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Resulta que alguien ha encontrado las fotos de mi viaje a la India de 1958 y ahora quieren que esto salga a la luz, que aparezca en internet, aunque no tengo ni idea lo que es eso de internet. Parece un milagro pero es cierto. Bueno, en realidad es un milagro que se perdieran las fotos y que alguien las encontrara antes de su destrucción, es un milagro que me den la oportunidad de hablar, todo es un milagro. Dicen que así mis fotos y mis palabras podrá verlas y leerlas la gente, que eso es internet, lo que parece un milagro, al menos desde la tumba. ¿Internet? El nombre no está mal, suena comercial, eso sí. Dicen que cualquier persona del mundo podrá ver las fotos y leer las palabras, en Australia, en Singapur, mejor en América Latina por aquello del idioma, aunque también me dicen que ahora el español se habla en todas partes. Eso también es un milagro. Así que todo es un milagro, que encontraran las fotos, que me dejen escribir estas palabras sobre la India, sobre la vida y la muerte, que la gente acceda a todo esto y encima lo entienda. Pues sí.

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Pero déjenme que me presente. Me llamo, o me llamaban, Roberto Giralt y estoy muerto. Me piden que escriba algo sobre mi vida, que transcurrió entre 1912 y 1981, para que de esta manera alguna huella quede de mí y de mi paso por la Tierra. Una huella, un indicio, algo, algo más que un nombre escrito sobre una lápida y que pronto habrán de retirar, en cuanto expire la concesión del cementerio, algo más que un nombre en un archivo, en un registro, algo más que una noticia breve en una revista especializada, que una firma bajo un artículo. No sé realmente quién me lo pide, pero me aseguran que saldrá en internet y que puede que alguien lo lea. Entonces, creo que es una buena oportunidad para salir del olvido en que me sumió mi muerte, olvido de mí mismo, olvido de los demás, por otro lado tan normal. Es, como decía, un verdadero milagro.

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Sin embargo, me pregunto a quién le importan las peripecias intrascendentes de un ginecólogo fallecido en 1981. No tienen ninguna importancia. Nada tiene importancia desde aquí, no importa lo que aconteciera en vida, si fue interesante, o vacía, o memorable, o insustancial, o plena. Nada importa desde aquí. ¿Me levantaba con optimismo, desayunaba convenientemente, acudía a mi trabajo en transporte público, abría la correspondencia nada más llegar a la consulta, me excitaba con las mujeres que se desnudaban tras el biombo y a las que examinaba sobre la camilla? ¿Hacía deporte para rebajar el peso, me repugnaban las ostras, leía la prensa con la periodicidad requerida, tenía opiniones políticas contrarias a las oficiales, iba a ver partidos de fútbol? Bueno, de todo eso no escribiré. Será mejor que se lo imaginen por su cuenta, no es tan difícil. Escribiré del viaje a la India, desde la muerte, tan solitaria, cuánta añoranza.

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Sin embargo, tampoco me gustaría que ustedes se llevasen una mala impresión de la muerte. Al fin y al cabo, tampoco está tan mal. Uno se muere y listo. Ya no pasa nada. El olvido es, cómo diría, reparador, necesario, una bendición. Un milagro, desde luego. Imagínense la memoria de todos los humanos que han existido pululando por ahí, saturando el espacio y el tiempo. Imagínense a todos los humanos viviendo siempre, abarrotando la Tierra, vaya galimatías. Simplemente, no puede ser. La muerte es necesaria. Es un milagro. Sí, la muerte es milagrosa, lo más necesario que se puedan imaginar. Y siempre llega en el momento justo. No se crean que se adelanta. Hasta los jóvenes mueren milagrosamente. Y los bebés. Cuánto milagro. Pero esto de tener una oportunidad no está mal. Esto sí es, verdaderamente, un milagro. Todo el mundo debería tenerla. Al menos una vez en la muerte, salir unos días por internet para contar algo de la vida, un episodio, como mi viaje a la India de 1958.

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Como no tuve hijos, comprenderán que no escriba sobre el particular. Si los hubiera tenido, quizá mi presencia en la Tierra hubiera sido más ostensible, o al menos más persistente, aunque solo fuera por unos años. Pero tanto da. A la tercera generación hasta los descendientes se olvidan de sus ascendientes, de su obra, de su carnalidad, de sus problemas gastrointestinales, de aquella rotura de un hueso de la pierna, del atracón en una comida, de la borrachera memorable, de la lectura de un libro. De sus fotografías que tiran en una limpieza rutinaria. Tampoco tengo ganas de escribir sobre mi profesión. Fui ginecólogo, y no malo, acudí a congresos, dicté conferencias, escribí algún artículo que publicaron en las revistas más importantes de la época, ya olvidadas, por otro lado. Sin embargo, no descubrí nada nuevo, qué se yo, una afección no descrita, un procedimiento para sanar, una prótesis, nada, por lo que tampoco tiene mucho interés hablar sobre ello. O un tratamiento de fertilidad. Pero recuerdo bien el viaje que hice a la India en 1958. Fueron dos meses inolvidables, de verdad. Un milagro. Y sobre esto sí que me apetece escribir.

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El viaje a la India, qué maravilla. Fue en el año 1958, en abril y mayo. Hace 50 años, que quizá para ustedes sea mucho tiempo, aunque ahora para mí no sea nada. Desde la nada, da igual que transcurran 50 o 5000 años. Pero 50 años para ustedes deben ser una eternidad, pobrecitos. Muchos ni siquiera habréis cumplido los 50. Otros nunca llegaréis a cumplirlos. Pero lo que es seguro es que dentro de otros 50 también habréis muerto. Espero que para entonces quede alguna huella de vuestro paso por la Tierra, aunque es poco probable. Rezad entonces para que alguien os de una oportunidad como la que ahora me brindan a mí, esta de asomarse por unos días a la red y dejar un testimonio. Vaya lujo, hablar de la India desde mi tumba, desde mi añoranza de la corporeidad, un sin cuerpo que habla de la acumulación de los cuerpos, de la carnalidad más palpitante, todo un lujo, lo juro. Un milagro, vaya.

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Agra, Khajuraho, Benarés la sagrada, Delhi, Calcuta… No recuerdo bien el itinerario exacto, pero esto no importa. Fue un viaje en avión muy largo, pero esto tampoco importa. No recuerdo el nombre de ningún hindú, aunque conocí a algunos, tan amables ellos, tan desenvueltos, tan inocentes, tan prestos a darte lo que no tenían, tan temerosos de aceptar lo que uno les daba. Fueron dos meses recorriendo el país y lo que más recuerdo es la presencia humana, siempre humanidad por todas partes, desde el amanecer hasta la noche. Yo estaba fascinado, los cuerpos se me mostraban sin tapujos, algo inconcebible para un ginecólogo español en pleno franquismo, los cuerpos no se ocultaban, no se ocultaba la desnudez, la enfermedad, la miseria, el dolor, la risa, la alegría. Nada se ocultaba y a todas horas todo estaba presente. Como un empacho de humanidad, más o menos. Un milagro de humanidad. Ni más ni menos.

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Un empacho de cuerpos humanos. Una celebración de la carne. El movimiento, la actividad, el ruido, una celebración de la vida. Miradas, sonrisas, llantos, palabras, todo volaba por el aire. Era extraordinario. Acostumbrado a la vida recatada y gris de la Barcelona de 1958, los congresos eucarísticos, la Semana Santa, el Nodo, la represión sexual, la ausencia de libertades, todo aquello, la India de 1958 era otro planeta, literalmente. Como haber aparecido, después de un vuelo eterno, en un mundo diferente, solo que lleno también de seres como nosotros, tan a la mano, tan corpóreos, tan milagrosos. Había gente por todas partes. Había enfermedad, y lujuria, había heridas y llagas, había deseos flotando en el aire, y dolor, todo tan a la vista, sin pudor, sin tapujos, había una celebración constante de la vida, vida a la intemperie, vida debajo de la vida.

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Y esos cuerpos femeninos sin grasa, esbeltos, hermosos, esos ojos tan adorables, el puntito rojo en la frente, aquellas mujeres tan deseables que mostraban sus cuerpos sin rubor porque no concebían el rubor, claro, entre tanta humanidad. El rubor es propio del individualismo. Esas mujeres que se bañaban en el agua sagrada del Ganges para purificarse, aunque verdaderamente no sé de qué, si eran tan puras. Aquellas mujeres que daban de mamar a sus criaturas en plena calle y que mostraban sus pechos sin cáncer a la vista de todos aquellos que no miraban, salvo yo. Aquellas mujeres que curaban sus heridas a la vista de todos, estuvieran las heridas donde estuvieran. Yo era un hombre de costumbres algo rígidas, para qué vamos a engañar a nadie. Me ruborizaba al principio esa exhibición de carnalidad. Es cierto, aunque poco a poco fui acostumbrándome a ese milagro.

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Luego pasé por una fase de deseo sexual incontenible, en serio. Deseaba yacer con aquellas mujeres, deseaba sus cuerpos, sus sexos que yo imaginaba bien como buen ginecólogo, me veía acudiendo a citas inconfesables en tugurios de arrabal, a habitaciones de hoteles sórdidos, contratando a prostitutas en las callejuelas inmundas. Me veía despojado de mis prejuicios y yaciendo en la cama con adolescentes, con ancianas, daba igual. Laura estaba sorprendida de mi hiperexcitación, en los hoteles, por las noches. La requería constantemente, y esto duró un par de semanas. Llegó incluso a cansarse, a enfadarse, como si con mi actitud quisiera decirle algo impropio. Para ella era como si quisiera probar por última vez nuestra competencia en la procreación, como si esa eclosión de natalidad debiera contagiarse para que ella se quedara, por fin, preñada. Pero era falso. Para mí era una simple actividad erótica y pensaba en aquellas mujeres mientras lo hacía con Laura.

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Y al final veía a las mujeres como tales, simplemente mujeres hindúes felices de vivir, despojada la contemplación de deseo, mujeres que eran simples cuerpos humanos llenos de huesos, de vísceras, sin erotismo, acostumbrado ya a esa presencia constante de la carne. Algo natural verlas evolucionar, bañarse, sacar sus pechos para amamantar a sus hijos, junto a sus hombres, hombres y mujeres hindúes entregados a la vida. Como ellos supongo que se veían unos a otros, como una manifestación continua del milagro de la vida. Supongo. Y como debían vernos a nosotros, porque en cuanto cambió nuestra actitud y fuimos más naturales fue como si ellos nos correspondieran, como si nos vieran también con naturalidad, como si fuéramos uno más de la comunidad. Bienvenidos al milagro. Y hubiera dado la vida por quedarme allí para seguir viviendo entre esas multitudes.

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Las multitudes. La gente callejeando, siempre volcada en la calle. De hecho, el único lugar donde estaba solo era la habitación del hotel. Bueno, allí estaba con mi mujer, Laura, que también murió, pero hacia 1993, aunque nunca la he visto en este lado. Eso de que los muertos se reúnen después de la muerte es una tontería, un gran engaño. Nunca he visto a nadie, ni a Laura, ni a los amigos, que también murieron todos, a nadie. A ninguno de los millones de hindúes que pasaron junto a mí por las calles de las ciudades, en los pueblos, por las carreteras, en las estaciones de tren, en los vestíbulos de los hoteles. No he vuelto a ver a nadie nunca. Lo que también es un alivio, creedme, uno, cuando está muerto, lo que necesita es tranquilidad, imaginad lo que sería estar consciente toda la eternidad y rodeado de los otros seres que han vivido, vaya galimatías, vaya ruido. Una eternidad de ruido sería insufrible. ¿No se mide el confort de una vivienda por el silencio que la envuelve? Pues imaginad el paraíso, o el infierno, lleno de gente hablando o chillando. Una locura.

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Yo era ginecólogo y mi trato con el cuerpo humano era constante, en la clínica, en la consulta, sobre todo con mujeres, cuerpos femeninos todos los días pasando ante mis ojos, sexos abiertos, senos mustios, pedazos de carne sin identidad, todo tan profesional y distante. Entonces, en 1958, yo tenía 46 años, estaba en la flor de la vida, mi carrera profesional parecía consolidada, mi matrimonio funcionaba bien, aunque no tuviéramos hijos, qué ironía. El cuerpo de Laura fue el que mejor conocí, y no solo porque fuera mi mujer y nuestra intimidad fuera un asunto cotidiano, sino porque lo analicé clínicamente desde todos los ángulos. Hasta sus ovarios eran familiares para mí. No hubo manera de que se quedara preñada. Entonces, en 1958, no podía imaginar que el culpable fuera yo. La mujer era siempre la responsable de la esterilidad del matrimonio. Sin embargo, puede que fueran mis espermatozoides los responsables. Ahora me doy cuenta. Si hubiera descubierto entonces algún método eficaz de fertilidad, quizá hubiera habido una forma de remediar nuestro drama. Y por ende me hubiera hecho rico y famoso. ¿Hubiera hecho falta salir, entonces, por internet? Bueno, yo creo que sí, que hasta el más famoso de los personajes estaría encantado de salir un rato aquí y expresar sus opiniones. Seguro.

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Quizá por eso escogí la India para el viaje de nuestra vida, por la esterilidad de mi mujer, por la ausencia de los hijos, cierta desesperación en los ojos de Laura cada vez que las pruebas daban negativo. Cada vez que me miraba. Por eso hicimos El Viaje con mayúsculas, ese que se hace una sola vez y que queda prendido de la memoria, y es verdad, para el resto de la vida. Aún diría más, ese viaje queda prendido de la memoria para el resto de la muerte. Por eso el viaje a la India era algo especial. De alguna manera teníamos que compensarnos. Una pareja en crisis hace un viaje para salir de la crisis. ¿Morbo? ¿Deformación profesional? ¿Exotismo? ¿Misticismo? Bueno, también, un poco de todo. Los cuerpos humanos, allí, en la India, lo son todo. Todo.

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Y Laura mirando con ojos alucinados esa eclosión de natalidad. ¿Por qué yo no? Se preguntaba. ¿Por qué todas ellas sí y yo no? Millones de mujeres pariendo sin descanso, vaya espectáculo. A ellas, las hindúes, les sobraban los hijos, eso saltaba a la vista. Sin embargo, Laura no pudo tener hijos, por mi culpa, puede ser. Hubiera sido tan sencillo comprar un crío de aquellos, llenos de suciedad y cicatrices, llenos de sonrisas y vitalidad. Tan sencillo. Tan sencillo por unos cientos de rupias llevarse a un crío hasta el avión, hasta Barcelona, y limpiarlo bien, y vacunarlo, y educarlo en el catolicismo, y hacer de él un hombre de provecho, con una buena profesión y posibles, con dinero suficiente para que él, 50 años después, hiciera su viaje a la India en busca de sus raíces. Tan sencillo. ¿O no?

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Era sorprendente la acumulación de carne humana que había por todas partes. Salías de la habitación del hotel, cruzabas el umbral, y ya en los pasillos te topabas con los hindúes, camareras de pisos en cuadrillas, encargados o conserjes o mozos o cocineros o pinches por todas partes, en la recepción te atendían de dos en dos, y nada más salir, en la puerta del hotel, taxistas llamando tu atención, gente en la calle, siempre gente en la calle, de día y de noche, siempre. Me despertaba en mitad de la noche, me asomaba a la ventana y ahí estaban, como esperando a que me asomara, decenas de personas a las cuatro de la madrugada yendo y viniendo, mirando hacia mi ventana, saludando, como si estuvieran esperando, como si su presencia allí debajo estuviera ligada con mi presencia allí arriba y la eventualidad de que me asomara. Como si los hubieran contratado los del hotel para agasajar a sus clientes.

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Y luego la calle. Bueno, la calle o el exterior, da lo mismo, me refiero al aire libre, sí, a las calles de las ciudades, o las carreteras, los caminos, los campos también abarrotados, los templos, los sitios turísticos, todo lleno de humanos tan vivos, tan interesados por todo, tan atentos, esas miradas, esos gestos, esas enfermedades que les colgaban de sus cuerpos y que eran tan visibles, todo tan visible, tan expuesto, la miseria, la alegría, la pena, la palabra, las miradas, las presencias, los cuerpos de carne, las vestimentas, los olores, aquellos olores que resucitarían a un muerto, aquellas gentes tan vivas que resucitarían a un muerto, cualquiera de ellos tenía vida suficiente en las venas para resucitar a uno o dos muertos. Y como eran tantos. Y como son tantos…

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Quizá esa podría haber sido mi contribución a la ciencia médica, un procedimiento para trasvasar vida, la vida rebosante de los hindúes, a los muertos que ya no la tenemos, un ingenio como si fuera un tubo conectado del cuerpo vivo al cuerpo muerto para hacer esa magnífica trasfusión de vida, muertos resucitados gracias al exceso de vida de los vivos, al menos allí, en la India, esto hubiera sido posible, desde luego. No imagino algo similar en Europa, tan encerrada y egoísta, en España, tan individualista e insolidaria, con los vivos tan justitos de vida, pero sí en la India, cualquiera de aquellos niños, y digo bien, niños, hubiera estado dispuesto a ceder parte de su vida, la que le sobrara, para resucitar a un muerto, o a media docena diría yo. Cada niña hindú hubiera podido resucitar, si mi aparato hubiera funcionado, a una docena de muertos de cualquier época. Seguro que lo hubieran hecho. Seguro. Y los muertos de todas las épocas encantados de resucitar, aunque fuera en la India y en la miseria. Esto os lo garantizo. Más vale ser mendigo en la India, donde, por otro lado, todos dan algo, que muerto en la nada. Más vale.

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Es verdad, además de la vida, también la muerte estaba siempre presente en las ciudades de la India. Ibas tan tranquilo, eso siempre dentro de lo que cabe, por las calles de una ciudad y de repente te cruzabas con un entierro. Siempre eran multitudinarios esas ceremonias fúnebres. En España, a veces, los muertos son enterrados en soledad, cuando no tienen descendencia o nadie se acuerda de ellos. Yo aún tuve suerte. No tenía descendencia pero a mi entierro vinieron muchos compañeros porque morí relativamente joven, antes que ellos, gente de la profesión, ginecólogos y tal, enfermeras del hospital, todo eso. Sin embargo, Laura no tuvo tanta suerte. A ella la enterraron dos sobrinas. Nadie más fue a su entierro. Ella no tuvo hijos. Nadie se acordaba de ella. Mis compañeros habían muerto en su gran mayoría y los que vivían no estaban para muchos trotes. Los amigos habían muerto o no estaban para muchos trotes. Por eso se perdieron las fotografías. Nadie las recogió. Se vendieron junto a los muebles y todo lo demás. Y las fotos de la India, que ahora salen en internet. Un milagro.

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Bueno, no era exactamente así, no te encontrabas un entierro en sentido estricto, te encontrabas un cortejo fúnebre. Bueno, es difícil explicar qué es lo que te encontrabas, dado el vocabulario sobre la muerte unido al español. No era un entierro, o un cortejo, era una fiesta que recorría las calles, una manifestación de vivos con el muerto por delante, todo tan exagerado, tan abierto, esos muertos envueltos en telas que seguían ostentando su corporalidad después de la muerte, ninguna caja de madera que ocultara las formas, no, allí estaban los cuerpos tan a la mano, con su forma, el bulto de la cabeza, los bultos de los pies, esos cilindros de carne muerta que iban a ser quemados. Allí quemaban a sus muertos, algo mucho más higiénico. No os penséis que vuestros cuerpos resucitarán mejor o peor si son enterrados antes que quemados. Simplemente, no resucitarán de ninguna de las maneras. Y para salir en internet, bastan un puñado de palabras y, en este caso, unas cuantas fotografías de aquel viaje a la India.

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Realmente, ahora que lo pienso, ahora que puedo hablar de todo ello con perspectiva, desde la muerte, es como si todo aquello no hubiera terminado, es como si yo continuara eternamente de viaje por la India, siempre en 1958, qué más da el año, ese eterno 1958 en que viajé hasta allí y me vi sumergido en ese mar de cuerpos humanos, hombres, mujeres, niños, ancianos, siempre cuerpos por todos los lados, con sus enfermedades a cuestas, sus alegrías, con su equipaje al completo, todo lo que uno puede esperar de la vida, todo lo que uno puede añorar desde la muerte. Ese viaje no terminó a finales de diciembre de 1958, poco antes de las Navidades y de nuestro regreso. No, ese viaje continua sucediendo, y de eso dan cumplida cuenta las fotos, mis palabras, la memoria de mi vida, que aunque no saliera aquí estaría en alguna parte, digo yo. Y la memoria de los hindúes, de aquellas gentes que, por estar tan llenas de vida, seguramente ahora estarán tan llenas de muerte. Como ellos creen, volviendo eternamente, reencarnándose, viviendo y muriendo eternamente.

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Sí, es verdad, puedo jurarlo, puedo apostar la muerte que me queda por morir, me lo puedo jugar todo, aquel viaje sigue transcurriendo, seguirá transcurriendo eternamente, aquellos cuerpos, como el mío o el de Laura, siguen entregados a sus quehaceres, unos siguen trabajando, otros comiendo, otros bebiendo, otros viajando, otros sufriendo, o dando de mamar a sus hijos, o curando sus heridas, o mostrando la desnudez, siguen y siguen, siempre, como si cada instante de la historia de la humanidad continuara para siempre, cada segundo El Segundo, cada instante El Instante, cada vida La Vida, cada cuerpo El Cuerpo, cada muerte La Muerte. Estas fotografías dan fe de ello. ¿No es verdad? En ellas, el niño que corre sigue corriendo, la muchacha que sonríe sigue sonriendo, el mendigo que pide sigue pidiendo, el flautista toca su instrumento eternamente, la gente que camina y tiene el pie en el aire sigue caminando, el pie siempre en el aire.

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Y yo sigo vivo a la vez que muerto, sigo muriendo sin parar, a cada segundo o como quiera que se llame el tiempo, sigo muriendo y viviendo. Es verdad que no salgo en las fotografías y que nunca sabréis qué aspecto tenía, pero es igual. Yo soy ese mendigo tirado en el suelo y apoyado en la pared, uno cualquiera, uno de los millones de hindúes que había en la India, uno de los millones de humanos que había en la Tierra. Que hay. Yo soy tú. Mi yo muerto es tu estar vivo. Harás un viaje a la India alguna vez, tomarás fotos de los cuerpos, morirás alguna vez. Entonces, ojalá que alguien te de la oportunidad de hablar, aunque solo sea una vez, desde la muerte. Ojalá. O puede que te sirva esta oportunidad que me dan a mí, puede que mis palabras sea suficientes para todos los muertos que no pueden hablar pero lo desearían, para todos los vivos que morirán y que también desearán hablar desde la muerte. Puede que entonces estas palabras nos sirvan a todos. Como un milagro.