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INSECTOS EN EL VÉNETO.

 

Mirar lo que uno no miraría, escuchar lo que no oiría, estar atento a lo banal, a lo ordinario, a lo infraordinario. Negar la jerarquía ideal que va desde lo crucial hasta lo anecdótico, porque no existe lo anecdótico, sino culturas dominantes que nos exilian de nosotros mismos y de los otros, una pérdida de sentido que no es tan sólo una siesta de la conciencia, sino un declive de la existencia.

Estética de la desaparición.

Paul Virilio

 

Esta es la cita que encabeza mi libro “Insectos en el Véneto”, editado en 1993. El viaje que le dio origen lo hice en septiembre de 1991. Entonces, se cumple el 25º aniversario de una experiencia extraordinaria que quiero traer a este blog con la edición de unos parágrafos de muestra acompañados con las pocas fotografías de mí mismo que quedan de aquel viaje. Al tratarse de una experiencia real documentada con imágenes reales, la encuadro en el apartado de Foto-acciones. Al final, incorporo un párrafo, “¿Qué es viajar?”, que no salió en la edición original.

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Exposición de los Celtas.

Me encuentro sentado en el vestíbulo del palacio que cobija la muestra de artesanía celta. La he recorrido con presteza porque deseaba, entre otras cosas, tomar notas acerca de lo visto, de lo percibido, de lo escuchado. Este es un montaje mercantil que, a buen seguro, recaudará ingentes fortunas en su peregrinaje por las diversas capitales de Europa. Mucho público admirado. Pero esas lujosas vitrinas, estas urnas milimétricas de cristal, podrían contener infinidad de piezas de civilizaciones distintas, de cualquier ámbito geográfico, de cualquier cultura. Recuerdo el Museo Arqueológico de Teruel y pienso que sus colecciones, colocadas en los cilindros, en la cámara oscura, tras las lentes deformadoras, también adquirirían perspectivas insólitas, sugerentes, reveladoras. Las lupas mostrarían el trabajo de los artesanos fallecidos. Colocad los restos arqueológicos en envoltorios de lujo, voltead las campanas de la propaganda, expandid la noticia desde los oráculos de la comunicación y tendréis garantizada la rentabilidad de vuestro proyecto. En el vestíbulo, tomando notas. En este preciso instante. Llegan los demás, uno a uno, y se sientan a mi alrededor. Los momentos de escritura están revalorizando el viaje. Tengo la impresión de que correré por las salas de los museos para recogerme en este cuaderno y comentar, con caligrafía ágil, que acabo de correr por pasillos recargados de cuadros, que me encuentro escribiendo, escribiendo bajo la mirada de mis acompañantes, de los demás hombres y mujeres que por aquí pululan, y que no me importan sus juicios, sus opiniones. Es más, casi me hace falta que me señalen para anotar que me señalan, ahora, ese, todos, siempre, se acabaron los tiempos en los que trabajaba a escondidas y cerraba las persianas y recluía mis escritos en las carpetas, en los armarios, cien candados salvaguardando. Demoleré las paredes de mi cuarto de trabajo, saldré a la calle para vagar, como hago aquí entre palacios, por los arrabales de cualquier ciudad, entre escombreras y pistas de tierra.

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Fotografías 1.

 

Miles de cámaras fotográficas y de video retratan, recogen, coleccionan las vistas del lugar. Millones de versiones diferentes de una plaza, de sus construcciones, de su pavimento hollado por los mismos pies, año tras año. Reunirlas todas, las anteriores, las actuales, las posteriores, y ofrecer sobre el inmenso solar una visión calidoscópica y mareante, retazos del tiempo que se congregan y que son incapaces de aproximarse a una versión de los días. Se deberían prohibir o confiscar todas esas máquinas infernales y aconsejar a los ávidos el uso del cerebro individual, perfecta habitación oscura que atrapa los colores, los olores y los volúmenes, los insignificantes gestos y las palabras, el movimiento de las piernas, las sombras de las galerías, las gotas de sudor que trazan surcos sobre las caras. Tan personal e intransferible, no existe colección de instantáneas tan rica como la que cada uno conserva en su zona gris. Y alguien posa entre cientos de personas que posan y sonríen ante el majestuoso telón de fondo, con las palomas sobrevolando las manos y la vida en una pausa, con el corazón detenido y la respiración seccionada durante ese lapso durante el cual el fotógrafo, calculando, ejercita su equilibrio. Y me acerco y, bromeando, enfoco y tomo retratos de gentes que posan para sus amigos, para el auxiliar que dispara por requerimiento, gentes que regalan su figura a la cartulina que poseerán y que no se perturban cuando les apunto. El acoso paranoide del turista no da resultado. Nadie se alarma. Repetidas imágenes de uno mismo a lo largo de la vida, en los álbumes, no producen extrañeza. Las cámaras en medio de la plaza, amontonadas en la pira imprescindible. El fuego retratado. Sin quererlo formaré parte de millones de recuerdos fotográficos diseminados por el mundo, en Japón, en Suecia, en el norte, en los hogares de los afortunados turistas que conservan las imágenes como los trofeos de caza de estas partidas modernas. Al fondo del encuadre, a un lado, diminuto, el muchacho desconocido que paseaba por Venecia, tan inmóvil, se diría que va a comenzar a caminar independiente, mientras los protagonistas siguen impasibles en su postura centenaria. Veo la cara del observador, del propietario, tras el vidrio de aumento, ahora, repara en mí, un cruce, espero que se aperciba de mi grito de encarcelado, la lupa, los objetos que adornan la estancia, el aparador, qué país. Oscuridad cuando cierra las tapas de su álbum. Una pulsera, el brazo completo, el sombrero de paja de Italia, gafas de sol, rectitud, manos que explican, rostros desde el Palacio Ducal, los tirantes, dedos derramados, piernas desnudas de chiquillos en pantalones cortos, el cabezón en primer plano, carne con la piel en su sitio, cámaras fotográficas descansando entre los senos, así, así deberían permanecer siempre, entre la muchedumbre inane. Los campos focales de todas las máquinas dibujan una nueva realidad bastarda, en el solar descrito, bajo el sol. Rayos luminosos, armas que se disparan prolijamente. Ladrones de momentos, terroristas que atacan sin reparar en las víctimas que pasan por el lugar del atentado. Sensación de que, cuando camino por detrás de los que posan, y esto ocurre segundo a segundo, las máquinas me absorben, me succionan, me secuestran y me retienen en el negativo, en la cartulina, detrás del plástico, encerrado en el libro, entre otros libros, en los estantes de un armario clausurado, en el edificio de viviendas de un país ignoto.

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El vaporetto.

 

Viajes largos. Seguiría horas y horas por una Venecia que se estira a lo largo del océano y que no tiene fin, ninguno. El Canal Grande se muerde la cola y el carrusel prosigue su marcha, sin detenerse, por la noche también, en invierno. Lentitud en las curvas, que se hicieron precisamente para ignorar lo vertiginoso. La ciudad renuncia a cambiarse de fachada. Por el día, siempre, como si mi percepción fuera la de todos los viajeros pasados, la de aquellos que nunca vinieron. Menos mal que el motor hace ruido, sobre todo cuando se invierte. De otro modo tendría la sensación de ser un espectro indefinido, un personaje del sueño de un advenedizo, el héroe del relato no escrito. Ruido. Vibración. Y se superponen en mi plaza de proa todos los que quedaron cautivados por la sinuosidad. La curva. El viaje es largo y quien afirme que el tiempo corre, en este lugar o en otros, miente.

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De espaldas…

 

De espaldas a la villa Barbero, en Maser. Estatuas en el paseo de entrada, formación simétrica. Mato, sin pensarlo, a un pequeño insecto, un gesto más deleznable que incendiar la mansión entera, con sus frescos. Tolerar las picaduras, darles de comer, como hacen esas figuras de piedra que regalan alimento mineral. El campo, allí abajo. La gente se estará deslizando en el interior. Se oyen risas, las ventanas abiertas. No cabe duda de que el objeto de las zapatillas de trapo es provocar la hilaridad, y no evitar que se estropee el embaldosado. Qué amables. ¿Sentirán emoción al contemplar los frescos? Pobre de aquel nuevo ateo que ponga en entredicho la calidad de las obras. Sí, son espléndidas, a pesar de la dudosa utilidad, de su ligereza, de su ubicación en los aposentos de los expoliadores. Hablan a mi lado y el eco hace trabajar al otro oído, como en un sortilegio. Una carretera de automóviles cruza la hacienda por la mitad. Hay caras de piedra que se asoman en los muros, sobre los arcos de los aleros, bajo los palomares. Voltean las campanas en una torre cercana y el ruido se expande. Acaba de cruzar una ínfima araña delante de la punta de este bolígrafo, sobre el papal, estupendo. Y este detalle es más reseñable que todas las obras de Palladio y de Veronés juntas, personajes ya muertos, conciencias ya extinguidas. Como la araña. Queda en el cuaderno un surco de sus entrañas recién aplastadas.

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Los privilegiados leen noticias de guerra.

 

La Plaza de San Marcos es uno de los hervideros humanos más importantes, todos los días del año se dan cita miles de viajeros contenidos. La masa se extiende por los alrededores, taponando las callejas comerciales, saturando y poniendo en peligro la estabilidad de los puentes. Los gondoleros trabajan a destajo para cubrir el exceso de demanda. No es inusual verlos pasar deprisa, todo lo que permite la intrincada red de sus caminos. Es domingo y han acudido a la ciudad decenas de miles de italianos, familias enteras, grupos de amigos, para comer en las terrazas abarrotadas y asistir a la lenta procesión que entra en la Basílica. Ruido insistente de obturadores que se accionan, cientos de retratos con los mismos motivos, alimentando a las palomas, frente al pórtico, en las terrazas. Sin embargo, caminando unos minutos, accedemos a una plaza vacía. Un café. Tomamos asiento, congratulados por la tranquilidad del paraje. Los dueños nos sirven. Leemos la prensa. Es cierto, a juzgar por los titulares la guerra se recrudece, si es que un conflicto armado puede tener grados de terror. Mientras tanto, los privilegiados contemplamos cuadros en museos e iglesias y nos estorbamos en las plazas y saboreamos las cervezas colmadas de espuma, a pocos kilómetros del frente de batalla. Parece mentira que la frontera sea una línea imaginaria y que la fortuna de los hombres se parcele en los territorios de ignorada vecindad. ¿Combatir? ¿Leer? En cualquier momento cambian los papeles y la gente, obnubilada por el color de la ciudad, parece ignorarlo. Cuando llegue el conflicto ninguno podrá reprimir los aspavientos de dolor.

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Campo de santa Margarita.

 

Callejeamos con optimismo, más desenvueltos que nunca. Llevamos una semana en la ciudad y esto se nota. Al campo de Santa Margarita, por segunda vez, en donde nos encontramos como en casa. Es curioso, recuerdo que el primer día del viaje un individuo nos preguntó si sabíamos dónde se encontraba esta plaza. Toda una premonición. Tomamos tapas deliciosas a unos precios asequibles y razonables. En la terraza, junto al callejón, por donde cruzan los paseantes que nos miran mientras comemos y reímos. Sin duda, este barrio popular es el gran descubrimiento del viaje. Los parroquianos de dentro nos señalan con los ojos, españoles, dicen, nunca creí llevar tan claro, escrita en el porte, la nacionalidad. Ninguna queja para con esta gente amable. Dejamos propina, recogemos las gracias del propietario, un recuerdo auténtico e inmaterial para llevarse. ¿Para qué entrar en los comercios? Nos vamos, despacio, relajadamente, camino de la Plaza de Roma, para tomar el autobús.

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Una fiesta en el Ghetto.

 

Estas viviendas humildes y apelotonadas sugieren estrechas relaciones de vecindad, los unos al corriente de las manías y costumbres de los otros. Casas de colores obscuros que se comban, innumerables ventanas superpuestas, tablas verdes, sin más, que se utilizan para clausurar los espacios cerrados. Escuchamos el sonido de un violín, no sé por qué me represento a una mujer anciana, extremadamente gorda, que interpreta la débil canción compuesta en un lugar remoto. Al fondo, la plaza del ghetto nuevo de Venecia. Esperábamos encontrarla desierta, débiles bombillas y movimiento imperceptible de árboles. Pero se celebra el último día de la fiesta del Partido Democrático de Izquierda. Qué sorpresa. Cuánta algarabía. Otros, o yo mismo hace poco, hubieran dado la vuelta, aturdidos por la no confirmación de las secuencias aprendidas. Adelante. Entremos. A la derecha, en un escenario de orquesta, el músico polifacético distribuye sus miembros sobre el teclado y el micrófono, como un malabarista. Números en el panel. Mesas comunales de madera, bancos, chiringuitos que venden fritangas, carnes a la brasa, pescados, vino y cerveza. Pedimos raciones, un canje desenvuelto. Bebemos. Las viejas de al lado, encantadas, nos explican el juego y nos miran de vez en cuando, sonriendo. Confraternizamos lentamente con los italianos que utilizan la misma mesa, mientras jugamos a una suerte de lotería colectiva. Tómbola. Tombolino. Reímos y tachamos números en un ambiente inolvidable, quizá porque estamos en Venecia, en la judería, de vacaciones, rodeados de italianos, y todo nos parece irrepetible. La novedad nos encandila. Tan similar a las que se desarrollan en España, en occidente. Hubiera sido mejor intercambiar miembros corporales con los habitantes inaccesibles de otros lugares. O no. Borrachos que repiten los números, que se tambalean y hacen reír, el alcoholismo forma parte de las costumbres. Hablamos con los comensales, despacio, derribando barreras por ambas partes, bebiendo, ofreciendo nuestro licor. Gentío. Y me siento bien, en este mundo ajeno, tan idéntico. La judería permanece abierta, en contra de la definición tradicional de su espacio urbano. Nos mezclamos. En cualquier parte se reproducen las fiestas con este vigor ancestral. La música del ambidiestro. Colorido. Ruido múltiple, alimentos. He de reconocer que la vida sencilla, las curvas del pensamiento domeñadas, las líneas extendidas, es muy tolerable.

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Una cena compartida.

 

Cenamos en una terraza, junto a un canal menor. Sombrillas ridículas. El propietario nos atosiga con su verborrea, tan convencido de regentar un establecimiento dignísimo. No es para tanto. Y nos obsequia con unas gotas de vino dulce. Los insectos, espías de otras percepciones, intrusos enviados para registrar nuestros pasos, se acercan atraídos por el calor. Sensores perfectos. ¿Cómo nos verán? ¿Qué imágenes retransmitirán a los receptores ilocalizables? Picaduras en los tobillos, en un segundo, asombrosa versatilidad. Mi sangre vuela rumbo a las probetas de los laboratorios de tecnología ahumana. ¿Servirá de algo? La cerveza en la jarra, la jarra ocupa más espacio que la ración de comida, la comida desaparece en unos bocados. Líquido. Pequeña embriaguez. Hablamos plácidamente. Nos rascamos a la vez y bromeamos con el destino de nuestra sangre. Reímos rememorando los sucesos y callamos para escuchar el zumbido de las alas. Son amigos. Les regalamos sangre. El líquido se trasvasa, del recipiente al estómago, del estómago a las venas, de las venas a los insectos que caen, ahítos, sobre la cerveza que les sepulta. Los bebemos. La sustancia digerida pasa a sus congéneres. Reímos. Comprendemos. Nos gusta jugar a ceder esencia, a despojarnos del instinto de combate. Mercados ambulantes. No defendernos de aquellos que se comportan como nosotros. Debemos parar la vorágine del giro. Carnaza fresca a vuestra disposición, de verdad. ¿Qué es la supervivencia?

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Por la tarde.

 

Sobre las tablas que forman un embarcadero. La pareja llega en taxi, nos apartamos, allá van, bajo la diferencia de edad se esconden los enigmas. Sentados. Anochece. Tomaremos tapas en el campo de Santa Margarita, lugar ajeno al turismo en donde se solazan los venecianos. Veo el plano de la ciudad, aquí, el perímetro de las islas, el color azul de la laguna, el pez atravesado por el tracto intestinal. Se nutre en la estación, por el sedal llegan los visitantes. Hay rémoras junto al gran cetáceo, lugares de segundo orden en donde se depositan las sobras del alimento. Miríadas de microorganismos se agitan en las entrañas del monstruo envarado, malherido, el arpón en la médula. Delicia de putrefacción. Y hago caso a lo que me dice e interpreto, con otras palabras, su visión. Venecia sin zona metropolitana, sin ciudades dormitorio ni enlaces de carreteras, con las industrias y el continente en la bruma, unos kilómetros en la lejanía, parece rodeada de campos yertos, de mar infértil. Como aquellos pueblos sin bosques ni cauces fluviales que se individualizan en las mesetas.

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La siesta.

 

Volvemos a Marghera, acuciados por el hambre. Merendamos huevos fritos con panceta, ensalada, queso. Manjares sencillos y deliciosos que desaparecen. Limo. Antes de salir y de tomar el autobús, una siesta. Nos tumbamos. Los dos. Nos hundimos en el mismo pozo de abrazos y reconocimientos, las córneas transparentes, los poros festivos. No quería dormir, pero me doy cuenta de que el sueño se acerca, silbando cada vez más fuerte. Por el momento, ella dormida, nada mejor puedo hacer que dejarme vencer por esta sensación voluptuosa que se produce ahora mismo, mientras escribo que escribo. Definitivamente, me ha ganado la inmediatez. Me resisto, aunque sé que terminaré por dejar el rotulador azul sobre la mesilla de noche, marrón, claro, marrón. Letras negras en el futuro. O incoloras. Bostezo. ¿Cómo es posible que pierda la conciencia así, en unos minutos? Si me dijeran que no voy a despertar, quizás cedería igual de contento. Puede que algún sueño sorprendente sea digno de anotar. Ahora, la velocidad remite, la concentración se desvanece, podría anotar cualquier palabra, espejo, llanura, ruido, la velocidad remite, sí, la letra se torna ilegible, ilegible…

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Campiello de los Incurables.

 

Mira esta plaza, tan recoleta y alejada, en medio de Venecia y a la vez en el confín de este Universo. Es el Campiello de los Incurables. Hoy es sábado, sí, y las masas humanas que ocupan y saturan el centro de la ciudad parecen huir de estos rincones, por miedo, la paranoia vuela alto, quizá porque les aterra la enfermedad, la vejez incurable que todos transportamos, invariablemente. Sí, hoy es sábado y los turistas se dan cita, todos, en el mismo centímetro cuadrado, buscando el calor de la piel, renegando de los espacios vacantes en los que silba el viento y se hielan las espaldas. El Campiello de los Incurables. El nuestro. En el centro de Venecia, aquí mismo, en esta plaza que debería ser el punto de encuentro de todos los sanos, tan enfermos involuntariamente. Que cada uno ocupe su rincón perdido del planeta y se detenga a saborear su propia decrepitud, el licor de mayor solera.

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Canal de Giudecca.

 

Sobre un banco de piedra, sí, de piedra. Duro. Anochece. Tomaremos, de aquí a unas horas, tapas y cervezas en el campo de Santa Margarita. San Marcos de noche, de día. El último vaporetto, sí, el canal. Dormiremos profundamente. Envueltos en el sobresalto, despertaremos en la amnesia topográfica, en Venecia, o en nuestra ciudad, siempre destierro y sudor. Recorreremos mil trescientos kilómetros sin fijarnos en los detalles que se esconden detrás de las ciudades, sí, aunque hubieran hecho falta cientos de años para cubrir esa distancia. Lo infraordinario construye culturas no dominantes. Campanas. La quilla de la embarcación ocupa el espacio de verdad, junto al agua, rozándose, helándose, de verdad. Cilindro rosa que sale de la mochila. El rabo se agita. Chapas, humedad, la presión en la espalda, lo mejor del viaje, su espalda contra la mía, soldadas, sí, unidas, lo mejor. De nuevo soy objeto de miradas, mal que pese, detrás, ocupando el último lugar del campo visual del más ruin de los hombres, de los mosquitos, aquí, allá, en la imaginación de otros, en su recuerdo, en el pasado, al fondo, aquel individuo tan parecido y similar a todos los individuos, sí, aquel, el que toma notas en la libreta, qué tontería, más le valdría hablar con ella o dedicarse a contar, de viva voz, qué rayos le pasa.

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¿Qué es viajar?

 

Venga, deprisa, ya para terminar, responde a esta pregunta que todos, en algún momento, nos hemos planteado. ¿Qué es viajar? Nada tiene que ver con la distancia, nada, en todo caso quizá con el medio de transporte elegido. Y los medios de transporte son todos hijos espurios del movimiento, de nuestro movimiento, aquel que recorre el organismo en forma de sangre, de electricidad, de química, de hormona. Quemad los aviones y los automóviles, y el ferrocarril literario, hasta las bicicletas y los barcos. Hay que desplazarse a pie, incluso arrastras, deteniéndose en la contemplación de los más insignificantes guijarros. ¿Qué es eso de largarse a las antípodas, a los lugares exóticos? ¿Acaso podemos encontrar ahí lo que somos incapaces de percibir a nuestro alrededor, más allá del libro que leemos, detrás de la espalda sin ojos, entre los ladrillos de la pared ignorada? Viajar es explorar el cuarto, la vivienda, como si de un desierto de hielo se tratase, dejándonos congelar por cada partícula, viajar es acudir al trabajo y tardar quince años en concluir el recorrido matinal de media hora, quince, quince años y tres kilómetros, viajar es reptar por los suelos como la serpiente más lenta, como el microorganismo que vive en la cápsula, su planeta. ¿O es que podemos encontrar novedades en los hoteles de cuatro estrellas de Buenos Aires? ¿Qué sentimientos originales se esconden tras los ojos del camerunés? El ámbito del vecino de enfrente es un resumen perfecto de los lugares, de las costumbres. Ya está bien de seguir el juego de los comerciantes que nos venden las sensaciones que somos incapaces de experimentar. Llueve en todas las partes. En ningún país encontraréis personas sustancialmente distintas. ¿Quién es ese?, te preguntas. Ese es tu padre, tu hermano, tu amigo, concéntrate primero en el entorno cálido y sigue, por una vez en tu vida, los pasos elementales que nos enseña la geometría. Jamás pases de un punto a otro para terminar con la línea, detente en la espiral y déjate atrapar por los círculos concéntricos. Después, y solo entonces, sal de tu cerebro, de tu cuerpo, de tu vivienda y de tu ciudad para explorar este mundo inconmensurable con la humildad de los insectos.