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Eufemio de Cranmer y Carranza.

El primer personaje de Aragoneses Ilusorios es ete celebrado galán y gallardo aragonés apodado “el niño”, nacido en Calatayud de padre inglés en 1834 y muerto a temprana edad en San Sebastián en 1868. Su belleza era proverbial entre las damas, ya desde su más tierna juventud, que se disputaban su presencia haciendo uso, si era menester, de la violencia y del chantaje. En su ciudad natal fueron muy comentados los episodios de acoso que sufrió por parte de una moza bizarra llamada Dorotea Sánchez, que dormía al pie de su ventana incluso en las noches más crudas del invierno, y que llegó a abrirse las venas cuando el gallardo abandonó la localidad bilbilitana para establecerse en Zaragoza. Hacia 1856 casó en primeras nupcias con la duquesa de Villahermosa, de quien se separó a los dos años por decisión de la Rota debido a la imposibilidad de la pareja de incoar fornicio, defecto con toda seguridad achacable a la duquesa. Dícese que a partir de entonces llevó vida relajada y escandalosa, amancebándose con bailarinas, actrices, nobles sin escrúpulos, damas casadas y hasta religiosas descreídas, y que tales amoríos los tuvo por toda la región aragonesa, habiéndose batido en duelo en cuatro ocasiones, saliendo de todas victorioso y habiendo dejado tales lances en su cuerpo una cicatriz en la ingle que, al parecer, todavía excitaba más a las muchas pretendientes que se le acercaban. Solía pasar los inviernos en la capital de Aragón, donde era visto con diferentes damas en teatros y actos sociales, a despecho de sus maridos, todos temerosos de enfrentarse a él por sus conocidas habilidades con el sable y las pistolas, y los veranos en la ciudad costera de San Sebastián, donde cambiaba tanto de pareja como de sastre. Dícese que encontró la muerte precisamente en la Bella Easo, en uno de sus afamados y céntricos cafés, debido a sus amoríos con una vascongada despechada que vertió cierta dosis de veneno en un vaso de mosto que el ingenuo bebió en su presencia sin notar sabor que le alertara. Las malas lenguas añaden que mientras se desplomaba todavía lanzaba los tejos a una damita quinceañera que por allí pasaba

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Ricardito Aznar Blázquez.

Famoso y desgraciado niño poseído nacido en Albalate del Arzobispo, Teruel, en 1857 y muerto prematuramente en la misma ciudad en 1863. De su caso sorprendente y sin parangón hizo causa de estudio el párroco de su pueblo Segismundo Gutiérrez, quien lo dio a conocer al gran público en su libelo Verdadera relación de un caso de posesión demoníaca tratado por mí mismo, editado en Zaragoza en 1865 y que gozó de gran fama entre los lectores. Habla el párroco Gutiérrez, como de un suceso verdaderamente histórico, no dogmático ni doctrinal, pero merecedor en absoluto de la fe humana, del caso del niño Aznar Blázquez, que pasaba a veces algunos días sosegados, aunque pocos, pero que de repente cambiaba su vocecita en vozarrón y, en ocasiones, con la boca cerrada, se atribuía demoníacas personalidades, demonios, íncubos y súcubos, pues de ambos sexos se atribuía comentarios indecentes y que dejaban a sus familiares y vecinos en el más hondo estupor. El niño Aznar Blázquez hablaba francés a pesar de no haberlo aprendido nunca, inglés, griego, ruso, latín e incluso se hizo entender de quienes hablaban el vascuence, circunstancias que pudo constatar el párroco Gutiérrez al haber llevado hasta Albalate del Arzobispo a personas que conocían esos idiomas y que dieron cuenta del fenómeno. Hubo más todavía. Cuando hablaba por su personalidad propiamente, más parecía mugir un toro que articular palabras un ser humano con forma de niño, tal era el tono grave y distorsionado que empleaba y que retumbaba en toda la población. Y cuando hablaban los seres infernales cuya personalidad se atribuía, permanecía como en éxtasis, tendido enteramente como un cadáver, dejando que las palabras surgieran de su estómago, pues tampoco se apreciaban movimientos de su boca y laringe. El pobre niño Aznar Blázquez vivió poco y desasosegadamente, encerrado en la casa familiar y sometido a continuos rituales de exorcismo, habiendo perecido y siendo por tanto liberado de su mal gracias al cólera en 1863.

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Celestina Osete Prado.                                

Venerable, inocente, candorosa y humilde campesina nacida en Torralbilla, provincia de Zaragoza, en 1812 y muerta en su pueblo natal en 1875. De su infancia y primera juventud nada puede decirse, pues no queda rastro alguno de una vida simple como la suya, hecha la salvedad de que era huérfana de madre y que estaba acogida como sirvienta en una casa de bien. Sin embargo, hacia 1829, cuando tenía unos adorables diecisiete años, vivió el episodio por el que, con derecho propio, ha pasado a los anales de la historia y a este Compendio. Cuéntase que, tiernamente enamorada de la Santísima Virgen María, a quien desde edad temprana había escogido en su orfandad por Madre, ardía en deseos de verla, y que en la tarde del 8 de julio de 1829, dormida en un ribazo cerca de los campos de la localidad en los que trabajaba en la siega del trigo, despertó sobresaltada al oírse llamar por su nombre, e incorporándose y mirando en derredor, pareciole oír un ruido suave, como el roce de un vestido de seda, y enseguida dejose ver una señora de majestuosa hermosura que brillaba y levitaba a unos centímetros del suelo. Impulsada por interior sentimiento de confianza, corrió la humilde Osete Prado a postrarse a los pies de María, a quien inmediatamente había identificado por sus atributos, posando las manos sobre sus rodillas, como pudiera hacerlo una hija querida con la más cariñosa de las madres, y escuchando celestiales confidencias, que después describió con sencillez encantadora, entre la que se encontraba el encargo de acuñar una medalla con la efigie de la Purísima y las siguientes palabras: “¡Oh, María, sin pecado concebida! Rogad por nosotros, que recurrimos a vos”. Lamentablemente, al carecer de todo recurso y al no fiarse de sus declaraciones los dueños de la casa donde se empleaba, le fue del todo imposible a Osete Prado conseguir la financiación para cumplir el celestial encargo, circunstancia por la cual llevó vida triste y retirada sin haber vuelto a recibir la visita de Nuestra Señora.

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Fabián Ordovás Asenjo.

Reproducimos una fotografía premonitoria de Fabián Ordovás Asenjo, orador sagrado y religioso llamado El pescador, nacido en Barbastro en 1852 y muerto en Zaragoza, donde ejercía de lector de su catedral, La Seo, en 1899. Se le conoce por sus legendarias prédicas de Cervera, donde terminó Teología y recibió la sagrada orden del presbiterado. Predicó después en las principales capitales de España, y entre sus mejores sermones se recuerda su hermosa oración fúnebre en las exequias del padre Ceferino de Peñaflor, aquella que comenzaba: En tu ausencia hasta las madreselvas emitirán sus quejidos… Fue también muy celebrada su intervención en el Congreso Internacional de la Juventud Católica celebrado en el Monasterio de Guadalupe del 7 de julio al 18 de agosto de 1890, donde sostuvo con su oratoria encendida la piadosa práctica de los Ejercicios cerrados que, según El pescador, debían reportar inmensas ventajas para las jóvenes de todo el mundo, ya que los jóvenes católicos tenían necesidad de formarse una conciencia iluminada por la luz de la doctrina evangélica y un carácter forjado al fuego de la caridad de Cristo. El pescador estaba convencido de que los Ejercicios cerrados se mostrarían siempre con infalible eficacia para vencer los peligros a que se ve expuesta la juventud, para neutralizar el veneno que infesta y consume a la sociedad moderna, y recomendaba su práctica de tiempo en tiempo, como un alto en el camino, y esto durante al menos una semana, y que dicha práctica debía propagarse también entre los obreros. Definió también El pescador en qué deberían consistir, señalando que deberían celebrarse en lugar apartado y por división se sexos, debiendo comenzar al alba con oraciones y mortificaciones, continuar a lo largo de la jornada entre cánticos y meditaciones, y terminar al anochecer, momento de la única libación del día. Para los obreros introdujo algunas variaciones, como el tatuaje de símbolos piadosos, la abstinencia total de líquidos y la castración voluntaria, considerada la piedra angular del sistema y el mejor camino a la santidad.

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Eduardo Mata Rodríguez.

Médico nacido en Zaragoza en 1811 y muerto en Barcelona en 1892, ciudad donde floreció y desarrolló toda su carrera profesional. Consagró su vida al estudio de los temas más variados de medicina, debiéndosele la publicación de las siguientes obras: Tratado sobre la idiotez y el cretinismo, Del infanticidio, Tratado del delirio y Lecciones sobre epidemias e higiene pública. Se le debe también la magna Manual sobre palpación, inspección, percusión y auscultación, que trata de la moderna palpación clínica. Para Mata Rodríguez, la palpación puede ser superficial o profunda. La primera no exige cuidados especiales y solo requiere aplicar la palma o el pulpejo de los dedos sobre la región correspondiente. De este modo se explora la elasticidad, consistencia y sensibilidad de las partes. La palpación profunda exige cierto grado de fuerza y destreza. Se emplean primeramente diversas presiones como medio de habituación. Luego se penetra gradualmente en profundidad, cuidando de evitar el pulpejo de los dedos. Se llama palpación bimanual la que se efectúa con ambas manos. Cuando la palpación se realiza sobre los órganos internos recibe el nombre de tacto (vaginal, rectal, faríngeo). Descubrimiento propio de Mata Rodríguez es el de la percepción de las vibraciones por la palpación, que tiene una gran importancia en el diagnóstico y tratamiento de las enfermedades venéreas. En los últimos años de su vida quedó ciego, a pesar de lo cual continuó publicando obras, que dictaba a una hija muda. En el momento de su óbito exigió que se incinerara su cuerpo, siendo un pionero en el tema, que recomendó en su opúsculo Sobre los enterramientos prematuros, en donde narra algunos casos documentados de personas enterradas en vida. Pero no fue posible cumplir sus deseos dadas las costumbres de la época y a pesar de la callada protesta y desesperación de su hija. Años después, cuando fueron a enterrar a la hija en el mismo sepulcro, nada extraño pudo apreciarse en la tapa de su ataúd que hiciera sospechar tan fatal desenlace.

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Lorenzo Hinojosa Cortés. 

Dentro del mundo literario aragonés merece especial mención la figura del atildado literato, prosador, poeta y filósofo Lorenzo Hinojosa Cortés, nacido en Fuentespalda, provincia de Zaragoza, en 1844 y muerto en Bilbao en 1889. Su sabiduría en las humanidades, en la retórica y en la literatura varia y amena le dieron un mérito nada común, que estuvo unido con una probidad y desinterés muy apreciables, habiendo dejado huella luminosa y perenne en sus discípulos. Fue un erudito de mucha y tumultuaria lección, buen latinista y hombre inofensivo, filósofo entregado y autor de importantes estudios de lógica, como su magna Cuestiones de lógica, traducida a muchos idiomas y estudiada en las principales cátedras europeas. Hinojosa Cortés sostenía en esta obra que los juicios universales afirmativos no pueden convertirse nunca simpliciter y los particulares afirmativos nunca per accidens; que en los hipotéticos no cabe inferir de la afirmación del condicionado la de la condición; y que la llamada proposición incidental determinativa no existe, pues en realidad ni es siquiera una proposición. En cuanto al silogismo, niega que exista un solo principio, sino que para él hay uno especial para cada figura; por otra parte, el término medio, que es un concepto, no puede contener a la conclusión, que es un juicio. A pesar de su contrastada sapiencia en filosofía y lógica, fue tildado por Valladares de pésimo poeta, pues llegó a dar a la imprenta catorce poemarios, entre los que destacan Sombras otoñales, Cantos sin liturgia y Canciones para una voz solista. Sus obras poéticas, aseveraba Valladares en su Crítica endurecida, “son semejantes a una almoneda, donde se pueden tomar algunas cosas y dejar muchas más”, lo cual hizo que lanzase Hinojosa Cortés sobre él todos los dardos de su cáustica indignación en su no menos conocida y gigantona obra Réplica a los simples, que le ocupó los últimos años de su vida, ya en su cátedra de lógica de la universidad de Bilbao, y que le privó de haber seguido desarrollando sus dotes de filósofo.

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Leandra Cienfuegos Carrasco, la Cienfuegos.

Traemos a este Compendio la breve biografía de la afamada soprano ligera Leandra Cienfuegos Carrasco, la Cienfuegos, nacida en Tarazona en 1823 y muerta en París en 1868, por haber pasado a la posteridad al ser la primera voz humana grabada con un aparato. En sus comienzos, fue discípula de la no menos conocida soprano zaragozana Adelaida Valladares, habiendo estudiado canto en su estudio de la calle Contamina, y con quien sostuvo una extraña polémica que acabó en los tribunales por difamación, con condena para la Cienfuegos. Dicen las crónicas que disfrutaba de una voz tan clara como una fuente cristalina de montaña, con sonoridades de flauta y en extremo flexible, voz que parecía creada para el virtuosismo vocal, circunstancia por la cual tenía un repertorio notable de lírica italiana y francesa. Muy pronto comenzó sus giras por el mundo, habiendo sido aclamada en los teatros de la ópera de toda Europa y habiendo cruzado en Atlántico tres veces para sendas temporadas en Nueva York y Boston, aunque nunca olvidó su tierra natal, habiendo actuado en el Teatro Principal de Zaragoza. Contrajo matrimonio con el empresario francés Virloys, por lo que se asentó en París hacia 1854. En 1858 su voz fue grabada por el científico Édouard-Léon Scott de Martinville, inventor del fonoautógrafo, un aparato que podía registrar la voz pero no reproducirla. Cómo se tenía la certeza de tal registro, es cosa que todavía maravilla, si no era posible comprobarlo en su momento, pero por auténtico se tuvo el invento durante muchos decenios, aunque solo fuera cuestión de fe. Recientemente, en 1995, fue posible, mediante un sofisticado procedimiento, reproducir los sonidos del fonoautógrafo y revivir tan singular huella del paso de un ser humano por nuestro mundo, como eran las grabaciones de la Cienfuegos, y en concreto las que realizó en 1858 de una aria de La gazza ladra, de Rosinni, y otra de Les indes galantes, de Jean  Philippe Rameau, y que no han confirmado la opinión que se tenía de su voz, pues escúchanse horripilantes gorgoritos impropios de una soprano tan afamada.

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Bartolomé de Aguilar y Pedro.

En la historia del coleccionismo patrio, tan antigua como sus reyes y tan rica como su patrimonio, destaca sobre todas la vida del extravagante Bartolomé de Aguilar y Pedro, nacido en Monreal de Ariza el año 1826 y muerto en la capital de Aragón el año 1903. Comenzó su afición en 1854, cuando tuvo oportunidad de adquirir una colección completa de cuerdas de ahorcados de procedencia inglesa recopilada desde el siglo XI, cuerdas que tenían unidos sendos papelitos con los datos de los reos así ajusticiados. Movido quizá por ese golpe de suerte, dedicó su vida y su fortuna a tal afición, habiendo reunido al final de sus días un importante número de colecciones de objetos insólitos y estrafalarios, entre los que cabe destacar las siguientes: la colección de reliquias de santos, que incluía un dedo de Santa Teresa de Jesús y varios clavos de la Santa Cruz; la de prepucios de niños circuncidados en los cinco continentes, entre musulmanes y judíos; la de restos de animales extinguidos como las famosas plumas de Dodo, el ave no voladora de las Islas Mauricio, o el cráneo de Moa, ave de tres metros de altura extinguida en Nueva Zelanda en 1750; la de cráneos de indígenas de los cinco continentes, con o sin pellejo, reducidos o limpios; la de daguerrotipos de niños y niñas muertos desde 1840 a 1855; la de momias medievales de conventos de media Europa; la de instrumentos de tortura, algunos importados desde la China; la de mortajas y máscaras mortuorias de personajes relevantes de la cultura, como Leandro Fernández de Moratín y el Conde Duque de Olivares; y la más llamativa de todas, la de restos orgánicos de personajes ilustres. Sin embargo, en el momento de su muerte sus colecciones se dispersaron, ya que ni sus herederos ni las instituciones públicas quisieron hacerse cargo de su incomprendido legado, circunstancia por la cual se perdieron para la historia objetos de extraordinario valor, como el bulbo raquídeo del general Espartero y unos restos de esmegma de Sor Patrocinio, la monja de las llagas tan afecta a la reina Isabel II.

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Catalina de Ortín y Génova.                                

Literata nacida y muerta en Zaragoza (1846-1897). De formación autodidacta, a su pluma se debe el celebérrimo Tratado del Purgatorio (Madrid, imprenta Toscano, 1887), obra en la que hace una descripción detallada, la más completa hasta la fecha, de dicho espacio, tanto de su geografía como de las penas que han de sufrir las almas en él confinadas. En cuanto a la geografía, refiere Ortín y Génova el viaje que realizó al Purgatorio de San Patricio, en Irlanda, el noble Paolo Scarpa, de Pescara, por encargo de Eduardo VII de Inglaterra, por ser tenido en los anales teológicos por cierto, conservándose en el Archivo Nacional de Dublín prueba documental del mismo en forma cartas del prior de la comunidad de dicho Purgatorio, que se guardan como oro en paño. Aunque no se trata del único viaje cierto al Purgatorio, pues también el conde Berenguer, señor del Rosellón, ingresó allí a través de un cueva para comprobar personalmente el estado del monarca aragonés Juan II, que se pensaba, erróneamente, que estaba en el infierno, cuando lo cierto es que se encontraba ya a punto de salir del Purgatorio. Y en lo que respecta a las penas que sufren las ánimas, señala Ortín y Génova las siguientes: la pena de daño, que consiste en la privación temporal o dilación de la Bienaventuranza; la pena de tristeza producida en el alma por dicha privación; la pena de sentido o dolor causado por algún agente externo, a semejanza del dolor sensible que ahora acá experimentamos producido por los objetos que obran sobre nuestros sentidos, y que se causa por fuego material verdadero, aunque añade la autora que esto no es dogma de fe. En todo caso, como expone Ortín y Génova, “la menor de estas penas excede a la mayor de esta vida”, siendo preferible a su juicio cualquiera de los tormentos ideados por los hombres o los chinos antes que sufrir los del Purgatorio. Murió en 1897 trágicamente abrasada por habérsele incendiado el vestido en una fiesta cortesana debido a la impericia de un teniente de húsares aficionado a los habanos y que para más INRI se llamaba Segundo de Colofón.

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Joaquín Nieto Torres.                                 

Filántropo nacido en Albalate de Cinca el 23 de marzo de 1839 y muerto en Níjar (Almería) el 1º de julio de 1901. Hijo de un acaudalado propietario de campos frutales, hombre piadoso y humanitario, pronto descubrió su vocación en el auxilio de los menesterosos y enfermos. Casó con Aurora de Vera, natural de la provincia de Almería, en cuya capital se instaló hacia 1870. Fue el fundador de la obra admirable de caridad heroica llamada Colonia Sanatorio de San Francisco de Borja para Leprosos de Níjar. Nieto Torres, al ver con sus propios ojos el triste y misérrimo estado de los infelices leprosos, que tanto abundaban entonces en la región interior de Almería, abandonados de todo el mundo, obligados a vivir en cuevas y separados de todo trato social, concibió el grandioso proyecto de crear, en sitio aislado, una colonia o sanatorio donde tales enfermos, y en especial los que gemían por el doble tormento de la lepra y la miseria, pudieran hallar albergue confortable, aire puro, alimentación reparadora, cuidados médicos, auxilio espiritual, entretenimiento mundano y hasta ocupaciones adecuadas a su estado. El sanatorio de Níjar se inauguró el 17 de enero de 1889 con cinco enfermos leprosos, número que fue creciendo conforme se construían los edificios y lo permitían los recursos provenientes de la herencia paterna. En esa loable institución no escaseaban los medios de solaz y esparcimiento, disponiendo de salón social provisto de muchos juegos, de alberca al aire libre y baños de interior para el invierno, de banda de música propia y hasta un teatrito en el que los mismos enfermos representaban con frecuencia algunos dramitas para alegrar a sus compañeros de infortunio. Dícese que Nieto Torres, acostumbrado al trato íntimo con sus beneficiarios, llegó a contraer la lepra, residiendo él también en su sanatorio después de haberse separado de su mujer y de haberse amancebado con una joven enferma de rasgos ambarinos y gestos decadentes, con la que vivió hasta 1901, fecha de su óbito y del cierre del establecimiento.

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Eleuteria Diosdado Blanco.                                  

Acreditada polígama zaragozana nacida el año 1834 y muerta en 1897. Fue tal su capacidad simuladora, que a todos engañaba, que estando casada legalmente con alguno de sus maridos conseguía que las autoridades, tanto religiosas como civiles, nada obstaran a los sucesivos matrimonios que iba sumando como cuentas de un interminable rosario, hasta el punto de que se computaron, una vez descubiertas sus añagazas, hasta trece matrimonios válidos e inscritos, dándose el caso de que tampoco sus sucesivos consortes conocían la existencia de los demás, y nada sospechaban de su conducta, que durante años debió ser un  ejercicio continuo del disimulo, pues sábese que atendía a la perfección las trece casas que tenía abiertas en la ciudad, y que parió nueve hijos de todos sus maridos, sin que ninguno sospechara de la sinceridad de sus palabras y actos, cosa verdaderamente sorprendente y aún de cariz casi sobrenatural. Ignórase qué trucos utilizó para conseguirlo, aunque es de sospechar que entre ellos estaría el soborno, la amenaza, la mentira e incluso los favores sexuales, pues era mujer de vida casquivana y de apetito insaciable. De ella dijo Jacobo Treviño, párroco de Santa Rita de Casia, que con su actitud atacaba la fe conyugal jurada, quebrantaba el respeto debido a los preceptos religiosos y ponía en peligro su alma y el alma de cuantos la rodeaban, pues era proclive al perjurio, al adulterio, al estupro y al fraude, inclusive a detestables propósitos de codicia y avaricia que nunca ocultó. Cuando murió, dueña de una importante fortuna, dejó expresado en su testamento su deseo de ser enterrada junto a sus maridos, algunos de los cuales ya habían fallecido, aunque otros seguirían vivos por algún tiempo, deseo que nadie cumplió en parte por razones morales, en parte por razones prácticas, ya que resultó imposible encontrar una tumba que les diera a todos acomodo digno, aunque uno de sus hijos barajó la posibilidad de construir un panteón en el cementerio de Torrero.

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Eulogio Soteras y Vázquez.

Uno de los pioneros del mundo de la aeronáutica, sin cuyas investigaciones y travesías no podría entenderse esta rama de la ciencia, fue Eulogio Soteras y Vázquez, reconocido aeronauta nacido en Zaragoza en 1801 y muerto accidentalmente en Madrid en 1860. Siendo aún muy joven construyó en el taller que su padre, mecánico y metalúrgico, regentaba en el Arrabal allende el Ebro una máquina volante en forma de pájaro que no dio resultado y a punto estuvo de costarle la vida al haberse lanzado alocadamente desde el monte del Cabezo, ante la expectación de numerosos vecinos. Pronto se interesó por los aerostatos franceses, empeñando parte del escaso capital familiar para hacerse con uno en 1832, con el que inició sus ascensiones, habiendo sido el primero en cruzar los Pirineos por el paso del Somport en 1834. En 1845 contaba ya con setenta y siete ascensiones afortunadas y solo una desafortunada, la que realizó en octubre de 1844 con ocasión de las Fiestas del Pilar y a causa de un ataque de apoplejía que le obligó a efectuar un aterrizaje de emergencia en el Coso Bajo y sobre un grupo de espectadores que no tuvieron tiempo de apartarse. Otra de sus más renombradas ascensiones fue la que pretendía llevarle desde San Carlos de la Rápita hasta las Baleares y que inició el 24 de julio de 1854, travesía que no pudo completar por las corrientes de aire contrarias que halló, por lo que se vio obligado a tomar tierra en el Grado de Burriana. Encontró la muerte de sopetón el 15 de mayo de 1860 en Madrid, en su nonagésimo novena ascensión, por habérsele incendiado, no se sabe muy bien cómo, el globo en el que iba y desde el cual debía lanzar fuegos artificiales con motivo de la verbena de San Isidro, cayendo sobre el tejado de una casa situada en la calle Lope de Vega, esquina con San Agustín. Se le debe la relación de una de sus excursiones que tituló Un viaje sobre la tierra aragonesa o la pena de no saberse pájaro (Justo Zambrano editor, Zaragoza, 1848), deliciosa obrita recomendable a todos los amantes de las alturas.

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Juan Ignacio Tudelilla Sanchís.              

Conocido blasfemo nacido en Binéfar en 1833 y muerto en París en 1899, ciudad en la que se refugió hacia 1862. Desde muy niño comenzó a practicar la habilidad que tanta fama le reportaría y que marcaría su existencia. Al parecer, se hizo un consumado maestro de la blasfemia, que llevó a las cumbres más altas después de una larga etapa de aprendizaje y ensayos, aunque no existen grabaciones de su voz, a pesar de los intentos efectuados en torno a 1863, cuando ya residía en París, por Édouard-Léon Scott de Martinville para grabarle en su fonoautógrafo, como hizo con otra aragonesa, Leandra Cienfuegos Carrasco. Tudelilla Sanchís pronunciaba palabras que significaban locura injuriosa, siempre proferidas contra Dios o sus criaturas, y su repertorio era de una gran variedad, pudiendo clasificarse sus execraciones o blasfemias en las siguientes: las denominadas directas, con las que intentaba formalmente la deshonra de la divinidad; las indirectas, que no llevaban consigo tal intento; las heréticas o contrarias a la fe; las imprecativas, directamente dirigidas a Dios; y las contumeliosas, que eran un desprecio o una indignación contra el Supremo Ser. Recogió todo su repertorio en el libro La apostasía como nuevo arte (París, imprenta Legarde, 1888), que es un compendio de barbaridades sin parangón en los anales bibliográficos de Europa y de parte del extranjero, circunstancia por la cual fue perseguido y condenado a multa de dos mil francos, aunque se libró de ir a la cárcel dado el clima anticlerical que se vivía en el París de la época. A pesar de todo, el Jefe Superior de la policía del París del Segundo Imperio, Monsieur Apolíneo Le Sénèchal, persiguió enconadamente a Tudelilla Sanchís por el escarnio y la befa contra la religión católica que suponía su libro, que se retiró en 1893 de las librerías y bibliotecas de la localidad. Desde entonces, mentes diabólicas y desprovistas de escrúpulos mercadean con los pocos ejemplares que se libraron de la quema, habiendo llegado a pagarse la astronómica cifra de cuarenta y cinco mil pesetas por uno de ellos.

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Licinio Amado Calatrava. 

Para que no se diga que este Compendio se ocupa solamente de los triunfadores en el terreno de las artes aragonesas, sino también de los derrotados, queremos reseñar a continuación la vida de Licinio Amado Calatrava, pintor de quinta fila nacido en Mora de Rubielos en 1812 y muerto en Teruel el año de Nuestro Señor de 1879. Siendo joven discípulo del maestro de su localidad Eustaquio López hizo algunos retratos de interés a los campesinos de la zona en sus actividades cotidianas, que él mismo tituló Los afanes y los días, que gozaron de cierto renombre pero que desgraciadamente se han perdido. Posteriormente, después de unos años de ostracismo y de pintura intimista y carente de ambiciones que acometía en la soledad del hogar materno, en 1859 recibió el mayor encargo de su vida, por el que todavía hoy es recordado y admirado, que fue la pintura provisional al fresco del salón del Círculo Mercantil y Agropecuario de su ciudad natal, que él tituló Los trabajos en el campo: de la plantación a la trilla, proyecto al que se entregó durante cuatro años y que fue fervientemente elogiado por los próceres de la institución, aunque no se ha conservado esbozo alguno ni documento fotográfico que permita juzgar hoy en día los elogios que recibió, ya que, a pesar de su valía, fue sustituido por el definitivo debido a los pinceles de Ricardo de Cano, pintor de la Plana de Castellón no mejor dotado pero sí más perspicaz, que había ganado el concurso con su proyecto Las musas, pero que había caído enfermo y hubo de retrasar sus trabajos. Después de sufrir semejante varapalo, Amado Calatrava, que ya nunca levantó cabeza, refugiose en la casa de un primo turolense que le dio sustento y cobijo, en donde continuó elaborando su obra para disfrute propio y enseñando dibujo a los pocos niños de la localidad que acudían a su modesto estudio, hasta su muerte acaecida en 1879. De él solo se conserva una aguada titulada Vista de la ciudad de Teruel, que ha permitido encuadrarlo en esa quinta categoría entre los maestros aragoneses del siglo XIX.

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Sor María del Espíritu Santo.                                

Nombre figurado de Josefina Laínez Dolz, religiosa de precoz vocación llamada la niña monja, nacida en 1858 y muerta en 1936 en Maluenda, provincia de Zaragoza. Apenas abandonada la primera infancia, cuando tenía la tierna edad de nueve años, pretendió su mano un caballero que frecuentaba la casa de sus padres, al parecer con el consentimiento de estos por ser hombre de fortuna y dueño de extensas fincas en la comarca, pero negose la joven con cabezonería contumaz, y para mejor resistir se refugiaba en un beaterio inmediato, circunstancia por la cual ingresó en el Convento de las Madres Carmelitas de su ciudad natal a tan temprana edad, obligada y en cierto modo castigada por sus padres dada su actitud, tomando en el Claustro el nombre de Sor María del Espíritu Santo. En 1868, debido al movimiento revolucionario que destronó a Isabel II, vio asaltado y profanado por las turbas el convento de su residencia, salvándose de la violación junto a otras dos religiosas casi milagrosamente y refugiándose en Francia. Sin embargo, en 1876 regresó a España, volviendo a morar en su convento de Maluenda, en donde, por sus virtudes y prudencia, fue elegida prelada, cargo que desempeñó con brillantez por espacio de seis años, hasta que la mala suerte quiso que en 1885 las masas enfurecidas allanaron el convento por segunda vez, refugiándose esta vez en Tarragona, por caerle más a mano. De vuelta a Maluenda se dedicó a las obras de caridad como rectora del convento, por tercera vez asaltado en 1890, circunstancia que le hizo refugiarse en Tarazona, todavía más cerca. Con una constancia digna de elogio y una contumacia que ya había demostrado en su más tierna infancia, regresó llena de pundonor a su tierra natal, donde llevó una vida consagrada a la oración, hasta que en 1936 una vez más las turbas penetraron sin miramientos en el convento, momento en que fue sometida a violación, a la que parecía destinada desde el mismo arranque de su desafortunada vida, y falleciendo a resultas de todo ello a la edad de setenta y siete años.

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Amadeo Fuentes Paniagua.

Célebre destatuador aragonés nacido en Zaragoza en 1834 y muerto en Palma de Mallorca en 1900. Ha sido considerado el maestro de todos los destatuadores, que no son muchos, que ha dado nuestra región. Consciente Fuentes Paniagua desde joven del grave problema que a veces, y para las almas de bien, representaban los tatuajes, que muchas veces se encargaban sin reflexionar en el momento en que los individuos se hallaban poseídos por el estado eufórico consecutivo al calor de los banquetes y de las bebidas espirituosas, dedicó toda su vida al arte de destatuar, que para él era labor caritativa, fruto de lo cual concibió su obra El destatuaje. Amén de referir las técnicas clásicas, como el bisturí, los cáusticos y los epispásticos, métodos dolorosos, peligrosos y a veces poco eficaces, Fuentes Paniagua describió la superposición de otro dibujo para tapar el comprometedor, sobre todo si era de motivo piadoso, como la imagen de una Santa Cruz, o el contratatuaje con piqueteado de un polvo blanco de esmalte, la frotación con mezcla de incienso, nitro, ceniza de lejía, cera y miel, o la aplicación de axungia saturada de ácido acético. Señaló asimismo los métodos a base de polvo de cantáridas y aceite fenicado. Concedió  importancia al destatuaje por medio de leche de mujer, método tan apreciado por los apaches y aun hoy de empleo cotidiano. Pero el más excelente de los procedimientos era el conocido entre la gente del hampa con el nombre de variotomía: se friccionaba el tatuaje con una solución concentrada de tanino, se picaba de nuevo con la aguja enmangada del tatuador, pasando luego un lápiz de nitrato de plata, por lo que la piel se ennegrecía, espolvoreándose luego durante tres días con polvo de tanino. Al final de su vida se dedicó a recorrer los presidios del país, ofreciendo de manera gratuita sus servicios a los reos allí confinados, que habían consentido el tatuaje por propia voluntad y no por error, lo que no impidió que les librara, a ellos también, del estigma de los tatuajes.

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Cruz de Algorta y Berratúa.                                 

Militar carlista del cual ignoramos fecha y lugar de nacimiento, al haber sido la mayor parte de su vida un puro misterio. En cuanto a la fecha, se piensa que su alumbramiento debió tener lugar a principios del siglo XIX, puesto que murió bastante joven en 1851, y en cuanto al lugar de alumbramiento se cree debió ser en la zona nororiental de nuestra región, cerca del Reino de Navarra, por los apellidos de la rama materna, Algorta y Berratúa, que prefirió a los de la rama paterna, Ródenas y Bescós, estos de origen aragonés, que relegó a un segundo orden. Era, por tanto, o bien creía ser de sangre vascongada y se jactaba de ser descendiente de los antiguos vascones, portentosos guerreros, lo que le dio gran popularidad entre los carlistas. Gozaba, además, de grandes simpatías entre los sectores católicos de su región, pues era sumamente religioso y cumplidor de sacramentos, y su especialidad era el arma de caballería, y al frente de sus tropas era temible, de tal manera que con otra ilustración y una fuerza más disciplinada e instruida a la moderna Algorta y Berratúa hubiera podido proclamarse invencible y haber hecho triunfar a los partidarios de Don Carlos. A pesar de esta impotencia in militari, ejercía Algorta y Berratúa gran influencia entre los de su casta y su opinión pesaba mucho en la balanza política, por lo que era solicitado por todas las parcialidades del partido carlista. Su vida, ligada enteramente a los acontecimientos del país, era un tejido de aventuras y peripecias tal que, de no estar confirmadas, hubiesen parecido inverosímiles. Así, se dice que en 1834, montando su célebre jamelgo Bienpensado, rompió él solo una línea defensiva de los isabelinos en la acción de la Venta de Chavarri, con la única arma de su vozarrón atronando entre despavoridos soldados leales al habérsele extraviado el sable en la embestida. No fueron menores sus proezas en el lecho de las damas, aventuras que por decencia nos abstendremos de narrar aquí. Murió de apoplejía en la cúspide de la fama, dejando a sus partidarios como huérfanos y perdidos.

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Eliseo Quirós Alavedra.

Profesor de educación física y sportman nacido en Alcorisa (Teruel) en 1864 y muerto en Zaragoza en 1928. Se le debe la introducción en Aragón y España del pushball, variante del fútbol inglés inventada por los estudiantes de la universidad norteamericana de Harvard a finales del siglo XIX. Se jugaba con un balón gigantesco que medía un metro y ochenta centímetros de diámetro y pesaba veintidós kilos y doscientos cincuenta gramos, del mismo estilo que los de fútbol pero que tardaba una hora en hincharse, pues debía recogerse siempre deshinchado dada sus medidas, al no caber por las puertas de las utilerías deportivas. Jugaban sendos equipos de ocho contra ocho que debían mover el balón con la oposición de los contrarios, para lo que estaban permitidas todas las artimañas imaginables, no existiendo prácticamente faltas y consistiendo este juego una variante del rugbi en el que tenían suma importancia la fuerza física, la resistencia, el arrojo y la honorabilidad. Normalmente se disponían dos jugadores como porteros y dos líneas por delante, de tres jugadores más cada una. Hacer pasar el descomunal balón más allá de la línea de término, valía dos puntos; hacerlo pasar entre los dos postes del término, que estaban separados por una distancia de seis metros, valía tres puntos. Como el juego era muy violento, los jugadores esperaban ansiosos los tres minutos de descanso que se concedían cada diez minutos, prolongándose el match hasta cuatro períodos de tal duración. En este juego, como se desprende de su descripción, abundaban los incidentes cómicos, resultando una fiesta muy entretenida y variada que, como creía Quirós Alavedra, era de esperar prosperara entre nuestros jóvenes para beneficio de la raza. Sin embargo, a pesar de sus esfuerzos y la publicidad de que gozó el pushball, apenas se formaron dos equipos en la región, Los Churruteros, de Alcorisa, y Los Universitarios, de Zaragoza, que disputaron una liga en 1905 y luego se disolvieron.

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Consuelo Álvarez de Heredia.

Reproducimos en este Compendio la que sin duda es la única fotografía que se conserva de la aclamada Consuelo Álvarez de Heredia sin barba, a la edad de nueve años, retratada en torno a 1881 en el estudio zaragozano del renombrado Mariano Júdez, antes de alcanzar la pubertad y de producirse en su cuerpo el cambio hormonal que tanto le favorecería. Álvarez de Heredia, nacida el 5 de enero de 1862 en Zaragoza y muerta el 17 de noviembre de 1949 en Copenhague, conocida en el mundo del espectáculo como la barbilinda, fue sin duda alguna la más célebre y hermosa mujer barbuda de finales del siglo XIX y principios del XX. Tan celebrada fue su hermosura que dícese la asediaban noche y día hordas de varones encelados, los cuales la celebraban, galanteaban y agasajaban sin mesura alguna, rogándole que nunca se afeitara para conservar su peculiar atractivo, que sin duda era lo que les embelesaba, su barba, lo que ella bien podría haber hecho para terminar con esa vida anómala que, sin embargo, tanta riqueza y fama le reportó. Actuó en los principales circos ambulantes y teatros de la época, haciendo giras por los cinco continentes y amasando una fortuna sin parangón. Entre las mujeres barbudas fue sin duda la más hermosa, pues la mayoría se exhibían como fenómenos del horror, habiéndose dado en los últimos ciento cincuenta años otros casos de bellas mujeres con la misma peculiaridad, como la rusa Olga Kulikovo y la italiana Goretti Corazzini, quienes sin embargo nunca alcanzaron la proverbial donosura de la aragonesa. Contrajo matrimonio en cinco ocasiones y tuvo siete hijos, cuatro de los cuales fueron hembras aunque ninguna de ellas pudo continuar con el oficio materno al no haber heredado su rara peculiaridad. Después de una larga vida dedicada primero al espectáculo y luego a su familia, desposó ya en 1936 con su último marido, el escritor danés y premio nobel de literatura en 1944 Johannes Jensen, quien le auxilió a la hora de redactar sus memorias, que convenientemente tituló En el filo de la navaja

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Carlos Martínez Egea.                                

Conspicuo políglota nacido en Aínsa en 1842 y muerto en Zaragoza en 1901. Parece que hablaba o comprendía 160 lenguas. Fernández dio a conocer en la Gaceta aragonesa la lista completa de las lenguas que hablaba Martínez Egea: abjaso, afrikáans, aimara, ainu, albanés, alemán, aleutino, altaico, amhárico, amerindio, angoleño, árabe, arameo, armenio, arpitano o franco-provenzal, atabascano, austro-bávaro, azerí, bahasa, bale, bashkirio, bielorruso, birmano, bislama, bohemio, bosnio, bribri, búlgaro, buriato, caldeo, californiano, cantonés, catalán, castellano, celta, cingalés, copto, coreano, cungo, chabacano, chamorro, checo, chibcha, chichewa, chileno, chino, chukutko, chuvasio, creole, danés, divehi, dzongkha, escocés, eslovaco, esloveno, esquimal, estonio, etíope, eyak, feroés, finés, francés, friuliano, frisón, gagauzo, gaélico, galés, gallego, gallurés, garífuna, georgiano, gilbertés, gilyaco, griego, guajiro, guaraní, guyaratí, hakka, hausa, hebreo, holandés, húngaro, ilírico, indostano, inglés, irlandés, islandés, italiano, japonés, javanés, jemer, kazajo, ket, kinyarwanda, kirguís, kurdo, lao, lapón, latín, letón, lituano, lombardo, macedonio, magiar, malasio, maltés, maorí, mapuche, maya, mixteco, moldavo, mogol, náhualt, neerlandés, nepalí, noruego, occitano, panyabí, papuano-peguano, persa, polaco, portugués, quechua, rapanui, rético, rumano, ruso, ruteno, samaritano, samoyedo, sánscrito, sardo, serbocroata, siciliano, siriaco, somalí, suajili, sudanés, sueco, tagalo, tailandés, tamil, tarahumara, tártaro, tayiko, tibetano, tlingit, tongano, turco, ucraniano, urdu, uzbeko, válaco, valenciano, vascuence, vietnamita, wu, xinca, xhosa, yakuto, yidis, yoruba, yucaguino, zapoteca, zulú y el lenguaje de los cíngaros, aunque no tuvo ocasión de practicar suficientemente todas ellas por falta de contertulios. También dominaba las lenguas de signos esquimal e india, el silbo gomero, el esperanto, la interlingua, el ido y el volapük. Sin embargo, échase en falta el conocimiento de su lengua regional, la fabla aragonesa.

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Celedonio Blandín Palma. 

Excepcional andarín nacido en Caspe en 1845 y muerto en Zaragoza en 1912. Ya desde niño era aficionado a dar largas caminatas por su comarca natal,  en las que se entretenía también en horario nocturno. Conquistó su reputación venciendo en diferentes carreras a pie al campeón italiano Guiusepe Bisonio, que se jactaba de no haber sido nunca derrotado en este género de deporte, y con quien compitió en una memorable jornada en los alrededores de Zaragoza, cuando el italiano, incapaz de seguir su ritmo, se rindió junto a la ermita de San Gregorio. Realizó, además, notables carreras de resistencia, como la que hizo desde su ciudad natal hasta la capital del reino en 1868 en tan solo tres días, con ocasión de La Gloriosa, donde fue aclamado por la multitud en su recorrido por las calles céntricas, proeza que ni los jamelgos más resistentes podían hacer. Fue proverbial en la Villa y Corte su carrera del año 1877 contra un caballo de pura raza española en los Jardines del Buen Retiro. Si bien es cierto que el caballo cobró ventaja en un primer momento, con el paso de las horas las tornas fueron cambiando, hasta el punto de que Blandín Palma pudo proclamarse vencedor habiendo dado cuatro veces más vueltas al jardín que la acémila, que quedó como derrengada junto a la recién inaugurada fuente del Ángel Caído. Dícese de él que nunca conoció derrota, y que venció a cuantos contrincantes, venidos desde los cinco continentes, le retaron a singulares carreras, siendo muy conocida la que le enfrentó a una cuadrilla de pastores etíopes, traídos desde el África, a los cuales fue dejando poco a poco atrás y que se disputó en los Montes de Torrero. Amasó una importante fortuna de esta suerte, pues aunque los premios no eran muy sustanciosos en esas fechas, lo cierto es que corrió inúmeras carreras para lucrarse, habiéndose retirado primero a su ciudad natal, Caspe, a los cuarenta y dos años, cuando abandonó su afición, y luego a Zaragoza, donde fue nombrado, debido a sus méritos y fama, custodio de los tesoros de su catedral, ciudad en donde le alcanzó la muerte en 1912.

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Dorotea de Tobez y Sueiro.

Poetisa nacida en Tamarite de Litera, Zaragoza, en 1837 y muerta prematuramente en Madrid en 1879 a la temprana edad de cuarenta y dos años. Dejó dos poemarios muy celebrados, Mis caminos y Estampas de la vida rural (ambas en Ediciones Espejo, Madrid, 1869 y 1876, respectivamente), que le valieron el reconocimiento de la crítica, que se deshizo en elogios en las revistas de la época, y del público, que agotó las tres ediciones de su segunda obra. De ella se dijo que era poetisa con solo abandonarse a sí propia, con no pretenderlo, con mostrarse únicamente como mujer y hacer valer las características de su género. Ni sicología atormentada ni complicada, ni exotismos falaces, ni refinamientos morbosos, ni imitaciones peligrosas, ni rima presuntuosa, ni recursos alambicados, su musa puede decirse que fue pura y natural, como la fuente de agua cristalina y fría que brota al pie de la montaña. Amores, celos, pasión, desdén, sentimiento de la ausencia del amado, ansia de goce, olvido y melancolía por el paso de los años, cosas de hombres y mujeres de todos los tiempos fueron sus temas preferidos. Su obra no parecía ficción poética, por su misma espontaneidad, lo que llevó a algún crítico a declarar que en su poética “las palabras se sucedían en un orden necesario, como salido de una esencia inmutable, como dictadas por una divinidad en forma de musa”. En Mis caminos consiguió, sin proponérselo, el verdadero camino poético con solamente introinspeccionarse y exhalarse sincera, desnudando su alma y despojándola de toda mundanidad. Y en Estampas de la vida rural toda su poética se puso al servicio del alma aragonesa, de los afanes y las penas, de los trabajos y los días de sus paisanos, retratados como nunca lo habían sido, como seres de carne y hueso y alma sencilla, como mortales dignos de su condición. Desgraciadamente, Tobez y Sueiro murió joven, en Madrid, ciudad que la aclamaba como la nueva poetisa nacional, víctima de la tisis, truncando una carrera que, de haber culminado, habría dado la mayor gloria a las letras aragonesas.

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Blas Chinchilla Cañada.

Importante curandero y exorcista nacido en La Almunia de Doña Godina, Zaragoza, en el año 1823 y muerto en Zaragoza en el año 1878. De niño sufrió una terrible enfermedad que a punto estuvo de costarle la vida y le tuvo encamado durante siete largos meses, durante los cuales tuvo visiones del infierno y del paraíso que le hicieron comprender la verdadera naturaleza del mal. Comenzó su actividad como curandero en su ciudad natal, que pronto se le quedó pequeña para su natural disposición. Hacia 1857 estableció su consulta en una barriada pobre de la capital aragonesa, El Arrabal, a la que acudían miles de menesterosos, obreros y campesinos de la comarca y aun de lugares lejanos y regiones diversas, confiados en sus aptitudes de curandero y su caridad innata, pues nada cobraba a quien nada podía pagarle. Pretendía curar todas las enfermedades con solo la imposición de las manos sobre las zonas del cuerpo afectadas y recitando oraciones y conjuros de su invención. Aseguraba ser la enfermedad una cosa del demonio, con quien tenía frecuentes encuentros y tratos, pues dícese que le imprecaba y le conminaba a salir de los cuerpos de los enfermos, para así dejarlos libres, sanos e incluso santos. Alcanzó mucha fama en la región aragonesa, afirmándose que acudieron a él más de treinta mil enfermos en quince años de ejercicio, circunstancia por la cual varios prelados le acusaron de superchería, y el obispo de la diócesis manifestó que las curaciones de Chinchilla Cañada nada tenían de sobrenaturales, incoando procedimiento de herejía ante el Santo Oficio que terminó, en 1872, con una condena de multa y la obligación de llevar estampada en la ropa una cruz. Sin embargo, a pesar de su pretendida sapiencia, nada pudo hacer por sí mismo cuando contrajo enfermedad, ya que murió, según dicen las crónicas, entre terribles alaridos e imprecaciones, echando espumarajos por la boca y maldiciendo a los íncubos y súcubos que le atacaban, circunstancia por la cual fue enterrado en la zona no católica del cementerio de Torrero.

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Eberu Abdel Mesisch.                                

Sacerdote caldeo y alumbrado venido a Aragón en torno a 1850, que se instaló en la parroquia de Calcena y a quien han hecho célebre ocho cartas de don Adolfo de Berruezo al marqués de Illueca, conservadas en el Archivo Histórico Provincial de Zaragoza, que contienen la maliciosa narración de sus excentricidades y que ahora resumimos entrecomilladas: “Cuando dice la Santa Misa, ocupa en este menester toda la mañana, hasta la hora de comer, y después, durante toda la tarde y aún hasta la noche platica y da audiencia a las damitas de la localidad que, como beatas irredentas y abejitas de Cristo, le recogen el rocío de su boca”. Parece ser que durante cerca de treinta y tres meses así procedió en Calcena, habiendo arrinconado al párroco de la localidad para escándalo de las gentes de bien y de los responsables de la diócesis, que enviaron a un Coadjutor que nada pudo hacer sino constatar el fervor despertado entre las mozas del pueblo, y que prefirió dejar las cosas como estaban para no provocar un escándalo mayor. Se sabe que hacia octubre de 1853 comenzó a gestionar el tema de su propia muerte, que él pretendía gloriosa y anunciada, hechos que así narra Adolfo de Berruezo en su cartas: “Porque él iba diciendo que había de morir el veinte de ese mes de octubre de 1853, por revelación particular de Dios, y llegado el día púsose en el altar a las dos en punto de la mañana del martes, entreteniéndose en la misa tan despacio, que vino a alcanzar después de anochecido y acabó el miércoles a más de las tres de la mañana. Y así, en mi criterio, el verdadero milagro no hubiese sido el morirse sino el no haberse muerto haciendo la barbaridad que hizo… Cuando vieron que era pasada la hora y no se moría, todas las beatas se fueron cabizbajas a sus casas, dejándolo en el altar, donde acabada la misa se halló solo y sin decir palabra ni despedirse de nadie se fue a esconder… Falleció a 30 de noviembre después de muchos días de cama, por pura desidia, y no oigo que haya sucedido en su muerte cosa notable.”

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Aquiles Pinto Franco.

Ingeniero nacido en Zaragoza en 1823 y muerto en Belfort, en la Alsacia francesa, en 1870. Cursó la carrera de Ingeniería en Madrid y pronto destacó entre sus colegas de licenciatura, pues era alumno brillante y entregado, dotado además de un talento especial para la ocultación, el disimulo y la diplomacia. Quizá por todo ello dedicó denodados esfuerzos al estudio del espinoso tema de las fortificaciones militares, tan de moda en la belicosa Europa del siglo XIX, estudios que él suponía, con razón, le abrirían las puertas de las principales chancillerías del continente. Al parecer, sus fuentes de información fueron la escuela holandesa de la obra Nueva fortificación, de Coëhorn, y De las ciudadelas, los fortines y baluartes, de Van Ostaijen, la francesa del Essai général de fortification, de Bousmard, el neobaluartismo italiano de los hermanos Cardarelli y su celebérrima Difesa Nazionale e fortificazione protocolli, así como la alemana de los bastiones representada por Bodmer y su Gegen eine uneinnehmbare reich. Pinto Franco ha pasado a la historia de esta noble rama de la ingeniería militar por haber ideado, dibujado y promovido los planos de la fortaleza inexpugnable que ultimó hacia 1865, planos que no quiso editar en vida pues celosamente guardaba su secreto con la idea de venderlos al mejor postor entre los gobiernos del continente. Sin embargo, ni el estado español, que nada quiso saber de las revolucionarias ideas de su preclaro hijo, ni los principales que visitó en el transcurso de la última etapa de su vida, entre 1868 y 1870, quisieron comprar sus secretos. Su muerte se produjo en Belfort mientras observaba el conflicto franco prusiano de 1870 en su calidad de enviado del gobierno francés para el estudio de los sistemas de defensa de su ejército. Póstumamente se editó su Tratado y soluciones de la fortaleza inexpugnable (París, 1876), siguiendo sus notas y dibujos, que sirvió de base a André Maginot para diseñar las fabulosas defensas francesas ante la frontera con Alemania

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Leonor Mateo Puértolas, la panaderita.                                 

Beldad zaragozana nacida en 1841 y muerta por ahogamiento en 1903 en el naufragio del barco Gaspar Andrade, circunstancia por la cual nunca se encontraron sus restos mortales. Su extraordinaria belleza fue inmortalizada por el pintor Casado del Alisal, a quien sirvió de modelo. Sin embargo, de su vida se tienen escasas noticias. Sábese que era hija de un panadero del Coso Bajo, en Zaragoza, y por esto se la llamó la panaderita. Su verdadero nombre era Leonor Mateo Puértolas. Cuéntase que Casado del Alisal la vio un día mientras ella se bañaba los pies en el río Ebro, a la sombra de la basílica del Pilar, quedando el genial artista enamorado apasionadamente de la hermosa aragonesa, y no tardó en ver correspondida su pasión. Desde entonces reprodujo Casado del Alisal muchas veces con sus pinceles las facciones de su amante, a la que tomó de modelo plástico de sus figuras históricas en sus grandes concepciones pictóricas. En el retrato conservado en el Museo de Bellas Artes de Zaragoza, según un crítico madrileño de apellido Regalado, “es de fisonomía llena de frescura pastoril, de formas ricas y contundentes, de hermosura poderosa, incitante, lasciva, apasionada, casi pecaminosa a los ojos del casto, hermosura que inquieta el ánimo y consume el cuerpo”. En 1903 se embarcó en el vapor Gaspar Andrade, acompañada de su fiel Casado del Alisal, con destino a las bellas tierras italianas, a las que acudían en viaje de asueto. Sin embargo, frente a las costas de la Liguria, el vapor sufrió naufragio, pereciendo en el incidente tres de los viajeros, incluida la panaderita, cuyo cuerpo nunca fue encontrado a pesar de los esfuerzos hechos por el pintor, que contrató a buzos de la cercana localidad de La Spezia para rastrear las procelosas aguas de la costa, empeño en el que invirtió gran parte de sus ahorros sin resultados positivos. Sin embargo, quedan como recuerdo de su singular belleza una estatua encargada por el pintor que preside su tumba sin cuerpo en el cementerio de Torrero, los numerosos retratos que le hizo el pintor  en vida y la foto que ilustra esta biografía.

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Jorge Forster y Pérez.

Desventurado y tozudo viajero de padre inglés nacido en Zaragoza en 1851 y muerto en Nagpoor (India) en 1882. Estuvo al servicio de la Compañía de Indias y emprendió, entre 1876 y 1878, un viaje desafortunado desde Calcuta a Rusia y España, pasando por el valle de Cachemira, donde contrajo la fiebre de la malaria, que ya nunca le abandonaría, Afganistán, donde perdió la mano izquierda en combate contra los nativos, Herat, donde fue castrado por un extraño affaire con una nativa, el Khorassan, donde la mitad de su expedición le dejó abandonado y sin las vituallas que transportaba, hasta el mar Caspio, que luego atravesó y donde sufrió naufragio, llegando a Moscú a pie y desvalido y siguiendo viaje a través de Polonia, donde fue condenado por vagabundo a pena de prisión por tres meses, para luego salir de la cárcel y seguir su incansable periplo por Alemania, donde a punto estuvo de perecer por el hambre, y Francia, donde fue confundido por un rufián y apaleado en Besançon, llegando a España a través de los Pirineos, donde sufrió una aparatosa caída en un puerto de montaña que le supuso la amputación de la pierna izquierda, terminando su viaje en su ciudad natal, en donde encontró la casa paterna embargada por los oscuros negocios familiares y se vio abocado a la mendicidad. Sin embargo, habiendo superado todas las calamidades y habiendo rehecho su vida y patrimonio, fue enviado en embajada al país de los Mahrates, en la India, en 1881, sorprendiole la muerte en 1882 en la ciudad de Nagpoor por picadura de serpiente. No obstante todo el infortunio y su corta vida, publicó Reporte sobre la mitología y las costumbres de los Mahrates, En el corazón de Afganistán, Animismo en Khorassan, Estudio comparado de las rutas de Oriente, Relación verdadera de las costumbres sexuales de los nativos de Herat y A pie desde Moscú a Alemania. Después de su muerte apareció la relación completa de sus viajes compilada por Hiniesta con el título Del empecinamiento o las virtudes del viajero (Madrid, 1885).

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Javier Hinojosa Rebolledo.                               

Escultor nacido en Zuera, provincia de Zaragoza, en 1837 y muerto en 1886 en Zaragoza, ciudad en cuyos conventos acabó sus días. En 1860 casó con doña Leonor de Caballería, heredera de la comarca, cuya rica dote y mayorazgos le permitieron dedicarse a su afición a la escultura y abandonar todo trabajo. En 1865 modeló en alabastro una imagen de la Virgen de los Dolores que regaló a una iglesia de su localidad natal, obra que más tarde recogió su sobrino Alejandro Rebolledo, que es la única que se conserva en la actualidad, ya que acostumbraba a utilizar materiales poco duraderos, especialidad esta, la escultura que él llamó pasajera, en la que fue todo un adelantado a su tiempo, circunstancia por la cual ha pasado a la posteridad, habiendo sido reivindicado modernamente, además, por movimientos artísticos como el land art y el arte perecedero. Para elaborar sus trabajos comenzó a utilizar, hacia 1867, materiales degradables, como la cera de abeja, cuyos trabajos eran muy notables, así como el hielo, del que le proveían las cercanas fábricas de Zaragoza, considerándosele un pionero en esta variante de la escultura de la que se conservan algunas fotografías tomadas por su sobrino, auténtico albacea y salvador de su obra para la historia del arte, pues a Hinojosa Rebolledo no parecía interesarle la permanencia. También utilizó, como queda constancia en el álbum fotográfico compilado por su sobrino, De lo efímero a lo permanente, la arena y las piedras del río Gállego, que él dotaba de formas que hacían decir a la gente como si estuvieran vivas, el barro sin cocer pues prefería su textura y color por encima de toda duración, las partículas que se desprendían de su organismo, como cabellos, uñas y pielecillas, por mencionar solo las más nobles, llegando incluso a utilizar vegetales, carnes o pescados que con el tiempo se descomponían y ningún rastro dejaban, salvo el fotográfico, de sus esfuerzos. Al fallecer su esposa, abandonó la escultura y abrazó el estado eclesiástico, ordenándose en 1881, aunque solo pudo disfrutar de su nuevo oficio cinco años.

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Manuel Fernández López, Pocapena.

Bravío matador de toros de bastante crédito y fama, desde luego uno de los principales de nuestra región, nacido en Tabuenca, provincia de Zaragoza, el 31 de mayo de 1839 y muerto en la plaza de toros de Baeza en 1889. Empezó su brillante carrera en una troupe de niños mañicos que recorrían las plazas de segunda de Aragón y que ejercitaban números de acrobacia y desquite con los animales, y luego fue banderillero en las cuadrillas de su paisano José Rodríguez, Pepete, y del cordobés Manuel Domínguez, Dominguito. Este le dio la alternativa en el Puerto de Santa María, Cádiz, el 31 de agosto de 1864, corrida en la que cortó cuatro orejas, y se la confirmó Cúchares en Madrid el 5 de mayo de 1865, en donde pudo hacerse con dos rabos. Sus mejores años transcurrieron entre 1867 y 1874, cuando toreaba en las principales plazas del país, destacando como banderillero acrobático y hábil matador de reses, pues con el estoque apenas se le conocen errores, habiéndose llamado una suerte de matar inventada por él, y que ejecutaba de costado y con especial ensañamiento y violencia, la muerte de recibir de la poca pena, que dio origen a su apodo. Pocapena se cortó la coleta en la plaza de toros de la Misericordia, en Zaragoza, el 13 de octubre de 1874, en plena feria de El Pilar, después de una desafortunada faena. Al parecer, incapaz de matar al último toro de la tarde, llamado Congruente, a quien había clavado el estoque más de cuarenta veces, había comenzado a golpear al moribundo animal con sus mismos puños, para escándalo de la concurrencia, lo que provocó la intervención de la Benemérita. Lo mató un novillo en la plaza de Baeza que le clavó el hasta izquierda en su pulmón derecho, lance que se produjo al saltar al ruedo a ayudar a unos toreritos que él dirigía y cuando, acosado por la res, iba a refugiarse en un burladero. Ocurrió el hecho el 20 de junio de 1889. Pocapena estaba reputado como uno de los mejores ejecutantes de la suerte de recibir y era afamado también por su sangre fría, su valor y su desprecio por la vida de sus rivales, las reses bravas

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Clara Ruiz de Hofmann.                                

Intrigante nacida en Monzón en 1836 y muerta en Tuy (Pontevedra) en 1871. No existen datos suyos hasta el final del reinado de Isabel II, sabiéndose únicamente que su familia se había instalado en la localidad montisonense a finales del siglo XVIII. En torno al año 1869 se la localiza en la corte de Madrid, en donde aseguró estar en posesión de los dos querubines de madera de olivo y recubiertos de láminas de oro que el rey Salomón hizo poner en el interior del sancta sanctorum del templo de su nombre, cosa que dejó asombrados a los medios artísticos y anticuarios de la ciudad. Los querubines, según la teología católica, formaban el segundo y el penúltimo coro de la tercera y suprema de las jerarquías, que se componían de tronos, querubines y serafines. Según sostenía Ruiz de Hofmann, y citando fuentes judías consignadas por Echa Rabbathi en su Historie de l’art judaique (París, 1858), cuando Jerusalén fue tomada y saqueada y el templo destruido por los babilonios, los ammonitas y los moabitas se apoderaron de los dos querubines y los hicieron pasar por dioses adorados por los hebreos para así protegerlos y salvarlos de la destrucción. Más tarde, los querubines fueron llevados a Roma por las legiones romanas, como botín de guerra, perdiéndose el rastro hasta el saqueo de dicha ciudad por los Lasquenetes en 1527, momento en que Rabbathi los localiza en Bremen, ciudad a la que debieron ser transportados por el oficial de esa tropa responsable directo de su saqueo. Ruiz de Hofmann aseguraba haberlos heredados de la rama alemana de su familia, y mencionada a su antepasado Adalberto de Hofmann, oficial de lasquenetes que los agregó al patrimonio familiar, familia venida a España con ocasión de las revueltas que sacudieron el centro de Europa con ocasión de la Revolución Francesa. Intentó sin éxito vender lo que se aseguró burdas imitaciones, marchando Ruiz de Hofmann de Madrid en 1870 a Tuy, donde encontró bien pronto la muerte, al año de su llegada, dícese que por una mala caída en las escaleras de su casa.

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Andrés Roo y Serra.                              

De que no solamente los personajes ilustren merecen su porción de posteridad, sino también, a veces, los mediocres, es prueba la vida mísera y casi anónima que llevó el literato Andrés Roo y Serra, nacido en Azuara en 1839 y muerto en Zaragoza en 1892 en la más completa soledad, y que brevemente consignamos a continuación. Autor desconocido en vida, oscurecido en un rincón de una localidad menor de la provincia de Zaragoza, pasó toda su vida consagrado exclusivamente al estudio y la lectura gracias a la biblioteca de un tío abuelo que había hecho fortuna en las Américas, y fruto de sus desvelos fue una Historia de la filosofía universal en seis volúmenes de a dos mil páginas cada uno, cuyo manuscrito no pudo ver editado en vida y que legó a sus parientes. Gracias al testamento, al legado económico y al tesón de los herederos, finalmente la obra fue editada en Madrid por Mellado en 1898, en tirada de doscientos ejemplares. La Historia de la filosofía universal consta de seis tomos in folio y el empeño de su edición llevó varios años, debido a la fatal caligrafía de Roo y Serra, que precisó de más de un transcriptor, pues todos se cansaban antes de tiempo, no solo por el enorme esfuerzo que se les exigía, sino por la insoportable vacuidad de la materia así tratada. En realidad, el plan de la obra no es el de una historia de la filosofía, sino más bien de las ciencias y de la literatura, en la que se citan innumerables escritores, dramaturgos, poetas, filósofos y naturalistas importantes y aun de segundo y tercer orden, hoy en día completamente desconocidos la mayoría de ellos, tanto como el autor. Sin embargo, la originalidad de la obra es poca y su estilo exagerado y dulzón; el mismo autor en su prólogo confiesa que su objeto ha sido “formar un todo selecto de diversas partes esparcidas, presentando así en una tabla reducida un conjunto de noticias y conocimientos que no podrían hacerse sino registrando muchos volúmenes”, prueba de la incongruencia de su trabajo, que no es noticia reducida, sino centón de innúmeras páginas y de lectura desaconsejable.

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Niceto de Palomo y Tabascán.

Creyente nacido en Montañana, cerca de Zaragoza, el año 1818 y desaparecido trágicamente en Siria el año 1861. Muy joven ingresó en la Compañía de Jesús, en cuyo colegio zaragozano estudió y en donde descolló pronto por sus dotes de orador enardecido, capaz de convencer al más incrédulo con su dialéctica elegante y bien armada. Por esto, después de una temporada en Roma en el Colegio Mayor de esta compañía, donde fue protegido del Superior General de la orden, Jan Roothaan, y en donde recibió lecciones de oratoria, catequesis, árabe e indostaní, fue destinado a misiones pastorales alrededor del mundo, viajando principalmente por el Oriente lejano y cercano ya en 1840. Sin embargo, no debió ser esta formación todo lo sólida que era de esperar, o fue quizá un problema de carácter del pusilánime muchacho, pues, fruto de sus viajes, fueron las sucesivas conversiones a distintas religiones, que abrazó siempre con ahínco, pasando de una a otra como si naciera de nuevo a la fe verdadera y predicando cada una con una entrega renovada, habiendo procesado, después del cristianismo como jesuita, el protestantismo, aunque este último muy poco tiempo durante su breve paso por Wittenberg, el hinduismo y el brahmanismo durante su estancia en la India, el sintoísmo en su breve pero intensa vida en Japón, haciéndose a la postre musulmán y todo un experto en el Al Corán, circunstancia por la cual viajó a La Meca en 1852, habiéndose adelantado, secretamente, al viaje del mítico Richard Burton en un año. Es por esto que se le considera, al menos en nuestro país, ya que en Inglaterra nunca se han mencionado sus méritos, el primer europeo en dar la vuelta completa a la Kaaba. Dotado de grandes prendas para la oratoria y la convicción, dícese que allá donde predicaba conseguía conversiones instantáneas en cualquiera de los credos que profesó. Sin embargo, al final de sus días, quizá arrepentido de su vagabundeo moral, volvió a la fe católica y predicó en Siria, donde fue muerto por las hordas en las matanzas de cristianos de 1861.

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Cleo Subirana Soler.                   

Notable bailarina nacida en Montón (Zaragoza) en 1843 y muerta en París en 1894, que por su belleza y estilo ha sido considerada como una de las primeras artistas contemporáneas. Fue inventora de la llamada danza serpentina, que produjo una verdadera revolución en la coreografía de su época por los giros endiablados y la sensualidad de las poses y cuyo mérito principal no consistía solamente en los gestos y actitudes, tenidos por procaces en ciertos sectores conservadores, sino en las bellísimas combinaciones que obtenía de telas, luces y sonidos y que hacían decir, a los críticos, que con ella se había inaugurado una forma nueva de arte que iba más allá de la danza. Atrajo hacia sí la atención mundial por los rumores propalados acerca de sus supuestas relaciones íntimas con algunos monarcas europeos, a los cuales daba pábulo su residencia en un boulevard parisino, que coincidían con las repetidas estancias de Leopoldo II de Bélgica en la capital francesa, aunque otros la relacionaban con Alfonso XII, que también hacía escapadas secretas a París. Incluso las malas lenguas también la relacionaban con la joven Liliuokalani, que en 1891 se convertiría en reina de Hawái y que por entonces, hacia 1878, se encontraba en París en viaje de placer. Dícese que incluso el zar de las Rusias la cortejó, lo que dio lugar a no pocos y desagradables episodios diplomáticos, pues la disputa entre semejantes personajes hizo temblar las chancillerías de media Europa y estuvo a punto de costar, según documentos desclasificados por los servicios secretos franceses, la llamada Primera Guerra Europea Real. También fue objeto de habladurías el hecho de que con su airoso peinado cubriera siempre sus orejas, que nadie pudo ver, asegurándose que carecía de ellas, o al menos de una, por haberlas perdido en alguna aventura amorosa, aunque ingnorábase cual de los monarcas había ordenado a sus secuaces el desaguisado. Este peinado estuvo de moda en todos los países de Europa y de ultramar, incluso en Hawái, y se llamó a lo Cleo.

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Ceferino Mainar Pérez.                          

Físico nacido en Zaragoza en 1809 y muerto en su retiro de Albarracín en 1900. Estudió física en la Universidad de Zaragoza, pasando después por diversos centros docentes de toda Europa, Alemania, Francia e Inglaterra, en donde destacó como profesor ejemplar e investigador pertinaz. En 1879 recibió la jubilación que le llevó a refugiarse, lejos de los medios académicos, que tanto detestaba al final de sus días, en las sierras de los Montes Universales. Débesele el invento de un elemento galvánico para la telegrafía. Trabajó, además, en la galvanoplastia y en las máquinas eléctricas para la producción de fuerza, en la calefacción y el alumbrado y en la higiene de fábricas y habitaciones. Muy pronto comenzó también sus experimentos en los campos de la óptica y las lentes, así como en la química de las imágenes, materias por las que ha pasado a la historia a pesar de la poca fortuna que tuvo, debido quizá a que no supo comercializar sus inventos, o a que nadie mostró interés por una ciencia incipiente y que más parecía cosa de brujería. Así, se le debe un prototipo de cámara oscura que él databa en tan temprana fecha como agosto 1827 y que compite, en la historia de la fotografía, con los inventos de Talbot y Bayard, y aún con los de Niepce y Daguerre, en el privilegio de constituirse en la primera cámara operativa de la historia. Pero no solo en esto fue Mainar Pérez un pionero, sino que también en el campo de la fijación de las imágenes sobre un soporte estable fue un adelantado, pues siempre aseguró haber inventado un procedimiento para la fijación de imágenes sobre vidrio del que no se conserva prueba fehaciente alguna, aparte sus propias declaraciones mantenidas con vehemencia hasta su muerte en su retiro de Albarracín. La que aquí se reproduce es la única fotografía suya que se conserva, hecha por el fotógrafo aragonés Mariano Júdez en su estudio zaragozano, y tomada en hora cercana ya a su muerte, que sin duda Mainar Pérez barruntaba, pues nunca osó posar ante las cámaras de sus competidores.

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Mauricio Tejero Terrazas.

De este renombrado cerrajero nacido en Pedrola el año 1835 y muerto en Madrid en 1890 se tienen pocas noticias acerca de sus comienzos, aunque se le ubica ya en el taller de Félix Banzo, en la calle San Vicente de Paul, en Zaragoza, hacia 1857, en el que se empleó como aprendiz. Fue artesano muy celebrado por sus excepcionales trabajos en metal y forja y por la excelsa clientela que reclamaba sus servicios. Dada su fama regional, que fue creciendo con el paso de los años, en 1860 fue llamado por el rey Francisco de Asís a la corte de Madrid, ciudad en la que se estableció y en donde ejecutó diversos trabajos para palacio, alguno de los cuales todavía se conservan en las colecciones reales. El más conocido de todos fue el afamado armario de la reina, terminado en 1865, de hierro finamente forjado, cargado de adornos florales y que se decía pesaba más de dos toneladas, en el que se encontraron los comprometidos documentos en que se fundó la acusación política y posterior debate parlamentario de 1868 contra la reina Isabel II, ya en el exilio. En efecto, fue Tejero Terrazas quien reveló a la comisión de investigación creada al efecto, cuando comenzaba el proceso contra la monarca, la existencia de aquel armario inexpugnable, que solamente él podía abrir por haberse perdido las llaves en la huida de los soberanos. La misma Isabel II había intentado envenenarle en habiendo terminado su trabajo para deshacerse de un testigo que podía ser incómodo con el tiempo, pero Tejero Terrazas pudo sobreponerse, huir y refugiarse en su pueblo natal, Pedrola, hasta la Revolución de 1868. En dicho armario encontráronse numerosos documentos que probaban la promiscuidad de la reina, cartas de amor, poemas de mujer en celo, incluidos algunos daguerrotipos con estampas sicalípticas y otros con escenas comprometidas para la misma Isabel II, que nadie pudo comprender que hubiera dado su consentimiento para ser retratada de esa guisa, daguerrotipos que tiempo después desaparecieron y de los que nunca más se ha encontrado pista alguna.

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Juan y Jesús Maldonado Benítez.

Célebres hermanos gemelos nacidos en la Puebla de Alfindén en 1845 y muertos, a la vez también, pero en Zaragoza, en 1879. Nunca quedó claro cuál de los dos nació primero, pues su misma madre era totalmente incapaz de distinguirlos. Desde niños mostraron tal sincronía ya no solo de movimientos sino de carácter y espíritu que llamaron la atención de médicos, psicólogos y estudiosos de la materia. Es por ello que, a partir de 1857, se les sometió a numerosos experimentos en la Facultad de Medicina de Zaragoza. Así, resultaba que si se encerraba a Juan bajo llave, sabía en todo punto Jesús qué sucedía con él, y sentía las mismas sensaciones, ya fuera su hermano expuesto a la sed o al hambre, pinchado con agujas, cortado con hojas afiladas o maltratado de mil maneras distintas, incluidas las psicológicas, todo esto a pesar de que las pruebas se hacían cada vez con mayor separación física entre ambos, que acabaron encerrando a Jesús en un cuarto oscuro en Jaca y sin embargo percibía lo que le sucedía a su hermano al instante y con igual intensidad que cuando apenas les separaba un muro. Y a la inversa, los acontecimientos también rebotaban en la dirección opuesta, pues si era Jesús el que sufría desde su encierro en la celda jacetana y sentía los experimentos que se hacían sobre su hermano en Zaragoza, este último, Juan, también era capaz de sentir la angustia y preocupación del primero, en una especie de simbiosis de singular naturaleza, pues cualquier cosa que les aconteciera, aún las consecuencias morales que se derivaran, sucedían en cascada de uno a otro, en una degradación casi infinita de sucesos y sentimientos que llegaban a marear hasta a los científicos más experimentados. Es por ello que a nadie extrañó que murieran juntos, a consecuencia de una epidemia de fiebre tifoidea, ignorándose a la fecha de hoy quién de los dos lo hizo primero o último y si efectivamente les dejaron reposar a cada uno en su tumba correcta, pues nadie sabe a ciencia cierta quién yace debajo de cada uno de los nombres, Juan y Jesús Maldonado Benítez.

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Cecilia de Dueñas y Mosquera.

Filósofa, teóloga, cartóloga, músico, pediatra, médico, escultora, pintora, literata, pastelera y polifacética zaragozana nacida en 1823 y muerta en 1879. Perteneciente a la esclarecida familia de los Dueñas, recibió esmerada educación e instrucción, tanto en academias particulares como en conventos, fruto de la cual fueron sus numerosas habilidades, su privilegiado talento y su extraordinaria sabiduría. Poseía los idiomas griego, latín, italiano, francés, portugués y español, que hablaba con fluidez. Era eminente en Humanidades, en Filosofía y en Teología escolástica, siendo experta en la vida de Francisco Suárez, debiéndosele la obra Reflexiones sobre las Disputas metafísicas. Era perita en ciencias cosmográficas y geográficas, teniendo sobre estas materias tanto conocimientos teóricos como prácticos, de modo que construía mapas y esferas con gran primor y exactitud. Era inteligente en música, tocando a la perfección el órgano, el clavicémbalo, el piano y el trombón. Conocía sobradamente la medicina, sustituyendo a los médicos en el cuidado y cura de sus hijos y familiares y aún en el cuidado de su propia salud, pues dícese que nunca, ni en la hora de su muerte, necesitó la presencia de médico alguno, salvo del alma en la persona de su confesor. En artes plásticas fue verdaderamente distinguida si se atiende a su mérito en el tallado y la escultura y a sus vastos conocimientos de pintura. Escribió notables obras de teatro que fueron representadas con cierto éxito, como La semilla, Torbellino, Santa Águeda, La novicia y muchas otras, compiladas por Javier Luengo en la celebrada Las dramaturgas patrias y el teatro de lo femenino. Era también ducha en pastelería, al parecer gracias a las enseñanzas recibidas en los conventos zaragozanos, y se le debe el famoso pastel del hambriento. Dícese que, intuyendo la cercanía de su muerte, diseñó su propio mausoleo, a imitación de las mejores mastabas egipcias, que puede admirarse todavía hoy en el cementerio de Torrero, andador de Costa, parcela 6.

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Ignacio Meneses Salvador.                                 

Prodigio español nacido en Peralta de la Sal en 1848 y muerto aparatosamente en Madrid en 1888. Desde pequeño mostrose proclive a los estudios, que para él no eran sino juegos sin importancia, aventajando en todo a sus condiscípulos, habiéndose visto forzados sus padres a escolarizarlo primero en Binéfar, más tarde en Monzón y Huesca, para mejor aprovechar sus cualidades. A un claro talento y gran amor al trabajo unía tan feliz memoria que le bastaba leer un libro una sola vez para retenerlo fielmente. Cuéntase que habiendo querido el rey Alfonso XII admirar por sí mismo tan prodigiosa facultad, mandó llamar al muchacho a la corte y decir en su presencia cuatrocientos nombres a cual más extravagante, cada uno acompañado de sendos apellidos inusuales, y él los repitió en el acto por el mismo orden y con asombrosa exactitud. A este prodigio siguieron otros, en festivales preparados por el mismo Alfonso XII, como el acontecido el 12 de febrero de 1875 en el que fue capaz de describir todas las pinturas, mobiliario y nombres del personal del Palacio Real de Madrid, que había oído una sola vez, de tal manera que llamó la atención de uno de los secretarios reales, Aniceto Artajo, que propúsole negocio de turné por los teatros de todo el mundo. Pasó así los siguientes años de su vida como fenómeno aclamado en las principales ciudades de Europa, Asia y América, donde fue admirado por sus sensacionales números, como el recitado de libros enteros de poesías que apenas ojeaba, en la lengua del lugar donde se desarrollaba su espectáculo, que igual le daba que fuera el ruso, el turco, el inglés y aún el chino mandarín, o la repetición de series numéricas y fórmulas complejas preparadas por los matemáticos y físicos del lugar, o la memorización de las primeras guías de teléfonos que comenzaban a editarse en las capitales de Estados Unidos desde 1880. Muriose de forma aparatosa al atragantarse con una uva mientras almorzaba en un céntrico restaurante de Madrid en 1888, ciudad donde se encontraba descansando de sus giras y disfrutando de su fortuna.

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Casimira de Abad y Cifuentes.                                

Aventajada costurera aragonesa nacida en Cariñena en 1845 y muerta en Madrid en 1883. Ya desde niña descolló en el mundo de la costura, pues eran proverbiales en su localidad natal los vestidos de jotera que preparaba con ardor incansable y entrega arrobada, dedicando a tan febril actividad hasta las horas de sueño. De temperamento resuelto y labia sin igual, pronto descolló entre sus compañeras de estudios, ingresando en el renombrado taller de la modista María Pilar de Ávalos en Zaragoza en 1864. En 1866 llámale a la corte la celebrada casa Diamantina, proveedora real, en donde pasó sus mejores años, entregada a sus labores, compaginando las tareas con viajes a París, donde fueron celebrados sus trabajos tanto como en Madrid, y dícese que sus vestidos de damasco, satén y terciopelo los llegó a llevar años después, pues nunca decaía su actualidad, la mismísima Bella Otero. Se le deben la mayoría de las novedades del vestir de las féminas en la década que va entre 1870 y 1880, pues ya en 1872 tenía estudio propio en la calle Mayor, de donde salieron las numerosas creaciones que tanta fama le dieron, como sus aclamados vestidos tapiceros y las colas de sus faldas que tanto volumen darían a los traseros femeninos. Tuvo su trabajo enorme trascendencia en los talleres de media Europa, habiendo influido en Jean Patou, Jacques Doucet y en su compatriota Antonio Castillo, que idolatraba sus diseños. Sin embargo, pronto iba a decaer su febril actividad por culpa de la artritis que sufría y que le obligó a delegar poco a poco sus responsabilidades. Durante muchos años estuvo muy delicada de salud y murió en 1883 trágicamente atropellada en la calle de Alcalá por una diligencia que cubría la ruta de Guadalajara a Madrid y que, paradójicamente, era conducida por la también aragonesa Cristobalina Negredo Lápide, la primera mujer dedicada a tal oficio, que, de no haber tenido la mala fortuna de comenzar de esa guisa su carrera, seguramente habría gozado de una breve biografía en este repertorio.

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Cristóbal Valencia Cáncer.

Si ha habido en nuestra patria algún caso de experimentación científica rayano en el delirio y más cercano a la tesis literaria de Mary Shelley en su Frankenstein que a la verdadera ortodoxia científica, este es el del doctor en medicina y estudioso Cristóbal Valencia Cáncer, nacido en Zaragoza en 1832 y muerto en Barcelona en 1888. Se licenció en su ciudad natal en 1841, habiendo sido contratado ya en 1845 por el Hospital de la Caridad de Barcelona, donde llevó a cabo sus estudios. Su fama se debe a los experimentos que realizó sobre el corazón de los finados de la institución, generalmente no reclamados y objeto fácil de experimentación, logrando hacer revivir el corazón humano a las ochenta y cuatro horas de la muerte mediante un dispositivo de su invención que él mismo describe de esta guisa en su ya célebre Tratado de la regeneración de tejidos después de la muerte (Juan Puig, editor, Barcelona 1876): “Trátase de lo que yo llamo un como bastidor de metal en forma de dos triángulos unidos entre sí formando estructura apropiada a la anatomía humana y conectados a sendos electrodos con un equipo galvanoplástico de última generación, capaz de alcanzar potentes magnitudes, que se coloca sobre el corazón del difunto al objeto de instarle, mediante la corriente preestablecida, energía para hacerlo latir después de la muerte”. El mismo Valencia Cáncer, y los horrorizados testigos que presenciaban sus trabajos, aseguraba haber efectuado esos experimentos a las doce, veinticuatro, cuarenta y dos, sesenta y seis e incluso ochenta y cuatro horas de la muerte de sus pacientes, a los que lograba volver a la vida técnicamente, al hacerles latir sus corazones, aunque tratábase de cuerpos sin conciencia ni alma que sobrevivían unos pocos segundos como sacudidos por fuertes temblores, sin calidad de vida aparente ni conciencia interior, lo que parecía cosa más de brujería que de medicina, circunstancia por la cual sus detractores le pusieron el sobrenombre o apodo de doctor Frankenstein español.

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Jesús Núñez López.

Precursor de la navegación aérea nacido en Jaca en 1812 y muerto en 1878 en la misma localidad. Allá por el año 1875, cuando todo el problema aeronáutico se hallaba limitado a la dirección de los globos, pues esta ciencia apenas había dado sus primeros pasos gracias a Eulogio Soteras y Vázquez, este oscuro aragonés, confinado en su casa de Jaca, estudiaba el asunto con especial predilección y cariño, recogiendo en las páginas de un manuscrito datos, conjeturas, fórmulas y observaciones harto minuciosas, todas de su invención, pues no se hallaron entre sus pertenencias tratados sobre la materia, que también faltaban en las principales bibliotecas particulares de la localidad. No arribó a resultados prácticos por falta de recursos, pero en su manuscrito se hablaba ya no solamente de hélices, de motores, de alas rígidas, de cabinas apropiadas para el pasaje, de sistemas de aterrizaje y despegue, sino que se apuntaban indicaciones y soluciones que respondían, con casi completa exactitud, a los medios que actualmente se ponen en práctica en la navegación aérea. No solo en lo fundamental, sino hasta en la misma forma fue un vidente, puesto que un diseño trazado por mano del autor se separa muy poco de las naves que se utilizan hoy en día. Sin embargo, fue hombre solitario, nunca desposado, poco dado al trato social, por lo que sus investigaciones quedaron siempre ocultas a sus congéneres. Después de la muerte de Núñez López en 1878, consumada en el más completo anonimato, pues dícese que a su entierro solo asistieron trece personas, conservaron sus familiares el manuscrito sin concederle otra importancia que la de un piadoso recuerdo. Pero hojeado años después por el conocido ingeniero Eustaquio Doquier, que de tales cosas entendía una barbaridad, llamó sobre él la atención, aconsejando a sus poseedores que lo entregasen al Ayuntamiento, siendo posteriormente publicado en Huesca, en 1886, en forma de folleto, documento que con el tiempo sería considerado como la Biblia de la navegación aérea y todo un ejemplo de anticipación casi sobrenatural.

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Feliciano Ortiz Rubio.

Criminólogo y jurisconsulto nacido en Zaragoza en 1819 y muerto en esta misma ciudad en 1888. Se le considera, al menos a nivel nacional, un precursor desconocido y casi anónimo de las teorías más adelante popularizadas por Cesare Lombroso y sus seguidores, Raffaele Garofalo y Enrico Ferri, que expuso en su obra La anormalidad del delincuente, editada en su ciudad natal por Valiente en 1869. Ortiz Rubio consideraba al delincuente un ser anormal, con ciertos caracteres orgánicos, fisiológicos, psicológicos y sociales representativos de anomalías entre degenerativas, atávicas y patológicas. Así, señalaba entre estos caracteres la menor capacidad del cráneo, un bajo índice cefálico, la asimetría de los hemisferios cerebrales, la longitud desmesurada de los brazos, la mayor estatura, las orejas en forma de asa, la nariz aguileña, la estrechez de la frente, lo negro del pelo y su nacimiento cerca de las cejas, la abundancia de vello corporal, la fuerza extraordinaria, los pies planos y la enormidad del aparato reproductor, caracteres que pudo observar directamente en la prisión de Zaragoza, donde estuvo agregado entre 1859 y 1867. Intentando remediar esta lacra de la delincuencia para la sociedad, ideó un método quirúrgico de rehabilitación de los delincuentes, donde proponía la eliminación de ciertos rasgos anatómicos, como la depilación del bello sobrante en cejas, frente y cuerpo en general, o la disminución del apetito sexual mediante un tratamiento químico apropiado. Señaló también que los delincuentes gustaban de tatuar su cuerpo, por lo que recomendaba, como medida preventiva, someter a tratamiento e internamiento a quienes los lucieran, incluso la eliminación de tales taras orgánicas, para lo cual trabó conocimiento y colaboración con Amadeo Fuentes Paniagua, autor de El destatuaje, que inició en la prisión provincial de Torrero un programa para hacer superponer tatuajes de sesgo piadoso sobre los obscenos de los presos allí confinados. Ortiz Rubio murió en 1888 por una tuberculosis contraída en el ejercicio de su profesión.

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Cándido de Rubiales.

Pintor nacido en Valderrobles, Teruel, en 1843 y muerto en los alrededores París en 1885, ciudad que dio morada también a su cadáver en su célebre cementerio Père-Lachaise, división veinticuatro, muy cerca de la tumba de su admirado Corot. Hombre de un lirismo especial y de delicada salud, de sus comienzos poco se sabe, solo que, influido por el bello paisaje de su comarca natal, pronto acogió los pinceles, alentado por su madre, mujer de preclara sensibilidad y que tanto influyó en el talento de su hijo. Estudió en la Academia de Bellas Artes de Zaragoza y luego en la de Madrid, y desde 1864 se estableció en París, donde fue discípulo del gran Chevalier. Cándido De Rubiales tomó para sus cuadros las representaciones de escenas de amaneceres, alcanzando en esta especialidad la unión de dos bellezas: por un lado, la óptica, agradando a la vista por sus sensaciones de color, y por el otro, la moral, que corresponde al sentimiento, alabando los críticos esta singular simbiosis que bien se rastrea en sus obras mayores. Talento simplificador, insaciable en la eliminación de pormenores, con objeto de alcanzar efectos grandiosos prefirió para ello las horas de salida de sol en días de otoño, que su dorada paleta, de sombras transparentes y tonalidades predominantemente ocres, amplificaba poéticamente en colorido y rústica majestad. En la elección de sus asuntos era extremadamente exigente, recorriendo a pie a veces enormes distancias, comprometiendo de este modo su delicada constitución física y teniendo que madrugar mucho hasta hallar un paisaje que hablase plenamente a su sentimiento artístico y que fuera merecedor de su atención y su paleta. Encontró la muerte cerca de París, en la localidad de Villenes-sur-Seine, un día especialmente crudo de noviembre cuando salió de noche en busca de una de las escenas matutinas que tanto le gustaban, pudiendo decirse que con de Rubiales murió también, y entre sus colegas, el arte de los paisajes de amanecer, nunca más tan bien tratados entre los pintores contemporáneos.

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Diego Serrano Molina.                               

Resurreccioncita y asesino nacido en Zaragoza en 1842 y ejecutado en Madrid en 1891. De sus primeros pasos entre mortales no tenemos noticia, pues hízose famoso a raíz de sus actividades delictivas en la capital del reino, tratándose del único resurreccioncita del que se tiene noticia en España, profesión esta muy extendida por la Gran Bretaña, y que se dedicaba a desenterrar a los recién sepultados para venderlos a las escuelas de medicina para su disección. Dícese que actuaba preferentemente en los cementerios de la capital del reino, el Cementerio General del Sur, el del Retiro, el de San Nicolás, el de San Sebastián, los de San Ginés y San Luis, incluso en el de los suicidas y el de la Puerta de Toledo reservado a los que morían en duelo, aunque estos dos últimos despertaron menos inquietud entre los madrileños, su prensa y la judicatura. Dícese, así mismo, que era capaz de sortear todos los obstáculos que se le ponían, pues bien pronto intentaron las autoridades poner freno a sus desmanes, como jaulas de forja sobre las sepulturas, ataúdes de hierro de diez cerrojos y vigilancia nocturna, que fue así como nació el Cuerpo de Serenos de Camposantos. Sin embargo, Serrano Molina casi siempre conseguía burlar tanto la vigilancia como los obstáculos que le ponían, que no hacían sino espolear su imaginación. Es por ello que durante unos años optose por dejar los cadáveres sobre piedras para su descomposición, y solo entonces se les enterraba definitivamente, lo que evitaba su robo por haber perdido todo valor comercial para Serrano Molina, remedio que fue peor que la enfermedad, ya que, ante la imposibilidad de seguir con su lucrativo negocio de venta de muertos frescos a las escuelas de medicina, Serrano Molina principió a asesinar personas para vender luego los cadáveres, lo que subió de punto la indignación popular. Apresado y ajusticiado en 1891, su cadáver fue despedazado y enterrado en lugares secretos, desde luego en ninguno de los cementerios que visitaba, para evitar la ira de sus detractores, que fueron muchos y con razón.

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Avelina Sepúlveda Sánchez.

Reputada y bella ayudante del prestidigitador cántabro Herminio Abad, nacida en 1842 en Movera, Zaragoza, y desaparecida hacia 1891 en circunstancias nunca aclaradas, por lo que no es posible consignar el lugar de su óbito y enterramiento. Fue la mano derecha en los espectáculos del susodicho mago, haciendo el papel de mujer acompañante y objeto de todos sus trucos, muchos de ellos tenidos por clásicos y hasta la fecha nunca superados, tales como: la mujer, eterna ilusión, en el que la hermosa Sepúlveda Sánchez era, aparentemente, quemada viva en pocos instantes, no quedando de ella más que el cráneo y los huesos, para reaparecer felizmente, entre el clamor del público, de entre sus cenizas cual ave fénix y con su espléndida anatomía intacta; o la elevación misteriosa de dama, que como su propio nombre indica consistía en la levitación de Sepúlveda Sánchez sin apoyo aparente por encima de las cabezas de los espectadores, todo un acontecimiento para la época, pues llegaba a sobrevolar los teatros en un ir y venir mágico; o el más completo de elevación y desaparición de una mujer en el aire, que completaba el anterior con un número de escapismo en virtud del cual Sepúlveda Sánchez aparecía entre el público, sentada en una butaca convenientemente dejada vacía, para pasmo de la concurrencia; o de la muerte a la vida, en virtud del cual era introducida en un ataúd vertical convirtiéndose primero en esqueleto para volver, poco a poco, a su ser normal de carne y hueso. Realizó innúmeras giras por toda España, parte de Europa y América, acompañando siempre a su mentor, con quien a la postre contrajo matrimonio en 1889. Sin embargo, poco duró el matrimonio, pues en el mes de mayo de 1891 Sepúlveda Sánchez desapareció durante el número elevación y desaparición de una mujer en el aire, en pleno espectáculo en el teatro de Basilea, Suiza, para sorpresa de los espectadores y de Herminio Abad, que fue incapaz de encontrarla a pesar de que utilizó su magia a tal fin.

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Serafín de Madariaga y Ruiz.                                

Demonólogo nacido en Cella, Teruel, en 1832 y muerto en Santander en 1901. Se le deben las obras Lucifer y Elixir del Diablo, en las que sostiene la extravagante tesis del pesimismo radical moderno, según la cual se ha de proceder a rehabilitar a Lucifer y a los demás demonios, pues injustamente han sido tratados por la teología y las costumbres de los hombres. Básase esta teoría en la negación de la caída de los ángeles malos y en la comisión de sus pecados, pues según Madariaga y Ruiz fue del todo imposible que cometieran el pecado de concupiscencia al tomar a las mujeres de los hijos de los hombres, por ser contraria al sentido común, ya que su caída se produjo con anterioridad a la creación misma del hombre, como fue también imposible que cometieran el pecado de soberbia, por querer ser como el Altísimo, pues ningún ser puede concebir la esencia divina en su totalidad ni abarcar su mera idea. Razones que le llevaron a redactar sus obras y en las que proponía actos de desagravio a los demonios, como la consagración de iglesias y aun catedrales y basílicas dedicadas a su culto, la instauración de nuevos santorales que abarcaran todo el calendario, la proclamación de una serie de sacramentos a ellos dedicados, incluida una ceremonia de matrimonio anticanónico, la creación de una jerarquía eclesiástica nueva con su cabeza visible en la figura de un Papa Negro y los oficios necesarios para su gobierno, hasta las más populares, que serían los encargados de transmitir el nuevo credo a las masas, y otras medidas que sería demasiado prolijo redactar aquí y que no hacemos por no darles publicidad. Llegó a bautizar a sus hijos con los nombres de Mammon, Abaddon, Asmodeus y Belial, para los varones, y de Jezebeth y Lilith para las hembras, habiéndoles recomendado la utilización de nombres de súcubos e íncubos para sus nietos. Murió en Santander en 1901, sin haber conseguido predicamento para sus doctrinas, sin ver reeditados sus libros y olvidado y abandonado de los suyos, que no asistieron a su entierro en el cementerio católico de la ciudad.

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Genaro Fortes y Ciurana.                               

Geógrafo y geodesta nacido en Sádaba en 1820 y muerto en Madrid en 1879. Se le debe la obra Triangulación geodésica de España de primer, segundo y tercer orden (Madrid, 1876). Para Fortes y Ciurana, la triangulación geodésica de primer orden constaba de cuatro cadenas que seguían aproximadamente los meridianos de Salamanca, Madrid, Pamplona y Lérida, de tres cadenas a la altura de los paralelos de Badajoz, Madrid y Palencia y de otras cuatro que contornean las costas por el norte, sur, este y oeste, existiendo, además, las fronteras de los Pirineos y Portugal. Estas cadenas enlazadas entre sí formaban diecinueve espacios cerrados, los cuales se hallaban cubiertos de otra red de triángulos de primer orden. Esta red de primer orden es el fundamento de la de segundo, y esta de la de tercero, que es a su vez base de la triangulación topográfica en la que se divide el mapa nacional y que ha servido para la elaboración de cartografías fiables del territorio. Se sabe por unos apuntes dejados a su albacea, y que dieron lugar a un artículo publicado en 1913 en la revista del Instituto Geográfico Nacional, que poco antes de su muerte Fortes y Ciurana tenía el proyecto de continuar con las triangulaciones hasta el orden decimonono, lo que hubiera incluido una cartografía tan completa y detallada que los planos habrían superado en dimensión al territorio real, siendo de gran ayuda para la comprensión detallada del país. De hecho, entre sus papeles se halló un documento doblado trescientas veces y que contenía un plano de su estudio madrileño. Una vez pudo extenderse en un campo de los alrededores de la capital, pudo comprenderse la magnitud de su proyecto, pues allí quedaban reflejados, en una escala irreal, los más mínimos detalles, incluidos los ácaros de su alfombra que más parecían monstruos, lo que arroja una idea de lo que hubiera supuesto que cumpliera con su sueño de levantar el mapa topográfico nacional en una escala de 10.000:1, inversa a las que se han utilizado normalmente, y que hubiera envuelto varias veces al globo terrestre.

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Edelmiro Figueroa-Gil.

Diplomático español nacido en Zaragoza en 1825 y muerto en París en 20 de abril de 1871. Estudió la carrera de Derecho en la universidad de su ciudad natal, con sobresalientes calificaciones, y en la que se doctoró con una tesis sobre relaciones internacionales en 1844. Entró entonces, de la mano de la familia Figueroa y Mendieta, propietarios de las minas de La Unión en Murcia, en la carrera diplomática, obteniendo diferentes destinos, todos ellos desempeñados con habilidad y sentido del deber y del honor. En 1860 fue destinado a la legación diplomática en París, considerada la cumbre para un miembro del Cuerpo Diplomático, ciudad en la que contrajo ventajoso matrimonio con madame Clamanges. Su vida discurrió entre la entrega a su profesión, la defensa de los intereses políticos y comerciales de su patria y la pasión por su familia, emparentada con la alta aristocracia francesa, lo que le había abierto las puertas de los principales salones literarios del Segundo Imperio, de los que era asiduo, y en donde trabó amistad con Saint-Beuve, Villiers de l’Isle-Adam y Sully-Prudhomme, lo que le llevó a modificar sus apellidos y a unirlos él también con un guión, Figueroa-Gil. Sin embargo, quiso la fatalidad que en plena revolución de la Comuna, en abril de 1871, fuera a pasar accidentalmente por una plaza de París en donde un grupo de revolucionarios desarrapados y andrajosos derribaban la estatua de un prócer francés ayudándose de cuerdas, entre el clamor y los vítores del gentío. Ante semejante atropello, Figueroa-Gil no quedó impasible, increpando y aun zarandeando a los obreros, protegiendo la estatua con su cuerpo y enervando los ánimos de la plebe, lo que provocó que lo pasaran a cuchillo allí mismo. España pierde un gran hijo, pero Francia gana un héroe, fueron las palabras que pronunció el alcalde de París, Jules Ferry, el 5 de junio de 1871 al inaugurar un monumento dedicado a Figueroa-Gil en la misma plaza donde perdió la vida y que sustituye desde entonces al que derribaron los comuneros.

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Magdalena Calleja Landero.

Dama turolense autora del libro La metempsicosis, nacida en 1834 y muerta en 1891. Sostuvo Calleja Landero en su afamado libro, editado en 1869 y del que se hicieron múltiples ediciones pues fue muy solicitado sobre todo por las damas de la corte y aledaños, que todas las almas humanas son puros espíritus, creadas junto a los llamados ángeles, por lo que gozan, o deberían gozar, de la misma consideración que aquellos, como hace ella en sus tesis. Según las conclusiones de sus estudios y de la amplia bibliografía que consultó, dice Calleja Landero que, saciadas las almas humanas de los bienes espirituales, que disfrutaban al principio, comenzaron libremente a deleitarse en los bienes terrenos y a caer más o menos rápidamente del altísimo estado de su perfección, hasta que al fin por justo castigo de Dios vinieron a ser encerradas en estos cuerpos groseros de la especie humana, a modo de cárceles, pues cierto es que la carne de varones y de hembras no presenta sino imperfecciones, tales como la enfermedad, o la servidumbre de la continua respiración, o su misma temporalidad y los estragos que hace en la vejez el tiempo, por mencionar solo algunas de las recogidas en su libro. De esta manera las almas, sostenía Calleja Landero, comenzarían su existencia en cuerpos sucesivos, sin que exista límite posible al número de transmigraciones, por ser el alma un ente eterno y los cuerpos, sean de la especie que sean, aún plantas y protozoos, finitos y temporales. Sin embargo, tiénense estas doctrinas en general por erráticas, pues no aclara nunca Calleja Landero el punto más importante de esta cosmovisión, el de si creía o no en la sustancialidad o propia personalidad del yo, cosa que se contradice con su arrogante carácter y sus maneras atildadas, pues decíase de ella que era dama soberbia y suficiente, engreída y vanidosa, que desdeñaba no solo a sus semejantes sino toda forma de vida, además de hermosa hembra de cuerpo nada grosero, al menos en su primera juventud y en su madurez, que llegó a una edad provecta con un aspecto inmejorable.

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Justo Domínguez Teixeira.                                

Aunque este personaje no nació en Aragón, no podíamos pasar por alto en este Compendio la extraordinaria peripecia que vivió en nuestra patria. Justo Domínguez Teixeira, científico y astrónomo nacido en Lugo en 1831 y muerto en Madrid en 1906, fue director del observatorio del Retiro de Madrid, y a su buen hacer se le deben numerosas observaciones minuciosas de la órbita celeste, incluida la descripción de cuatro planetas nuevos a los que llamó como a sus cuatro hijas, Rebeca, Esther, Ruth y Judith. Fue en 1885 cuando acudió, junto a una Comisión Internacional de Científicos, a la localidad zaragozana de Daroca, punto en el que debía contemplarse con singular precisión el eclipse total de sol que se produjo el 14 de octubre de ese año. La numerosa expedición, compuesta también por científicos de otras nacionalidades, instaló un abigarrado y completo campamento y observatorio, insólito para los darocenses, en los alrededores de la ciudad. Y así fue a las 9 horas y 40 minutos de esa mañana que el sol desapareció completamente de la vista, oculto tras la luna, por lo que el día se oscureció y se hizo como de noche, bajando notablemente la temperatura, circunstancia por la cual los animales domésticos, y aun también los vecinos de la localidad y de otros pueblos de la comarca, sufrieron tremenda desorientación. Tal fue esa desorientación que acudían los labriegos de la localidad y de las localidades cercanas a la misión científica instalada en los cerros cercanos a la ciudad, algunos de ellos temerosos de los experimentos que allí se hacían y a los cuales atribuían, como cosa del diablo, el oscurecimiento del día. El mismo Teixeira Domínguez narraba en sus memorias que parte de la gente del pueblo se echó de nuevo a la cama, a pesar de lo extraño del fenómeno, convencida de que debía dormir pues de noche era, y que otra parte, constituida en horda enaltecida, intentó linchar a un científico suizo que se había separado por descuido del grupo principal y a quien solamente soltaron cuando el sol volvió a salir.

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Bernardo Maestro y Riera.                                

Taquígrafo y funcionario del Estado nacido en Zaragoza en 1821 y muerto en Madrid en 1895, a cuyos ministerios había acudido a prestar sus valiosos servicios. Como funcionario público se le deben más de doscientas obras, que son las que constituyen su Biblioteca burográfico administrativa, resultando el mayor compendio de ciencia funcionarial conocido en el mundo, muy por delante de los desvelos que hizo el francés Pierre Bergeron para juntar su corpus, quien, durante el Segundo Imperio, trató de emular a Maestro y Riera sin conseguirlo. Entre esa ingente cantidad de obras destinadas a mejorar la eficacia administrativa de los abnegados funcionarios, ocupa el primer lugar el Manual del Empleado Público, declarado de Gran Utilidad y recomendado por Real Orden de 14 de noviembre de 1859 como guía de los empleados de la administración, manual que todavía hoy se utiliza con singular éxito en la mayoría de los negociados. Publicó, además, Guía del escribiente, Vademécum del Oficinista, Del buen hacer del empleado público, Mi deber, De Ministerio en Ministerio, La oficina perfecta, Manual de taquigrafía, radiografismo y didascalismo, etc. Fruto de sus interesantes trabajos en taquigrafía son el haberla dotado de una nomenclatura completa, racional y científica, fundamentando el radiografismo de su signatura sobre leyes generales precisas e inmutables, transformando el empirismo de sus enseñanzas en un método rigurosamente didascálido y científico, de gran utilidad para la nación, pues dícese que con sus enseñanzas son millones las horas ahorradas en trabajos improductivos. Es el fundador de la escuela taquigráfica irradiante, la mejor dispuesta para llegar a la implantación de la llamada breviscriptura nacional. Además, ha divulgado en España el método de digitación pandactilar. Son incalculables los beneficios que el trabajo de Maestro y Riera reportó a la patria, circunstancia por la cual concediósele al momento de la jubilación, en 1891, la Real y Distinguida Orden Española de Carlos III.

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Miguel Vázquez Ramón.

Guitarrista, mandolinista y jotero nacido en Cariñena en 1844 y muerto prematuramente en Francia en 1893. Muy joven se trasladó a Zaragoza, donde estudió armonía, composición y contrapunto con el maestro Rivero, la mandolina y la bandurria con Sánchez, la guitarra con José Arroyo y el canto con Luis Funes, haciendo notables progresos e introduciéndose en los ambientes artísticos de la ciudad. A él se le debe la supresión de la doble cuerda de la mandolina española y la invención para este instrumento de un canto a trémolo y notas de acompañamiento valiéndose para ello de los dedos mayor y anular de la mano derecha. Su ingenio le hizo descubrir nuevas teorías para llegar al perfeccionamiento en esos instrumentos, así como algunos efectos interesantísimos de la mandolina, entre ellos la ejecución de acordes inarmónicos de mano derecha y aún de pie izquierdo, en lo que fue un pionero en el mundo, pues no se conocen casos posteriores de tal virtuosismo, diciéndose de él que era capaz de tocar la mandolina con los pies, sin necesidad de valerse de las manos. Como cantante, redescubrió gran parte del repertorio clásico aragonés, al que dio nuevos aires, mostrando por los escenarios del país y de Francia el rico folclore de nuestra tierra. Como compositor dejó una porción de obras de un valor positivo, como Concierto para dos pies o Alborada para bandurrias, además de numerosas jotas que llevaron este arte a las más altas cotas. Fue fundador y director de la orquesta de mandolinas La lira de Cariñena, logrando gran prestigio en sus conciertos. Realizó una excursión artística a Francia, con mucho éxito, en el otoño de 1890, que le llevó por las principales capitales de los departamentos franceses, habiendo actuado en el Folies Bergère de París con singular fortuna. Desgraciadamente para la música, en otra de sus exitosas giras por Francia en 1893, en concreto en la localidad de Alençon, encontrole la muerte desprevenido en forma de árbol derribado por una ventolera.

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Joaquina Manso Rufino.

Exploradora secreta nacida en María de Huerva, cerca de Zaragoza, en 1820 y muerta en Melilla en 1867, que se hacía llamar por la versión masculina de su nombre, Joaquín Manso. Desde muy joven mostró gran predilección por la geografía del norte de África y los viajes, a pesar de su condición femenina, a cuyo fin aprendió árabe. Era también conocida en Zaragoza su tendencia a presentarse con vestimentas impropias de su sexo, luciendo muchas veces, para escándalo de sus conciudadanos, pantalones, chaquetas y corbatines. Su valentía y arrojo fueron legendarias, máxime si se tiene en cuenta que ningún provecho pareció extraer de tan arriesgadas empresas, pues nunca se dedicó al comercio, ni a la trata de esclavos, ni tan siquiera escribió una crónica de sus hazañas que, dada a la imprenta, seguramente le hubiera reportado suculentos beneficios. Su primera expedición fue un viaje a Argelia en 1849, que realizó, como todos los que siguieron, convenientemente disfrazada de varón. Al año siguiente se dirigió a Fez por el conocido camino de Tánger, siempre sola y disfrazada, facilitándole las cosas el tono grave de su voz y la rigidez de la indumentaria árabe, que dejaba ver tan solo su cara, ciertamente no muy agraciada. En 1852 cruzó el Atlas y se internó en el Sus. De allí pasó a Aguilmin, capital del Guad Nun, donde se hizo muy amiga del chej Ben Beiruc, que nunca sospechó su verdadero sexo a pesar ser hombre de apetito insaciable y de tener un serrallo bien servido de doncellas musulmanas. Más tarde se internó en el desierto, descubriendo los pozos de Xibica. Posteriormente, en 1855, volvió a Marruecos, remontando el río Maluya desde Ceuta, hasta alcanzar sus fuentes en pleno Atlas, lugar desde donde descendió de nuevo hasta el Mediterráneo siguiendo el curso del Draa. Murió en Melilla a los cuarenta y siete años, virgen, al menos, de su trato con varones. Sábese de sus aventuras por una relación que escribió De la Fuente a su muerte, Breve comentario sobre los viajes de Joaquín Manso, y que se encuentra en la Biblioteca Nacional de Madrid.

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León Garmendia Puyazuelo.                                 

Caballero de cierta fortuna nacido en Huesca en 1827 y muerto en la misma ciudad en 1889. No hablaríamos de él en este Compendio de biografías fabulosas de no ser por el fastuoso funeral que organizó en vida para el momento de su óbito, y que dejó recogido en su testamento con todo lujo de detalles, funeral de pompa tan descomunal que dio pie a que las ceremonias fúnebres de alto copete se denominaran, a partir de ese momento, a lo Garmendia. Prescribió el finado en el susodicho documento y ante notario que debería trasladarse su cuerpo a la catedral de su ciudad, cosa consentida por el mismísimo obispo debido a las generosas donaciones que había efectuado en vida y a la que dejó consignada en el mentado documento, en coche tirado por dos docenas de caballos negros y enjaezados y carroza de lujo tal que hubo de traerse desde Zaragoza, pues no había en toda la provincia de Huesca una que le conviniera. En el solemne acto fúnebre celebraron, además del obispo, treinta y tres sacerdotes, sesenta y cuatro diáconos, ciento tres monaguillos y un coro de ochenta personas, más orquesta de veinticuatro maestros y voces solistas para soprano, tenor, barítono y contralto que interpretaron La Misa de Réquiem de Mozart. El traslado al cementerio revistió caracteres de funeral de Jefe de Estado, dado el séquito de carruajes que transportaban a la curia de la provincia y a la parentela, así como por el gentío de curiosos que se arremolinó en las calles, dícese que más por chufla que por pena sincera, pues la mayoría no había tenido conocimiento de la vida y milagros de tan singular caballero. En el cementerio había hecho erigir un panteón de proporciones monumentales, que en nada tenía que envidiar a los mejores de España y del extranjero, inclusive los erigidos por los faraones en la época de los Ptolomeos. Dícese también que gastó casi toda su fortuna en dichas honras y en el encargo de colocar coronas en su mausoleo durante treinta años y recitar misas por otros setenta y cinco, y así debió ser pues dejó a los suyos prácticamente en la indigencia

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Celio Estopiñán Gómez.

Hereje nacido en Fabara en 1837 y muerto en duelo en Madrid en 1868. Se le debe la fundación de la secta de Los Caballeros del Apocalipsis. Él mismo se tildaba  príncipe del número septenario y monarca de la Santísima Trinidad, otorgando asimismo extravagantes cargos a sus acólitos, como edecán del Santo Sacramento, camarero principal de la Santísima Virgen, etc. Anunciaba que se proponía defender a la Iglesia católica contra el Anticristo, cuyo reinado, según declaraba hacia 1864, se acercaba. Dio por insignias a sus sectarios, que no pasaban de unos cien, un sable y un bastón de mando en forma de gancho, una estrella con rayos y los nombre de los ángeles Gabriel, Miguel y Rafael, cuyos distintivos llevaban aquellos sobre sus trajes y capas. Su doctrina no tenía otro fin sino injuriar la fe católica, pues carecía de fundamentos filosóficos y morales, y abogaba en contra de los Sagrados Sacramentos, habiéndosele conocido casos de celebración de misas negras con profanación de objetos de culto robados en iglesias rurales. Eran también, Estopiñán y sus acólitos, tanto varones como hembras, que de todo había en su secta, contrarios al sexto mandamiento, por lo que se entregaban en los claros de bosque, en noches de luna llena de verano, a tumultuosas y horripilantes orgías que prolongaban hasta el amanecer. Fueron acusados por la Inquisición en 1866 de destructores del pudor y de la santa honestidad, de las buenas costumbres y de la santidad del matrimonio y, por último, de destructores del dogma católico del sacramento de la penitencia, pues ningún arrepentimiento manifestaron en el proceso. Estopiñán y trece más fueron condenados a presidio, habiendo salido de la cárcel en 1868 debido a la amnistía concedida por los revolucionarios. Terminó sus días amancebado y en pecado continuo, viéndose forzado a batirse en duelo. Dejó una obrita rara que tituló La venida de Lucifer, impresa póstumamente por Contreras en Madrid en 1869, que hoy en día resulta inencontrable y de extraordinario valor para los amigos de las rarezas.

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Arnaldo Regueiro Morcillo.

Antropólogo nacido en Zaragoza en 1839 y muerto en Sicilia, cuando investigaba a sus nativas, en 1887. A él se le debe un completo y pionero estudio sobre menstruación femenina titulado Antropología comparada del menstruo, dado a la imprenta en 1885 en Madrid y del que se vendieron catorce ediciones. Decía Regueiro Morcillo que en el momento de su primera aparición, del menstruo femenino, influyen poderosamente el clima, la latitud e incluso la raza, sosteniendo que las laponas son las más tardías en menstruar, a los 18 años de edad, y las criollas del Perú las más adelantadas, haciéndolo a los 9 años. Descubrió también que en las clases mejor acomodadas del norte de España, en concreto en Cantabria, aparecía, en las rubias de ojos azules, a los 13 años, 5 meses y 17 días, y en las morenas de ojos marrones casi un año más tarde, a los 14 años, 4 meses y 5 días. En La Gomera, en las islas Canarias, era a los 15 años y medio, sin que las rubias precediesen a las morenas. En ambas regiones pudo constatar el hecho de que las nacidas antes de 1880 fueron un año y medio más tardías que las nacidas después de esta fecha. En su ciudad natal, comprobó que eran más tempranas las menstruaciones entre las clases populares, vendedoras de mercados, modistillas y enfermeras, que entre las pudientes, extremándose la tardanza sobre todo entre las muchachas que profesaban la fe religiosa encerrándose en conventos. Pudo constatar, asimismo, que a veces el menstruo nunca hacía aparición, anormalidad que detalló en veintinueve casos por todos los lugares investigados. En todo caso, según Regueiro Morcillo, también influiría la estación, pues un cuarenta y tres por ciento de las floraciones corresponden a los meses de mayo a agosto. Además observó influencia del terreno, de la clase social, de las ideas religiosas, de la estabilidad emocional e incluso de las supersticiones. Encontró la muerte en Sicilia en 1887 en circunstancias nunca esclarecidas, dícese que por despecho de los hombres de un pueblo donde investigaba.

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Elena Luengo de Valladares.

Preclara médium nacida en Calatorao en 1848 y muerta en Zaragoza en 1911, autora del libro Periespíritu (Barcelona, Editorial Maucci, 1899), en el que sostiene la teoría de que toda alma humana va acompañada de una sustancia etérea, aun tras la muerte, quizá con más razón después de ella, pues era el presupuesto lógico de su teoría y razón de su negocio. Así, siempre siguiendo las tesis de Luengo de Valladares, el alma de un difunto, con esta imperceptible materia, podía vagar cerca de las regiones donde vivía antes con el cuerpo más material y rondar así la presencia de los vivos, ya fuesen parientes, amigos o simples desconocidos. Esta sutil materia es la que Luengo de Valladares llamó periespítitu, afortunada denominación para un fenómeno hasta entonces controvertido. Es entonces la riqueza de periespíritu la característica fundamental de los médium y a través de ella se ponen en contacto con los espíritus de los difuntos. Eran tan proverbiales en la Zaragoza de principios del siglo XX las sesiones espiritistas de Luengo de Valladares que decíase la gran cantidad de periespíritu de que la susodicha gozaba, cosa que era vox populi, por lo que acudían al reclamo de esta fama por centenas sus clientes al estudio que, durante cerca de doce años, regentó en el entresuelo segunda del número 38 de la calle Espoz y Mina. Su fama alcanzó proporciones desconocidas en los anales de la ciencia espiritista, que motivaron la visita de científicos y estudiosos de las principales universidades de Centroeuropa, habiéndola sometido el profesor alemán Mendelssohn a numerosos y exitosos experimentos de medición, circunstancia por la cual Luengo de Valladares puede considerarse la tercera médium con más periespíritu de la historia, solamente detrás de la italiana Eusapia Paladino, conocida por provocar la aparición de rostros y manos humanas a través de su espíritu mediador John King, y el americano Staiton. Sin embargo, ya muerta, ningún médium fue capaz de comunicarse con ella.

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Serapio Navascués Oliván.                                  

Verdugo oscense y gafo nacido en Biescas en 1838 y muerto en Huesca en 1899, ciudad en donde ejerció su oficio durante toda su larga carrera de cerca de veinticinco años. Dícese de él que era perteneciente a la raza maldita de los gafos, que en España se encontraba diseminada por el norte de Aragón, en la diócesis de Jaca, incluidos los valles de Aísa, Aragüés, Hecho y Ansó, así como en la Alta Navarra, en su valle de Roncal, mayormente, y hasta las inmediaciones de Ochagavía. Los gafos eran sospechosos de portar, como un estigma, la plaga de la lepra sobre ellos. Tal era el temor que despertaban en la población que a estos individuos se les prohibía ejercer de molineros, pasteleros, vendedores de carne o de otras sustancias alimenticias y de mercaderes de lana o de cualquier otra sustancia que entrara en contacto con el cuerpo humano y pudiera contagiar la enfermedad. Sus vestidos llevaban un distintivo especial, una pata de ánade en paño rojo cosido sobre la espalda izquierda, que a Navascués Oliván, desde que fue nombrado verdugo de Huesca en 1864, se le permitió eliminar. Uníase pues en él la triple condición maldita de gafo, leproso y verdugo, por lo que nunca contrajo nupcias, vivió solo y aislado en una casucha a las afueras de la ciudad y jamás tuvo trato con otros, salvo las contadas ocasiones que por necesidades de su servicio debía acudir a la prisión provincial para ejecutar la suerte del garrote vil. Se han contabilizado doce ejecuciones debidas en su mano gracias a la labor de rastreo en los archivos de la Corte de lo Penal de la Audiencia Provincial de Huesca, todas, al parecer, ejecutadas con singular maestría. A su muerte fue enterrado en el más estricto secreto para evitar represalias sobre su cadáver, aunque hubiera resultado extraño que alguien se hubiera querido vengar de un cuerpo putrefacto, enfermo y estigmatizado. En esta breve reseña reproducimos la única fotografía que se hizo en vida con ocasión de presentarse a la plaza de verdugo a la temprana edad de veintiséis años.

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Javier Ponte Bejarano.

Quizá uno de los bolandistas más reconocidos del siglo XIX y de parte del siglo XX fue el independiente Javier Ponte Bejarano, nacido en 1821 en La Almunia de Doña Godina y muerto en esta misma ciudad en 1874. Nunca abandonó su patria chica salvo el período en que estudió en Zaragoza y durante el que se dice que llevó vida ascética y retirada en su alojamiento en un convento del centro de la ciudad. Consagró todos sus esfuerzos a depurar los relatos de vidas de santos de todos los países y tiempos, a cuyo fin dedicó la mayor parte de su vida, diciéndose de él que comenzaba su jornada de trabajo, entre libros e infolios, al alba, y la terminaba, auxiliado por lámparas de petróleo, pasada la medianoche, no empleando su tiempo más que a tal fin, dejando que las servidumbres deshonrosas de la vida cotidiana, tales como miccionar, comer o dormir, apenas ocuparan unos breves minutos de su entregada tarea de estudio, y alejándose de toda vida mundana desde la temprana edad de veintitrés años, por lo que tampoco contrajo matrimonio ni dejó descendencia. Tituló su obra, como no podía ser de otra manera, Acta Sanctorum, y a su pluma se deben numerosas novedades en la materia, algunas de las cuales, como la rectificación a la baja del número de vírgenes asesinadas junto a Santa Úrsula de once mil a once, fueron tildadas de heréticas por el Tribunal del Santo Oficio en 1871, circunstancia por la cual se retiraron de la venta y de las bibliotecas los tres volúmenes que había editado hasta el momento (respectivamente, Aarón-Cirila, Cirilo-Eugenia, Eugenio-Gertrudis). Semejante golpe bajo supúsole una grave enfermedad de la que ya no se recuperó, a pesar de lo cual siguió empeñando sus días de enfermo a la insigne y noble tarea, habiendo muerto un 30 de septiembre de 1874, al amanecer de un día especialmente caluroso, con la pluma en la mano. Su figura se recuerda en su ciudad natal gracias a un monumento funerario que se erigió sobre su tumba por suscripción popular.

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Casimiro García López.

No solo las conductas heroicas y destacadas, así como las proezas de los grandes hombres de las artes y las ciencias, deben tener cabida en un Compendio como el presente, sino también los comportamientos humildes y desinteresados, aun rayanos en la inocencia, como fue el del soldado aragonés Casimiro García López, nacido en Valmadrid, provincia de Zaragoza, en 1833 y muerto en esa misma localidad en 1902, y conocido por ser el descubridor del Tesoro Celtíbero de la Corlocha. En 1851, estando destinado en un cuartel de infantería de la capital de su provincia y realizando unas excavaciones de trincheras con ocasión de unas maniobras celebradas en el Cerro Sillero, y al ahondar con el pico en la gélida tierra aragonesa, descubrió, a unos veinte centímetros de profundidad, gran número de fragmentos de metal oxidado, de un aspecto como si fueran pedazos de cuero, que sin embargo resultaron ser de plata, por lo que siguió con sus trabajos y a no tardar aparecieron ante sus asombrados ojos cincuenta y dos vasos y utensilios antiguos, todos de la misma materia. El tesoro, desde entonces llamado de la Corlocha por el paraje donde fue hallado, fue transportado al cuartel y examinado por catedráticos de la Universidad de Zaragoza, que enseguida determinaron que se trataba de piezas celtíberas de gran valor, exhibidas hoy en el Museo Arqueológico Nacional. La pieza capital es la deliciosa copa cuyo emblema presenta una figura de diosa sentada en una roca, que sin duda es una de las piezas de argentería más perfectas de la antigüedad. Dentro del tesoro, además de otras singulares tinajas, cántaros y otros vasos, platos para pastelería, saleros, etc., existe una gran vasija cuya forma se parece a una campana invertida. Tiénese a García López como ejemplo de honradez, pues habiendo descubierto el tesoro en solitario nada se quedó, y su vida fue un compendio de virtud y modestia, ya que, retirado después de cumplir con la patria a su pueblo natal, siempre rechazó los homenajes que le propusieron.

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Jerónimo de Tobella y Luzón.

Eclesiástico y filántropo nacido en Andorra, Teruel, en 1840 y muerto en Madrid en 1891 a consecuencia de una infección por gérmenes contraída en el desempeño de su oficio. Pronto sintió la llamada divina, por lo que ingresó en el Seminario de Zaragoza a la temprana edad de dieciséis años. Después de haber sido ordenado sacerdote y de haber gestionado con desigual fortuna las parroquias de Porriño (Pontevedra) y Puebla de Sanabria (Zamora), fue llamado a la capital de la nación, donde distinguiose por sus innumerables obras de caridad, de las que era pródigo y que le granjearon la fama. Mientras fue rector del hospital de la Latina en Madrid, eran tales sus cuidados y atenciones con los enfermos, que personas  acomodadas e incluso nobles bien situados y con casa en el barrio de Salamanca solicitaban la entrada en aquel benéfico establecimiento pagando una pensión, aunque esto supusiérales el contacto y la convivencia con los pobres, menesterosos e infecciosos, inconvenientes que suplía con creces el buen hacer de Tobella y Luzón. Más tarde fundó una congregación para socorrer a los clérigos pobres que pasaban por la corte, que eran muchos y sin ningún tipo de recurso, y que también gozó de gran fama, atrayendo a otras personas que se hacían pasar por clérigos para disfrutar de su hospitalidad, a pesar de lo cual, y habiendo desvelado en muchas ocasiones las añagazas de quienes se acercaban a él, jamás rechazó socorrer a aquellos desdichados. También fundó la Congregación de San Pedro de sacerdotes naturales de Madrid, y fue Nuncio Apostólico del Santo Oficio. Escribió un Elogio de la filantropía (Carlos Batueca Editor, Madrid, 1880) y un Manual de cualidades del buen filántropo y de los usos que debe observar cualquier establecimiento de socorro mutuo (Ediciones del Perpetuo Socorro, Madrid, 1883), que ha sido considerado como obra pionera del arte del hospedaje y Biblia de todos aquellos que se han dedicado a dicho oficio desde entonces, hoteleros, restauradores y regentes de pensiones.

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Valero Planas Vigil.                               

Regicida nacido en Calanda en 1817 y ejecutado en Madrid el 7 de febrero de 1861. Se sabe que ya desde su infancia había sido un carácter aventurero y desequilibrado, pues no fueron pocos los vecinos de su municipio que tuvieron inconvenientes con él. En 1853, viviendo ya en Madrid, le cayó un premio de la lotería de 45.000 pesetas, que él utilizó para dedicarse a la usura, reclamando intereses de hasta el veinticinco por ciento, con la que aumentó grandemente su capital de igual manera que iba aumentando el número de enemigos. Además, se sabe que padecía del estómago y del hígado, lo que habría contribuido a empeorar y agriar su carácter, pues no era raro que le internaran en hospitales y que se viera obligado a acudir a curanderos, como el célebre Blas Chinchilla Cañada, que poco pudo hacer por él. Quizá todas estas desgraciadas circunstancias, aunque no puedan justificar, sí puedan explicar que el día 16 de octubre de 1860, cuando la reina Isabel II, de regreso de un viaje a las provincias andaluzas, se dirigía al templo de Atocha para un acto de acción de gracias, saliole al encuentro Planas Vigil y aproximándose a la reina por entre su séquito, bien vestido y con gestos atildados, como si le fuese a entregar un memorial que llevaba entre sus manos, le asestó una puñalada en el costado derecho, sin que nadie pudiese evitarlo, saliendo la reina herida de levedad del percance. El regicida fue detenido allí mismo, reducido a golpes, atado y transportado a la prisión provincial de Madrid, donde quedó confinado a la espera de juicio. Después de un rápido proceso, fue condenado a muerte y su tranquilidad no se alteró lo más mínimo. Comulgó y confesó y al llegar la hora fatal marchó al lugar del suplicio montado en un borriquillo, entre la muchedumbre que le increpaba, sin que por un momento le abandonase aquella serenidad rayana en el cinismo. Cumplida la sentencia, su cuerpo fue quemado y sus cenizas esparcidas a campo abierto en un lugar mantenido en secreto.

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Eusebia Andrade y Pérez.                                    

También en el terreno de las artes escénicas ha dado nuestra región importantes nombres, y este es el caso de Eusebia Andrade y Pérez, actriz llamada la Pollita, más conocida por sus galanteos que por sus triunfos artísticos, nacida en 1843 en Zaragoza y muerta en Madrid en 1896. Era hija de la célebre actriz Marisa Pérez, la Pitonisa, auténtica alma mater del teatro aragonés y fija de las funciones de los teatros de Zaragoza, pero no llevaba trazas de eclipsar las glorias de su madre, y solo por su casamiento con el actor Armando Cifuentes, conocido por el apodo de Gallo, obtuvo una plaza de dama cuarta con partido de segunda en obras de tercera de teatros de menor importancia de la capital del reino, ciudad a la que se mudó hacia 1864. Casó en segundas nupcias con Leandro Hernando, al que también sobrevivió, y en terceras con Félix de Taboada, y tuvo por amantes a los principales personajes de Madrid, entre ellos a los duques de Medinaceli y de Medina-Sidonia, los generales Santisteban y Buendía y los próceres Alcalá Galiano, ya senil y cercano a la tumba, y Claudio Moyano, que desvelábanse por sus encantos hasta extremos delirantes. Dícese que uno de sus amantes le puso a su nombre un gran panteón en el cementerio de San Isidro, en previsión de su futura y segura muerte, y que otro le encargó una escultura de cuerpo entero al por entonces prometedor escultor Ricardo Bellver, que también se convirtió en su amante. Por cierto que la esposa de uno de estos próceres, dicen las malas lenguas que la de Claudio Moyano, hizo azotar por sus lacayos en plena calle, junto al mercado de la Cebada, a la Pollita, con gran regocijo y algarabía del pueblo, que no dejó de sacar picantes coplas acerca del vapuleo y de la vida y milagros de la desenvuelta y poco talentosa actriz. A pesar de todo supo sobreponerse al oprobio gracias a un cambio de domicilio y al apoyo de su incondicional Félix de Taboada, marido despechado pero paciente, que finalmente le consiguió papeles de dama segunda en obras de segunda de teatros de primera en Guadalajara.

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Buenaventura Bernad Cunchillos.

Aclamado cocinero nacido en Espierba, Huesca, en 1812, y muerto en Zaragoza en 1874. Pasó a la posteridad como heredero de la gran tradición española de los Bañuelo, Suárez, Moreto, Domínguez Rodríguez, Granados y Martínez Montiño, cuyo arte llevó a la excelencia. Débese a su pluma la obra La honesta voluptuosidad, publicada por Celedonio Hombrados en Zaragoza, en 1865, en la que ensalza el arte de la gastronomía y da recetas de gran atractivo y complejidad que todavía hoy gozan de singular fortuna. Fue el organizador y alma mater del célebre banquete ofrecido en la capital aragonesa, en 1867, por el marqués de Lazán, Luis Rebolledo de Palafox, que ha pasado a los anales como el más exuberante de los celebrados en España en el siglo XIX y cuyos logros todavía no se han superado. A él acudieron trescientos invitados, entre ellos lo más granado de la sociedad zaragozana de su época. Dícese que a la mesa, primorosamente preparada en el palacio de la familia Palafox, se presentaron animales asados enteros en fuentes de grandes dimensiones, jabalís, terneros, gansos colosales, corderos en pequeños rebaños con su crías, piezas de caza mayor llevadas en palanquines, como el inolvidable ejemplar de ciervo con osamenta que se sostenía sobre sus pezuñas y permaneció erguido, como por arte de magia, mientras los pinches cortaban las lonchas de su suculenta carne. De tal magnitud fueron los alimentos allí servidos que fue preciso presentar la comida en plataformas con ruedas subidas después a mesas especiales instaladas en el centro del salón. Baste decir que a veces tales plataformas se abrían para dejar paso a bandadas de palomas que salían volando en todas direcciones, entre ejemplares de pichones asados, y que otras los que salían entre las piezas de carne humeantes eran geniecillos representados por niños ataviados con mitológicos trajes, aunque en esta ocasión no salían entre churumbeles asados, como es lógico, sino entre carnes exquisitas y exóticas, como un ejemplar de oso cazado en el Pirineo.

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Manuel Modrego y Vilas.                                                          

Genealogista e historiador nacido en Barbastro en 1839 y muerto en Barcelona en 1895. Era muy versado en asuntos genealógicos e históricos, habiendo consagrado su vida a una sola obra que ha pasado a la historiografía como la de título más largo y contenido más corto de cuantas de editaron en España en el siglo XIX, la muy reconocida y muchas veces editada (ver Palau) Diálogo compendioso y modelo de elocuencia para todos los públicos que abarca desde la antigüedad y desde los tiempos menos remotos de la edad media hasta nuestros días y que contiene la relación de las cosas más memorables de la noble y coronada villa y corte de Madrid desde su fundación hasta la actualidad, con mención especial, por haber sido el autor testigo directo, del recibimiento que en ella hizo por su majestad el ilustrísimo y serenísimo Alfonso XII con la grandeza correspondida a la ilustrísima y serenísima también Princesa de Cariñán, clarísima consorte del ilustrísimo y serenísimo Tomás de Cariñán con sus genealogías desde los tiempos de la inauguración de su estirpe y de todas las estirpes que han gobernado en nuestro país, amén de un catálogo real y genealógico de España y sus posesiones de Ultramar, con ascendencias y descendencias y demás parentelas de nuestros soberanos príncipes y monarcas supremos, potentados, duques, marqueses, barones, condes, nobles, arzobispos, nuncios, obispos, generales, coroneles, literatos, pintores, escultores, políglotas y fijosdalgos todos los que hubo hasta el mentado reinado de Alfonso XII con un memorial de la vida y hechos principales y aún secundarios del monarca irrepetible y altísimo en donde se narra su ascendencia ilustre y los gloriosos hechos y noticias acaecidas en su reinado hasta la fecha en que se da a la imprenta el volumen en Madrid a 13 de noviembre de 1888 y que Dios guarde en su gloria y vigile la salud de los lectores que consigan ya no solo comprar sino terminar de leer y más de estudiar el presente mamotreto y salud para que no sucumban en el intento (Madrid, 1888)

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Toñín de Lara y Dalmau.                                  

Niño prodigio nacido en Graus, provincia de Huesca, en 1867 y muerto a la temprana edad de siete años en 1874 en su localidad natal. Desde su más tierna infancia destacó en diversas ramas artísticas, a pesar de ser de origen humilde y de la pésima educación que recibió, lo que todavía acentúa más su valía y sus cualidades innatas. Aprendió a tocar la flauta travesera a los dos años, el oboe a los dos y medio, la guitarra a los tres, la mandolina a los tres y medio, el fagot a los cuatro, el contrafagot a los seis y las castañuelas poco antes de morir, a pesar de lo cual se le podía considerar un verdadero experto en todos esos instrumentos. No solo fue maestro en la ejecución de la música, sino que compuso él también piezas de gran calidad, motetes, fugas, arias, sonatas, cuartetos y una sinfonía completa, de cuatro movimientos, titulada Las montañas nevadas, que hasta la fecha nunca ha sido interpretada, aunque existe un proyecto para recuperarla. Asimismo destacó en el terreno de la pintura, conociéndose trabajos al óleo suyos que hubieran podido pasar por debidos a pintores consagrados. En el campo de la escultura, a pesar de su escasa fuerza física, fue capaz de labrar piezas de enorme valía en piedras naturales, conservándose en el ayuntamiento de la ciudad de Graus un Pensador de tamaño y calidad considerables. En el campo de la literatura no fueron menores sus esfuerzos y desvelos, sacando tiempo de donde podía, a veces del mismo sueño, a pesar de las quejas de sus progenitores, debiéndosele tres obritas de teatro, Una excursión, La madre y La oración de los niños y una colección de poemas titulada Canciones. También dedicó su escaso tiempo a tareas científicas, habiendo experimentado ya en el año 1872, con tan solo cinco años, con prototipos de motores de vapor para la agricultura y la navegación, debiéndosele el proyecto de un embuchador automático de longanizas que fue construido in memoriam y que todavía hoy en día se utiliza con singular éxito para las fiestas patronales en una fábrica de la localidad

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Mercedes Juan de Cervera.                                

Autodidacta y estudiosa nacida en Sariñena en 1844 y muerta en Cuarte de Huerva en 1921. Se le debe la obra Consideraciones acerca del mesmerismo vegetal (Zaragoza, imprenta de Luis Lacasa, 1883), en la que sostiene la tesis del magnetismo animal de Mesmer, fundador del Mesmerismo, pero referido a los vegetales, y donde intentaba explicar el conjunto de fenómenos que constituían el objeto del hipnotismo. El fondo de su sistema era que existía un fluido o una fuerza algo relacionada con el magnetismo terrestre y que debía afectar a todos los seres vivos. Este fluido estaría como diseminado por todos los astros y los cuerpos animados, incluidas, según Juan de Cervera, las plantas, y explicaría las relaciones existentes entre aquellos y los cuerpos vivientes. Así, siempre siguiendo las tesis de Juan de Cervera, sería posible hipnotizar a las plantas sobre tierra, como árboles frutales y verduras de superficie, e incluso a las subterráneas, como zanahorias, remolachas y otros tubérculos, haciendo uso de imanes construidos al efecto y de ciertos pases ideados por ella misma con el objeto de sanarlas y evitarles las plagas que las diezman y tanto contribuyen a la hambruna de los pueblos humanos. Otra cosa fue la aplicación práctica del hipnotismo sobre las plantas, a la que se dedicó con empeño, obteniendo resultados contradictorios en el dispensario que inauguró en 1899 en Cuarte de Huerva, en donde, siempre a puerta cerrada, se entregó a sus experimentos. En noticia del Heraldo de Aragón en su edición del 4 de marzo de 1900, Juan de Cervera explicaba al periodista sus avances, mostrando una serie de rábanos curados de nematodos y mohos, así como varios ejemplares de árboles frutales sanados de heridas provocadas por granizos y rayos. Sin embargo, a pesar de los tímidos avances registrados, se vio obligada a cerrar su dispensario en 1904 por la presión de sus detractores y de una opinión pública escandalizada ante semejante despilfarro.

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Carmelo Ayala Marchena.

Fue historia muy comentada en Zaragoza la aparición, en 1897, de un estrafalario personaje que aseguraba llamarse Carmelo Ayala Marchena y que llegó en ferrocarril procedente de Madrid, donde ya había sido objeto tanto de atención como de burla. Lo cierto es que de Ayala Marchena no se tienen noticias fidedignas sobre su lugar de nacimiento y muerte, dudándose asimismo de la verosimilitud de su nombre, del objeto que con tanto cuidado llevaba en un baúl púrpura de grandes dimensiones y de cuantos datos aportó en las entrevistas concedidas. Así, en la publicada por el Heraldo de Aragón el 14 de junio de 1897, aseguró ser el propietario de una de las reliquias más veneradas por la Cristiandad, el Santo Prepucio del Niño Jesús, que mostraba en una urna de cristal que sacaba de su purpúreo baúl. Así mismo explicaba que, según la leyenda, la Virgen María guardó la sacrosanta reliquia después de la circuncisión de su Hijo en el templo de Jerusalén a la vez que decía: ¿Cómo puedo entregar a la tierra aquello que había sido engendrado en mí sin pecado alguno?, frase que sintetiza la reverencia y decoro con que tal reliquia hubo de ser tratada desde entonces. Al morir la Virgen María se la entregó a San Juan Evangelista, quien, después de su destierro en la isla de Patmos, la escondió en la ciudad de Roma, en donde se le perdió la pista. El papa Inocencio III, que quiso relanzar su culto, declaró que la tradición fiel afirmaba que había sido llevada por ministerio de un ángel a manos del emperador Carlomagno, quien la destinó al tesoro de la catedral de Aquisgrán. Sin embargo, al menos dos templos más afirmaban el privilegio de contener la reliquia, o parte de la misma, y estos eran San Juan de Letrán, en Roma, y la catedral de Amberes. Ignórase cómo fue posible que exhibiera tal tesoro Ayala Marchena en un local de la calle Predicadores, que sí es cierto que llevaba un ennegrecido prepucio de niño en una urna, y cómo fue posible que la gente se tragase la patraña, pues acudían por miles a su reclamo y hasta pagaban la entrada de a dos reales que pedía.

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David Purroy Oliván.                                 

Bienhechor y filántropo español nacido en San Juan de Plan, provincia de Huesca, el año 1841 y muerto en Lisboa el año 1897. Era hijo de pastor de ovejas, actividad a la que consagró los primeros años de su vida y que le permitió reflexionar sobre el rumbo que debía conferir a su destino. Decíase en su pueblo que el joven Purroy, perdido junto a su ganado por los sobrepuertos en la época estival, dedicaba su tiempo a la contemplación y el desvarío, circunstancia por la cual no era extraño que extraviara ovejas propiedad de su familia. Es por ello que pronto abandonó ocupación y hogar, habiendo viajado por América y África, hasta las minas de oro de la Tanganica, que explotó con ahínco en una época de escasa presencia de occidentales en el continente negro, aunque coincidió con el cazador aragonés Pelayo Sáenz de Carvajal. Pasó en ese extraño país un decenio, entre 1878 y 1888, conviviendo con los nativos y exhortándolos a buscar por él las pepitas de oro que aquellos no sabían valorar. Posteriormente, dueño ya de una fortuna fabulosa, fijó su residencia en Lisboa en el año 1889, ciudad en la que se dedicó al comercio de la joyería, habiendo abierto establecimientos comerciales en los barrios de Alfama y Baixa, y expandiéndose después a las localidades de Oporto y Coímbra. Habiendo reunido una gran fortuna en dicho comercio y siendo convencido misógino, destinó casi enteramente el beneficio de su industriosa actividad a la capital de su provincia natal, por parecerle el mejor destino posible para su fortuna. Según su testamentaría, legó a la ciudad de Huesca la cifra de 4.500.000 escudos portugueses, además de una sustanciosa cantidad de joyas de su colección, fortuna que debía emplearse en obras de beneficencia y en el embellecimiento de la población. El municipio altoaragonés, en agradecimiento respetuoso al buen ciudadano, acordó que fuesen destinados quince días de luto a su memoria. Un hospital civil, fundado en Huesca a consecuencia del legado, tiene en la fachada esta inscripción al él dedicada: Civis pauperibus. Cerca del parque central se erigió en 1901 una estatua en memoria de Purroy y Oliván.

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Ruperta Azcárate Díez.

Para hablar con propiedad de la lucha contra el alcoholismo y la dipsomanía, es obligado referir la biografía de la filántropa y abstemia Ruperta Azcárate Díez, nacida en Borja en 1827 y muerta en Buenos Aires en 1886. Hija y pariente de bodegueros de su comarca, vivió desde niña en propia carne los efectos perniciosos de la ingesta de alcohol, en forma de violencia corporal y moral, por lo que renegó de su casa y marchó de su tierra para comenzar una vida de lucha contra el vino y las bebidas espirituosas. Se le debe la fundación en Zaragoza, en 1874, de la Sociedad española de Templanza, de la que se han creado numerosas ramas en otros tantos países de Centro y Sudamérica. La misma Azcárate Díez señaló el objeto de su Sociedad en el trabajo por la salvación de las víctimas de la intemperancia. Abogaba, asimismo, en la medida de sus principios y fuerzas, por la lucha general contra el alcoholismo, proponiéndose como fin principal la enmienda y salvación de los bebedores por la fe de Cristo. Convencida por propia experiencia de que la prohibición absoluta de toda bebida embriagante era el medio mejor y más seguro para curar de su enfermedad moral a los bebedores, Azcárate Díez exigía de sus miembros y adheridos, por compromiso escrito, la abstinencia completa de toda bebida espirituosa, salvo el caso de uso para fines religiosos, recomendando en este caso el agua envinada mejor que el vino aguado, por ser bebida menos peligrosa. Dedicose la sociedad a combatir el consumo público de alcohol en establecimientos de bebidas por toda la geografía nacional, siendo muy famosas las campañas efectuadas entre 1876 y 1877 con ocasión de las vendimias, también en su comarca natal, habiéndose sospechado que la introducción de la filoxera hacia 1878 en una finca de la provincia de Málaga se debió a la mano de Azcárate Díez, quien huyó precipitadamente, habiéndosele perdido la pista hasta su fallecimiento en Buenos Aires, donde se sabe fundó una de sus sociedades, en 1886.

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Germinal Esteban Doménech.

Contrabandista y anarquista nacido en Ansó, provincia de Huesca, en 1848 y ajusticiado en el castillo de Monjuïc de Barcelona en 1892. Dedicó los primeros años de su vida al contrabando a través de los Pirineos, donde entró en contacto con toda clase de facinerosos y delincuentes, nacionales y extranjeros, sobre todo franceses, que en nada contribuyeron a su educación, que fue más bien escasa. Abandonó las tierras de su linaje en 1867, afincándose primero en Zaragoza, donde trabó conocimiento con las clases sindicales de la capital, para afincarse definitivamente en Barcelona, en cuyas fábricas de la periferia se empleaba, aunque no le duraban tales trabajos sino pocas semanas. Se hizo tristemente célebre por arrojar una bomba de dinamita cuando se estaba celebrando una revista militar en la calle Ancha de Barcelona, el 24 de septiembre de 1892 con motivo de la fiesta de Nuestra Señora de las Mercedes. El atentado iba dirigido contra el general Martínez Campos, entonces capitán general de Cataluña, que resultó herido en la mejilla derecha por una esquirla. Otros afectados por su vil acción fueron dos guardias civiles también heridos de menor gravedad y otros militares y paisanos afectados por el espanto, entre ellos dos niñas que seguían la parada sentadas sobre la acera en primera fila, y ante cuya presencia Esteban Doménech no se arredró, pues habiendo observado su presencia no consintió detener su atentado. Detenido en el mismo momento gracias a la actitud heroica de la turba, que abalanzose sobre él a pesar de que desenfundó su pistola, fue detenido por las fuerzas del orden y conducido al penal de Montjuïc, donde fue sometido a juicio sumarísimo, en el que ningún arrepentimiento demostró. Días después, el 25 de noviembre de 1892, fue sometido a la pena de garrote vil, actuación encomendada a Serapio Navascués Oliván, verdugo retirado de Huesca, al no haber en toda Cataluña verdugo en activo en aquellas fechas, por estar todas las plazas vacantes por un conflicto sindical.

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Segismundo Gallego Somoza.

Forense y médico nacido en Zaragoza en 1834 y muerto en 1892 en su ciudad natal, de cuyo Hospital de Convalecientes fue especialista en enfermedades psiquiátricas y venéreas. Ha pasado a la posteridad por ser un ferviente defensor de la legislación de las casas de latrocinio, que para él eran una necesidad moral de la sociedad, y cuyas tesis plasmó en su obra Psicopatía sexual de la meretriz. Una propuesta estatal (Editorial Azanza, Zaragoza, 1876). Se preguntaba Gallego Somoza si era permisible tolerar las casas de prostitución, a pesar de las opiniones contrarias de la curia, la nobleza y la clase política españolas, a lo que él mismo respondía afirmativamente, siendo un mal menor para prevenir otro mayor. El mayor mal que se trataba de evitar de este modo era la sodomía, el adulterio y la seducción de las mujeres honestas, las cuales cundirían en la sociedad si los hombres voluptuosos no tuviesen donde saciar su desordenado apetito, como probaban los numerosos atestados de la policía de la época y los frecuentes casos de hospitalización debido a tales ataques. Para Gallego Somoza, que atendía con diligencia y respeto los casos que trataba, por su naturaleza de mal menor debían los gobernantes crear una red estatal de prostíbulos, dependiente de una Dirección General del Ministerio del Interior o aun de Sanidad, habiendo calculado que sería precisa una casa de latrocinio por cada cinco mil habitantes. Así, estos modernos prostíbulos estatales serían atendidos por una comisión formada por un médico, un confesor y una comadrona, además de cierto personal de vigilancia, aunque debía impedirse a todo trance que se establecieran en pueblos pequeños, donde el escándalo que se seguiría sería mayor mal que los otros que se trataban de evitar. Otra razón para permitirlos, siempre siguiendo la obra de Gallego Somoza, la consistiría la vehemencia del apetito sexual y los daños que se pueden seguir para la salud si se resiste a los impulsos, que en tales lugares podrían desatarse sin daño moral y afrenta a las buenas costumbres.

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Socorro Espina Morales.

Desgraciada, en el más amplio sentido del término, campesina nacida en Estopiñán, provincia de Huesca, en 1811 y muerta accidentalmente el año de Nuestro Señor de 1899 en su misma localidad, que nunca abandonó. Llevó una vida bastante anodina y gris dedicada a sus labores domésticas y a la crianza de su prole, y no habría pasado a la posteridad y a este Compendio de biografías fabulosas de no ser por los sucesos de los que fue testigo y por su trágica muerte, única en los anales de la historia de España. En cuanto a los extraordinarios sucesos de las que fue testigo parece ser, y de lo cual no se tiene otra prueba que su obstinado y vehemente testimonio, que mantuvo hasta su muerte, que un día del verano del año 1848, al llevar la comida a su marido e hijos que se afanaban en los míseros campos de su propiedad cerca de Estopiñán, vio unas luces brillantes que surcaban la bóveda celeste, que ella definió, dada su parca cultura, como platos de metal ardiente. Asustada de su visión, corrió Espina Morales a refugiarse a la sombra de una encina, desde donde siguió vigilando la evolución de los platos, como así los llamó toda su vida, que al parecer volaban a la velocidad del rayo en un ir y venir frenético, siendo su dirección predominante de oeste a este, y que tan pronto aparecían de la nada como desaparecían en centésimas en el horizonte. De todo lo visto dio cumplida cuenta a su confesor, a pesar de lo cual enterose todo el pueblo y gran parte de la comarca del extraño lance, por lo que fue objeto de burla durante toda su mísera y larga vida. En cuanto a su muerte, acaecida también en pleno secano oscense cuando vino a caérsele encima un meteorito de treinta centímetros que le golpeó sobre la cabeza y la dejó seca, decir que constituye el suyo el único caso conocido, al menos hasta la fecha, de muerte por impacto de meteorito de nuestra nación, por lo que su cráneo, gracias a la intervención del doctor Frisón, fue conservado en formol en la Facultad de Medicina de Zaragoza, en donde todavía hoy puede admirarse con su abolladura incluida.