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Chicago, 22 de febrero de 1949.

Mi querido Karl:

Ya he podido hacer copias de las fotografías de las que te hablé en mi última carta y sobre las que mostraste tanto interés. Y tan lógico, como no podía ser menos. Te las envío no sin cierta ansiedad ante un posible extravío, no en vano esta carta debe cruzar todo el océano Atlántico, desde Chicago hasta Tel Aviv, aunque los negativos queden bien guardados aquí y dispuestos si hiciera falta a convertirse otra vez en positivos para satisfacer tu curiosidad. Sin duda que las fotografías de nuestra amada ciudad te provocarán gratos y a la vez dolorosos recuerdos, como la vista de la Plaza del Mercado, con el Ayuntamiento, a la derecha, y la Casa de Catalina, a la izquierda. ¿Te acuerdas? Cuántas veces habremos cruzado esa plaza en el pasado. ¿Reconoces la Casa de Catalina con su inconfundible balcón del piso superior? Sí, claro que lo reconoces, imagino que con mucha emoción. Han pasado tantas cosas desde entonces…

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¿Y qué me dices del fantástico edificio de nuestro ayuntamiento, con su reloj astronómico y la doble escalinata de acceso? También a este edificio acudimos innumerables veces para todos los trámites que tuvimos que hacer, por ejemplo, cuando me casé con Henriette, o cuando registré a mis hijos Gustav y Hannelore, o cuando tuvimos que tramitar los papeles de nuestra pequeña fundición a orillas del Neckar. ¡Qué tiempos! ¡Cuán alegres eran nuestros días, y despreocupados y llenos de placeres! ¿Quién nos iba a decir a nosotros que todo terminaría con la destrucción y la muerte? ¿Quién? Y de habérnoslo dicho, ¿acaso le habríamos creído, no le habríamos tildado de loco y demente, de visionario? Pero ya entonces había indicios de lo que tenía de pasar y que ni tú ni yo, como nadie que nosotros conociéramos, supimos interpretar.

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¿Recuerdas el monumento de Robert von Mayer en la plaza del Mercado, frente al ayuntamiento? ¿Recuerdas sus escalinatas y las tardes de domingo en que nos sentábamos allí a ver pasar a las chicas de la ciudad? Por aquellos años tuvimos que estudiarnos la obra de Mayer, El movimiento orgánico, y todas sus teorías sobre el movimiento perpetuo y el principio de conservación de la energía. ¿No es verdad que también nosotros estábamos como poseídos por ese afán de movimiento perpetuo? ¿No es verdad que bromeábamos al respecto en el escenario de esa plaza, cuando los domingos intentábamos conversar con las muchachas dando vueltas y vueltas en torno suyo, sin cansarnos, trasformando nuestra juvenil energía en palabras y gestos galantes? Quizá fueron los mejores momentos de mi vida, quién sabe, con dieciséis años y todo un futuro por delante. Quizá también lo fueron para ti, mi querido Karl.

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Y recorríamos incansables, presas de nuestro afán por no estarnos quietos, las calles del viejo centro medieval de nuestra querida ciudad, como la Kaiserstrasse de la que también te mando otra fotografía. Recuerdo con todo lujo de detalles nuestras correrías por la Kaiserstrasse, cuando entrábamos en sus cafés y nos enfrascábamos en las tertulias sobre literatura, sobre teatro, sobre filosofía, cuando jugábamos aquellas interminables partidas de ajedrez, cuando nos entreteníamos mirando los escaparates de los comercios, cuando subíamos a los tranvías que nos llevaban a las afueras de Heilbronn y salíamos de paseo por los campos de los alrededores y los bosques, cuando subíamos a la cima del Wartberg desde donde podíamos contemplar esas magníficas vistas de la campiña de nuestro querido Wurtemberg.

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Sí, eran días felices y quizá todavía más para mí que para ti, querido amigo, pues tuve la fortuna de ganarme antes que tú el corazón de Henriette, la más bella de las muchachas que se acercaban hasta la fuente de los siete caños, aquellas que ocupaban todos nuestros pensamientos y nuestros sueños. ¿Recuerdas nuestra boda en la iglesia de San Kilian, de la que tú fuiste testigo a pesar de tu religión? ¿Recuerdas la torre de la iglesia y el día en que subimos los tres, tú, Henriette y yo, el día en que hicimos el juramento de amistad eterna a sesenta y dos metros de altura, que entonces nos parecían el techo del mundo? Nosotros debíamos ser amigos de por vida, los que nunca se separarían pasara lo que pasara, juramento que por la guerra, la destrucción y la muerte de Henriette no pudimos cumplir. Tú en Tel Aviv, yo en Chicago, y un océano de por medio.

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¿Y cuántas veces fuimos al teatro de la ciudad a ver nuestras obras favoritas, aquella Catalina de Heilbronn o la prueba de fuego, de Heinrich von Kleist, que, por razones obvias, tantas veces representaron? ¿No es verdad que de una manera premonitoria asistíamos a la tragedia sin ser conscientes del futuro que nos aguardaba, también en nuestra amada Heilbronn, que por desgracia sería cubierta en diciembre 1944 por un huracán de fuego, como otra prueba que fuimos incapaces de superar, imposibilitados por la misma magnitud de los acontecimientos, que nos empequeñecían hasta transformarnos en ridículas marionetas sacudidas, como Catalina, por fuerzas demasiado poderosas? ¿No es verdad que en cierto modo nos comportamos como Catalina, que como hipnotizada seguía al conde Wetter von Strahl donde quiere que este fuera? ¿No seguíamos  nosotros, también dócilmente, a los hipnotizadores de esa época sin ser conscientes del callejón sin salida en el que nos metíamos?

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¿Y qué me dices del río que atraviesa Heilbronn, el Neckar, y que fue escenario de nuestros paseos junto a la Torre Bollwerksturm, por las orillas que nos acercaban al club de natación del que fuimos socios hasta el final, hasta que no tuviste más remedio que huir debido a tu apellido, Friedmann, a tu pasado, a tu raza que en aquellos tiempos, en Alemania, era maldita? ¿No recuerdas las horas que dedicábamos los domingos por la mañana de verano, y alguna tarde siempre que nuestro negocio nos lo permitía, a nadar por las aguas entonces claras y mansas del Neckar? Siempre fuiste un gran aficionado a la natación, un deportista entregado y voluntarioso, y nadar era, junto a los paseos por los campos y los bosques, una de tus aficiones favoritas, que yo compartía contigo, como tantas cosas en aquellos años que ya se fueron y de los que ya no queda nada, nada, ni siquiera la ciudad que un día nos pareció que debería ser eterna, como nuestra vida a los dieciocho años.

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Hay también entre las que te mando una fotografía de la Torre Götzenturm, tu favorita, junto al puente de metal y aquellas escalinatas que utilizábamos para bajar hasta el río y embarcar en aquellas viejas piraguas con las que tanto te gustaba navegar sobre el Neckar, una y otra vez, pasando bajo los puentes, cerca del puerto fluvial, sorteando las barcazas que venían de Mannheim y que hacían sonar sus sirenas para advertirnos, aunque no supiéramos, entonces, interpretar esa advertencia. No, no supimos interpretar los signos de los tiempos, las advertencias que flotaban en el ambiente de la época, y todo aquello terminó, bien que lo sufriste, querido Karl, con tu huida, y nosotros en Heilbronn, con la movilización de mi hijo Gustav, con la destrucción, con la muerte de Henriette. Todo aquello, nuestra juventud, Heilbronn, Alemania, Henriette, todo aquello terminó para siempre.

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Fue el 4 de diciembre de 1944, una tarde fría y oscura, cuando comenzaron a caer esas miles de bombas desde los bombarderos Lancaster que en algo más de media hora borraron del mapa nuestra ciudad, el bello y afamado casco histórico de origen medieval, nuestra vida, la vida de Henriette y de otras 6000 personas inocentes, inocentes de los crímenes del nazismo que ellos no habían buscado, ni deseado, ni cometido. Era el final de la Segunda Guerra Mundial y la Royal Air Force lanzó un millón de toneladas de bombas sobre 131 ciudades alemanas, incluida la Heilbronn de las fotos que te mando. Se dice que murieron 600.000 personas, que tres millones y medio de viviendas quedaron destruidas y que al terminar la guerra había siete millones y medio de personas sin hogar, vagando de un lado a otro como sonámbulos, o metidos entre cascotes como ratas. Berlín, Colonia, Nuremberg, Heidelberg, nuestra vecina Mannheim, Darmstadt, Dresde, Munich, Hamburgo y desde luego Heilbronn, entre otras muchas, todas quedaron arrasadas por el fuego.

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Henriette murió en el raid de diciembre. Estaba esperando mi regreso de la fundición cuando una de las bombas cayó de lleno sobre nuestra casa convirtiéndola en un amasijo de escombros. Nunca se encontró su cadáver, que debió desintegrarse entre nuestros enseres domésticos, entre los muros y las piedras, hasta desaparecer para siempre. Me consuela pensar que apenas debió sufrir, aunque este es un consuelo algo estúpido si tenemos en cuenta, querido Karl, como tantas veces habíamos hablado en nuestras tertulias filosóficas, que nosotros preferíamos enfrentarnos a la muerte cara a cara, desafiándola, con un resto de gallardía, antes que morir ignominiosamente, como un animal que no tiene conciencia de su trance. Por suerte, y no solo para ellos, Hannelore estaba con sus abuelos en el campo y Gustav en el frente occidental, donde tuvo la fortuna de caer preso de los americanos. Ellos, que tan bien se desenvuelven en América, fueron mi salvación.

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Y las cosas no mejoraron mucho con el paso de los días. Los que tuvimos la fortuna de sobrevivir tuvimos que aclimatarnos a las montañas de cascotes, a los humeantes rescoldos, a la visión de los cadáveres deformados que yacían por doquier. No sería decente describirte las cosas que vi en Heilbronn, pero la decencia se quemó también aquel día de diciembre de 1944. Y nada se debe ocultar, a pesar de todo. La ciudad estaba sembrada de cadáveres, que tardaron mucho tiempo en ser retirados. A veces, seguían apareciendo entre los escombros, como si estuvieran cocidos, ennegrecidos, quemados, cuerpos chamuscados que, días después, todavía humeaban. Humeaban y olían, Karl, como no puedes hacerte a la idea. Ese olor insoportable flotó en el ambiente durante días, durante semanas, y era una mezcla indescriptible de muerte y cenizas, de fuego y podredumbre. Ese olor se hizo tan familiar para nosotros, los supervivientes, que cuando desapareció casi nadie se dio cuenta. ¿Dónde está el olor?, recuerdo que me preguntaron un día. Era cierto, había desaparecido, así, de repente, y fue como echar de menos a ese vecino pesado que un día se muda, o a ese compañero de trabajo que siempre da la lata y a quien trasladan. Se marchó el olor, había cosas que comenzaban a normalizarse. Aunque no te lo creas, a veces me despierto de los sueños, en mitad de la noche, con ese olor prendido de mi memoria, como si estuviera presente en mi casa, en mi dormitorio de Chicago.

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¿Y los supervivientes? ¿Dónde estaban, qué hacían los supervivientes de la ancestral ciudad de Heilbronn? Se encendían pequeñas hogueras al aire libre donde se hervían los escasos alimentos, las plantas recogidas en el campo, la ropa infestada de piojos para desinfectarla. Cualquier edificio en pie servía de escondrijo, un lugar donde insertar un tubo y encender un fuego que calmara de los rigores de ese invierno. Los niños tosían, cuánto tosían los niños, y qué blancos tenían sus rostros, blancos, pálidos por el frío y el hambre y la vida en los sótanos, niños a los que no daba el sol y que tosían, cuánto tosían. Legiones de personas vagaban entonces entre las ruinas, entre las ciudades devastadas, como si fueran fantasmas cubiertos de andrajos, de heridas, de quemaduras, como si fueran espectros que huían de sí mismos y del recuerdo, de la historia más reciente de la que, en cierto modo, todos nos sentíamos culpables. Sí, Karl, nosotros, los alemanes, éramos culpables de los desmanes cometidos con tu raza, con los pueblos del mundo, y por eso debíamos pagar con nuestra propia destrucción, con la destrucción de las ciudades y la muerte de los civiles, debíamos pagar en silencio porque no había redención posible para nuestros pecados, ni siquiera con ese castigo bíblico de fuego y azufre que supusieron los bombardeos aliados.

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Todo eso pasó, mi querido Karl, y hasta ahora no me había atrevido a contárselo a nadie, ni siquiera me había atrevido a recordarlo. Eran unos recuerdos medio ocultos, arrinconados en la trastienda de la memoria, que en cierto modo con las fotos que yo mismo tomé y que no me atrevía a revelar han regresado para no dejarme ya nunca más. Se supone que nos lo teníamos merecido, ¿no es verdad? ¿Qué puedes decirme tú al respecto, querido amigo, tú que tuviste que marcharte de Heilbronn y de Alemania, de tu ciudad y de tu patria, porque unos descerebrados querían deshacerse de tu raza? ¿Serás tú la persona que me socorra, que me redima de mi parte de culpa? ¿No es verdad que estas fotos estarán mejor en tus manos, en tus manos inocentes que nunca sentirán la tentación de destruirlas? ¿Podrás hacer un buen uso de ellas? ¿Servirán para reflejar la parte de dolor que también a nosotros, al pueblo alemán, a sus civiles inocentes, nos tocó sufrir?

Tuyo afectísimo.

Arnold Schaeffer.