llevo a cabo un proyecto literario que he titulado Reconstrucciones. Consiste en comprar en los Encantes documentos que salen a la venta para tratar de reconstruir las vidas de las personas que los han perdido, sea cual sea la causa. Es lo que yo llamo una acción literaria. Nada tiene que ver con la ficción. Lo que relato son hechos reales, los documentos que encuentro, las conjeturas que hago, las investigaciones que llevo a cabo. El trabajo tiene que ver con la búsqueda, con la memoria perdida. El resultado son breves biografías de esas personas.

El otro día compré un lote que, una vez examinado, resulta que perteneció a su hermana Nuria. Se trata de un álbum de fotografías y de una agenda de teléfonos. Con los datos de la agenda y buceando en internet he podido averiguar su dirección. También he sabido que su hermana murió este verano pasado. Antes de nada, le trasmito mi más sincero pésame.

Le escribo porque con las fotos de su hermana, por simple azar, porque estaban a la venta en los Encantes, he comenzado a escribir un relato. Esta misma carta pasará a engrosarlo. Igual que su respuesta, sea cual sea.

Pienso que las fotografías, que ignoro por qué se traspapelaron, deben estar en poder de sus legítimos herederos. No sé si su hermana estaba casada o tenía hijos. Por eso me dirijo a usted que, en principio y según mis datos, es la heredera directa. Si usted quiere, me gustaría devolvérselas, cuándo, dónde y cómo quiera. También se las podría enviar por correo.

Nada quiero a cambio. Todo lo más, si lo considera oportuno, me gustaría que colaborara en mi proyecto. Podríamos completar la biografía que estoy reconstruyendo de su hermana, tan parcial todavía, basada solo en la escasa información que me han facilitado sus fotografías. Comprendo que es un asunto extraño, pero solo me mueve un propósito literario.

Bien podría ser que usted no quisiera saber nada. Lo entendería. Cualquiera que sea su respuesta será buena para mí. Desde la simple negativa, incluso el silencio, hasta la colaboración en el proyecto contándome detalles de la vida de su hermana, todo será válido. Así constará en el relato. Eso depende de usted o de los miembros de la familia.

Para terminar, le copio mi dirección en internet para que tenga referencias mías y de mi trabajo. Y mi dirección de correo electrónico por si desea ponerse en contacto conmigo.

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Pasan las semanas y no recibo ninguna contestación de la hermana de Nuria, así que decido llamarla. Y puedo sostener una brevísima charla con ella. Le explico quién soy y la carta que envié, que sí recibió, pero me dice que no quiere saber nada de las fotos de su hermana ni del resto de papeles. Es muy tajante al respecto, así que me disculpo y termina la conversación. Apenas un minuto de charla.

Desde luego, algo debió suceder entre ellas para que no quiera recuperar el álbum de Nuria. Así que se cierran todas las posibilidades de seguir con este relato. Podría sondear a los familiares y amigos que aparecen en la agenda, pero creo que con la negativa de la hermana, la heredera directa de sus bienes, es suficiente. Ella se deshizo conscientemente de todo, de sus muebles, de sus libros y documentos, de esas fotografías que serían, en principio, lo último en venderse. ¿Sería lícito, entonces, darlas a conocer sin su consentimiento, sin el respaldo de los herederos? No lo creo. Prefiero dejar Liquidación en este punto, advirtiendo que el nombre utilizado, Nuria, no es el real.