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Mi nombre fue Wenceslao Puig. Nací a comienzos del fatídico siglo, en 1902, en un pueblo cercano a Barcelona, Martorelles, en donde mi padre era el farmacéutico. Éramos una familia querida y respetada, que nunca había tenido ni problemas ni enfrentamientos con nadie, todo lo contrario. Mi padre perdonó no pocas deudas a lugareños empobrecidos. Mi madre tuvo tres hijos más, aunque dos de ellos murieron siendo muy niños. La superviviente, Ariadna, mi querida hermana, trabajó desde joven en la farmacia y se casó felizmente con un muchacho del pueblo. Yo, por mi parte, estudié en Barcelona ingeniería con excelentes resultados, es cierto que siempre fui un hombre responsable y trabajador. Me casé con Luisa Formosa en agosto de 1929, justo cuando se celebraba en Barcelona la Exposición Internacional. Luego nacieron nuestros hijos, Luis, Pascual y Adolfo, que llenaron mi vida de alegría y esperanzas.

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Conseguí trabajo en la Compañía Arrendataria del Monopolio de Petróleos, la CAMPSA, recién fundada en tiempos del régimen de Primo de Rivera. Era un buen trabajo en una empresa en crecimiento. Recuerdo muy bien el día en que comencé a trabajar en la nueva sede de la CAMPSA en Barcelona. La CAMPSA, una empresa formada por un conglomerado de bancos españoles, se había creado para la explotación del monopolio estatal del petróleo. Había que nacionalizar aquel sector estratégico, había que asegurar el suministro y controlar las plusvalías. Para ello, fue necesario que el gobierno procediera a la expropiación forzosa de las compañías Shell, de Estados Unidos, y Standard Oil, de Inglaterra. Evidentemente, las expropiaciones no fueron bien acogidas en aquellos países, lo que provocó un boicot en la venta de hidrocarburos a España, suplido en parte por las importaciones que comenzaron a hacerse desde la URSS. Quizá aquí radique la clave de mi vida, en el hecho de que consiguiera trabajo en la CAMPSA y de que la empresa se viera forzada a importar petróleo del único país, al margen de los Estados Unidos e Inglaterra, que podía exportar crudo en aquella época. Porque a lo largo de tres años, entre 1933 y 1936, hice varios viajes a la URSS para estudiar las refinerías que se habían instalado en el Cáucaso, en Bakú, en Batum, en Tiflis, ya que existía el proyecto de construir una en nuestro país.

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Fueron unos viajes inolvidables, es cierto, pero no solamente por la posibilidad que me brindaron de conocer aquella remota región, de entablar amistad con camaradas soviéticos, sino también porque vinieron a determinar mi destino de una manera que entonces, acodado a la barandilla de babor de un buque en el Mediterráneo y en el mar Negro, visitando los campos de petróleo, no pude ni tan siquiera imaginar. ¿Cómo podría haberlo imaginado, si nada malo hice, si todos mis desvelos iban encaminados a recabar información para el progreso de mi país? Pero el 4 de octubre de 1937 tres esbirros del SIM, el Servicio de Investigación Militar, el órgano de represión política y de persecución de disidentes ideológicos y enemigos del comunismo, se presentaron inopinadamente en las oficinas de la CAMPSA. Con suma corrección y cinismo me dijeron que querían hacerme unas preguntas, que sería un trámite que apenas me ocuparía un par de horas. Primero, me llevaron a las instalaciones que tenían en el Pueblo Español, donde me sometieron a interrogatorio, preguntándome por mis actividades en la URSS en los diferentes viajes que había hecho, preguntándome por mis actividades supuestamente clandestinas, según ellos de sabotaje y espionaje dada mi condición de ingeniero encargado del proyecto de la nueva refinería, preguntándome sobre mis contactos con el enemigo, a quien, siempre según su versión, estaría pasando la información, preguntándome, finalmente, por una familia conocida de mis padres de Martorelles a la que había facilitado unos litros de gasolina.

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Aún hoy, creo que todo se debió a la animadversión que me tenía otro ingeniero de la empresa, un tal Antonio Corominas, que nunca encajó bien el hecho de que me encargaran a mí los viajes y el estudio del proyecto de refinería en lugar de a él. Sin duda, también contribuyó a mi desgracia el hecho de que hubieran detenido, unos días antes, en Puigcerdá, cerca de la frontera francesa, tan cerca de su objetivo, el coche de la familia Valls en su huída hacia el país vecino. Eusebio Valls, el anciano patriarca del clan, imagino que entre amenazas y torturas, confesó que yo les había proporcionado el bidón de gasolina que les había permitido emprender su huida. Me acusaban, entonces, de desafección al régimen por haber auxiliado en su huída a unos fascistas y de labores de espionaje a favor del enemigo. Nada menos. Era algo muy grave. Mi vida estaba en peligro. A aquellos hombres no les temblaba la voz. Parecían determinados a meterme en la cárcel. Por todo ello, y sin que sirvieran de nada mis irreprochables años de servicio en la CAMPSA, sin que se me permitiera contratar un abogado, sin que se presentaran pruebas concluyentes de mis actividades de espionaje excepto las denuncias anónimas que esgrimía el fiscal en el juicio, el Tribunal de Espionaje y Alta Traición de Cataluña, en un tiempo record, dictó sentencia condenándome a seis años de reclusión.

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Estoy convencido que todo fue una patraña de mis enemigos en la empresa para hundirme. Es cierto que facilité la gasolina a los Valls. Era una familia conservadora que nada malo había hecho, refugiada en su masía cerca de Martorelles, que veía cómo el paso de los meses les ponía en mayor peligro dado el fanatismo que imperaba en el ambiente. Por eso les di el bidón de gasolina, para que se marcharan a Francia en el coche que tenían escondido. Sin embargo, los detuvieron a unos pocos kilómetros de la frontera, y no puedo reprochar al viejo Eusebio Valls que confesara quién le había facilitado el combustible. Eran dos delitos graves, el auxilio al enemigo y el espionaje, aunque los Valls no fueran realmente enemigos de nadie y a mí jamás se me hubiera ocurrido la posibilidad de vender información al otro bando de la contienda. Lo cierto es que me enviaron, en primer lugar, al barco prisión “Uruguay”, anclado en el puerto de Barcelona, abarrotado de presos de toda condición. Apenas entraba un rayo de luz por los ojos de buey de aquel buque que fue mi primera cárcel. Allí estaba la ciudad, Barcelona, tan cerca y tan lejos, unos cientos de metros más allá, a donde pensaba que nunca más regresaría. Sin embargo, sí que regresé, pues me trasladaron a la Modelo unas semanas más tarde. La Modelo, aunque parezca mentira, era un destino de privilegio para cualquier prisionero en aquella época, ya que allí se respiraba cierto aire de tranquilidad debido a que la política carcelaria no estaba en manos del SIM sino de funcionarios de la Generalitat.

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Allí, en la modelo, pude recibir la visita de mi mujer. Fueron dos entrevistas llenas de esperanzas, pues ambos creíamos que las cosas por fin se aclararían, que algún tipo de amnistía me favorecería o, en el peor de los casos, que permanecería ingresado en la cárcel hasta el final de la guerra y mi posterior liberación. También recibí algún paquete que completaba la magra alimentación que nos daban. Pero las cosas, desgraciadamente, iban a cambiar muy pronto. En enero de 1938 la prisión Modelo fue bombardeada por la aviación nacional, lo que provocó que el 20 de abril se produjera un violento motín protagonizado por reclusos del POUM y los anarquistas, temerosos de su suerte en la prisión dado el riesgo de nuevos bombardeos. La Modelo era para aquella gente, no sin razón, una ratonera a la que les habían confinado sus correligionarios del gobierno. Al día siguiente, dos compañías de Guardias de Asalto redujeron a los reclusos amotinados y todo volvió a la normalidad. Quizá por ello, por el hacinamiento, por el riesgo de nuevos motines, quién sabe, se produjo el traslado que cambió mi vida. La medianoche del 23 de abril de 1938 nos hicieron formar en el patio y se procedió a leer la lista con los nombres de los quinientos presos que serían trasladados a un campo de trabajo para efectuar tareas de fortificación, dado el avance del ejército fascista por tierras de Lérida. A las cuatro de la madrugada, con nuestros petates, nos hicieron salir de la cárcel, bajar por la calle Entença, tan cerca de nuestro domicilio familiar en la calle Aragón, y seguir por la Gran Vía hasta la Estación del Norte. El tren nos llevó hasta Manresa, luego hasta Cervera y Bellpuig, donde nos hicieron bajar. Más tarde, a pie por carretera, atravesando las poblaciones de Belianes y Maldà, la columna de quinientos presos llegó hasta el pueblo de Els Omells de na Gaia, en la comarca del Urgell, provincia de Lérida, en donde estaba situado el Campo de Trabajo número tres.

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Es difícil y penoso describir el Campo de Trabajo número tres de Els Omells de na Gaia, los recuerdos se agolpan y pugnan por salir a la vez que por ser olvidados en extraño conflicto, aunque ahora se haga evidente la necesidad de recordar, de dejar constancia, por fin, de aquellos acontecimientos. Para escarnio de mis verdugos, para escarnio del género humano. El Campo de Trabajo número tres era singular a todos los efectos: primero, por estar enclavado en el pueblo de Els Omells de na Gaia, sirviendo su pequeño casco urbano, construido en torno a un cerro y a una antigua fortaleza, de recinto donde estábamos recluidos los presos y, en cierto modo también, los mimos lugareños, que debían vivir atemorizados ante la presencia de los guardas y de las fantasmales y famélicas siluetas de los detenidos; segundo, por el régimen disciplinario que imperaba, desalmado y atroz, de una rigidez implacable, y que hizo que el campo tuviera fama de ser el más duro de cuantos había levantado el SIM, fama, en todo caso, reservada para los mismos esbirros del SIM y los presos que cambiaban ocasionalmente de campo, llevando las noticias de las brutalidades cometidas en él; y, tercero, por la misma personalidad del jefe, un hombre desalmado y cruel, y por la personalidad, por llamarla de alguna manera, de los guardas que nos vigilaban y nos azotaban las veinticuatro horas del día.

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Manuel Astorga Vayo, así se llamaba el jefe del campo de Els Omells de na Gaia. Era un comunista que se decía había creado las Juventudes Revolucionarias madrileñas. Cómo llegó a parar a Els Omells, nadie lo sabía, pero lo cierto es que desde el mismo día de nuestro ingreso allí estaba él, un hombre bajo y gordo, vestido con su mono gris, siempre rodeado de su corte de guardaespaldas armados con metralletas, con su sempiterna pistola al cinto y el bastón de mando en el que se apoyaba y con el que más de una vez golpeó salvajemente a algún interno. Él era el encargado de dictar las normas, de establecer los horarios que debían regir nuestras vidas, de indicar los trabajos de fortificación que debían acometerse, de ordenar sobre la vida y la muerte como si fuera un dios menor e implacable. Recuerdo que una vez, al enterarse de mi cualificación profesional, se acercó al punto de la formación en que yo estaba y, haciendo alarde de un gran cinismo, vino a explicarme que el puesto de ingeniero ya estaba cubierto por un teniente coronel, y que por lo tanto debería empuñar la pala y el pico como todos los demás y conformarme con cavar las trincheras en lugar de planificarlas y trazarlas. Pocas veces más lo vi. Sin embargo, nuestro contacto diario con la crueldad de los guardas, al fin y al cabo, a sus órdenes, nos dejaba entrever la naturaleza de su colérico carácter.

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Peor recuerdo tengo de los guardas que nos vigilaban. Debería hacerse una lista con sus nombres y apellidos, sus procedencias, sus profesiones, cuantos datos pudieran facilitar el identificarlos, para que la historia los juzgara como se merecen, ya que quedaron completamente impunes de los crímenes que cometieron. A mí, dada mi formación superior, me parecían una recua de ignorantes, pobres hombres de pueblo sin cultura alguna, muchos de ellos analfabetos, procedentes en su mayoría de las tierras del bajo Aragón reconquistadas por los nacionales y que habían salido huyendo, aunque también había algunos catalanes y asturianos, gente de la CNT y del PSUC. Sin embargo, nada puede exculparles de la violencia gratuita que empleaban con nosotros, armados con sus fusiles checos y rusos que llamaban “naranjeros”, blandiendo siempre sus garrotes o “pirrossas” sobre nuestros cuerpos indefensos, hechos con ramas gruesas de árboles a las que dejaban los bulbos para hacer más daño al golpear.

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Uno de ellos, un individuo pequeño y fibroso al que llamaban “el lobo feroz”, se cebó especialmente conmigo, dada mi condición de intelectual fascista, como ellos decían. El día 7 de agosto de 1938, estando cavando las trincheras a unos tres kilómetros de Els Omells, y sin venir a cuento, solo porque mi forma de trabajar le parecía impropia de un obrero revolucionario, me asestó un tremendo golpe con su “pirrossa” en una pierna. Sí, aquel salvaje me hirió profundamente en mi pierna derecha con su garrote, dejándome una herida de muy mal aspecto que nadie osó curar, a pesar de lo cual tenía que levantarme como todos a las seis de la madrugada, acudir a la zona de excavaciones después de un magro desayuno a base de café de cebada y un chusco de pan, deslomarme toda la mañana entre gritos y más golpes hasta la hora de la comida que consistía en una sopa aguada de legumbre, continuar con la faena por la tarde quemado por el sol y el agotamiento, regresar hasta la iglesia donde nos metían para dormir, tragar otra vez la nauseabunda sopa de legumbre con la sola esperanza de sobrevivir y disponerme a dormir, entre otros cientos de presos tan asustados como yo, en aquellas noches de calor infernal, entre piojos, chinches y pulgas que se alimentaban de nuestra sangre. La herida, que no me eximió de seguir acudiendo al tajo ni me permitió refugiarme en la casa del pueblo que habían habilitado como hospital, otro de los muchos eufemismos del campo, fue empeorando día a día, a ojos vistas, hasta que comenzó a despedir un olor nauseabundo que indicó sin lugar a dudas que se había gangrenado.

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Fui consciente de que mi fin estaba próximo, si no por la gangrena que subía por mi extremidad, sí por la desesperación que me invadía, o por las veleidades suicidas que me desvelaban, o por el odio que acumulaban los vigilantes como si fueran baterías y que luego descargaron sobre mí sin ningún atisbo de piedad. Allí, en la iglesia, tumbado medio desnudo junto a otros cuerpos malolientes de compañeros de cautiverio, incapaz de conciliar el sueño a pesar del agotamiento, me venían a la cabeza los recuerdos de mi vida pasada, las excursiones veraniegas con mi mujer por las sierras de alrededor de Martorelles, boscosas y frescas, por donde tanto nos gustaba pasear, las escapadas de domingo a las playas del Maresme para zambullirnos en el mar y nadar un rato, la vida incluso relajada que llevábamos en la Barcelona de los años 30, antes de la guerra civil, en aquella República que tanto nos había entusiasmado en un principio y que tanto nos iba a defraudar con el paso de los años. Pensaba en mis padres, a quienes veía sufriendo segundo a segundo la incertidumbre que les causaba no tener ninguna noticia del paradero de su hijo desde que se lo llevaron de la Modelo. Pensaba en mi hermana, mi cuñado y mis sobrinos y los sobresaltos que debían sentir por las noches cuando un ruido les despertaba o alguien, por casualidad, llamaba a la puerta a una hora intempestiva. Y pensaba en mis hijos, tan pequeños todavía, quizá Luis, con sus ocho años, sí sería capaz de recordar la cara de su padre y de comprender la angustia que reflejaba día tras día el rostro de su madre, puede que también Pascual, con sus cinco años, sintiera algo parecido, o al menos una ausencia indefinida que perturbaba la vida diaria, pero Alfonso, el pequeño, con sus tres añitos, de eso estaba seguro en aquellas noches insomnes, ni siquiera sería capaz de recordar la cara y la complexión física de quien una vez había sido su padre, tampoco su manera de ser, su estar en el mundo, nada de nada. Olvido de su padre, cuánta tristeza. Así pasaban mis últimas horas, entre el dolor de la pierna gangrenada y ese otro peor que corroía mi alma.

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Así pasaban los días, entre sufrimientos y añoranzas, hasta que me llegó la hora. Fue el 30 de agosto de 1938. Como todos los días, nos habían levantado a gritos y garrotazos a las seis de la mañana. No pude tragarme la bazofia del desayuno, ya resignado a un final que veía demasiado próximo. Salimos de Els Omells a las siete de la mañana, tenían que ayudarme entre dos presos para poder caminar, mi pierna convertida ya en una masa tumefacta e informe debajo de los harapos que me vestían. A dos kilómetros del pueblo, en el camino de Senan, antes de llegar al collado de la Dona Morta, me cogieron “el lobo feroz” y otro guarda y me sacaron de la formación. Supongo que ya lo sabía, que conocía mi destino, que lo aceptaba, que deseaba dejar de sufrir a pesar de todo. Me arrastraron unos metros entre las piedras de un campo inculto y esperaron fumándose unos pitillos hasta que el resto de la columna de presos se hubo alejado. No querían testigos, aunque todos, en la formación, sabían lo que iba a pasar. Luego, me hicieron cavar mi propia sepultura con la pala con que cada día cavaba sus trincheras.

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Esos son los peores minutos de la vida de un hombre, un hombre enfermo y dolorido, agotado, que se ve en la obligación de cavar su sepultura, palada a palada, consumiendo sus últimos minutos de vida con una extraña mezcla de sentimientos, indignación, dolor, alegría por el inminente final de las penalidades. La confusión máxima en la cabeza. La tortura máxima a la que un hombre puede ser sometido. No fue muy profunda, mi sepultura, no me quedaban fuerzas, quizá algún día salgan de la tierra, como ballenas a la superficie para respirar, mis huesos descarnados. Más tarde, impasible, como quien dispara a un gorrión o a una lata, “el lobo feroz” apuntó con su “naranjero” en mi vientre y disparó. Todavía sentía un dolor infinito en mis tripas mientas aquellos animales iban echando paladas de tierra sobre mi cuerpo. Debí morir asfixiado unos minutos después, aunque esto no lo recuerdo. Y esta es la verdad. Ninguna prueba queda de ella, no hay fotografías de mi cautiverio, de mi ejecución, tampoco de mi tumba anónima en los campos de aquel pueblo. Nadie supo de mí ni de mi destino, los demás compañeros fueron también ejecutados o liberados al final de la guerra sin que nadie les preguntara nada. Ninguna investigación intentó arrojar algo de luz acerca de aquel espinoso asunto de los campos de trabajo. Nada de nada.