INDIFERENCIA

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Nadie parece interesarse por estos papeles tirados por el suelo, así que me hago con ellos por un módico precio. Pronto se revela quiénes fueron los propietarios, no solamente de los documentos, sino también de los objetos, las ropas y los muebles de la casa: José y María, nombres tan reales como comunes, un matrimonio que vivió en la calle Viladomat, Barcelona, hasta que, probablemente, sus muertes obligaron a la familia a vender todas sus pertenencias. Y es posible que sus hijos fueran los encargados de deshacerse del contenido del piso, como pasa casi siempre. Una escena harto repetida y cargada de simbolismos, los hijos del matrimonio, en la madurez de sus vidas, se reúnen en la casa de los padres, aquella en la que pasaron la infancia y parte de su juventud, para decidir el destino de todo lo acumulado en una larga vida. Y, sea por el motivo que sea, decidieron vender también los documentos que yo compro.

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José era originario de una pequeña localidad de Aragón, como lo demuestran las listas de fincas agrícolas, todas dedicadas al cultivo de la vid, y los títulos de propiedad de casas en diferentes municipios de esta comunidad. Ignoro la fecha de su nacimiento, aunque deduzco que fue en torno a 1918. También ignoro la fecha en la que emigró a Barcelona. El documento más antiguo es una multa de veinticinco pesetas impuesta por no pasar la revista militar obligatoria el año 1945, quizá ya en Barcelona, gracias al que me entero que pertenecía al reemplazo de 1937 y al arma de artillería. No es difícil imaginar que luchó en la Guerra Civil, probablemente en el bando nacional.

De 1944 es la primera carta que le envía a María, redactada con sobreentendidos, que resulta difícil de interpretar. Sin embargo, parece que la relación debía contar con la oposición del padre de María, pues José escribe esta frase:

Aunque enemigo haya sido, no he dejado de creerlo por convicción.

Podría ser que el padre de María no viera con buenos ojos los amoríos de su hija con un artillero del bando nacional que además no parecía arrepentirse de su filiación política y de su participación en aquel bando durante la Guerra Civil.

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Las cartas de amor de aquellas fechas, escritas entre el 24 de junio de 1946 y el 22 de septiembre de 1947, llenas de esperanzas, de planes de futuro, de guiños de enamorado, de frases altisonantes, tienen ahora un gusto amargo, el gusto que deja la muerte de las personas, su desaparición física, el olvido absoluto de aquellos momentos vividos con tanta intensidad. José y María se escribían y se enviaban misivas llenas de pasión, y de aquella pasión ya no queda sino este levísimo susurro que se va extinguiendo. Por otro lado, las cartas indican que la relación fue larga y dificultosa, y que el matrimonio no debió verificarse hasta finales de los años cuarenta.

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Dispongo también de algunos datos de María y su familia. Su padre era carnicero y titular de un puesto en el mercado de San José, la Boquería, y tenía permiso para vender cordero, cabrito, buey y ternera. El 22 de febrero de 1967, ya sea por muerte o jubilación del padre, se hace cargo del puesto uno de sus hijos. De la misma fecha es un certificado a nombre de María conforme está tramitando su Carnet Sindical Profesional. Y al menos desde el cuarto trimestre de 1971, es ella quien aparece como concesionaria del puesto, al hacerse cargo del pago de la concesión y de la cámara frigorífica. Seguramente, trabajó en la Boquería hasta su jubilación.

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En algún momento de finales de la década de 1940, José y María se casaron y se fueron a vivir a la calle Viladomat. Allí comenzó su larga vida en común, extinguida solamente ahora. Del 27 de enero de 1948 es la factura de compra de una serie de muebles en una tienda de la avenida del Generalísimo Franco, 426, Barcelona (hoy, Diagonal), una fecha que veo cercana a la boda. La factura está a nombre de José y contiene: un comedor completo estilo inglés, con bufete alto con luna, mesa automática, vitrina, estantes y seis sillas; una cama de matrimonio, cómoda, mesitas de noche, dos sillones y una banqueta; dos sillones auxiliares, un sofá de tres plazas y dos sillones orejeros. Como se ve, el equipamiento básico para iniciar la vida en común.

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Quizá lo más importante que les pasó a José y María, como a la mayoría de las parejas, fue el nacimiento de sus hijos. Entre la documentación hay numerosos recibos de colegios, academias, centros deportivos, facturas de odontólogos, boletines de calificaciones escolares, postales, certificados médicos… Y cartas escritas por una de las hijas del matrimonio desde Irlanda, donde pasaba la temporada estival practicando el inglés. En una de ellas, la hija dice que estaba alojada en casa de un matrimonio, que cuidaba a sus hijos y que hizo un examen para su ingreso en un instituto. También se traslucía cierta polémica por un proyectado viaje a Belfast, que debía suscitar temor por el clima que se vivía con el IRA. A la muchacha le hacía gracia que hubiera hombres en Irlanda que fregaran platos, recogieran la mesa o pasaran el aspirador.

Luego hay dos cartas enviadas por el hijo desde Getafe, en noviembre de 1978, mientras hacía el Servicio Militar, en el arma de artillería, como su padre. En la carta del 20 de noviembre habla de pedir pase de estudios, así como de una escapada a Madrid, en donde había mucha gente por la manifestación de los franquistas “y con la intentona de golpe de estado”, que dice que no se notó en el cuartel. Sin duda se trata de la “Operación Galaxia”, llamada así por la cafetería del mismo nombre de Madrid en donde se reunieron los militares Antonio Tejero y Ricardo Sáenz de Ynestrillas con el objeto de promover un golpe de estado mientras el rey viajaba a Méjico.

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Entre la documentación, algunas pistas de la afición viajera de la familia. Por ejemplo, un recibo del 12 de junio de 1967 de la “excursión a Francia”, por importe de diez mil pesetas. O algunas pruebas de un viaje efectuado a Madrid en julio de ese mismo año. A la ida, fueron en tren, en coche cama de la compañía Wagons-Lits Cook, de primera clase, vía Tarragona y Caspe. El tren salía de Barcelona a las diez de la noche y llegaba a la estación de Atocha. Se alojaron en el Hotel Plaza de la plaza de España, habitación 226, que les costó seiscientas cuarenta pesetas. Queda constancia de que en Madrid, quizá en ese mismo viaje, compraron en pública subasta las monedas o medallas del lote 817, por importe de tres mil ciento cincuenta pesetas, en la numismática de Juan R. Cayón, de la calle Fuencarral, 41.

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El señor José tuvo, cómo no, sus automóviles en propiedad o usufructo. Por ejemplo, condujo un coche de la marca SEAT al menos desde el 5 de mayo de 1965. Creo que se trataba de un 1500 berlina de la empresa donde trabajaba. El 5 de abril de 1976 pagó el impuesto de circulación correspondiente a un SEAT 1430 del que era titular, ya que también abonaba los correspondientes seguros. Luego, hacia abril de 1979, es un SEAT 127 de tres puertas el que estaba a su nombre, aunque siguió conservando el 1430 al menos hasta el 21 de julio de 1982, fecha en que lo llevó a reparar a los Talleres Luivi, de la calle Floridablanca. En relación con este tema, hay que decir que José sufrió un accidente de circulación el día 17 de abril de 1971, a las diez y media de la mañana. Por esas fechas conducía el 1500 de la empresa, en su calidad de apoderado general. Debió tratarse de un accidente in itinere.

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Finalmente, otro bloque de documentos de interés serían los relacionados con la salud de María cuando ya era una anciana. Aparece una hoja de ingreso en el servicio de urgencias del Hospital Clínic, cuando ella tenía setenta y seis años. María presentaba debilidad de extremidades, mareo, caída al suelo e imposibilidad de incorporarse por sí misma. A los ochenta y un años se le practicó una biopsia que dio resultado negativo. Hay otro informe de asistencia en Urgencias a los ochenta y cinco años, por cuadro de vómitos. Unos días después, ingresó en el Clínico por colecistitis aguda, que evolucionó correctamente, por lo que se le dio el alta. Por último, hay una citación del Institut Català d’Asistència i Serveis Socials para la valoración de su grado de disminución. En todo caso, nada que fuera grave y que hiciera pensar en complicaciones posteriores.

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Nada más sé de María y José, tampoco las fechas de sus muertes, que yo supongo cercanas por el vaciado del piso. Sin embargo, gracias a internet encuentro la dirección y el teléfono de una de las hijas. El paso a dar ahora es mandarle una carta explicativa.

“Estimada señora.

Hace unos días compré en los Encantes un lote de documentos que perteneció a sus padres, José y María. Debo decirle que me mueve un propósito exclusivamente literario y que ha sido la casualidad la que me llevó a comprar los documentos de sus padres.

Por experiencia, supongo que ustedes debieron desalojar el piso de la calle Viladomat. Ignoro si los documentos han ido a parar a los Encantes por descuido o no. En todo caso, quería hacerle una propuesta.

Mi intención, si usted o sus hermanos lo desean, es devolverles esos papales (no hay nada importante, por otro lado, algunas cartas, facturas, calificaciones escolares, un par de fotografías…) y pedirles su colaboración en la reconstrucción que hago de la historia de su familia. Aparte el propósito literario, me mueve la idea de recuperar la memoria, aunque no sea la mía, creo que la de cualquier persona merece la pena ser tenida en cuenta. De esta manera, si ustedes lo aprueban, el relato sobre la vida de sus padres podría pasar a engrosar mi proyecto. Sería como un homenaje, en el fondo es lo que pretendo, homenajear a personajes anónimos cuyos documentos nadie compra y que normalmente acaban en los vertederos.

Le confieso que este proyecto me está dando muchas alegrías, también algún desengaño, pero solo incluiré en mi blog los relatos de las personas que me autoricen a ello. Con ello quiero decir que usted, o su familia, tendrán la última palabra tanto sobre el contenido del relato como sobre su inclusión o no en mi blog.

Quiero, por último, dejarle mis datos para que me ponga cara y ojos y pueda, si así lo desea, contactar conmigo.”

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No recibo respuesta de la hija a mi carta, lo que me extraña. Así que decido llamarla por teléfono. En un primer momento, no parece interesada en el asunto, quizá por temor, como luego, a lo largo de la conversación, iré descubriendo. Sin embargo, después de explicarle claramente mi proyecto y mis intenciones, que siempre se amoldarían a sus intereses, accede a conversar conmigo. Sí, recibieron la carta que les envié, pero las hermanas desconfiaban. Al parecer, el desalojo del piso, por la muerte de su madre, incluyó toda clase de objetos, y ellas no creían que los documentos personales fueran a venderse como podría suceder, por ejemplo, con los muebles de la casa. Le explico que los vaciadores de pisos no seleccionan nunca su material, salvo que sea de gran valor, y que todo acaba en los Encantes. Así mismo, le explico que nadie compra documentos de este tipo, solo si pertenecieron a personajes conocidos o famosos, y que, normalmente, acaban en el gran contenedor de basura que tienen previsto para estos fines. Le digo que si yo los compré se debió a mi proyecto literario, del que ya le hablé en la carta enviada y que le vuelvo a explicar. También le hablo de mis intenciones, a remolque de los deseos de la familia, si desean que destruya la documentación, o que la envíe por correo, será decisión que las hermanas tomen, si desean contestarme o no, reunirse conmigo o no, autorizarme a utilizar las imágenes o no, siempre será una decisión de ellas que yo respetaré. Creo que se va tranquilizando mientras hablo, ella pudo ver mi página en internet y además le facilito tanto mi teléfono fijo como mi móvil, así como mi dirección de correo electrónico. Finalmente, quedamos en que hablará con su hermana y me darán una respuesta.

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Tiempo después, ante la ausencia de noticias, llamo por teléfono por segunda vez para encontrarme de nuevo a una persona indecisa y dubitativa que no sabe bien cómo tomarse este asunto. Todo queda pendiente de una decisión que a día de hoy, cuando corrijo este texto, nadie ha tomado ni me ha comunicado. Es por ello que opto por tirar los documentos de José y María al contenedor de reciclaje de papel, sin mayor ceremonia, y por contar la historia de este fracaso sin dar datos que puedan llevar a identificar a sus protagonistas.