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Yo, Antonio Garrido, nací el 30 de septiembre de 1912 en Carrión de los Condes, provincia de Palencia. Puede decirse que mi vida tuvo tres partes bien definidas. La primera, la infancia y la adolescencia, que transcurrió en mi tierra natal antes de la guerra civil española y sus miserias. La segunda, la más dichosa sin ningún género de duda, la que transcurrió en Cuba entre 1933 y 1961 al borde de una piscina de agua tibia y acompañado de mi mujer, Mary, mi hermano, Severo, y su esposa, Dulce. Y la tercera, ya de regreso a España, desde 1961, un tiempo de añoranza continua y de sinsabores, de privaciones y frío, yo que fui un enamorado de la luz y del calor, yo que viví casi treinta años, los más dichosos de mi vida, en la isla de Cuba, a una temperatura media de veinticuatro grados. Y es que la vida en la España de aquellos años, y especialmente en el norte de Castilla, era muy dura y las oportunidades para dos muchachos muy escasas. ¿Qué podíamos hacer sino probar fortuna en América, la mítica América que a tantos otros había enriquecido? No teníamos nada, unos magros ahorros para pagarnos el pasaje y permitirnos sobrevivir los primeros meses en La Habana, pero sí mucha ilusión por comenzar de nuevo y el apoyo que nos dábamos el uno al otro.

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Desembarcamos en La Habana un 23 de mayo, un día esplendoroso. Todo olía de una forma distinta, el aire, el puerto, el malecón, las calles de la ciudad vieja, las plantas tan exóticas, las mujeres que pasaban a nuestro lado, los vasos de ron que nos bebimos para celebrar nuestra llegada. Así transcurrieron nuestros primeros días en la isla, entre borracheras de celebración y los contactos con la gente, tan dispuesta a dejarse invitar, tan atenta siempre que sacaras tu dinero de la cartera. Después de unas semanas de incertidumbre, nos enteramos de que en el sur de la isla se vendían a buen precio terrenos dedicados al cultivo de la caña de azúcar. Dados nuestros antecedentes en Carrión de los Condes, la agricultura era quizá nuestra opción más adecuada, no en vano nos habíamos dedicado a cultivar y cuidar los campos de nuestra familia, algunos de ellos de remolacha azucarera. Por eso no fue difícil decidirse, el dinero se acababa y necesitábamos centrar nuestras vidas, así que nos fuimos en ferrocarril desde La Habana hasta Manzanillo e invertimos el resto de nuestros ahorros en cinco hectáreas de terreno cerca de Estrada Palma, no muy lejos de las primeras estribaciones de Sierra Maestra. Una buena tierra, fértil, llena de vida, las plantas crecían gracias al sol perenne de la isla y a su humedad, aquellas lluvias que caían con tanta intensidad, aquellos arroyuelos siempre cargados que bajaban de la sierra con un agua clara y pura.

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Sí, al principio fue duro, los primeros años, pero luego las cosas empezaron a salir bien, las cosechas no eran malas, los campesinos de los alrededores trabajaban casi denodadamente por un salario modesto, de tal manera que la explotación comenzó pronto a darnos beneficios. La caña de azúcar era un cultivo promovido por el gobierno. Y nosotros, para qué negarlo, empezábamos también a ganar dinero, lo que nos permitía seguir comprando tierras y ampliar nuestra hacienda, año tras año engrandecida. Tanto es así que hacia 1943 pudimos comprar la tercera parte de una fábrica de refinado de azúcar. Y el sol siempre sobre nuestras cabezas, el aire limpio que venía de la sierra, los bosques exuberantes, las excursiones que hacíamos en nuestro Osmibile a la costa, a Manzanillo, a Bayamo, a Holguín, a Santiago de Cuba para beber y emborracharnos en sus tascas, aquellas juergas que nunca terminaban, aquellos baños en el mar al amanecer, y las mujeres y sus cuerpos calientes junto a los nuestros. Todo tan caliente, tan humano, las risas a las tantas de la madrugada, las noches de amor en las camas de los hoteles con los ventiladores girando y girando, las botellas de ron, la sensación continua de felicidad, los habanos que encendíamos tan despreocupadamente. Cuánta añoranza.

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Entonces, en una de esas juergas que tanto nos gustaban, conocimos a las que poco después serían nuestras esposas, Mary, la mía, Dulce, la de Severo, unas criollas lindas de verdad, cariñosas, esas voces tan atractivas con sus acentos isleños, la manera de tocar, la manera de sentir, el sexo siempre como una explosión en aquellas noches en que nunca hacía frío y nosotros podíamos entregarnos a los juegos eróticos sobre el lecho, sin necesidad de taparnos, sin necesidad de tiritar, siempre desnudos sobre las sábanas. Dios mío, cómo añoro el cuerpo de Mary, allá por 1940, cuando la conocí y ella tenía veinte años, su mirada, su manera de hablar, su acento caribeño, sus reacciones ante mis caricias que parecían tan exageradas pero que eran tan naturales, y las borracheras que continuaron en la intimidad, ron y piscina y sábanas de lino bajo nuestros cuerpos, la estancia que construimos y que dividimos en dos viviendas tan confortables, allá, en medio de los campos de caña, junto a la exuberante vegetación y los arroyos, y el calor, y nuestros cuerpos sintiendo a cada segundo el placer de una vida privilegiada al borde de una piscina que permanecía llena todo el año, en enero y en agosto, en abril y en octubre, y en la que nos bañábamos a diario, también alguna noche de calor intenso y borrachera desatada, con una copa de ron helado en la mano y la salud rebosando por los poros de la piel.

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Es verdad que nuestra vida era así, día tras día, pues solamente dedicábamos al trabajo la mañana, cuando recorríamos nuestros campos a caballo y ordenábamos a los capataces las tareas por hacer. Después comíamos en el porche los cuatro juntos antes de una siesta sensual y reparadora, y luego nos bañábamos, al atardecer, el sol directamente sobre nuestra carne, y los vasos de ron por la noche, al borde de la piscina. Así era y, a veces, casi me arrepiento de mi fortuna en Cuba, pues ahora la añoranza se hace insufrible y todos los placeres vividos y acumulados hacen de la soledad helada, en esta dura tierra castellana, un suplicio más difícil si cabe de llevar. Y así transcurrieron los años, entre placeres sencillos pero diarios, caricias, risas, buenas borracheras de ron añejo, el sol siempre en su cenit. Con una parte de los beneficios de nuestra hacienda nos permitimos el lujo de comprar una barca que había pertenecido a un potentado local y que nos permitió hacer aquellos maravillosos viajes navegando por la isla, el puro vergel, el jardín del edén. Viajamos hasta Santiago de Cuba y sus hoteles, que conocimos bien, a los cayos y sus aguas cristalinas, a todos los rincones de la costa de Cuba, los Jardines de la Reina, la Isla de la Juventud, los Cayos de San Felipe. El paisaje maravillosamente verde de Cuba visto desde la costa, navegando por aquellas aguas cristalinas, es una de las maravillas del planeta. El cuerpo vibraba con el motor y el balanceo de las olas, el sol dorando nuestros cuerpos medio desnudos, y las risas de Mary y de Dulce, y la expectación cuando nos disponíamos a atracar en los puertos estratégicamente situados por toda la isla.

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Pero las cosas no iban a durar siempre, por desgracia. En diciembre de 1956 nos enteramos de que un disidente llamado Fidel Castro había desembarcado, junto a ochenta y dos estudiantes y exiliados procedentes de Méjico, en la costa oriental de la isla, cerca de Manzanillo, muy cerca de donde nosotros teníamos nuestra estancia y nuestros campos de caña. La cosa no pasó de un simple susto, las tropas gubernamentales al servicio de Fulgencio Batista consiguieron reprimir el ataque y los revolucionarios tuvieron que refugiarse en las selvas casi impenetrables de Sierra Maestra, tan cerca, como digo, de nuestra casa. Al principio no se dio mucha importancia al hecho, unos cuantos forajidos perdidos en los bosques. Es cierto que había que tomar precauciones en los desplazamientos por la zona, pero nada más, nadie había tenido problemas serios y parecía que las cosas volverían, poco a poco, a la normalidad. Más tarde, el 6 de marzo de 1958, los revolucionarios asaltaron la ciudad de Estrada Palma y llegaron hasta nuestra hacienda, donde requisaron cuanto les hacía falta, aunque, la verdad sea dicha, nada nos hicieron a nosotros ni a nuestras mujeres. Del resto de la historia no hace falta decir mucho más. La guerrilla de Castro se afianzó en el sur de Cuba y poco a poco fue conquistando territorio hasta que el día 1º de enero de 1959 Batista se vio obligado a abandonar el país y a refugiarse en los Estados Unidos de Norteamérica.

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Nosotros podíamos comprender las razones de Castro y sus compinches, era cierto que Batista era un dictador que ajusticiaba a sus opositores, que gobernaba a golpe de decreto favoreciendo los intereses de la oligarquía y de los industriales americanos, pero también es cierto que lo que en un principio parecía un cambio de régimen para detener los abusos se fue convirtiendo en otra dictadura, esta si cabe aún peor por ser de inspiración marxista. Atracamos definitivamente el barco en un hangar del puerto de Manzanillo, aunque fue requisado bien pronto por los revolucionarios. Nos absteníamos de hacer viajes por la región para no lucir nuestros autos, procurábamos dedicarnos a nuestros trabajos sin llamar la atención, colaborábamos en la medida de lo posible con las nuevas autoridades de la zona, nos sometíamos a su política de precios, intentábamos reprimir los comportamientos ostentosos, aunque los tragos de ron junto a la piscina y en la intimidad, en compañía de Mary, Dulce y Severo, no se terminaron todavía. El sol continuaba brillando y calentando nuestros cuerpos. La sangre seguía hirviendo en nuestras venas. Las noches tropicales sobre las sábanas de lino aún nos proporcionarían placer durante unos meses.

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Pero Fidel Castro y sus secuaces tenían muy claro su camino y no dudaron. Ya en 1960 se aprobó lo que ellos llamaron Reforma Agraria, que vino a transformar radicalmente el régimen de propiedad de la tierra cubana. El Estado expropió nuestras tierras, los campos de caña de azúcar de nuestra vida, la estancia en la que vivíamos porque la consideraron un anexo de producción, la fábrica en la que habíamos invertido nuestros ahorros, y la tierra fue entregada a los campesinos de la zona, los que antes eran nuestros jornaleros. Uno de los capataces, Lilo Infante, se comportó especialmente mal con nosotros, haciéndonos trabajar, en aquellas duras jornadas, de sol a sol bajo amenaza de denuncia. Aquel hombre había escalado puestos en la nueva administración local y quiso hacernos pagar con su violencia y su desconsideración los abusos que, según él, habíamos cometido nosotros con nuestros obreros. Lo más irritante de todo es que el acto protocolario de la firma de la nueva Ley de Reforma Agraria tuvo lugar en Niquero, un municipio al pie de Sierra Maestra, todo un símbolo para la revolución y una maldición para nosotros, ya que nuestra hacienda estaba a unos pocos kilómetros de Niquero, a unos pocos kilómetros de la sierra que sirvió de refugio a Castro los primeros meses de la revolución.

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Tuvimos que regresar a España, no nos quedó otra alternativa. La ley de Reforma Agraria nos impuso un plazo de noventa días para abandonar nuestras tierras, tres meses de angustia al borde de la piscina y el ron en la mano. Todavía hacía sol, y calor, y nuestros cuerpos gozaban de salud, y la piscina continuaba limpia y llena, pero la tristeza ante la evidencia de la pérdida del paraíso nos corroía. ¿Qué hacer? ¿Convertirnos en simples campesinos o regresar a España? La expropiación conllevaba un justiprecio, es cierto, pero no tenía ningún valor real. Tanto la finca como la fábrica se tasaron teniendo en cuenta las declaraciones tributarias que habíamos hecho nosotros en 1958, no muy altas, por cierto, y ese precio se pagó con bonos del nuevo Estado comunista amortizables en treinta años y a un cuatro por ciento de interés. Papel mojado. Así que nuestro regreso a España, que fue la decisión que tomamos, se verificó en la más absoluta pobreza. Y en la más absoluta tristeza, pues nuestra vida en Cuba se nos antojaba mil veces mejor que la que pudiéramos reiniciar en España, en Castilla, sin piscina ni ron ni sol sobre nuestros cuerpos.

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¿Hicimos bien? ¿No hubiera sido mejor quedarse en Cuba, abrazar la revolución y las doctrinas de Castro, ceder de buen grado nuestros bienes, sin rechistar, convencidos de las ventajas de la revolución, convertirnos en simples campesinos que iban a cultivar una ínfima porción de las fincas que antes habíamos explotado como propietarios, seguir viviendo en Estrada Palma, en una casa modesta, una simple cabaña sin piscina ni automóviles ni barcos para navegar por la isla? ¿No hubiera sido mejor seguir en contacto con la naturaleza cubana, su clima milagroso, los arroyos limpios y siempre a rebosar como piscinas, y el ron tan barato, y el arroz como alimento principal de la nueva dieta más saludable, y el contacto con el cuerpo siempre desnudo de nuestras mujeres, sobre sábanas de tejido burdo, en esas noches tropicales que no requieren de mantas para cubrirse? ¿Hicimos bien en dejarlo todo y salir con lo puesto a bordo de un paquebote que nos dejaría, unos días después, en el puerto de Vigo, en recorrer en ferrocarril y autobús los kilómetros que nos separaban de Carrión de los Condes, en refugiarnos al amparo de nuestra familia con nuestras mujeres cubanas nunca acostumbradas al nuevo clima, al nuevo país, a la ausencia de una piscina siempre llena y de un vaso de ron en la mano?

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No, no hicimos bien, de eso nos dimos cuenta al poco tiempo de vivir en Carrión de los Condes, pero ya no había remedio para ese mal. Nuestras mujeres, Mary y Dulce, nunca se acomodaron a las rígidas costumbres de nuestra tierra, durante los duros años del franquismo, nunca encontraron su lugar en Carrión de los Condes, en el seno de nuestra familia, con las nuevas tareas asignadas. Mary murió en noviembre de 1968 de una neumonía, no pudo soportar su nueva vida helada. Y mi vida, desde entonces, se convirtió en una añoranza continua de su cuerpo, una añoranza del calor, de Cuba, de los rayos del sol sobre la piel junto a la piscina, cuando el aire acariciaba los cabellos y uno se sentía vivo de verdad, vivo y sano y dichoso. Cómo desearía que ella volviera a la vida aunque solo fuera por un día, veinticuatro horas de prórroga en Cuba, por supuesto, siempre al sol, siempre al borde de una piscina y con un vaso de ron en la mano, y la ebriedad, y las palabras, y el contacto con su cuerpo sobre unas sábanas de lino y las ventanas abiertas a la noche caribeña.