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Es esta una colección de fotografías que me parece excepcional. Están tomadas, aproximadamente, entre 1920 y 1930 en diferentes lugares de España. Hay fotos de Galicia, Asturias, País Vasco, Cataluña, Castilla, Andalucía, Extremadura, etc. El fotógrafo, del que desconozco cualquier dato, tenía buen gusto y sabía captar el paisaje, las escenas de la vida cotidiana de entonces. Han pasado 90 años desde que empezó a compilar su álbum y aprovecho la efeméride para ir publicando las mejores fotos acompañadas de unos cortos comentarios sobre lugar y tiempo, de una manera objetiva, pues creo que el verdadero valor de estas fotografías es su condición de documento de una época pasada, los años 20 del siglo XX, el reinado de Alfonso XIII, un país todavía subdesarrollado y campesino que queda eternizado en estas instantáneas.

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La primera fotografía pertenece al monumento a Concepción Arenal de La Coruña, situado en los jardines Méndez Núñez y erigido en 1916. Llaman la atención los dos bancos a cada lado de la imagen, uno de ellos ocupado por un niño vestido de blanco, con corbatín negro, el otro por dos hombres, el del sombrero blanco que parece mirar directamente a la cámara, el de sombrero negro que probablemente se está tocando las uñas. Estas escenas de la vida cotidiana, de personas que estaban allí y que fueron captadas por azar, hacen de estas fotografías un documento excepcional.

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También en Galicia, a las orillas del océano, fue captada esta imagen, aunque ignoro exactamente en qué playa o ría. Se ven siete personas, entre mujeres y niñas. La primera dama de blanco de la izquierda agarra un largo palo. A la segunda dama de blanco es a la única que se le ve la cara. Más a la derecha, otra señora con una niña de la mano. Y otra niña junto a las últimas rocas, de espaldas a la cámara, con los pantalones remangados. Casi no se ven, camufladas entre las rocas, pero hay otras dos mujeres más en la fotografía, vestidas de oscuro. Qué será de todas ellas, quizá las niñas todavía sobrevivan casi centenarias.

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Paisaje gallego, supongo, una ría con una isla a la entrada que parece amurallada, como si fuera un fortín. A la izquierda, aunque muy diminutas, se ven varias mujeres y decenas de sábanas blancas, recién lavadas, puestas a secar tanto sobre el muro que da al mar como sobre cuerdas colocadas en la zona peatonal. Es como si todo el pueblo se hubiera puesto de acuerdo para lavar la ropa blanca el mismo día, una jornada mezcla de fiesta y trabajo.

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Desconozco en qué pueblo fue captada esta imagen, pero me inclino a pensar que fue en Galicia. A la izquierda, las mujeres y las niñas del pueblo han ido a recoger agua a la fuente, se ven los cántaros en primer término. Una de las mujeres, de espaldas, vestida de blanco, lleva un botijo sobre la cabeza. Hay más gente en la plaza, puede que fuera día de mercado pues se ven canastas con frutas y hortalizas. En total, unas 30 personas en la sombreada y tranquila plaza, en una escena impagable de la vida cotidiana allá por 1920.

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La localidad de Pontedeume, cerca de La Coruña, tal y como era hace unos 90 años, con esa fisonomía de pueblo de principios de siglo, el casco urbano tan definido con sus casas similares, la iglesia destacando en el paisaje, y su excepcional puente que cruza hasta un paisaje rural y bucólico.

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Una aldea gallega. No tengo datos para identificarla. Uno se pone a mirar con la lupa y descubre unas redes a la derecha de la imagen puestas a secar, las fachadas de las casas, algunas ventanas abiertas que dan vértigo al pensar en las escenas domésticas del interior, paralizadas en esta emulsión, un individuo que navega en su bote a la izquierda.

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Podría tratarse de otra fotografía la misma aldea gallega. Un rudimentario puente cruzado por una mujer con pañoleta y un niño que se gira hacia donde estaba el fotógrafo, puede que por casualidad, puede que por haberlo visto entregado a su labor. Y otra vez ropa tendida al sol.

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La costa fotografiada desde el mar. El faro como punto de referencia, pero ignoro de cuál se trata, qué lugar del país queda recogido en esta instantánea.

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La ciudad de Gijón hacia 1920. A la derecha, el monumento a Don Pelayo. Creo que el edificio de detrás es el palacio de Revillagigedo o del marqués de San Esteban del Mar, concluido en 1702 y que es, probablemente, el mejor edificio antiguo de Gijón, que lleva adosada la iglesia colegiata dedicada a San Juan Bautista. Se ven los raíles del tranvía y la gente paseando por una ciudad sin tráfico rodado, fantasmagórica, detenida en el tiempo.

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Oviedo, 1920, parque y edificio. No sé su nombre, ni en qué parte de la ciudad se encuentra. A la derecha, junto al hombre de sombrero blanco, hay un grupo de cinco individuos que miran algo que debe haber en el suelo. Más a la derecha, un hombre sentado en un banco lee el diario. A la izquierda de este señor, una niña y su niñera sentadas en el mismo banco. Que vivos estaban todos ellos hace noventa años y que muertos deben estar ahora.

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El acorazado de la armada española Alfonso XIII, construido en los astilleros de El Ferrol y botado el 7 de mayo de 1913. Durante la Guerra Civil, capturado por los nacionales, hizo campaña en el Cantábrico hasta que fue hundido el 30 de abril de 1937 por una mina frente a las costas de Cantabria. En la imagen numerosas barcas se dirigen al buque o están amarradas a su lado. Debe ser un día de puertas abiertas, sobre la cubierta se ve una multitud de visitantes.

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La ría de Bilbao en la década de 1920. Se ve el puente transbordador Vizcaya que une las localidades de Portugalete y Getxo. Es el más antiguo del mundo en su género y está activo desde 1893. A la izquierda de la fotografía, un hombre pasea con las manos cruzadas tras la espalda, solo, tremendamente solo 90 años después.

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La ría de Bilbao, los barcos atracados. En primer término, se ve a un niño como único tripulante de la barca. El niño mira directamente a la cámara, consciente de que estaban haciendo una fotografía. En tierra, un hombre de espaldas y otros dos muchachos que se acercan al fotógrafo, sus pantalones cortos, una mano que protege de los rayos del sol.

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Otra vista de la ría de Bilbao, con el ayuntamiento de la ciudad al fondo, el buque El Gallo a la izquierda. La fotografía debió ser tomada desde el puente de Isabel II. Vuelve a nosotros un Bilbao que ya no existe, o que no dejará de existir en documentos como este.

Me entero de que el barco se llamaba “El Gallo” por el blog “Vida marítima”, en el que enlaza con esta fotografía. Si quieres leer la historia completa de este buque te remito a:

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El fotógrafo tomó dos instantáneas sucesivas de la ría, las dos desde el puente de Isabel II, una enfocando hacia el ayuntamiento, esta más hacia la derecha. Ni un solo automóvil puede verse en el muelle del Arenal, hay gente que camina y un carro tirado por un caballo. La fotografía está llena de detalles, barcos, marineros, paseantes, da gusto perderse entre ellos, ahora, en aquel tiempo lejano.

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El buque atracado en un puerto desconocido, la barca con su toldo y sus pasajeros, el hombre de la izquierda, en primer término, mirando al fotógrafo, mirándonos ahora a todos nosotros, mirando siempre.

Me entero de que el barco se llamaba “Vicente la Roda” y que en la foto estaba atracado al puerto de Málaga por los blogs “Vida marítima” y “Trasmeships”, en los que enlazan con esta fotografía. Si quieres leer la historia completa de este buque, que participó en el desembarco de Alhucemas y la Guerra Civil, te remito a:

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El viaje continúa hasta San Sebastián con esta vista de la zona oeste de la bahía de la Concha tomada desde la cima del monte Igueldo. En la bruma, los montes de la región circundante. La ciudad, desde los años 20, cuando era destino turístico de la nobleza y la alta burguesía, ha sufrido una gran transformación.

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Fantástica foto tomada en la playa de la Concha de siete niñeras con sus niños. Los rostros de esas mujeres parecen cincelados con otros moldes, resultan casi cubistas. Y los niños ajenos del todo al fotógrafo y al prodigio que en ese momento se consumaba. Y los carritos detrás, y la gente que sale en la foto sin querer.

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Ahora el grupo fotografiado es mucho más numeroso, todo un récord de gente dentro de una fotografía, niñeras, militares, niños, hombres. Cuento un total de 64, desde el niño que se hurga la nariz a la izquierda hasta el niño con traje de rayas que aparece en la sombra a la derecha. Fue un momento especial. Aquellas personas vivas, tan vivas, cegadas por el sol, mirando al objetivo, cuanta vida gastada, cuanta vida finalizada, hace tantos años.

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Seguimos en la Concha, en aquel remoto verano. Dos niñas con sombrero retratadas de perfil. La niña de la izquierda mira hacia el mar, sus pies, sus piernas, los brazos pegados al cuerpo, los dedos de su mano. La niña de la derecha, con el rostro oculto por el sombrero, ha debido estar jugando con la pala pues tiene las piernas cubiertas de arena. Y bañistas que pasaban, los bañadores de principios de siglo. El prodigio es que todos siguen allá, en la Concha, en aquel verano de 1924, todavía vivos y gozando del sol y del mar.

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El paseo de la Concha y la llamada Caseta de los Reyes. Hora del paseo de la tarde. La señora del traje blanco se protege de los rayos del sol. Detrás de ella, se esconden dos niñas, se ven sus piernas, no querían salir en la fotografía. Y al señor del sombrero es al único que se le ve la cara. Y gente que pasea, una señora que se vuelve justo en el momento en que se tomó la instantánea.

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Aquel hombre del que nada sabemos, ni su profesión, ni sus datos personales, ni su ideología, si fue feliz o infeliz, si tenía buen o mal trabajo, si pasó privaciones o llevó una vida holgada. Solo sabemos que un día caminaba por el paseo, con su traje de diario, su boina bien calada, asiendo un paquete con su mano izquierda, y que alguien le fotografió, quizá sin su consentimiento, mientras parpadeaba.

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Otra imagen de San Sebastián desde el Monte Igueldo, esta vez de la zona antigua de la ciudad, el monte Urgull, el castillo de la Mola, el frente marítimo, la isla de Santa Clara en primer término.

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Nos despedimos de la Bella Easo con otra fotografía de la Concha, los bañistas metidos en el agua, y una pareja sentada sobre la arena, él y ella, él con su sombrero y su terno oscuro, ella también tocada de sombrero y mirando eternamente al objetivo de la cámara, mirando ahora mismo.

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No sé dónde fue captada esta instantánea, aunque el gran edificio del fondo podría sonarle a alguien. Lo que me gusta es el juego del doble retrato, ya que se ve a un grupo de 6 muchachos posando, sus siluetas reflejadas en el agua del estanque, que son fotografiados por el hombre de traje y sombrero de la izquierda. Toda la escena queda recogida en la foto que vemos. No estaría mal tener el retrato de los muchachos.

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La Sagrada Familia en torno a 1923, antes de que se terminara de levantar el primer campanario, el de San Bernabé, en 1925 y antes de la muerte de Gaudí el 10 de junio de 1926. De nuevo la sensación de fantasmagoría que transmiten las fotos, aquella ciudad sin tráfico, casi despoblada, cegada por el sol.

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De Barcelona a Tarragona, al Balcón del Mediterráneo y el monumento a Roger de Llúria. Hay un hombre mirando al mar, acodado a la barandilla, y otros dos que caminan, sus pies borrosos apunto de pisar en el suelo.

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Puede que se trate de una fotografía de la población de Sant Telm, en Mallorca, pero no estoy seguro. Podría tratarse de cualquier otra población costera catalana, valenciana o mallorquina con unos “Baños Sant Telm”. La playa, entonces, tenía otro fin, servía para que los pescadores extendieras sus redes en ella y procedieran a repararlas, como se ve que hacen tres mujeres con pañoletas que les cubren completamente las cabezas y un hombre.

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Ciudad desconocida a orillas del mar, a orillas de un río caudaloso o a orillas de una ría del Cantábrico. Quizá algún lector de este blog sepa dónde fue tomada la fotografía, quién sabe.

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Nos vamos de la costa al interior de Castilla, a Salamanca y su espléndida plaza Mayor, que tan poco ha cambiado con el paso de los años. Todo lo más, la vida cotidiana alrededor, los automóviles que ahora serían reliquias, la moda que vestían los salmantinos. Y el reloj del ayuntamiento marcando, para siempre, las tres en punto de un día soleado de, más o menos, 1925.

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Otra vista de la misma plaza, otras persona sentadas por allí, otro tiempo. Una peluquería se anuncia en la fachada del edificio, junto a la puerta monumental. En el tercer piso del edificio, a la derecha, dentro de la única ventana abierta, parece distinguirse la silueta y el brazo de una mujer que debía estar cosiendo.

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Parque del Retiro, Madrid, y monumento a Alfonso XII, que fue inaugurado el 6 de junio de 1922. Todavía se ven andamios de madera a ambos lados de la escultura principal del monarca, por lo que podría datarse la fotografía, quizá, a comienzos de ese año de 1922. En todo caso, un paraje despoblado, sin turistas ni barcas en el estanque.

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Una puerta monumental de un pueblo desconocido. La tierra removida, puede que estuviera en obras. Dos hombres al fondo, hablando entre ellos. Y dos niños en primer plano. Aquellos niños de aquella España de hace 90 años, con sus peculiares vestidos y su pelo rapado, eran la esperanza del país.

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Semana Santa en Zamora, allá por 1925. En una calle muy estrecha, el paso en un momento de descanso. Dos cofrades en primer término, oscuros, ocultos, que contrastan extraordinariamente con el hombre que está entre ellos, la cara iluminada por el sol.

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No importa que la foto se tomara en Zamora, en la Semana Santa de 1925, lo que realmente importa, todavía hoy, es el grupo de esos cuatro mozuelos que charlan delante del paso detenido, algo cabizbajos, rapados, con sus pantalones cortos, las botas, los calcetines subidos, tan vivos todavía hoy.

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Este es el mismo paso que se ve en la primera de las fotografías de esta serie de la Semana Santa zamorana. Parece representar el traslado del cuerpo muerto de Jesucristo a su sepultura. Quizá uno de los cofrades y el señor iluminado sean también los protagonistas de esta foto. Detrás, entre el público, la imponente figura de un militar con sombrero de plato. La Semana Santa, religión y milicia, en todo su esplendor.

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Paso del Calvario con las tres cruces y el jinete romano que abre el pecho de Jesucristo. La gente se apelotona delante, junto al callejón de Peñas Brinques. Hay algún personaje que lleva la cabeza cubierta con paños y que probablemente sea costalero. Y los cofrades con sus capirotes, dos ojos que miran directamente a la cámara.

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Paso del descendimiento de Cristo de la Cruz. Hay un zapato debajo de la tela que cubre el frontal del paso. Hay gente asomada a los balcones. Hay un señor con bigote y tocado con un extraño gorro. Hay un cofrade en primer término. Hay, todavía.

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De nuevo, la presencia de los niños y niñas multiplica el sentido de estas fotografías. Esas niñas de blanco y negro que parecen sobrecogidas y que se enlazan la una a la otra, el brazo con la manga blanca sobre el vestido negro, el brazo con la manga negra sobre el vestido blanco, y las coletas siempre, los calcetines bien subidos y estirados siempre.

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Otra fotografía de lugar desconocido. Tres puntos en ella captan la visión, el bidón de la izquierda, el carruaje del centro y el hombre uniformado que nos mira por encima de un tiempo detenido.

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Ahora vemos la plaza Mayor de Cáceres allá por 1926, más o menos, la gente paseando tranquila, las vidas detenidas en ese segundo transcendente, fantasmagórico, eterno, es la magia de la fotografía que nos muestra un pasado en perpetuo presente.

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Otra imagen de la misma plaza. Los hombres vestían trajes de tosca confección, alpargatas, boinas. Las mujeres, pañoletas, mantones, faldas y refajos. Las niñas, esos vestidos cortos y blancos, y sus sempiternas coletas. Por allí andaban y andan.

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Un rincón cualquiera de la Cáceres monumental. Y la ropa tendida, blanca y recién lavada, dos calzones, dos camisas, dos prendas íntimas, tan importantes, tan trascendentes.

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Es verdad, los niños de aquella Cáceres de 1925, que quizá ya estén muertos, quien sabe, siguen vivos en estas fotografías, mirando a la cámara, calentados y cegados por el sol, la sangre corre por sus venas, los pulmones se hinchan y deshinchan, los corazones laten, las palabras se agolpan tras los labios, es verdad.

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Ese señor de boina y camisa blanca tras la chaqueta oscura, empequeñecido entre los edificios medievales de la ciudad, volvía de hacer una visita a esa hora de la tarde y se topó de bruces y sin quererlo con la presencia de un fotógrafo que en ese preciso instante accionaba el obturador de su cámara.

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Los palacios de la ciudad han subsistido al paso de los siglos con bastante fortuna, y también las personas retratadas por azar aquel lejano día, 3 niñas y 3 mujeres a la izquierda, una de las cuales sostiene un bebé en alto, y un hombre y un chiquillo a la derecha, encima de la línea de sombra.

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No sé dónde estaba o está este modesto palacio con la puerta entornada, tampoco sé nada del hombre de gorra que se giró en marcha en el momento en que el fotógrafo apretó sobre el obturador, pero sería un milagro poder averiguar ambas cosas.

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El puente romano de Mérida en los años 20. En ese momento nadie lo cruzaba, no se ve ninguna persona en la fotografía, una ciudad fantasmal y detenida en un tiempo pasado.

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El Teatro Romano de Mérida en una serie de tres fotografías fantásticas. Compárense con las imágenes del mismo monumento en la actualidad, el estado de abandono en el que estaba, la ingente tarea de reconstrucción acometida.

Después de editarles en este blog, la profesora María del Valle Gómez de Terreros Guardiola, profesora de las universidades de Huelva y de la Pablo Olavide de Sevilla me pidió permiso para publicarlas en la obra “Teatros romanos de España y Portugal. ¿Patrimonio protegido?”, en capítulo por ella escrito dedicado al Teatro de Mérida. En su amable nota a pie de página dice:

“Las fotografías 11 y 12 proceden de la colección de D. Antonio Cardiel, a quien agradezco muy sinceramente que me haya permitido reproducirlas en esta publicación. Proceden de un álbum particular que adquirió hace años y son de autor desconocido. Esta y otras imágenes de Mérida pueden verse en su interesante página web: http://www.antoniocardiel.com/”.

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Piedras derruidas, columnas por los suelos, dos personajes que contemplan las ruinas, una construcción de madera para ir elevando los trozos de las columnas que con el tiempo formarán parte del escenario, todo tan rudimentario.

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Los recursos no daban para mucho en una Extremadura sumida en el subdesarrollo, no había presupuesto para restaurar ruinas romanas, todo lo más la labor abnegada de algunos incondicionales amantes del arte que apilaban los restos de esculturas en cualquier parte.

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La compañía al completo de vuelta al cuartel, una mañana temprano, en una ciudad desconocida. En un balcón del edificio de la izquierda, dos mujeres contemplan el paso de los soldados.

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Esta imagen pertenece a las afueras de Badajoz en los años 20, junto a la muralla que no fue derruida hasta 1931. Caballerías, hombres y mujeres, ropa tendida, construcciones adosadas a la muralla.

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La Puerta de Palmas de Badajoz todavía rodeada de construcciones, era entonces una auténtica puerta de entrada a la ciudad. Es una de las mejores fotografías de la colección, llena de vida, carruajes que entran en la ciudad, hombres y mujeres, la estampa de una ciudad que ha cambiado totalmente.

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Otra localidad desconocida. Parece una romería, las mulas cubiertas de telas blancas, las damas con sombrero y parasol sobre ellas, delante de la comitiva dos jinetes uniformados con sus estandartes, y niños curioseando.

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Jaén, la catedral al fondo, el caserío uniforme con sus tejados similares, las huertas que rodeaban la ciudad antes de que se construyera sobre ellas las nuevas barriadas.

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Fuente y abrevadero en Torredonjimeno, provincia de Jaén, años 20. Parecen las afueras del pueblo. Las calles de tierra, los hombres y sus acémilas, las mujeres ocultas tras sus vestidos negros, la España campesina y subdesarrollada en todo su apogeo.

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Un pueblo desconocido de esa España anclada en el pasado, las mujeres vestidas siempre de negro y peinadas con moños, los hombres con sus sombreros de estilo andaluz, la presencia de las iglesias dominando sobre las plazas mayores.

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La localidad malagueña de Ronda, la cornisa del tajo y el puente nuevo, el caserío de entonces sobre la roca. El fotógrafo recorrió media España con su cámara a cuestas tomando estas instantáneas que parecen y son de otro tiempo.

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Granada, el Albaicín todavía tenía algunos solares vacíos sobre los que se construyeron los Cármenes que ahora cubren todas las faldas de la colina. Es la estampa tantas veces tomada desde la Alhambra.

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Y al revés, la silueta inconfundible de la Alhambra desde el Albaicín a finales de los años 20. En este caso, salvo alguna construcción en primer término, poco ha cambiado la imagen, afortunadamente, la Alhambra tiene tanto empaque que nunca se cuestionó su conservación, aparte de los medios que se emplearan para ello.

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Patio de los Leones, uno de los rincones de la Alhambra más fotografiados. No sé si me equivoco, pero la cúpula esférica que se ve a la izquierda del encuadre ahora es piramidal, quizá sea el único cambio apreciable en estos años.

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Patio de los Arrayanes de la Alhambra. La pequeña cúpula esférica sobre el tejado también ha desaparecido en la actualidad. También ha desaparecido de las fotos modernas el añadido sobre el tejado de la izquierda. Por último, la disposición de las ventanas y aberturas del torreón también es diferente en la actualidad.

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No estoy seguro pero podría tratarse de una calle de Granada. Hay una niña de blanco y con coleta caminando por la acera de la izquierda. La calle parece en obras. Por la calzada, tres hombres uniformados y con gorra blanca. A la izquierda, otros tres hombres andan eternamente con sus sombreros. La Gran Zapatería Moderna está cerrada, quizá era y es domingo.

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Granada, Carrera del Darro, puente de Espinosa, que ha cambiado bastante poco con el paso de los años. La gente caminaba por la calle, el río bajaba con bastante agua, el fotógrafo estaba sobre el puente de Cabrera y su visión queda aquí eternizada.

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Otro de esos pueblos del eterno español, cegados por el sol, polvorientos, con el caserío encalado y las torres de las iglesias dominando el panorama. Tampoco sé de cuál se trata.

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Sevilla, Pabellón Mudéjar de la Exposición Iberoamericana de 1929. El automóvil pasaba por la calzada y quedó movido en la fotografía, como su conductor irreconocible. A la izquierda de la imagen se aprecia la presencia de una niña con vestido y gorro blancos, caminando.

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Pabellón Real de la misma exposición, en Sevilla. Delante, cuatro siluetas femeninas caminando, una de ellas con un bebé en brazos. También se ve un carruaje que circula por la calle. La presencia humana revaloriza las fotografías.

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Una plaza, supongo que de Sevilla. Hay una señora sentada en un banco, al fondo, su rostro nítido entre el follaje de los árboles. Y esa niña en primer término que se lleva la mano a la nuca y esconde su rostro, vestida de blanco, como siempre, un lazo a la cintura, los calcetines subidos, como siempre, las alpargatas atadas al tobillo.

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Otra plaza, quizá también de Sevilla, con un monumento cubierto de hiedra. En esta imagen no hay presencias humanas, pero me gusta escudriñarla con la lupa y descubrir un cartel de la “Ford” y otro de “Comisiones, consignaciones, aduanas, transportes”.

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Última imagen de Sevilla, quizá un rincón del Parque de María Luisa. A la derecha, un hombre de pantalón blanco y sombrero mira a la cámara, atento a la tarea del fotógrafo. Detrás suyo, se ven dos piernas con calcetines cortos, quizá de un niño que le acompaña, su nieto. Al fondo, alejándose, siempre alejándose, un hombre de negro. Era temprano y ya hacía calor. Es temprano y continua haciendo calor.

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De esta imagen, captada por el  mismo fotógrafo en sus viajes por España hace 90 años, no tengo ninguna referencia. ¿Qué ciudad es esa que se ve a orillas del río? Hay ropa puesta a secar en la orilla, a la derecha, y mujeres afanándose entre ella.

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Otra ciudad desconocida, la edificación blanca y monumental debería facilitar su identificación, pero no me ha sido posible. Detalles de la vida cotidiana, un carruaje en medio de la calle, gente en el paseo, unos sentados, otros caminando, ese hombre de la derecha que continua caminando hacia nosotros, espectadores.