La segunda Reconstrucción lleva por título “Talleres Susqueda” y narra el encuentro e investigación de los documentos de un pequeño taller mecánico de automóviles ubicado en Barcelona. Vidas minúsculas, otra vez, tan trascendentes como cualesquiera otras.

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La documentación que constituirá la base de Talleres Susqueda refleja la vida, entre los años 1967 y 1986, de una pequeña empresa de reparación de automóviles con domicilio en la calle Laforja, 107, Barcelona, y que perteneció a Salvador Fuster Cuadrat. Fueron veinte años de trabajo que solamente terminaron con la muerte de su propietario.

En una primera valoración, se trata de unos documentos menos personales que otros, ya que hacen referencia solamente al tráfico mercantil del taller, los pagos de impuestos, las facturas a clientes, los modelos TC 1 y 2 de pago de las cuotas de la Seguridad Social de sus trabajadores. Pero a la vez, por haber pertenecido a un empresario individual y no a una sociedad y por aparecer los nombres tanto de su esposa como de sus hijos, cobran una dimensión humana innegable. En todo caso, los objetos que rodean la carpeta de cartón roja que contiene los documentos debieron pertenecer a la casa del señor Fuster, en la calle Casanova, 17, 3º-2ª, Barcelona, pues no parecen los propios de un taller mecánico.

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Lo primero que hago es visitar las dos direcciones de las que he hablado, la calle Laforja, donde estaba el taller mecánico, y la calle Casanova, donde vivía la familia Fuster. Y me quedo completamente sorprendido al comprobar que Talleres Susqueda sigue abierto. Me presento al actual propietario, un hombre que rondará los sesenta años, y le explico el motivo de mi visita. Al parecer, el propietario actual es el tercero en la línea del tiempo. Me dice que, al poco de entrar en el local, encontró unos documentos de la época de Talleres Susqueda y se los llevó a la viuda de Fuster. Sería realmente curioso que fueran los papeles que, mucho después, fueron a parar a los Encantes y que yo compré. Unos documentos olvidados regresan a sus dueños, primero, gracias al tercer propietario del negocio, y luego, quién sabe, gracias a mi intervención. Me dice también que no llegó a conocer a Fuster, ya había muerto cuando él se hizo con el negocio. Le pido que me deje hacer fotos del interior (las del exterior las he hecho antes de entrar sin que se entere) pero no me da su permiso, ya que el local lo tiene en traspaso y no quiere que se vea su lamentable aspecto. Y es cierto, parece que nunca se ha reformado, me lo imagino igual que en los tiempos de Fuster, allá por 1967, cuando empezó la actividad. Más de cuarenta años después tiene un aspecto sucio y decrépito, está claro que la vida del negocio toca a su fin

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El paseo me lleva hasta el otro de los objetivos del día, el número 17 de la calle Casanova, donde viven, o vivían, Salvador Fuster Cuadrat y su esposa, Rosa Obregón Muñiz. Se trata de un edificio que parece abandonado. En el portón de entrada, de madera vieja, hay una pequeña puerta de aluminio que apenas dejaría pasar a una persona muy baja sin agacharse. No hay portero automático, no hay timbres a los que llamar. En el local de la izquierda hay unas pintadas. Entro en el bar que hay en el otro local y me entero que el edificio fue desalojado hace poco de los ocupas que lo habitaban. Hubo un gran revuelo y el asunto salió en la prensa.

Así que al regresar a casa busco en internet y encuentro unas cuantas entradas. Al parecer, en el edificio ocupado se fundó la que actualmente se llama Universidad Libre La Rimaia, en donde se daban algunas clases, había una biblioteca popular con tres mil libros y salas de reuniones. Unas diez personas vivían entre los pisos 2º y 3º. La convivencia entre los ocupas y la gente del barrio había sido correcta. Pero hace unos días los mossos d’escuadra procedieron a su desalojo sin que se verificaran enfrentamientos dada la actitud pacífica de los ocupas, que inmediatamente se trasladaron a otro edificio vacío, en Gran Vía, 550, muy cerca de Casanova, 17, para seguir con su experimento de universidad libre.

Lo realmente singular es que en el inmueble se mantenía una sola inquilina, la última de todos los que hubo, y que dicha inquilina llevaba dos años ingresada pero que seguía pagando el alquiler de renta antigua por si su dolencia se curaba y podía regresara al piso. Lo cierto es que esa inquilina murió recientemente, circunstancia aprovechada por la dueña de la finca para instar el desalojo. No sé si será así, pero quiero imaginar que Rosa Obregón Muñiz, la esposa de Salvador Fuster Cuadrat, la que recibió los documentos de su marido de manos del propietario actual del taller de la calle Laforja, fue esa última propietaria que, con su muerte, originó dos movimientos ajenos a su voluntad y en verdad singulares: el desalojo del centro ocupa La Rimaia, con su correspondiente repercusión en la prensa y la nueva ocupación del edificio de Gran Vía, 550; y la venta de sus pertenencias en los Encantes, momento en el que entro yo en escena comprando la carpeta roja de documentos de Talleres Susqueda para terminar apareciendo un día por Casanova, 17.

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Para seguir avanzando en esta reconstrucción, creo que llega el momento de enviar mensajes de correo electrónico a Salvador y José Manuel Fuster Obregón, los hijos de Salvador y Rosa, médicos y profesores de la Universidad de Barcelona, de los que bien pronto obtengo datos en la red. Quizá sea bueno enviar un primer mensaje algo misterioso, que despierte la curiosidad, para revelar en el segundo las razones de mi investigación. Probaré primero con uno de ellos, Salvador.

Señor Salvador Fuster Obregón:

Obtengo su e-mail por internet.

Permítame que le haga una pregunta: ¿es usted hijo de Salvador Fuster Cuadrat y Rosa Obregón Muñiz?

Si lo es, me gustaría hablar con usted respecto a una documentación de sus padres que he encontrado.

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Recibo su respuesta ese mismo día:

Muchas gracias por su interés. Dígame su número de teléfono de contacto y con mucho gusto le llamaré.

Procedo, entonces, a explicarme algo más en el siguiente correo, a la vez que le facilito mi teléfono:

Señor Fuster:

Habiendo ya comprobado que es usted la persona que suponía, permítame que le explique algo más detenidamente el asunto que me ocupa.

Hace unos días compré una carpeta con los papeles de un pequeño negocio de la ciudad, Talleres Susqueda, que regentó su padre entre 1967 y el año de su muerte. Gracias a esos papeles he podido dar con usted, escribirle el correo anterior y este que está leyendo.

Como ya he hecho en otras ocasiones con otros lotes de fotografías y documentos, mi propósito es escribir lo que llamo “reconstrucciones”, basadas en hechos reales, describiendo, en este caso, la vida del taller de su padre, que pude visitar esta misma semana y que todavía permanece en activo. Toda la actividad de búsqueda pasa a engrosar la reconstrucción, como la visita que hice a la calle Casanova, 17, donde vivían sus padres, que ha resultado ser un edificio ocupado y que alojaba una llamada Universidad Libre La Rimaia. También estos correos que le mando pasan a la reconstrucción, que de alguna manera crece conforme nuevos sucesos van aconteciendo.

Mi propósito sería devolverle, si usted lo desea, los documentos de su familia, a la vez que le pediría su colaboración en mi proyecto. Usted podría rellenar algunas lagunas de mi investigación, aportando su valioso testimonio, siempre que lo desee. Por otro lado, dejaría en sus manos la decisión final sobre el contenido de mi reconstrucción, que solo con su aprobación verá la luz. Es por eso que si lo desea le puedo hacer llegar una copia de lo escrito hasta la fecha, para que se forme una opinión más exacta sobre mi proyecto.

Espero que mis palabras hayan sido suficientemente explícitas. Quedo a su disposición para cuanto desee.

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Y esa misma mañana me contesta, lo que alimenta las posibilidades de terminar esta reconstrucción:

Sr. Cardiel.

Estuve consultando su web y le agradezco el interés. Trabajo en la clínica Corachán y si lo desea puede dejar allí la documentación a mi nombre. Las señoritas de recepción me lo entregarán.

De momento, me acerco a la clínica Corachán para dejar a la atención de Salvador Fuster el sobre con la reconstrucción Talleres Susqueda tal y como está. Días después, voy hasta el Hospital Clínic para entrevistarme con Salvador, quien, tras leer mi texto, ha accedido a concederme una entrevista.  Salvador me espera, nos saludamos y nos instalamos en una sala de reuniones. Tiene cincuenta y cuatro años y el cabello blanco. Después de las presentaciones y de las explicaciones que le doy sobre mi proyecto, comienza la charla. De nuevo la impresión, al menos por mi parte, no puede ser mejor, tanto por el recibimiento, como por la valoración que hace de mi trabajo y las explicaciones que me da de la vida de sus padres. Estos momentos de contacto humano están revalorizando estas Reconstrucciones, quizá, al fin y al cabo, sean su misma esencia.

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ANTONIO: Salvador, para empezar me gustaría que me contaras algo de la historia de tu padre, Salvador Fuster Cuadrat.

SALVADOR: Soy un poco desastre para las fechas… Creo que mi padre nació en torno a 1925. Recuerdo que mi padre decía que en la Guerra Civil iba a buscar sacos de comida al puerto y que tenía, entonces, once años. Su padre, mi abuelo, tenía un taller de planchistería de automóvil, y era una época que este tema del automóvil, para la gente que buscaba una salida profesional, debía ser algo interesante, era algo novedoso. Mi abuelo debió ser un artesano, los tiempos eran diferentes y se reconstruían los golpes de los coches manualmente. Por eso mi padre, desde siempre, se formó en esta rama, incluso se fue a Valladolid a hacer un curso de mecánica de Renault. Llegó a ser jefe de un taller de Renault, uno de los más importantes de Barcelona, y era especialista en esta marca. Cuando consideró que ya tenía suficiente experiencia y teniendo en cuenta su carácter independiente, prefirió establecerse por su cuenta y no tener que depender de nadie. El nombre de su negocio, Talleres Susqueda, lo sacó de su amor por Cataluña. Todos los fines de semana íbamos de excursión a Rupit o a Camprodón, a Setcases o a Prades, íbamos a hacer visitas a las zonas más emblemáticas de esta tierra. Mi padre de joven formó parte de un grupo de coros y danzas e iban por esos pueblos a tocar sardanas y coplas. Él era muy catalanista, muy apegado a su tierra. En una de aquellas visitas fuimos al pantano de Sau-Susqueda y le encantó el nombre. Había una foto muy bonita en sepia del pantano de Susqueda presidiendo el taller.

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ANTONIO: ¿Y tu madre?

SALVADOR: Mi madre se llamaba Rosa, ha muerto este año y de ahí ha venido toda esta historia. Nació en Santander pero vino a Cataluña desde muy pequeña, siempre vivió en un pueblecito, en donde yo vivo ahora, en Llavaneras. Yo me siento muy de aquí, yo nací en la calle Portaferrisa, a doscientos metros de la catedral de Barcelona. En aquella época ya no se nacía en casa, pero mi madre, con otro hijo a cargo, no tuvo ocurrencia mejor que parir en su casa, en un parto un tanto complicado que estuvo a punto de costarme la vida. Luego, de la calle Portaferrisa nos fuimos a vivir a la calle Casanova. Pero mi madre vivió toda su juventud en Llavaneras.

ANTONIO: Del taller ya me has comentado que tu padre lo montó después de su paso por otras empresas del sector, creo que fue en 1967.

SALVADOR: Yo tenía diez años y recuerdo que allí, en la calle Laforja, había una empresa textil. Había un altillo arriba con claraboyas que se utilizaba como vivienda, pero eso se derribó. Recuerdo que mi padre me advertía que no las pisara, ya que el local tenía en ese punto una altura de seis metros. Cuando entró ya no estaban los telares pero sí había lanzaderas de madera, las piezas del telar que salen disparadas con el hilo a una velocidad tremenda. También recuerdo que había en la pared un recorte de periódico en cierto modo premonitorio para los dueños del local, que debieron ver venir el final de su negocio, y era la gran noticia de la fabricación de la primera lanzadera de metal, y ellos trabajaban con lanzaderas de madera. El papel estaba amarillento, debía llevar unos años, ellos debieron pensar que su negocio se acababa con las nuevas lanzaderas de metal, les debió ser imposible seguir trabajando con el tipo de telar que tenían en el taller.

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ANTONIO: ¿Recuerdas algún detalle más relacionado con el taller?

SALVADOR: Me acuerdo muy bien que puso unos bancos de trabajo y unos paneles con todas las herramientas de su oficio colgadas de la pared, fue algo que en su momento costó mucho dinero, las herramientas eran buenas, y todas puestas en la pared, realmente, daba gusto verlas. Fíjate que yo en casa también tengo un panel de herramientas e intento tenerlas tan ordenadas como las tenía mi padre.

ANTONIO: De los empleados que pasaron por allí, ¿te acuerdas de alguno?

SALVADOR: Sí. Al principio había un trabajador bastante espabilado y la relación que tenía con mi padre se podría definir como paterno filial. Hubo un momento en que le pidió a mi padre un aumento de sueldo que mi padre no pudo satisfacer, por lo que dejó el taller. Recuerdo que mi padre vino a casa diciendo que le había tocado la lotería, pues en el taller había descendido el ritmo de trabajo y era previsible que tuviera que echarlo, con los problemas que eso conllevaría de indemnizaciones. El más joven, el último que se quedó hasta el final, Alejandro Cortés, llegó de aprendiz y fue cambiando de categoría, oficial de segunda, luego, oficial de primera.

ANTONIO: ¿Tú padre trabajó en una compañía de seguros? Te lo digo porque entre la documentación apareció un certificado de retenciones de una empresa del sector.

SALVADOR: Bueno, él era agente libre. Como él tenía muchos clientes, les ofrecía los seguros. Incluso lo hizo conmigo. El primer coche que tuve me lo regaló él, un SEAT 850 rojo, precioso, B-692.222 era la matrícula, y que costó en aquel momento cuarenta mil pesetas, era de un cliente que se lo quitaba y, como estaba bien, me lo regaló a mí. Eso debió ser en 1974, cuando yo cumplí dieciocho años. Al cabo de un tiempo lo cambié por un SEAT Panda, que fue el primer coche que me compré y que me vendió mi padre. A veces los clientes le decían a mi padre que se querían cambiar el coche y si estaba bien el viejo lo compraba él, también les acompañaba a comprar uno nuevo en los concesionarios, como agente comercial libre, y se ganaba sus comisiones, igual que pasaba con los seguros. El Panda aquel me costó trescientas cincuenta mil pesetas y mi padre no me cobró las comisiones que sí cobraba a sus clientes.

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ANTONIO: Aparece entre los papeles la matrícula de un coche de tu padre, un B-3045-W. ¿Recuerdas ese coche?

SALVADOR: Ese fue el primer coche que nos compramos nuevo, no de segunda mano. Era un R8 de color verde oscuro, muy bonito también. La gente entonces buscaba coches buenos, no es como ahora, era un coche que llevaba mucho tiempo en el mercado, que había salido bien. El primero fue un B-459.268, era un R8 también, de segunda mano y de color blanco hueso, muy bonito.

ANTONIO: Por todo lo que llevamos hablado, imagino que a tu padre le fue muy bien el negocio.

SALVADOR: No, no te creas. No éramos una familia con grandes posibilidades económicas, ni mucho menos, mi padre era un pequeño industrial, por decir algo, era una persona con un oficio que en lugar de estar trabajando a sueldo en un taller de Renault durante toda su vida, pues decidió poner su pequeño negocio. Se vivía sin estrecheces pero también sin dispendios. Entones tenías un coche y te duraba, ese coche duró muchos años y se cambió por un R7. Cuando murió mi padre el R7 estaba muy bien, como coche de un mecánico que había sido, y recuerdo que se lo quedó mi tío y estuvo funcionando muchos años.

ANTONIO: Tu padre murió muy joven.

SALVADOR: Murió con sesenta y uno, de un cáncer de páncreas. Lo diagnosticó mi hermano, que es oncólogo. Yo me dedico a la cirugía ortopédica, soy especialista en cirugía de columna. Murió en el año 1985, yo estaba de guardia en Bellvitge, me acuerdo que me llamó mi madre para decirme que mi padre había muerto. El desenlace fue muy rápido, se diagnosticó en Semana Santa y murió dos o tres días antes de Navidad. Está enterrado en el cementerio de San Andrés.

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ANTONIO: ¿Recuerdas algo del cierre del taller?

SALVADOR: Lo del cierre del taller fue un error por desconocimiento. Nosotros no sabíamos cómo se hacían estas cosas. El trabajo que tenemos es tan absorbente y nos ocupa tanto tiempo que aquello lo mal llevamos. En aquel entonces debíamos haber cerrado el negocio por la enfermedad terminal de mi padre, pero nos sabía mal por el trabajador, por Alejandro, lo intentamos mantener para traspasarlo como negocio abierto y eso no salió bien. Se perdió dinero porque se acabó traspasando por mucho menos dinero del que nos habían dicho. Luego resultó que los que venían no valoraban igual las cosas, las herramientas no valían nada, según ellos, todo era para tirar. Allí lo que realmente se traspasaba era un contrato de alquiler muy bueno, el local valía doce mil pesetas al mes, debía tener unos ochocientos metros cuadrados, muy bien situado… Al querer traspasarlo como negocio en funcionamiento resultó que los últimos meses se perdía dinero. Al final se traspasó en 1986. Creo que mi padre llegó a hablar con los nuevos dueños antes de morir. No le habíamos dicho que se iba a morir rápidamente del cáncer, pero algo intuía, de alguna manera era consciente de su enfermedad e intentó traspasar ya el negocio. El traspaso finalmente se hizo pero por mucho menos dinero del que se había previsto, y se acabó traspasando el alquiler, ya que el negocio prácticamente no funcionaba.

ANTONIO: Hay una cosa muy curiosa que quiero corroborar contigo. Cuando hablé con el propietario del taller me dijo que, al instalarse, encontró una carpeta con documentos de Talleres Susqueda, y que la recogió y se la llevó a tu madre. No sé si es la misma que encontré en los Encantes, pero a mí esto me pareció muy singular, las vueltas que dan los papeles, cómo se quedan en el local, cómo los recoge el propietario actual y se los lleva a tu madre, cómo vuelven a salir del domicilio familiar para llegar a los Encantes y a mis manos y otra vez a la familia, después de dar tantas vueltas.

SALVADOR: Es cierto… El caso es que allí había mucha más documentación, por ejemplo, libretas de contabilidad que llevaba mi padre, de las cuales he conservado una como recuerdo. Libretas escritas a mano de la primera página hasta la última, una por año, con sus correspondientes entradas diarias, los gastos y los cobros, las sumas y las restas, todo escrito con la letra preciosa que tenía mi padre, y unos números también muy bonitos. A mí me hubiera encantado escribir como lo hacía él, tenía una gran facilidad. Le gustaba pintar, él hacía dibujos cuando era más joven, yo tengo alguno en casa, que ahora he enmarcado al deshacer el piso de mi madre… Tiré muchas libretas y guardé una, me hacía gracia conservarla, el papel quedaba casi troquelado por la fuerza que hacía al escribir, de hecho pasas la mano por encima y se pueden palpar las letras y los números. Claro, y toda esta documentación se tiró, es normal, quién puede guardar todo eso…

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ANTONIO: Salvador, otra cosa, yo, en el relato que has leído, especulo con la muerte de tu madre como última inquilina del edificio de Casanova, 17. ¿Fue ella la última, la que ocasionó todo aquello de los ocupas, el desalojo que salió en la prensa?

SALVADOR: Bueno, este asunto sí que fue curioso. Mi madre, como todas las personas mayores, tenía sus temas, de los que siempre hablaba. Nosotros vivíamos en el 3º 2ª. Esa finca, cuando yo era pequeño, la compró entera un hombre de unos treinta años, soltero, calvo, desgarbado, huraño, con poca gracia personal. Mi madre siempre decía que era gente de mucho dinero pero que a la vez no gastaban, que vestían mal, que eran tacaños y agarrados. Por lo visto compraron todo el edificio para invertir. Tú ya sabes que entonces los alquileres eran muy bajos, y claro, nunca se hicieron arreglos en la casa. Luego llegó la ley Boyer, subieron algo los alquileres, pero siguieron sin hacer reparaciones. Entonces, aparecieron las goteras en nuestra casa, que era el último piso, y empezaron también las demandas a Industria, a Vivienda, al Ayuntamiento de Barcelona, siempre estaban peleados. El propietario mandaba a un albañil que hacía una chapuza y seguía cayendo agua. Bueno, fue su lucha de los últimos años contra este hombre. La verdad es que ese hombre y mi madre tenían una guerra sin cuartel. Al final, mi madre quedó como la última inquilina. Mi madre discutía con él, él le quitaba una bombilla de la escalera o le ponía una de veinte vatios para que no viera al subir hasta el tercer piso… Mi tío fue un día a ver a aquel hombre y consiguió amedrentarlo… Hace poco, este hombre, que era mucho más joven que mi madre, murió con sesenta años, multimillonario a pesar de su aspecto dejado. Y mi madre estaba muy contenta de haberle sobrevivido. Le llamaron de la administración de fincas como última propietaria, ella pidió una cantidad, pero acabó en nada. Mi madre ya no vivía allí, nosotros le habíamos comprado un piso porque ya no podía subir las escaleras. Pero no quiso dejar el piso para fastidiar al otro. Y le sobrevivió y estaba muy feliz de eso. Luego, una sobrina heredó la finca entera. En cuanto mi madre dejó el piso aparecieron los ocupas y se instalaron allí. Yo recuerdo que los ocupas, muy educados, llamaron para decir que sabían que el piso seguía siendo de mi madre, ellos no tenían intención de ocuparlo, se conformaban con el resto, dijeron que podíamos ir siempre que quisiéramos, entrar, salir, sin sentirnos amenazados. Habían organizado allí una universidad de barrio, talleres de informática con los ordenadores que recogían… Yo el día que fui a cerrar el piso de mi madre entré y pasé por los pisos, estaban todas las puertas abiertas…

ANTONIO: Pero la documentación de tu madre, ¿sale de este piso de Casanova o del nuevo?

SALVADOR: Sale de la calle Casanova. Yo recuperé todas las cosas que me interesaban, pero dejé muchas otras allí, libros viejos, sin valor, del Círculo de Lectores, que compraba mi madre, trabajos de la escuela, documentos de mi padre y de mi madre… Todo esto se tiró y me imagino que llegó todo a los Encantes, incluida la carpeta con los papeles del taller.