foto-relatos

Ismailia Saka debió perder su álbum de fotos. Quizá murió y subastaron sus pertenencias y nadie lo quiso. ¿Quién quiere las fotos de recuerdo de unos desconocidos? O quizá regresó para pasar su vejez en su Nigeria natal y se olvidó de llevar su álbum. O lo perdió. Quién sabe… En todo caso es seguro que ya no lo tiene porque lo tengo yo. Y nada me gustaría más que devolvérselo y poder charlar con él. Hay fotografías difíciles de entender, sobre todo las que le mandaban desde Nigeria. Aun con todo, arriesgaré interpretaciones para tratar de reconstruir la vida de Ismailia y su familia desde que se casó en Nigeria a finales de los años 60 hasta que su álbum llegó a mí por esos azares raros que tiene la vida.

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No sé la fecha exacta de la boda de Ismailia, pero debió ser a finales de los años 60, pongamos en 1968. Se trata de una familia nigeriana, natural de Ijebu Ode, pues algunas de las fotografías llevan sellos de fotógrafos de esa localidad. Ismailia se casó en un rito civil, como se aprecia en la fotografía anterior, sin grandes fastos, unos trajes, un par de anillos, tres testigos y listo. Parecen felices, pero todas las fotografías de recién casados del mundo muestran lo mismo, la felicidad de los novios, o eso debería ser. En todo caso, poco iba a durar la alegría en la casa del recién estrenado matrimonio. Las cosas iban a cambiar radicalmente y en un plazo muy breve.

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Y es que Ismailia (en el centro de la foto) iba a emigrar de Nigeria a Barcelona muy pronto, puede que días o semanas después de la boda. Él también tenía derecho a prosperar. Y su familia. Se marchó a Barcelona, donde ya tenía amigos nigerianos instalados. Aquí le vemos junto a dos de ellos en el parque de la Ciudadela, pongamos, un día de junio de 1969. Son hombres todavía jóvenes, fornidos, voluntariosos, con ganas de trabajar y divertirse, alguno de ellos ya ha comprado un R8 de segunda mano, un fabuloso R8 que era el súmmun de la automoción de la época. No les debía ir tan mal, alejados de las familias y de los convencionalismos de su cultura, en país extraño donde nadie te conoce y puedes hacer, hasta cierto punto y lo que permitían los convencionalismos del franquismo, lo que te da la gana. Como salir con los amigos al parque un domingo soleado antes de volver al tajo el lunes.

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Ismailia se puso a trabajar, como probablemente lo hacían todos los mocetones nigerianos, en la construcción, y como siguen haciendo cuarenta años después. Construcción, agricultura, hostelería, esos puestos de trabajo que nadie quiere, que nadie quería en pleno franquismo. Ismailia fue un pionero. En aquellos años no estábamos acostumbrados a ver tantos inmigrantes como ahora, la imagen de un hombre negro se asociaba con las bases americanas. Ismailia era joven y parecía feliz, tenía un puesto de trabajo, un piso compartido, horas para divertirse con los amigos y la posibilidad de mandar dinero a su familia. ¿En eso consiste la felicidad? Si le hubiéramos preguntado a Ismailia quizá habría contestado que no, que no se puede ser feliz lejos de la mujer y de la familia, bajo un casco que hace sudar, a las órdenes de un capataz inculto y vociferante, con ese bocadillo envuelto en papel de periódico…

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Pero su mujer no emigró con él, ella se quedó en Ijebu Ode esperando tiempos mejores, a pesar de que se habían casado hacía bien poco. Puede que se casaran precisamente porque él se marchaba, claro, para atar los cabos del futuro. En todo caso, ella en Nigeria y las costumbres del país que se reflejan en las fotografías que le mandaba a Barcelona para que estuviera al tanto de todas las novedades. Como esta foto tan singular, ya no por la pose de la mujer, que parece relajada y natural, sino por el fondo utilizado por el fotógrafo en su estudio, un panel pintado con una extraña escena urbana, edificios al fondo, un puente, un río caudaloso, farolas de una ingenuidad tremenda… Mientras Ismailia prospera en Barcelona, la familia le manda un buen puñado de fotos que no tienen desperdicio. Es como si retrocediéramos en el tiempo dos veces, primero hasta el año 1970 en que fue tomada la fotografía, después hasta esa fecha sin duda anterior, pongamos 1940, que se vivía en Nigeria hacia 1970, por aquello del desarrollo y demás.

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Y la vida en Ijebu Ode seguía su curso, las relaciones sociales, la familia, el pueblo, los vecinos, los amigos… Y había que enviar fotografías que lo certificaran hasta Barcelona. En esta, la mujer de Ismailia posa en medio de un grupo de 17 nigerianos ataviados con sus vestimentas tradicionales. Quizá pertenezcan a una especie de cofradía de la que el individuo del centro vestido de oscuro sería el patrón, o un grupo religioso y su líder, quién sabe. Puede que se trate del consejo de notables de Ijebu Ode. En todo caso, relojes de pulsera en las muñecas de muchos de ellos e incongruentes cascotes de piedras bajo los pies del grupo. Parece que la mujer de Ismailia está embarazada, se le nota bien el vientre abultado. Entonces la presencia entre tantos hombres debería significar algo, como si certificaran la buena conducta de su mujer, como si el consejo de Ijebu Ode quisiera con su presencia en el retrato mandar un mensaje tranquilizador a Ismailia, la comunidad cuida de tu mujer y de tu futuro hijo, Ismailia, trabaja en paz.

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Pues sí, Ismailia y su mujer no perdieron el tiempo y nada más casarse, semanas antes de que él se marchara, o puede que antes del feliz enlace, quién sabe, concibieron a su vástago, este bebé tan hermoso que pasará a ocupar a partir de ahora, y como no podía ser de otro modo, la mayor parte de las páginas del álbum. Es algo que ocurre en la inmensa mayoría de los álbumes de familia, el hijo o la hija vienen a ocupar el puesto de los padres, en un anticipo del relevo generacional que ha de producirse por simple paso del tiempo. ¿Sabía Ismailia antes de partir que su mujer estaba embarazada? Lo más probable es que sí, aunque la foto n.º 6 bien podría significar que no lo sabía y que el consejo de notables, con su rotunda presencia, quería certificar su paternidad y la irreprochable conducta de su mujer. Por otro lado, es una foto que lleva una nota al dorso: “Here is your son. Is three months old today. Born 5 January 1970”, información vital para Ismailia, ansioso en su nuevo domicilio, esperando que estas pruebas fotográficas cruzaran África y el Estrecho para llegar a sus manos en Barcelona.

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Fantástico retrato de la mujer e hijo de Ismailia en el BBC Photo Studio del número 37 de la calle Idele de Ijebu Ode. La pista de aterrizaje de un aeródromo de lo más pueril, junto a la dibujo de una avioneta con matrícula y todo, B. O. A. C. V. C. 10. La mujer de Ismailia con el niño en brazos desciende por unas escaleras de madera, estas sí reales, que simulan ser las escaleras de la avioneta, como llegando de un viaje, o partiendo rumbo a Barcelona, lo que parece más probable. En Nigeria, hacia 1970, no debía haber muchas cámaras fotográficas, y la gente acudía a los estudios profesionales, tan bien pertrechados de fondos como este (obsérvese la sombra de la avioneta o el enlosado de la pista de aterrizaje), fondos ingenuos, pintados con tosquedad, pero que recuerdan aquellos fondos del primer tercio del siglo XX en los que la gente metía sus cabezas para simular que volaban o que conducían automóviles. De nuevo esa sensación de salto atrás en el tiempo.

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En Nigeria, hacia 1970, la gente posaba delante de las cámaras como se hacía también aquí hace muchos años, antes de que la saturación fotográfica dejara sin sentido el trabajo del fotógrafo profesional que dedicaba unos minutos a colocar las sillas en el escenario ideal, a situar sobre ellas a los retratados en un orden determinado, que se tomaba su tiempo estudiando el encuadre, las condiciones de la luz y la exposición requerida, que ordenaba a los sujetos la expresión de su mejor sonrisa antes de presionar sobre el obturador. Y la pose era todavía más forzada, o más deliberada, en las personas de más edad, como se aprecia perfectamente en este retrato. Ellas, más mayores que los hombres, exageran más sus poses, el gesto casi adusto en un rito que quizá no comprendían del todo, esa curiosa manera de ser absorbido por el ojo de cristal de la cámara y pasar a inmortalizarse sobre un pedazo de papel, allí, para siempre, expuestas a las miradas de los extraños en un país lejano, después de haber atravesado todo un continente. Algo mágico. Obsérvese la posición de las manos de las señoras, extendidas sobre sus piernas en un gesto muy rígido, y sus rostros, sobre todo el de la señora de la izquierda.

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Los cuatro personajes de la fotografía anterior siguen sobre sus sillas. Apenas han cambiado la posición, la expresión de sus caras. El fotógrafo ha ordenado la entrada en escena de siete personajes más, tres niños que ha colocado delante, cuatro jóvenes por detrás. Y los cuatro de las sillas sin variar un centímetro la posición, la pose, ni siquiera un cambio, por mínimo que sea, en sus expresiones series y circunspectas. Sobre todo las dos señoras. Sobre todo la señora de la izquierda. Como si contuviera no solo la respiración sino también sus pensamientos, la vida misma, en el momento del disparo. Esa vida en suspenso que pasa a ocupar el espacio de papel de la fotografía y que hace que los retratados, de alguna manera, sigan vivos. ¿Qué debía pensar en esos instantes? Quizá pensaba en Ismailia, a quien iba destinada la fotografía. Quizá no pensaba en nada y mantenía su cerebro como paralizado, igual que su cuerpo. Quizá es ahora cuando piensa, desde la fotografía, que le ha regalado un tiempo extra de existencia.

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Y luego estos retratos de grupos tan numerosos, parece mentira que quepa tanta gente en el encuadre de una fotografía. Aquí salen 29 personas, la mayoría niños, con esas vestimentas de tejidos tan llamativos, confeccionadas en serie y con cierta tosquedad a partir de rollos de telas para todos. Es probable que se tratara de la fiesta del primer aniversario del nacimiento del hijo de Ismailia, una instantánea tomada por lo tanto el 5 de enero de 1971. Hay un pastel sobre la mesita del centro que lleva una vela grande y desmedida encima. Y, lo más curioso, las botellas de medio litro de Fanta y Coca Cola sobre el suelo, apenas les tocará un sorbo a cada niño, más o menos lo que cabe en un dedal, y una pequeñísima porción del pastel, apenas les tocará casi nada, vaya fiesta entonces, con una veintena de niños medio frustrados. Pero, al contrario, lo más seguro es que a esos niños nigerianos la ínfima porción de pastel y el sorbito de Fanta debieron parecerles una experiencia fascinante, una auténtica fiesta con degustación y todo.

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Sí, esas telas compradas por rollos en el mercado local a los vendedores ambulantes y que luego servían para confeccionar las ropas de todos los miembros de la familia, o al menos de una de sus ramas, de tal manera que los hermanos vestirían trajes confeccionados por su madre con el mismo retal y no sería entonces complicado identificarlos, tú eres hermano de tal, hijo de cual, tu madre compró ese rollo de tela el otro día y hoy vas de estreno. Como los muchachos de las camisas oscuras o los de la tela a cuadros. Y luego el traje de la mujer sentada entre los niños, que lleva estampado el mismo motivo muchas veces, un elefante rodeado por un círculo de palabras: “OMO AGBALA OLODONGBORO – ANIKAN JERIN -”, y que parece confeccionado con una tela rígida, con apresto, más propia de una cortina o una mantelería que de un vestido. Sin embargo, detrás del blanco y negro, cuánto colorido se adivina.

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Los amigos de Ismailia y de su mujer en Ijebu Ode también se divertían, celebraban sus fiestas de noche, en verano, con ese calor que se refleja en los rostros, en las pieles brillantes, fuera de las casas, ya no en el jardín, que no se puede llamar tal al que se ve en la foto, sino un pedazo de tierra donde crecía la hierba que nadie cortaba, como quien se tiende en medio de la sabana a festejar entre insectos de todas las especies. Y se sentaban desenfadadamente con sus bebidas, y bromeaban, y se señalaban los unos a los otros, y fumaban sus cigarrillos, y hacían bromas delante de la cámara como hacen todos los jóvenes del mundo. A la mujer de Ismailia, la segunda por la derecha, parece que el chico de su lado le ha puesto el dedo debajo de la nariz, como para detener un amago de estornudo. Sin embargo, se está señalando con otro de los muchachos, el tercero en pie por la izquierda.

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Me gusta especialmente este retrato de cuerpo entero de un nigeriano desconocido. La fotografía no lleva ninguna anotación, ni la fecha en que fue tomada, ni el nombre del señor que tan gallardamente posa. Solo viene el sello del establecimiento, ese estudio BBC de la calle Idele de Ijebu Ode que tantas fotos hizo para los Saka. Debía ser, este buen hombre, todo un personaje en su comunidad, un venerable anciano, padre de una gran prole, eso por lo menos, o un artesano muy reputado, o un jefe de familia, de clan, de poblado, vaya usted a saber, un hombre santo, un curandero de mucha fama en la comarca, el jefe de una cofradía, alguien al que acudir en caso de necesidad, como un juez de paz, o el notario a su modo del pueblo, o el farmacéutico, o el alcalde. Igual no era nadie importante, también podría ser, aunque ahora, aquí, se cobre su parcela ínfima de relevancia, saliendo en internet, quién se lo iba a decir ahora que estará seguramente muerto.

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Cuelgo ahora varias fotografías de una de las series más interesantes del álbum de Ismailia Saka. ¿Cómo describirlas? ¿Qué decir sobre ellas? Me gustaría localizar a Ismailia, o a su hijo, a un amigo cualquiera, entre otras cosas, para que me explicara qué diablos significa todo esto que viene a continuación, estas tres fotografías que he seleccionado entre varias dedicadas a lo mismo. Después de mirarlas hasta el aburrimiento, una por una, con lupa y sin ella, creo que este extraño rito sigue siendo incomprensible desde la distancia y el presente, que es el futuro de esa gente en Nigeria. Se ve una cama con su cabezal y su pie, el colchón y la ropa al completo, una almohada a la cabecera y un bulto bajo la florida colcha que la cubre. Ese bulto es la clave de la cuestión. Parece una bala de algodón extendida sobre la cama y tapada, como si simulara la presencia, o mejor la ausencia, de un cuerpo humano.

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Se me ocurre que podría ser un ritual del culto Yoruba que se practica en la zona de Nigeria donde está ubicado Ijebu Ode, cerca de Lagos, la capital, frente a la Bahía de Benin. Sería como una invocación a una de sus divinidades, una ceremonia cargada de sentido. Sí, es un bulto que ocupa la posición que debería ocupar un cuerpo humano sobre su lecho, de esto no cabe duda. Está tapado, bien colocado, en su sitio, arropado con mimo. Y ahora, de repente, se sitúan junto a él la mujer de Ismailia, su hijo que debe tener unos cuatro años y un tercer personaje que ya he podido identificar en otras fotos. Allí están los tres mirando a la cámara, mirando a Ismailia que está en la distancia de Barcelona asistiendo a esta especie de ceremonial en su honor, a fin de cuentas era el destinatario de las fotos y en ellas su familia quería, evidentemente, decirle algo. Algo al ausente, a quien sin embargo reservaban su sitio en su cama. Añoranza y recuerdo, fidelidad y respeto, ofrenda y homenaje.

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Ahora su hijo se ha recostado junto al bulto que seguramente representa a su padre. La mujer de Ismailia tiene algo en su mano derecha que levanta por encima del bulto que representa a su marido ausente, una ofrenda quizá, aunque no se ve bien qué es lo que lleva, puede que un pedazo de sal gema, pues con la lupa se aprecia una especie de roca pequeña y blanquecina. La sal del hogar en homenaje al ausente, que conserva su puesto, no ya solo en el corazón de los suyos, sino también físicamente, en su lecho ocupado con su representación, y en la sal del hogar que acompaña los platos que allí se comen y que también son suyos, de Ismailia. Ellos miran a Ismailia desde Nigeria, quizá tenga este significado el rito, ellos no se olvidan de su ser querido, Ismailia está presente en sus vidas porque le reservan su sitio, una ceremonia de fidelidad conyugal, paterno filial y familiar dedicada al ausente inspirada en los ritos del culto Yoruba.

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Otra serie que me fascina es la dedicada a la Singer, la máquina de coser que preside las dos fotografías que siguen. Puedo imaginar perfectamente las expectativas de la familia cuando Ismailia dejó Ijebu Ode para embarcarse en esa aventura de emigración que habría de llevarle a Barcelona. Ismailia, en cuanto prosperara un poco, se acordaría de los suyos y de alguna manera les ayudaría, con dinero, por ejemplo, el dinero necesario para comprar una máquina de coser Singer, o la misma máquina enviada por barco en un viaje entonces, allá por 1974, largo y dificultoso. Dinero, es posible, envíos de dinero y el viaje a la capital, a Lagos, a comprar la máquina encargada y que tanto tardó en llegar. Sí, compraron la máquina de coser Singer y las mujeres de la familia comenzaron a confeccionar la ropa de todos, los niños, los maridos, los ancianos del clan, toda la ropa elaborada con esos rollos de tela comprados en el mercado local, quince metros y siete vestidos para ellas, diez metros y las camisas correspondientes para ellos, y las labores se lucen bien en las fotografías que le mandaban a Ismailia, como muestra de agradecimiento, Ismailia, estamos todos bien y vestimos correctamente gracias a tu esfuerzo en Barcelona, al dinero que nos mandas y que no desaprovechamos, que hemos sabido invertir correctamente.

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Un buen regalo, qué duda cabe, práctico, y no solo para vestir a la familia, sino quizá para propósitos más ambiciosos, véanse sino esos cojines elaborados también con la Singer, o los posibles diplomas que se ven en la parte central inferior de la fotografía, quizá acrediten a algunos miembros de la familia como reputados costureros y les brinden la opción de confeccionar para otros, como si gracias a Ismailia hubieran iniciado un pequeño negocio de confección, vestidos a medida para la vecindad, y cojines, cortinas, colchas, un poco de todo, como queda expuesto en las fotografías, esas labores dispuestas en el suelo, delante de los que posan, y que son la prueba de la industriosidad de estas gentes nigerianas. Y colores detrás del blanco y negro otra vez, ricos colores centroafricanos que dan otra dimensión a esta porción de realidad ya pasada.

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Un nuevo giro de los acontecimientos. Al fin se produce el ansiado reagrupamiento familiar y la mujer y el hijo de Ismailia viajan de Ijebu Ode a Barcelona para instalarse de todos juntos. Ismailia no conocía a su hijo, solo lo había visto en las fotografías enviadas, puede imaginarse la felicidad del encuentro. A partir de ahora vivirán juntos, ya no habrá más separaciones, una nueva vida en Barcelona, en el barrio Gótico, que es donde creo vivían, en la calle Codols, una pequeña calle estrecha y sucia, con olor a orín, que une Escudellers y Ample, situada en una de las zonas más degradadas de Barcelona, sobre todo allá por 1975, fecha en que probablemente se produjo el reencuentro. Ismailia en la construcción, claro, su mujer en el barrio atendiendo a las tareas domésticas y el niño en la escuela más cercana como un pionero entre niños blancos. Las fotos de Nigeria simplemente desaparecen del álbum, ya no son necesarias. Ahora la vida transcurre exclusivamente en Barcelona.

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Pues sí, la asimilación se produce pronto y la pareja felizmente reunida se amolda con rapidez a las costumbres de Barcelona, claro, no les quedaba más remedio, se produce rápido y como prueba de ello esta fotografía de Ismailia y su mujer rodeados de palomas en la Plaza de Cataluña, con los cañamones en la mano y la emoción, quizá falsa emoción, a quién coño le emocionan esas aves, a flor de piel. Y una paloma sobre el hombro de Ismailia, el colmo de la integración. Posar con una paloma en el hombro, en la plaza de Cataluña, un domingo cualquiera en la pausa entre las semanas laborales, debería dar derecho a una condecoración de la Generalitat y a una pensión vitalicia aunque modesta. Y esa camisa amarilla cuyo cuello sobresale de la chaqueta de Ismailia. Y el abrigo marrón de su mujer. Y un hombre que pasa con una bolsa del Corte Inglés (aunque el nuevo edificio todavía no estaba construido). Y una niña congruente con su abuela congruente dando de comer también a las palomas. Y un cartel de la marca Citroën sobre el edificio esquinero de Paseo de Gracia y Ronda San Pedro. Todo tan normal, ya.

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Por cierto, qué mal han resistido el paso de los años estas fotografías en color de principios de los años setenta, y creo que se trata de un problema bastante generalizado, probablemente debido a algún defecto en la emulsión. En esta vemos a la mujer normalizada de Ismailia recostada sobre el lecho conyugal en su domicilio de la calle Codols. Hay un tocadiscos encima de la mesilla. Y zapatos descuidadamente tirados en el suelo, debajo de la cama. Ya no hace falta instalar sobre la cama una bala de algodón, desde luego, el cuerpo de Ismailia otra vez al alcance de la mano, respirando, soñando. No hace falta cumplir ningún rito. Ahora se instalan los ritos de la vida conyugal. Son las ventajas del capitalismo occidental. Hay que dejar la aldea de Nigeria para venirse a Barcelona y comprar un colchón como Dios manda, y un tocadiscos. Y muchos zapatos, eso marca la diferencia con los que quedaron en Nigeria, que casi siempre van descalzos. Hay que comprar zapatos y mandar fotos que lo acrediten a la parentela.

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Ismailia con cara de circunstancias sentado sobre la mesa de su salón, con un florero lleno de flores entre las manos. Deben ser flores de plástico, no podría ser de otra manera. Cambiar flores naturales de Nigeria por flores de plástico de Barcelona. Ismailia ha envejecido desde aquellas primera fotos de su boda en Nigeria, hará unos 10 años, de 1965 a 1975 en que puede estar tomada esta foto. Se le ve con gesto circunspecto. Seguirá trabajando en las obras de construcción, en el álbum no hay ninguna fotografía de sus empleos. Puede que ya sea capataz malhumorado, por eso se le ve tan serio en esta foto. Y las reuniones con los amigos como única válvula de escape, ya que tampoco hacían excursiones ni viajes, al menos no queda constancia de ello por las fotos del álbum. Nada de hotelitos con encanto en la Cerdaña. Nada de escapadas de fin de semana a París. Nada de esquiar en Baqueira. Ni paseos en barco por el Cabo de Creus comiendo mejillones de roca.

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Una fotografía de agosto de 1975, en el piso de Ismailia, en una fiesta con un grupo de amigos. De este tipo de reuniones hay varias fotos en el álbum, y todas han envejecido tan mal o peor que esta seleccionada. Tenía que hacer un calor del demonio en ese piso del centro de Barcelona, esa calle estrecha y sin ventilación, esas habitaciones sin posibilidades de airearse. Las botellas sobre la mesa, el alcohol bien presente. Lo que más llama la atención es la cantidad de cervezas que hay sobre la mesa, algunas sin abrir, como si las hubieran sacado al principio y las hubieran ido consumiendo poco a poco. Por lo tanto, esas últimas cervezas debían estar calientes. Una cerveza del tiempo en agosto de 1975 en un piso de la calle Codols del barrio Gótico de Barcelona. Tan calentorra, tibia y sin sabor, sin gas, sin atractivo, una borrachera caliente. Emborracharse en agosto de 1975 con cerveza caliente de la Damm en un piso como un horno del Gótico debía ser el súmmun de la integración.

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El hijo de Ismailia en el suelo. Esta es una imagen que me gusta especialmente. Roland Barthes, en su extraordinario libro La cámara lúcida, probablemente el mejor ensayo sobre fotografía jamás escrito, define lo que para él es el punctum de las fotografías como el elemento que algunas de ellas poseen y que funcionaría como un pinchazo, como un signo de puntuación, como una marca que dota a una fotografía de algo especial. El punctum de una foto es ese azar que llama la atención del observador. El detalle que la singulariza. Y en esta fotografía el detalle que la hace única es un recorte de revista sobre el suelo que muestra una mujer con las tetas al aire. Toda una incongruencia. Además, la composición involuntaria del encuadre hace que esa foto dentro de la foto de un desnudo sea tan significativa. El niño sonriente contra la pared se echará a gatear y cogerá esa foto de una mujer medio desnuda, ahora ya muerta.

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También esta fotografía me parece fantástica, y no precisamente por la pericia del fotógrafo o la calidad conseguida, sino por lo que de una manera involuntaria muestra, el niño en la cocina, junto a esa nevera que debería haber enfriado las cervezas de las fiestas, junto a una bombona de butano de las dos que aparecen en el encuadre, llevando un biberón en la mano lleno de una sustancia oscura, la botella de Fanta de naranja mediada y la botella de Font Vella casi vacía sobre la nevera, otras botellas en el suelo, ese cable de la luz que zigzaguea, las paredes mal pintadas, o nunca repintadas, la suciedad acumulada en el suelo sobre esas baldosas a triángulos que deben llevar una eternidad en su sitio… El piso de la calle Codols era un buen sitio para vivir, céntrico y espacioso, cerca de todo, uno debe instalarse en el extranjero en condiciones e integrarse de verdad. La bombona de butano como máxima prueba de la normalización.

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¿Y qué decir de esta fotografía del niño sentado sobre un altavoz del equipo de música? El altavoz todavía conserva el plástico con que debieron envolverlo en fábrica para protegerlo en el transporte. En el suelo de la habitación colocaron papel de embalar, a modo de moqueta, o de alfombra. El niño vestido con su abriguito blanco mira a la cámara a punto de soltar el llanto, quizá su padre le riñó, o le chilló para que se estara quieto, puede que Ismailia lo cogiera con cierta violencia y lo dejara sentado sobre el altavoz para hacerle la maldita foto, un domingo por la mañana, antes de salir a la calle y comprar cañamones en la Plaza de Cataluña para las palomas. Es posible que el niño tuviera calor, o miedo, o asco, cualquier sentimiento negativo. ¿Y el sillón de escay? El fantástico sillón de escay bien vale toda una vida laboriosa en la construcción.

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Pobre nevera, incapaz de refrigerar convenientemente las cervezas de esta gente instalada en un perpetuo verano de sed y fiestas dentro de una habitación mal ventilada. El niño come tarta, mucha tarta, come y engorda y nadie le pone freno, puede ser su cumpleaños, pero no, él nació un 5 de enero y en la foto hace calor, debe ser julio, o agosto, como casi siempre en las fotografías. O quizá vivían acalorados en un perpetuo verano. Calcetines blancos de perlé con sandalias marrones claritas, de color mierda. Parece que el niño esté comiéndose una salchicha en vez de la tarta, pero no, esa salchicha de Frankfurt es su lengua salchichosa. Y el equipo de música sonando fuerte, muy fuerte, y los cables de la luz siempre por el medio, a punto de provocar una caída o un cortocircuito. La vida sigue pasando dichosa entre cervezas calientes, tartas de nata y amigos que vienen de visita y no saben qué decir.

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El niño en una foto de estudio, nuestro niño ya tan querido a estas alturas, nuestro San Juan Bautista, la cabeza segada de cuajo y presentada sobre una bandeja como si fuera una tarta de nata de cumpleaños, el niño lleno de nata y siempre caluroso ante los focos, ante la fotógrafa Salomé que ofrecerá a sus padres la cabeza sobre la bandeja, viva todavía, con los ojos incongruentemente abiertos y una ligera sonrisa en esfumato, y el cabello ensortijado que no hace falta peinar. Ahorrarían en peines y en hielo, en pintura y alfombras, ahorrarían en cuadros por las paredes, en libros en los estantes, ahorrarían en paellas y excursiones a la montaña, ahorrarían en hotelitos con encanto en la Cerdaña, ahorrarían en baños de mar en la Costa Brava y palomitas en el cine, en aspiradoras e instalaciones eléctricas, ahorrarían.

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Pero ellos también acudían a las celebraciones sociales más típicas, comuniones, bodas, sobre todo bodas de banquetes estereotipados, como este que se ve en esta fotografía. Comensales alrededor engalanados, trajes de domingo en los que a veces los Saka no ahorraban, el niño con el clavel rosa en el ojal, vaya color el de su camisa, y los estampados de las camisas de sus padres. Pero el punctum de esta fotografía es otro. El punctum o clave de esta foto es el único, fantástico e irresistible plato de entremeses del que come el niño, un plato que marca toda una época, el huevo duro seco en el centro, a los lados el embutido, los maravillosos fiambres del final del franquismo, el chorizo sin denominación de origen, el salchichón con piel sin quitar, los embutidos del color pálido de la carne muerta, el jamón dulce o de York, tan socorrido él, la mortadela de la Italia, la butifarra de los cánones regionales, esa cabeza de jabalí que nadie se comía, cómo no se daban cuenta los de la cocina, o el encargado del restaurante que nadie se comía la maldita cabeza de jabalí en aquellas bodas tan poco sofisticadas, o tan sofisticadas de la primera democracia.

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Sí, es verdad, ustedes también se han dado cuenta, nuestro ya querido e imprescindible Ismailia Saka ha envejecido mucho, se le ve cansado de dar voces en las obras, si su hijo debe tener unos diez o doce años y estamos por lo tanto en 1982, cómo ha envejecido este hombre en menos de 20 años de estancia en Barcelona, y las gafas que ya no se quita, y el rostro cansado de quien ya no tiene fuerzas para subirse al andamio y gritar, gritar. Su hijo va tomando el relevo, tan lustroso él siempre, tan arregladito con esos pantaloncitos que le compraba mamá en una tienda del Gótico, y esas dos amiguitas tan lindas, ellas que se sientan con tanta corrección en el nuevo sofá de tela, craso error ese de cambiar el sofá de escay por uno de tela, craso error, la piel se pegaba en verano y uno era consciente en verdad de su corporeidad. Sobre todo, niñas, subios bien los calcetines, que no se diga de vosotras que vais desastradas.

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Dejaremos aquí a nuestro querido y ya familiar muchacho, el hijo de Saka, tan crecidito, esta es la última fotografía suya del álbum, la última suya que voy a colgar, y bien está como despedida, él y su sonrisa de jovencito con esos pantalones cortos que tan bien le sientan, con esos calcetines tan estirados, sobre todo, hijo, súbete bien altos los calcetines, los calcetines son como el orgullo, hay que llevarlos bien altos, como el orgullo y la cabeza y el apellido de los Saka, de Nigeria. La tele, el equipo de música tantas veces renovado, los cables de la luz de cualquier manera, por qué ahorraban tanto en cuadros, en lámparas, en alfombras, en pantalones largos, por qué estiraban con tanta saña de los calcetines para arriba, por qué nunca retiraban el plástico de los equipos de música, igual les gustaba ese sonido de música surgiendo desde atrás.

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A Ismailia y a su familia les gustaba mucho ir de bodas, quizá eran la única ocasión de celebrar una fiesta de verdad, con cava en verdad fresco y no calentorro, con tartas como Dios manda, con los amigos de verdad contentos, la novia blanca contenta, el novio negro también muy feliz en ese día especial, y los padres de la novia que también estaban allí, qué se le iba a hacer, la niña quiso casarse con un nigeriano, qué se le iba a hacer, la madre sonríe vuelta hacia su yerno con ese gesto de resignación que tan bien la describe, a ella y a la situación, igual que define la situación el gesto cansino del padre que no mira a nada, ni al objetivo de la cámara, ni a la tarta, ni a la copa de cava que tiene delante, ni al cenicero de Cinzano, ni al cuchillo de cortar el pan que Ismailia, en un gesto demasiado protagonista, como si se acostara él también con la novia blanca, doblemente blanca, blande en un lío de manos. El alcohol caliente, la tarta de yema y la incertidumbre pueden definir toda una vida.

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Otros amigos, otras bodas interraciales bien consentidas, mal consentidas, la niña se nos casa con un hombre negro, parece ser que es de Nigeria, nada menos, y dónde queda eso, pues en África, burro, la niña con uno de Nigeria y hay que ir a la boda, qué remedio, e intentar pasar el mal trago cuanto antes, mientras no se vayan a Nigeria, mientras la respete y tengan dinero y buena colocación, aunque yo, el personaje de la derecha del encuadre, ese del traje marrón y la corbata de topos, voy cerrando el puño porque nada entiendo, esta boda no, desde luego, voy a pasar de largo antes de que me enganchen, y no pienso ir al banquete, basta con la ceremonia, que al menos es católica y apostólica y romana y no animista, hasta ahí podíamos llegar, hombre.

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Y no podía despedirme de Ismailia Saka, ahí sentado en la larga mesa de otro banquete de boda junto a su mujer pero esta vez sin el nene, y no podía despedirme de ellos sin colgar otra foto de ceremonia, al fin y al cabo casi toda la vida es una ceremonia, en el trabajo con los horarios y el jefe y el cansancio, en la casa con las comidas y el sueño y la rutina, entre amistades con las cervezas calientes, las tartas y el desasosiego. Los comensales atacan confiados sus platos, con las botellas de clarete sin etiquetar al alcance de la mano, con los panecillos a los que les faltan la punta, una punta, con las tarjetas del menú que describen un fabuloso e imprescindible plato de entremeses variados, una oliva en el centro, quizá un poco de ensaladilla rusa con mayonesa española, los maravillosos fiambres de la recién nacida democracia, el chorizo sin denominación de origen, el salchichón con piel sin quitar, los embutidos del color pálido de la carne muerta, el jamón dulce o de York, tan socorrido él, la mortadela de la Italia, la butifarra de los cánones regionales, esa cabeza de jabalí que nadie se comía, cómo no se daban cuenta los de la cocina, o el encargado del restaurante que nadie se comía la maldita cabeza de jabalí en aquellas bodas tan poco sofisticadas, o tan sofisticadas de la recién estrenada democracia.