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Cala Llenya, Ibiza, 18 de julio de 1936.

Queridos padres:

Espero, en primer lugar, que al recibo de esta carta se encuentren bien, madre más calmada de los nervios, que ningún bien hacen las preocupaciones, eso ya lo sabe usted, que ningún sentido tiene llevarse esos disgustos que usted se lleva por las cosas más pequeñas, padre restablecido ya del todo de su último ataque de apoplejía, la vida sana y los alimentos tomados con moderación son factores esenciales. Nosotros estamos muy bien, Lupe y el niño sanos y contentos como hacía tiempo que no lo estaban, y un servidor disfrutando como nunca de estos días de bien ganadas vacaciones en Ibiza, este rincón paradisíaco del Mediterráneo que nos da cobijo. Llegamos en el vapor el día 15 y desde entonces nos hemos refugiado en la cala que aquí llaman Llenya en balear, o Leña, en español, y es verdad que hasta leña se puede encontrar en las inmediaciones, pues el lugar está lleno de pinos frondosos en los que es posible refugiarse cuando hace demasiado calor y en donde recoger leña para cocinar.

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Porque nada más llegar a Ibiza en el vapor alquilamos un taxi para que nos llevara hasta este destino apartado que nos recomendó Rafael, el de la Conchi, ya saben. El taxista, muy amable, nos llevó por esos caminos de tierra de la isla pasando por un pueblo que se llama Santa Eulalia y otro que se llama San Carlos, hasta que llegamos a esta cala perdida y alejada de todo, cala Llenya. Está tan aislada que el mismo taxista se quedó algo extrañado de que quisiéramos instalarnos aquí, que por lo visto no viene casi nadie y pueden pasar muchos días sin que aparezca un alma por estos parajes, que es justo lo que nosotros deseamos, como saben ustedes, tranquilidad y alejamiento para estar los tres en contacto con la naturaleza. Quedamos con el taxista que vendría a buscarnos el día 22 de julio por la mañana, pues teníamos provisiones para unos siete u ocho días, eso sin contar con la pesca de la cala, tan abundante, y con los mariscos que se pueden recoger entre sus rocas, y que tanto gustan a Lupe. Ese será el día en que ponga en el correo esta carta que les escribo hoy, 18 de julio de 1936.

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Así que plantamos nuestra tienda en medio de la cala el día 15 y desde entonces no hemos parado de bañarnos en estas aguas tan limpias, todo el día Ricardito en el agua que se está poniendo del color del café tostado, como le pasa a Lupe, que enseguida dora su piel porque le encanta estar en bañador. El niño se despierta y se va corriendo hasta el agua para darse su chapuzón matinal, que es una gozada verlo tan despierto y espabilado, tan natural y contento, que a nosotros nos contagia su alegría de vivir desde bien temprano. Yo suelo dedicar algunas horas de la mañana y del atardecer a la pesca con caña desde las rocas, y consigo algunas capturas que nos sirven para completar las provisiones que nos trajimos. Lupe dedica el día a tomar el sol plácidamente tumbada sobre la arena, y ella dice que se encuentra como nunca, sin acordarse de sus ataques de comienzos de año, de nada de lo que dejamos en Madrid, ni de la casa, ni de las preocupaciones cotidianas, de nada. Y tiene razón, a mí me pasa lo mismo y ni se me ocurre llenar la cabeza con las cosas del despacho y los juzgados y demás, que para algo son las vacaciones, para olvidarse un poco de todo y darse tiempo a uno mismo y a la familia.

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Una jornada normal comienza casi al amanecer, cuando el sol y el calor nos despiertan en nuestra tienda. Entonces, mientras Lupe prepara el desayuno, Ricardito se lanza al mar con su gorra y su neumático para darse el primer chapuzón del día. Por mi parte, como ya les digo, un ratito de pesca por ver si se pueden mejorar las provisiones. Luego, a mediodía, en el momento de más calor, nos vamos los tres de paseo por los pinares que hay sobre la cala y que la rodean por los tres lados de costa, y la sombra de los venerables pinos nos da cobijo y frescor en la hora de la canícula. Más tarde, preparamos fuego con la leña que nos ofrecen esos pinos centenarios y comemos tranquilamente, muchos días pescado o mejillones de roca o cangrejos que cogemos nosotros mismos. La hora de la siesta no la perdonamos, es casi una obligación en este paraje en el que no se oyen sino los trinos de los pájaros y los rumores de las olas rompiendo sobre la arena. Y la tarde se va en un periquete entre baños, risas y carreras sobre la arena, antes de la cena y de la noche estrellada que nos sirve de telón de fondo a unas veladas del todo inolvidables.

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Ricardito está disfrutando como nunca, aunque no tenga amiguitos cerca ni un hermano con quien jugar, ya que su madre está todo el día con él atendiéndolo y dedicando todo su tiempo y amores. Tanto es así que hoy, 18 de julio, se han pasado la tarde recogiendo ramas de los pinares de los alrededores para construir una cabaña en un abrigo de las rocas. Y no saben lo feliz que se ve al niño metido en su nuevo escondrijo, que debe sentirse como un náufrago en una isla desierta, que algo así nos sentimos todos, tan aislados y contentos y con este tiempo de sol y calor que aquí, y no en la ciudad donde quedaron ustedes, es una maravilla. Y no crean, a mí también me toca meterme en esa cabaña improvisada para jugar a los robinsones, y en verdad me siento como tal, como un pionero, como un habitante del mundo primitivo en un momento de la creación en el que no debía existir violencia, como si estuviéramos en un paraíso en el que hasta las fieras se comportaran amablemente con los hombres.

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A Lupe la veo mejor que nunca, ya recuperada del todo de aquellos ataques que le dieron a comienzos de este año de 1936 y que tanto nos preocuparon, pero parece revivir a cada hora que pasa en la cala, tanto bien le están haciendo los rayos de sol que todo el día doran su piel, la brisa del mar que llega para refrescarnos, los baños en unas aguas tan limpias y frescas, los alimentos que ingiere con una gana del todo recobrada, sobre todo esos mejillones y cangrejos que se come para la cena. Daría gusto seguir aquí más días solo por verla a ella rejuvenecer cada día que pasa, que así de evidente se va produciendo su recuperación. Llevamos cuatro días en la cala y ya nos parece que hubiera pasado un tiempo mucho más dilatado, yo diría que un mes, el tiempo aquí no corre y fue una buena idea dejar en nuestro piso de Madrid los relojes que nos marcan el fluir de los días en la cotidianeidad. Ya verán cuando regresemos las fotos de Lupe y Ricardito para comprender que mis palabras no son exageradas y que las cosas aquí van viento en popa, nunca mejor dicho, como la brisa que nos refresca y que viene desde el mar.

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Por mi parte, decirles que me encuentro, como pueden deducir de estas líneas, en uno de los momentos mejores de mi vida, sin ningún género de dudas, viendo disfrutar a Lupe y a Ricardito minuto tras minuto, y disfrutando yo también de los beneficios de esta terapia naturista, el contacto con el sol y el agua del mar, con la brisa y la sombra de los pinos, dedicando mi tiempo, alejado del despacho y de las obligaciones, a la pesca, a los baños de sol y mar, a los juegos con mi hijo, a la compañía de Lupe, a la práctica de mi afición por la fotografía que, creo, tan bien documentará nuestra estancia en esta cala del fin del mundo. Nadie se ha acercado hasta aquí en estos días, ningún alma hemos visto en nuestras correrías por los alrededores, todo lo más un hortelano en lontananza, o una barca de pescadores a unos centenares de metros de la costa. Era lo que buscábamos, soledad y alegría de vivir, y creo que lo hemos hallado con creces. Da pena pensar en el final de estos días y en el regreso a la pura realidad, pero de momento seguiremos disfrutando.

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Bueno, termino ya esta carta que amenaza con hacerse demasiado larga, a pesar de que mi intención al principio solamente era ponerles tres líneas para decirles que estábamos bien e interesarme por su salud. El día 22 de julio vendrá el taxista y el 24 saldrá el vapor otra vez rumbo a Mallorca, donde pondré esta carta en el correo y donde es nuestra intención pasar una semana más. Esperamos llegar a Madrid el día 31 de julio de 1936. De momento, solo deseo despedirme y desearles lo mejor en salud a los dos, padre y madre, que se cuiden y que sepan que siempre están en nuestro pensamiento. Saluden también de nuestra parte a Luisito, que pronto terminará su servicio militar en Melilla y podrá reiniciar su vida en el punto en el que la dejó. Saluden también a tía Amalia y a tío Antonio y a los primos si tienen ocasión de hablar con ellos allá en su retiro de Burgos, no saben cómo deseamos hacerles una visita a nuestro regreso para abrazarles y comentar todas las novedades de la familia. Un fuerte abrazo y los mejores deseos de Ricardito, Lupe y su hijo que tanto les quiere, Ricardo.