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Por el abate Alberto Troncarelli.

Cuántos herejes han puesto en duda la existencia del Purgatorio, gnósticos, arrianos, albigenses, el mismo Lutero que hizo del santo lugar tema para su Retractación del Purgatorio, en donde lo calificaba de “mera patraña del diablo”, o Calvino que lo llamaba “fábula fatal de Satanás, que destruye la virtud de la cruz de Cristo”. Sin embargo, es bien sabido que el Purgatorio no es solamente un estado cierto, sino un lugar real, como prueban tanto las Sagradas Escrituras (Macabeos 2, XII, 32 y siguientes; Corintios 1, III, 11 y siguientes; San Mateo, XII, 32; Tobías, IV, 18; Isaías, IV, 4; etc., etc.) o las doctrinas de Suárez y de Belarmino, de Tertuliano en su De monogamia, de san Cipriano, de San Cirilo de Jerusalén, de San Juan Crisóstomo, de San Agustín, o el libro de Santa Catalina de Génova Del Purgatorio (Barcelona, 1887), o las decretales de los Concilios Cartaginense III y IV, Romano IV, Aurelianense, Toletano XI, Cabilonense, Womartiense, Lugdunense II, Florentino, Tridentino y tantos otros, que es de admirar la gente que ha puesto en duda su existencia, no solamente como estado, sino como lugar cierto.

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17º Congreso sobre el Purgatorio.

En esto del lugar real de su ubicación y sus características geográficas hasta modernos autores tan admirados como el barbastrense Manuel Vilas, en su celebrada Aire Nuestro, han descrito con profusión de detalles sus autopistas, calles y aún hoteles y lugares de ocio, aunque debamos reprochar al insigne escritor su predilección por los personajes célebres y sus maneras de purgar sus penas olvidando a los comunes mortales que abarrotan tales geografías. Quizá por todo ello, el creciente interés ya no de los creyentes sino del público en general por este espacio que la mayoría habremos de habitar tarde o temprano, se celebró el 17º Congreso sobre el Purgatorio en Roma, entre los días 28 de junio y 2 de julio de 2012, en el que, como asunto principal, se discutió sobre su realidad física y las pruebas que se han ido recogiendo a lo largo de los siglos, que como se verá no son pocas ni menores, pues oradores y estudiosos procedentes de media Europa aportaron sus testimonios, documentos y fotografías, que serán analizadas en este breve artículo.

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Viajes al Purgatorio.

Pero antes de ello debemos referirnos al viaje que realizó al Purgatorio de San Patricio, en Irlanda, el noble Malatesta Ungaro, de Rímini, por encargo de Eduardo III de Inglaterra, por ser tenido en los anales teológicos por cierto, conservándose en el Archivo Nacional de Dublín prueba documental del mismo: “…había ido como peregrino y arrostrando muchos peligros al Purgatorio de San Patricio, en nuestro reino de Irlanda, y que había estado encerrado dentro de él, como un muerto, por el plazo ordinario de un día y de una noche”, la cual cosa probaba con su testimonio de noble y las cartas de Almarico de San Armando, caballero y juez de Irlanda, así como con las cartas del prior de la comunidad de dicho Purgatorio, que se conservan como oro en paño en ese Archivo. Aunque no se trata del único viaje cierto al Purgatorio, pues también el vizconde Raimundo de Perellós, señor de Ceret, en el Rosellón, ingresó en el Purgatorio a través de un cueva para comprobar personalmente el estado del monarca aragonés Juan II, que se pensaba, erróneamente, que estaba en el infierno, cuando, en el  momento del viaje de Perellós, se encontraba ya a punto de salir del Purgatorio. Pero aún hay otro relato que dice que a finales del siglo XV un fraile holandés fue a ver el Purgatorio llevando una bula papal que le autorizaba para ello, permaneciendo en dicho sitio las 24 horas prescritas.

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Fotografía de un alma del Purgatotio.

Pues bien, fueron muchas las pruebas fotográficas y documentales presentadas en el congreso de Roma como prueba real de la existencia del Purgatorio, sobre todo provenientes de personas en él confinadas, aportadas por abates y presbíteros de media Europa, y aunque la calidad de las reproducciones fotográficas no es muy buena, se ha optado, en aras del renacido interés por este santo lugar, reproducirlas en este breve artículo. Desde la misma Roma, el abate Luigi Peroni presentó esta reproducción fotográfica del altar de Nuestra Señora del Rosario procedente de una capilla cuya existencia es anterior a 1900, en la que es bien visible la imagen que quedó sobre la pared después de un pequeño incendio acaecido el 15 de noviembre de 1897. Mucho se especuló en el congreso sobre su significado, siendo opinión mayoritaria que se trataría de la imagen de un antiguo feligrés de la iglesia en estancia temporal en el Purgatorio, sometido a las penas de daño cierto en fuego, pues así se presenta su anatomía, martirizada por dicho elemento.

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Aparición de Luisa Le Sénèchal.

El diácono francés Jean Périers disertó sobre la aparición, acaecida en el año de Nuestro Señor de 1875, de Luisa Le Sénèchal, nacida en Chanvrières y fallecida el 7 de mayo de 1873, a su marido Luigi Le Sénèchal, en la casa de ambos de Ducey, departamento de la Mancha, para pedirle oraciones y dejándole como señal la impronta de sus cinco dedos sobre el gorro de noche (se aprecian tenuemente en la parte baja de la prenda). Según el relato autentificado de la aparición, la quemadura sobre el gorro fue hecha por la difunta Le Sénèchal para que el marido documentase con signo visible a la hija, que era agnóstica, la petición de celebración de misas. La muchacha, convencida por argumento de semejante calibre, no solamente encargó las misas que sirvieron para que su madre saliera del Purgatorio, sino que ella misma quedó convencida de la autenticidad de la fe en Cristo, que abrazó con ahínco renovado. Queda claro con esta prueba, como con otras que se expondrán en adelante, que en el Purgatorio las almas sufren penas de daño cierto, en su mayoría infringidas por el fuego, pues al venir a este mundo suelen quemar cuantas cosas tocan.

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El mandil de sor María Herendorps.

Sin embargo, tiene más calidad el facsímil fotográfico (el original se conserva en Winnenberg), presentado por el teólogo alemán Zuckmayer, de una impronta de fuego dejada el sábado 13 de octubre de 1696 sobre el mandil de Sor María Herendorps, religiosa conversa del Monasterio Benedictino de Winnenberg, cerca de Warendorf, en Westfalia, por la mano de la difunta hermana Clara Schoelers, religiosa corista (que no corista religiosa) de la misma orden, fallecida de peste con suma impaciencia en 1637. Parece ser que dicha hermana fue presa de descorazonamiento ante la lentitud de su enfermedad y que deseó una muerte súbita para no sufrir más. Pero siendo muy fervorosa, y ante los exhortos a la madre superiora, se repuso con calma a la voluntad de Dios. Algunos días después, en la mañana del 5 de junio de 1637, santamente expiró. Se apareció en la noche del 5 al 6 de junio, circundada por sombras, pero reconocible, a la hermana Sor María, a quien le comunicó que estaba en el Purgatorio para espiar su gran impaciencia frente a la voluntad de Dios. Pidió oraciones de sufragio y para testificar la realidad de su aparición, posó su mano sobre el mandil de Sor María. Reapareció a la misma hermana entre el 20 y el 25 de junio para darle las gracias y dar avisos espirituales a la Comunidad antes de subir al Cielo. En la parte inferior de la fotografía está la impronta quemada de dos manos, pues además de dejar su huella en el mandil también lo hizo sobre una tira de tela.

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La difunta madame Leleux.

Siguiendo con las pruebas presentadas por tan eminentes estudiosos del Purgatorio, que demuestran claramente que las ánimas lo habitan y que, a veces, nos visitan para pedirnos favor, se reproduce ahora esta fotografía de la impronta dejada por la difunta Madame Leleux sobre la manga de la camisa de su hijo Giuseppe durante su aparición, la noche del 21 de junio de 1789, en Wodecq, Bélgica, documento presentado por el padre Couperus. Según el relato del hijo, su madre había fallecido hacía 27 años cuando se le apareció la citada noche, después de que por once noches seguidas había escuchado intensos ruidos que le habían asustado y que casi le cuestan una enfermedad. La madre le recordaba la obligación de las Santas Misas como legado paterno y le reprendía por la vida disipada que llevaba, rogándole que cambiase de conducta y que trabajara para la Iglesia. Le puso la mano sobre la camisa, dejándole una huella visibilísima. Guiseppe Leleux se regeneró y fundó una Congregación. Murió en olor de Santidad el 19 de abril de 1825. Este testimonio aportado desde Bélgica demuestra cuán largas pueden ser, a veces, las penas del Purgatorio.

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La huella del padre Panzini.

Otra valiosa fotografía presentada por Bernardo Lamberti, de Mantua, es esta de una impronta dejada sobre la tela de la camisa de la venerable Isabella Fornari, abadesa de las Clarisas del Monasterio de San Francisco en Todi, por las manos del difunto padre Panzini, abad Olivetano de Mantua, el día 1 de noviembre de 1731. La marca de la mano traspasó el hábito de la abadesa, llegando a la camisa y manchándola de sangre, sin que se tenga constancia de que llegara al cuerpo de Isabella. La relación del hecho fue dada por el padre Isidoro Gazala, confesor de la venerable abadesa Isabella, a la cual ordenó por obediencia cortar los trozos del hábito y de la camisa para que fueran consignados y por lo tanto observados. Obsérvese la impronta dejada en la tela blanca, perfectamente visible, debido a la alta temperatura de la mano del padre Panzini, que reclamaba oraciones en su beneficio al no haber muerto en gracia de Dios, sino en pecado venial.

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La aparición de la suegra.

Otro testimonio es el aportado por el párroco alemán Kaschnitz de la impronta dejada sobre un libro propiedad de Margarita Demmerlé, de la parroquia de Ellingen, de la diócesis de Metz, por su suegra, que se le apareció 30 años después de muerta, en el año 1845. La difunta se aparecía con el traje típico del país, bajaba por la escalera del granero, gimiendo y mirando con tristeza a la nuera, como para pedirle alguna cosa. Margarita Demmerlé, aconsejada por el párroco, en una sucesiva aparición, le devolvió la palabra y tuvo esta respuesta: “Soy tu suegra, muerta del parto de tu marido hace 30 años. Ve en peregrinación al Santuario de Mariental y allí haz celebrar dos Santas Misas para mí.” Después del peregrinaje, la aparición se mostró de nuevo para anunciarle a Margarita su liberación del Purgatorio. A la nuera que, bajo el consejo del párroco, pidió una señal, le fue ofrecida esta huella al posar la mano la suegra sobre el libro “La imitación de Cristo”, quedando bien visibles las huellas digitales de la finada, que ya no volvió a aparecerse nunca más.

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El billete de Vitorio.

Por último, reproducimos una fotocopia de un billete del Banco de Italia de 10 liras que tiene su peculiar historia. Entre el 18 de agosto y el 9 de noviembre de 1919, fueron dejados 30 billetes en el Monasterio de San Leonardo de Montefalco, por un sacerdote fallecido llamado Vitorio Gioberti, que pedía aplicaciones de Santas Misas (el original de este billete lo custodia el mencionado Monasterio, habiendo dejado sacar la fotocopia para su presentación en este congreso). Los estudiosos sugieren que ese dinero o bien lo tenía guardado el sacerdote en algún lugar secreto, hipótesis más probable, o que lo cogió de algún sitio para que se rezara por él, lo que no casa con la piedad que se le supone y supondría la aceptación de que las almas, en el Purgatorio, todavía podían seguir pecando. Otra teoría, totalmente refutada ya, sostendría que el dinero provendría del mismo Purgatorio, cosa harto improbable pues se habría chamuscado del todo, haciendo imposible su uso en este mundo terrenal. Como se ve, pruebas fehacientes todas que demuestran que el Purgatorio es un lugar real donde se infringen penas también reales de daño por el fuego a los temporalmente allí confinados. Y así terminó nuestro congreso, y para dar muestra de los avances en la ciencia del Purgatorio sirva este breve artículo, al que se sumarán otros y nuevas pruebas conforme se organicen otros y las ánimas quieran visitarnos para dejarnos prueba de su penosa aunque temporal existencia en dicho lugar.