foto-relatos

Entremeses. Fui un muchacho feliz, muy feliz. ¡Qué feliz que fui! Sí. A pesar de mi corta vida. Muy corta. Porque con tan solo catorce años me atropelló un autobús cuando volvía del colegio por la Rambla de San Sebastián, en Santa Coloma de Gramenet, mi ciudad. Eso fue en el mes de octubre de 1984. El autobús era realmente grande, grande y duro como una roca. Fue un golpe seco. Una muerte seca por fuera, eso sí. No me salió ni sangre. Pero por dentro, eso ya fue otra cosa. Todas las venas rotas, todos los liquidillos del organismo desparramados por todos los lados. Un golpe seco y una muerte húmeda, se puede decir. Aunque la verdad es que no me dolió. Por eso ni siquiera mi muerte me pareció mal. Tenía que ocurrir y ocurrió. Mala suerte, dijeron. El conductor quedó muy afectado. Estaba allí mismo, encima de mí, como llorando. Yo lo veía así, de lado, mientras me moría. No sé en qué iba pensando. Seguramente en la comida que me esperaba en casa. Siempre tuve buen apetito. Disfrutaba de todas las comidas. El desayuno, ¡ah!, qué bueno me sabía el desayuno, ese Cola Cao tan rico. Y las galletas. Luego la comida del mediodía. Mi madre era una gran cocinera. Con cualquier cosa se apañaba. Y las salchichas, mis favoritas. Siempre me gustaron las salchichas, sobre todo las de Frankfurt. Me parece que esa era una ciudad alemana. Lo estudié. ¡No crean que no echo de menos las salchichas de Frankfurt! Pero, es igual, los muertos no comen, ni beben. ¡Cómo me gustaba beber gaseosa de naranja! Konga, creo que era la marca. Mi madre me compraba Konga y salchichas. Eso, y un poco de arroz, y ¡a correr! ¡A correr! Me pasaba la vida corriendo. Creo que por eso me atropelló el autobús, porque crucé corriendo. Sin mirar. Pensando en las salchichas y en la Konga. ¡Y zás! Uno menos. Pues sí. Vaya disgusto me llevé. Al principio, allí tirado, con el conductor y los pasajeros alrededor, vaya disgusto. Pero pasó pronto. Ni dos minutos debió durar aquello.

foto-relatos

El que sí que lo pasó mal fue mi padre. Sí, pobrecillo. Debieron ir a buscarlo a la obra y decírselo. Que tu hijo se ha muerto. Que lo ha atropellado un autobús. Pobre hombre. Mi padre se llamaba Emilio Álvarez. No sé si se habrá muerto, no creo. Si se hubiera muerto lo habría visto. Supongo yo. Mi padre nació en Arenillas, provincia de Soria, como mi madre y como yo. Mi padre era un buen hombre. Siempre trabajaba. Se iba de casa muy temprano y regresaba muy tarde. Trabajaba en las obras. Haciendo casas bonitas de verdad. Antes de salir de Arenillas se casó con mi madre. Una pareja feliz, sí señor. Luego se fue a Barcelona, para buscar trabajo. No sé la fecha exacta de cuando se casaron. Debió ser a finales de los 60, no sé, en 1968. Luego nací yo. Él siempre me decía que yo era un muchacho afortunado. Vivía en Santa Coloma de Gramenet, en la riqueza. No como en Arenillas, donde la gente nacía y vivía en la pobreza. En Arenillas no bebían Konga, ni comían Frankfurts, por lo visto. Aunque tampoco les atropellaban los autobuses. Mi padre bebía cerveza de la Damm y trabajaba de lo lindo. De albañil, eso decía, en las obras. Haciendo esas casas tan majas y grandes de Barcelona. Yo no salía de mi asombro en Barcelona. Vaya casas, vaya portales que había. Parecían palacios. Unas puertas importantes. Muy bonitas. Un amigo de mi padre, que también era albañil, tenía un R-8. Me acuerdo que me daba vueltas por Barcelona los domingos. Visitábamos los barrios más bonitos. Me llevaba a las obras donde trabajaban. Hacían casas muy altas, para mucha gente. ¡Ah! Eso era en verdad vivir bien, con lujos. No como en Arenillas. Eso decían mis padres, que siempre repetían lo mismo: “Hijo mío, eres muy afortunado por vivir en Santa Coloma”. Y debía de ser verdad. Yo nunca lo puse en duda. Eso de dar vueltas en un R-8. Es verdad que fui muy feliz mis catorce años de vida, es verdad. Feliz con mis padres.

foto-relatos

Con mi madre. Qué buena que era mi madre, qué buena persona que era. Tampoco sé si murió o no. Como a mi padre, nunca la he visto de este lado. Por lo que supongo que siguen juntos, él con su faena, ella limpiando y guisando. Él con sus amigos y sus cervezas de la Damm. Ella con sus amigas y las revistas de fotos. Tantos retratos en esas revistas. En Arenillas la gente no se hacía tantos retratos. Eso era un lujo, lo de los retratos. Mi padre se compró una cámara de fotos muy buena. Se pasaba la vida haciéndome fotos, ya desde bebé. Algunas las mandaban a los abuelos, a Arenillas. Para que vieran lo bien que vivíamos. Porque teníamos un piso muy bueno. En el centro mismo de la ciudad. En la calle San Silvestre, tan cerca de la Plaza de la Villa. Con aquel dormitorio y la cama tan grande. Y un tocadiscos para escuchar música cuando nos viniera en gana. Y zapatos, muchos zapatos. A mi madre le encantaban los zapatos. Tenía muchos, de todos los colores. En Arenillas la gente no tenía tantos zapatos, con las albarcas se apañaban. Una vez mi padre nos hizo una foto con todos los zapatos, para que vieran. El piso estaba muy cerca de un supermercado que dejaba maravillados a mis padres. ¡Cuántas cosas! Iba a veces a comprar con mi madre. Se pasaba las horas comprando. Dudaba ante todo. Tantas galletas diferentes. Tantas bebidas diferentes. Todas aquellas cosas de comer, ganchitos, mortadela, cacahuetes, gaseosas, latas y más latas, qué se yo. Aunque luego acababa comprando siempre lo mismo. Llegaba mi padre el viernes con el sobre y le daba el dinero a mi madre. “Toma, para la compra”, le decía. Bueno, él se quedaba lo suyo y se largaba con sus amigos a por cervezas de la Damm. Bebían muchas. Y yo con mi madre los sábados al súper, a comprar de todo. A veces, ganchitos, inclusive. Mi madre era muy buena persona. Es verdad.

foto-relatos

Con mi padre hacían una pareja buena, buena de verdad. A ellos les gustaba mucho pasear. Nada de cine ni de teatro. Ni de conciertos. Ni de viajes raros. Ellos, a pasear. Por el barrio. Que era muy céntrico. Y había otros sorianos también por allí, gente de Almazán, de Berlanga de Duero, yo qué sé. Nos gustaba mucho ir a Barcelona en metro, a la Plaza de Cataluña. Allí había palomas y me compraban un cucurucho de cañamones para darles de comer. Qué bien, eso de dar de comer a las palomas. Me encantaba. Me hubiera pasado el día con ellas. Acariciándolas. Se me ponían encima y me hacían cosquillas. Qué risa. Y a mis padres también les gustaba. Los domingos en la Plaza de Cataluña de Barcelona con las palomas. ¡Qué más se podía pedir! Y yo me comía los cañamones, qué buenos que estaban. A escondidas, mi madre no me dejaba. “¡Que son para las palomas, niño!”, me decía. Pero yo me los comía, sabían como los ganchitos. Qué bien lo pasábamos. Cómo disfrutábamos. A mis padres no les iba mal. No se podían quejar. Les gustaba la ciudad. Y dar de comer a las palomas todos los fines de semana. Aquello sí que era diversión. Cuánta emoción. Como decía mi madre: “La emoción a flor de piel”. No sé, era como estar integrados en la vida catalana. Eso. Posar ante la cámara de mi padre un domingo por la mañana. En la Plaza de Cataluña de Barcelona. Con una paloma al hombro. Para hacerse una foto en plena democracia. Eso era integrarse. Qué coño, hasta la Generalitat tendría que haber tomado cartas en el asunto. Qué se yo, tendría que haberles dado una medalla. Por lo bien que se integraron. Es verdad. O una pensión, qué sé yo. Se lo merecían. Se vivía bien en esas fechas. No nos faltaba de nada. No se pasaba frío. Ni hambre. Hasta cañamones podíamos comprar. Para que las palomas no pasaran hambre. A mí tampoco me faltaba de nada. Quizá por eso fui tan feliz, porque no pasé hambre. Al revés, comía sin conocimiento. Crecía un montón. Un rollizo muchacho catalán.

foto-relatos

Bueno, lo cierto es que yo no nací en Santa Coloma. Nací en Arenillas. Y luego nos fuimos en tren a Barcelona. ¡En tren! Yo no me acuerdo, pero da igual. Eso de viajar en tren es muy grande. Pasa pocas veces en la vida. Luego, en la muerte, uno ni siquiera viaja en tren. Ni come cañamones. Ni bebe Konga. Vaya viaje que debimos hacer en tren mi madre y yo. En Santa Coloma nos esperaba mi padre. En ese fantástico piso. Por eso no soy catalán. No nací en Cataluña. Pero da lo mismo. Ser catalán o soriano, aquí, ya muerto, no importa. Aquel piso sí que era genial. Tanto espacio por todas partes. Y baldosas en verdad bonitas. Bonitas es la palabra. No nos hacía falta ir muy lejos para estar bien. No hacía falta marcharse de excursión. Nada de hotelitos en la Cerdaña. Nada de escapadas de fin de semana a París. Nada de esquiar en Baqueira, que se estaba poniendo de moda. Ni paseos en barco por el Cabo de Creus comiendo mejillones de roca. Todo eso no era para nosotros. Un buen piso bien situado y listo. La verdad es que mis padres ahorraban mucho. Una manía, esa de ahorrar. Por lo que pudiera pasar. Por si venía el hambre, como a veces creo que pasaba en Soria. Ahorraban en coches, que nunca tuvieron. Ahorraban en viajes, en hoteles en la playa. Las vacaciones siempre las pasábamos en Arenillas. Ahorraban en restaurantes, en joyas, en libros, en cuadros. Nada de lujos. No gastaban nada. Y así mandaban algo a los abuelos de Soria. Creo que con ese dinero los abuelos se compraron una lavadora y con ella lavaban la ropa de toda la parentela. Esa fue una buena inversión. Esa es la palabra, una buena inversión. Nos mandaron una vez una foto de toda la familia tan limpita. Parecía un equipo de fútbol, como el Barça. Qué ilusión. Mis padres, como eran ahorradores, hacían las fiestas en casa. Los domingos por la tarde siempre había fiesta en casa. Hacía mucho calor. “¡Hace un calor estepario en este piso!”, decía mi padre. Era verdad. Ahorraban también en ventiladores. Ponían las botellas sobre la mesa a las cuatro de la tarde. Una cerveza de la Damm, en julio, en un piso de la calle San Silvestre en Santa Coloma. “¡Qué más se puede pedir!”, decían los hombres. Como a ellos les gustaba. Ellos estaban en verdad bien integrados. Y yo me ponía morado de comida. Si había tarta, pues tarta. Si había salchichas, pues salchichas. Y Konga.

foto-relatos

Era un muchacho en verdad feliz. Yo y mis calcetines blancos de perlé. Qué bonita palabra, perlé. Mis calcetines de perlé con mis sandalias de verano. Para no pasar calor. Eran días de fiesta. Y yo comía y engordaba que daba gloria verme. Y el equipo de música sonando fuerte, muy fuerte. Qué gran equipo de música compró mi padre. Un tocadiscos bueno, bueno. Tenían un disco que ponían siempre. De Manolo Caracol. No es que pegara mucho entre sorianos, pero a todos nos gustaba. Sí señor, Manolo Caracol. Lo que daría por escucharlo ahora. La vida pasaba dichosa entre cervezas calientes de la Damm, tartas de nata y amigos que venían de visita y no sabían qué decir. Para eso estaba Manolo Caracol. Ponían el disco y todos callaban. Era más cómodo. Que no hay tema para hablar, pues pones un disco y ya está. Y si era de Manolo Caracol, tanto mejor. Qué bonito nombre, Manolo Caracol, qué bien sonaba. Y yo iba creciendo. Es verdad. Crecía y crecía. Engordaba de lo lindo. Mis buenas lorzas, tan saludables. Esas fotos que mandábamos a Soria de mis lorzas, para que vieran los abuelos lo bien que se comía en Santa Coloma. Y era un niño guapo, para qué negarlo. Mi madre siempre me lo decía: “Hijo mío, pero qué guapo eres”. Y las vecinas lo mismo, qué guapo chico, que si patatín, que si patatán. Y en el cole las maestras. Todo el mundo lo decía, lo bien alimentado que estaba y lo majo que era. Cuando me atropelló el autobús, un señor que estaba allí también lo dijo: “Qué pena, con lo bien alimentado que está”. Porque en mi casa había nevera. Sí señor. No como en Soria, que no había neveras. La nevera de la cocina, qué buen recuerdo. Cargada de Kongas de naranja. Recuerdo bien la fantástica cocina que tenía mi madre en la calle San Silvestre. Fantástica es la palabra. Con su agua corriente, que abrías el grifo y venga a caer agua. Nunca paraba. Yo, a veces, abría el grifo y me quedaba embobado delante del agua. Venga agua y agua. Y la luz, que dabas al interruptor y se encendía y tampoco se acababa nunca. Y con la cocina de butano, otra maravilla. La vida es una bombona naranja de butano. Aquí donde estoy no hay bombonas de butano. Una pena, la verdad. Ni cocinas, ni nada que se parezca.

foto-relatos

El piso de la calle San Silvestre era un buen sitio para vivir. Sí señor. Céntrico y espacioso. Cerca de todo. Uno debe instalarse en condiciones para integrarse de verdad. Yo creo que la bombona de butano era la prueba de la normalización. Tenías bombona naranja de butano, pues estabas integrado. Qué maravilla. Qué felicidad, una bombona naranja de butano, tan bonita. Qué invento, ese color. Pues sí. Mi madre siempre lo decía: “Vaya color bonito tiene la bombona de butano”. Mi madre siempre me llevaba como un pincel. Arreglado de verdad. Buena ropa y tal. Incluso gorritos de verano. En Soria no hacían falta, los gorritos. En Santa Coloma, raras veces. Y aunque no hiciera mucho calor mi madre me lo ponía. Aquel fantástico gorrito blanco. Me hacía pasar calor. Niño, no salgas a la calle sin gorrito. Cuando me lo compraron, mi madre quiso una foto. De recuerdo. Y para mandar a Soria. Que se enteraran los parientes de Soria como las gastábamos en Santa Coloma. Por eso me hicieron la foto. Me acuerdo perfectamente. Hacía mucho calor. Yo no quería ponerme el gorrito. Me pusieron en medio del césped, en la Rambla de San Sebastián. Tanta expectación entre los vecinos. Y yo con el gorrito puesto. Yo estaba a punto de llorar. Puede que me chillaran para que me estuviera quieto. Puede que mi padre, harto de esperar, me cogiera y me dejara allí, de pie. La maldita foto. Luego subimos a casa y me bañaron. Otro de esos lujos asiáticos. El baño. Una casa de verdad, llena de comodidades. Como el tocadiscos. Y los altavoces. Mi padre todavía no les había quitado el plástico con que debieron envolverlos en la fábrica. Para protegerlos en el transporte, supongo. “Así durarán más”, decía mi padre. En el suelo del cuarto de estar puso papel de embalar, a modo de moqueta, o de alfombra. Para eso nos les llegaba el dinero, para moquetas o alfombras. ¿Y el sillón de escay que teníamos? Cómodo de verdad. Cómodo, esa es la palabra. El fantástico sillón de escay bien vale toda una vida laboriosa en la construcción.

foto-relatos

Y los domingos también merecían la pena. Mi padre adoraba los domingos. Todo lo importante pasaba los domingos. Vaya días, los domingos. El mejor día de la semana. Y lo que les gustaba a mis padres ir a las bodas los domingos. Porque también se hacían las bodas siempre en domingo. Hubo una fiebre de bodas entre sorianos y andaluzas esos años. Es cierto. Salía hasta en la prensa. Los sorianos con las andaluzas. Hacían buenas parejas. Y a las andaluzas les gustaba mandar fotos a Andalucía con esos vestidos tan blancos. Novias blancas de la cabeza a los pies. Con aquellos vestidos tan blancos, con aquellas caras tan pálidas. Bueno, además era la única ocasión de celebrar una fiesta de verdad. Con champán fresco y no calentorro. Con tartas como Dios manda. Con los amigos de verdad contentos. Y la novia contenta. Y el novio también muy feliz en ese día. Y los padres de la novia que también estaban allí, qué se le iba a hacer, la niña quiso casarse con un soriano, qué se le iba a hacer. Qué remedio, mientras no se vayan a Soria. Mientras la respete y tenga dinero y buena colocación. Como decía mi padre, al fin y al cabo casi toda la vida es una ceremonia. Aquellas bodas nunca se me olvidarán. En ellas daban mi platillo favorito. Más que las salchichas Frankfurt. Mucho más que los ganchitos o los cañamones. Los entremeses, nada más y nada menos. El único, fantástico e irresistible plato de entremeses. Qué maravilla. Un plato de entremeses justificaba una vida entera. Un plato que marcó toda una época. Se me hace la boca agua solo de pensarlo, y eso que estoy muerto. El huevo duro en el centro. A los lados, el embutido, los maravillosos fiambres del principio de la democracia española. El chorizo sin denominación de origen, que nadie sabía de dónde era, pero eso importaba poco entonces. Y el salchichón con piel sin quitar, yo creo que nadie se la quitaba, yo no, me comía el salchichón con la piel. Y aquellos embutidos del color pálido de la carne muerta, que nadie sabía cómo se llamaban. O el jamón dulce o de York, tan socorrido él, se ponía en todas las bodas, podía haber chorizo o no, huevo duro o no, pero jamón de York, siempre. Y la mortadela de la Italia, de tan lejos, vaya lujo, mortadelas volando en avión desde la Italia. Y la butifarra que hacían en Cataluña y que nada tenía que envidiar a los demás embutidos, nada. En serio. Y esa cabeza de jabalí que nadie se comía. Pero nadie, nadie. Cómo no se daban cuenta los de la cocina, o el encargado del restaurante que nadie se comía la maldita cabeza de jabalí en aquellas bodas tan sofisticadas. Eso me preguntaba siempre. Pero yo sí que me la comía. Y ahora, muerto, también me la comería. Un muerto se come una loncha de cabeza de jabalí. Qué maravilla.

Foto-relatos-entremeses-infancia (9)

Y fueron pasando los años. Yo crecía hecho un primor. Rollizo. Era un buen estudiante. Mi padre no quería que fuera albañil. “Tú, hijo mío, debes ser aparejador”, me decía. En eso soñaba. En que yo dibujara las casas para que él las construyera. “Ya verás, haremos un buen equipo”, me decía. Mi padre, menudo disgusto se debió llevar el día en que me atropelló el autobús. Todos sus planes al traste. Pobre hombre. Cómo envejecía. Llegaba a casa tan cansado del trabajo. Tenía que ponerse gafas para ver la televisión. La televisión, por cierto. Otro gran invento. Era fabulosa. No entendíamos cómo funcionaba, pero allí estaba. Le dabas a un botón, y zas, gente detrás del cristal. Como si fuera magia. Era cosa de magia. Lo que me gustaba a mí la televisión. Es una de las cosas que más echo de menos ahora que estoy muerto. Desde luego, no la he vuelto a ver. Bueno, en realidad no he visto nada desde que me atropelló el autobús. Pobre conductor, cada vez que me acuerdo. Pobres padres míos. Mis padres envejecían, yo crecía, y los veranos a Soria de vacaciones. Nuestros amigos sorianos nos visitaban y así nos parecía que estábamos en Soria. Es verdad. Siempre con sorianos. Yo tenía dos amiguitas muy guapas. No recuerdo sus nombres, solo que eran muy guapas y que siempre vestían igual. Y que también eran sorianas. Parecía destinado a casarme con una de ellas. Y no me hubiera importado. Eran tan guapas, siempre vestían igual. Pero igual, igual. Qué lindas. Con los calcetines bien altos. Hasta las rodillas, sí señor. Así debe ser. Venían a casa a ver la tele. Y se sentaban en el sofá con tanta corrección. Ese sofá de tela nuevo que a mí no me gustaba. Me gustaba más el de escay. En el de escay me sentaba y me quedaba como pegado, en verano sobre todo. No sé por qué lo cambiaron. Me sentaba y notaba mi cuerpo. Notaba la carne. No en el otro, que parecía de algodón, como una nube. No hay nada como el escay.

Foto-relatos-entremeses-infancia (10)

En fin, cómo echo de menos el sillón de escay. Bueno, pues nada, que ya voy terminando. Porque no sé qué contar más, ya lo tengo todo dicho. Unos días antes de morir mis padres me mandaron a esquiar con la parroquia al Pirineo. ¡Qué maravilla! Menos mal que antes de morir me dio tiempo de tocar la nieve. Estábamos allí unos chavales con los frailes y uno de ellos me dijo: “¡Hala, Jordi, ponte ahí, que te voy a hacer una foto!”. La última foto, como si lo hubiera barruntado. Cosa de magia. El accidente fue un martes. Y las fotos me las hizo el fraile en domingo. Igual que hacía mi padre. Las fotos siempre en domingo. O sea, debieron tomármela dos días antes de morir. Yo tan lustroso, siempre tan arregladito con esos pantalones de pana que me compraba mamá en una tienda ambulante en Santa Coloma. Tan crecidito. Vaya sonrisa que me gastaba. Todo un jovencito ya, con catorce años. Y esos pantalones que tan bien me sentaban. Con esos calcetines tan estirados, aunque no se vean en la foto. Como mis amiguitas. Como todos los niños sorianos que conocí en Santa Coloma. Mi madre me decía: “Sobre todo, hijo, súbete bien altos los calcetines. Los calcetines son como el orgullo, hay que llevarlos bien altos, como el orgullo y la cabeza y el apellido de los Álvarez, de Soria”. Creo que fue la frase más larga que me dijo mi madre nunca. En toda la vida. Eso también fue aquel fin de semana, antes de salir en autobús para esquiar, dos días antes del atropello. Ya ven lo bien que vivíamos. Lo bien que vestíamos. Lo bien que comíamos. La tele y el equipo de música. Eso sí, mis padres ahorraban en cuadros. Y en lámparas. Y en alfombras. Y mi padre que nunca retiró el plástico del equipo de música. Yo creo que igual le gustaba ese sonido de música surgiendo desde atrás. Pero, a pesar de todo, fuimos felices. Muy felices. Éramos ricos. Ricos de verdad, sin ironía. Bebíamos Konga fría y cervezas de la Damm. A veces, hasta comíamos entremeses. Y yo, de todo eso, aquí, desde que estoy muerto, nada de nada.