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¡El viaje falso que nos inventamos mi amiga Flora y yo en el verano de 1956! Era el mes de julio, hacía un calor tremendo en Valencia y nosotras queríamos estar juntas. Entonces, a la relación amorosa entre dos mujeres la llamaban tribadismo. La palabra se las traía, pero es que era un tema tabú. Nadie hablaba de eso. Las mujeres que se querían siempre se escondían de todos, de los parientes, de los amigos, de la sociedad entera. Nosotras también nos escondíamos. Con la excusa de ahorrar gastos y hacerse mutua compañía, dos solteronas se iban a vivir juntas y nadie decía nada. La mayoría ni siquiera sospechaba el motivo real. Vaya tiempos. Pero fueron los que nos tocaron vivir y a nosotras, en el fondo, todo aquello nos daba igual. Una vez que tomamos la decisión, ya estaba hecho. Vivíamos con disimulo y nada más. Lo que resultaba más difícil era dar el primer paso, después de esperar un tiempo prudencial e inventar las excusas. Y la ocurrencia fue de Flora, que era una mujer muy imaginativa: me propuso encerrarnos en su apartamento durante unos días de verano para ver qué tal nos iba, si merecía la pena tirar adelante o no, si nuestro amor era real o una fantasía.

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Habíamos anunciado a nuestras familias y amistades que nos íbamos de viaje por el sur de Francia y el norte de Italia. Se suponía que cogeríamos el coche de Flora, que teníamos previsto aparcar en un barrio de las afueras, y nos iríamos de madrugada, para no sufrir el calor del mediodía. Así que nos despedimos una tarde de visitas, ella en su casa, yo en la mía, llevamos el coche de Flora cargado con maletas vacías a las afueras y regresamos a casa en el mayor de los secretos. Y para que nadie sospechara, ni las vecinas, ni quien pasara delante de la casa, a las cinco de la mañana, haciendo el ruido suficiente por si alguien nos escuchaba, bajamos todas las persianas del apartamento dejando solo unas rendijas, cerramos de golpe la puerta, echamos la llave desde dentro y nos quedamos en el más absoluto silencio. Así estuvimos las primeras horas, algo asustadas, es cierto, mirando entre las rendijas hacia la calle, por la mirilla de la puerta a las escaleras, comprobando si alguien sospechaba algo. Pero no hubo ningún problema. Nos habíamos marchado de viaje y todo el mundo se lo tragó. Fue algo genial, allí estábamos Flora y yo, solas, muertas de risa y tratando de no hacer ruido, hablando en susurros, sentadas en el sofá del salón, imaginando los detalles del viaje que al cabo de unos días habríamos de contar. Y aunque entonces era imposible decirlo, ahora ya se puede decir que aquel viaje falso marcó el principio de nuestra relación, una relación de lo más seria y satisfactoria que nos unió hasta la fecha de la muerte de Flora.

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Fue realmente divertido imaginarse los detalles de nuestro viaje, dos mujeres jóvenes en coche por Francia e Italia, con un poco de dinero y muchas ganas de divertirse. Nos veíamos en plena carretera nacional, con todo el coche cargado, viajando hacia el norte. Flora decía que para darle realismo teníamos que inventar detalles, así que se nos ocurrió una tormenta al pasar la frontera, con aparto eléctrico y demás, como cosa remarcable de las primeras horas del viaje. Pero convinimos en que tan pronto pasáramos a Francia saldría el sol y ya no tendríamos mal tiempo en toda la excursión. Habíamos dicho que ya teníamos pagados los hoteles de todo el viaje, para dejar tranquilas a las familias, así que el itinerario seguía hasta Cannes, donde teníamos previsto dormir la primera noche. Nos imaginábamos conduciendo por turnos, admirando el paisaje de esas carreteras tan limpias de Francia y comiendo al aire libre pues también habíamos dicho que llevábamos bocadillos para ahorrar las facturas de los primeros restaurantes. ¿Y qué opinión nos merecería Francia, si alguien nos preguntaba? Diríamos que nos había parecido un país muy ordenado, las flores adornando todos los rincones, los pueblos muy limpios, los campos tan cuidados… Así, alegremente, animadas por el paisaje, llegábamos a Cannes a las nueve y media de la noche, según nuestros cálculos.

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Y esa sería nuestra primera noche fuera de casa, que casi era cierto punto por punto, pues la pasamos juntas en el apartamento de Flora, dispuestas a amarnos y a entregarnos la una a la otra. Hasta entonces solo habíamos sido capaces de mirarnos tiernamente, de darnos la mano bajo una mesa, o algún beso furtivo y muy breve, siempre que no hubiera testigos, claro. Aunque he de reconocer que estuvimos un poco torpes, quizá por el miedo de hacer ruido, o por los nervios acumulados, tantas expectativas y luego, a la hora de la verdad, las cosas no salieron como una se imaginaba. Las dos queríamos, pero no supimos muy bien cómo. La vida es así, una se imagina que todo va a salir perfecto y se lleva esos chascos. Luego, con el paso de los días, ese mal comienzo nos dio mucha risa. En realidad, fueron unas jornadas inolvidables, pues una vez nos acostumbramos la una a la otra las cosas comenzaron a fluir sin problemas en ese apartamento que luego compartiríamos tantos años. La primera vez que lo hicimos a plena satisfacción de las dos fue algo muy especial. Los temores acumulados se evaporaron, como si nunca hubieran existido. Y eso que llevábamos años y años muertas de miedo, sin saber qué ocurriría. Por mi parte, desde bien niña, cuando ya me atraían mis compañeras en vez de los muchachos. Oía a mis amigas hablar de los muchachos y tenía que seguirles la corriente. Siempre fue así en mi vida. Y también salí con un novio que apenas me duró tres meses. En casa, se pusieron tan contentos con el novio. Pero aquel muchacho se cansó pronto de mí, yo creo que se dio cuenta.

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¿Y qué diríamos de Cannes, por ejemplo? Por suerte, Flora había conseguido unas fotos de una amiga que había hecho ese mismo viaje el verano anterior, así que no nos fue muy difícil ir imaginando las etapas del itinerario, los paisajes, las calles de las ciudades. Realmente eran fotografías en que no se veía a nadie, ya se había encargado Flora de seleccionar las que nos convinieran, así nadie sospecharía. Unos días antes, nos habíamos ido a dar un paseo con la cámara de fotos de Flora por Valencia, y nos habíamos hecho retratos la una a la otra con fondos neutros, irreconocibles, como una pared de iglesia que bien podría ser de una iglesia italiana, o unas plantas que podrían haber crecido en cualquier rincón de Francia. Incluso pedimos a unas chicas que nos hicieran algunos retratos a las dos juntas, también con fondos irreconocibles, o primeros planos tan de cerca que el fondo se veía desenfocado. Con todo ese material, allí mismo, en el apartamento de Flora, dedicamos algunas horas a preparar un álbum falso con todas las fotografías, que al final quedaron tan bien. Nadie se dio cuenta, nadie sospechó de aquel álbum que luego tuvimos que deshacer para devolver a la amiga de Flora las fotos que eran suyas. Y algo de pena nos dio, es cierto, deshacer ese álbum, pues a pesar de que era falso llegamos a tomarle mucho cariño mientras lo hacíamos y aún incluso después de haberlo mostrado a las familias y las amistades. Entre el álbum y los recuerdos inventados, yo a veces creo que el viaje, de alguna manera, llegó a suceder de verdad, aunque se estaba tan bien en casa de Flora, las dos solas, casi desnudas todo el día por el calor que hacía y nuestra pasión común.

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De Cannes dijimos que lo habíamos visitado todo, un poco deprisa, pero todo, sus fabulosos hoteles, las calles y avenidas, el paseo marítimo que era una maravilla, tan lujoso y lleno de gente muy interesante, gente que vestía muy bien y que nos miraba un poco por encima del hombro. Y eso que nosotras íbamos de lo más elegante que permitían nuestros vestuarios, como deberíamos remarcar. Convinimos en que la ciudad tendría hermosas playas, grandes, inmensas, pero sin arena, con cantos rodados que herían los pies y hacían el baño muy desagradable. Esos eran los detalles que le gustaban a Flora, cosas pequeñas que dieran verosimilitud al relato, afirmaciones como que las playas de España eran las mejores de toda Europa, que a todos parecerían bien, a pesar de que no tuvieran retretes como las francesas y eso, se quisiera reconocer o no, era una ventaja. Diríamos también que Cannes tenía muchísimos hoteles de gran confort y donde iban todos los millonarios del continente, pero que estaba algo desierta todavía porque era pronto para los baños, a primeros de julio, que se solía llenar más adelante.

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Luego nuestro viaje falso continuaría hasta Montecarlo, donde visitaríamos el casino. Flora reía sentada sobre el sofá, siempre tratando de controlar los ruidos, tan hermosa como era, allí, en ropa interior, que no le podía quitar los ojos de encima. Se reía y hablaba, inventaba detalles, que si el palacio era un edificio demasiado majestuoso, que si debía encerrar muchísimos recuerdos de generaciones pasadas, aunque en el fondo nos debía decepcionar, decía, pues no se veían vestidos largos y lujosos, ni joyas, en realidad es que no se veía mucha gente. Si alguien nos preguntaba, deberíamos decirle las dos lo mismo, que no llegamos a jugar por desconfianza, pues estábamos convencidas de que en los casinos todo estaba preparado para que los clientes perdieran. Su capacidad de inventiva no tenía fin, así como la información que había recopilado gracias a la narración de su amiga y a las guías que había comprado, la Michelin, para Francia, y la Touring, para Italia. Convinimos que habíamos recorrido el pequeño país de Mónaco por las tres carreteras que tenía, la primera junto al mar, la segunda a media montaña y la tercera por lo alto. A nosotras nos parecería más hermosa la segunda, pues se divisaba todo el paisaje ya que la tercera se adentraba en tierra y se perdía la vista del mar, según explicaba la guía.

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También diríamos que habíamos visitado el palacio de los príncipes Rainiero y Gracia Patricia por fuera, ya que no nos habían dejado entrar. Era cierto que los príncipes estaban muy de moda en esas fechas, no en vano se habían casado el 18 de abril, hacía poco más de dos meses, aunque nosotras convinimos en explicar que ya no quedaba nada de aquella boda que pudiéramos ver o fotografiar. Era lo que más ilusión nos hacía, mentiríamos, ver a los Príncipes en directo, pero debían estar de viaje de novios. Sabíamos por la guía que lo más recomendable era los jardines de palacio, tan primorosamente cuidados, así como el acuario y los cactus, que resultaban muy impresionantes como colección única en Europa, así que estos serían nuestros comentarios al explicar nuestra estancia en ese país.

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Y los restaurantes también, deberíamos detallar los platos típicos que en teoría habríamos probado, y de esto hablábamos, como siempre en susurros, mientras nos preparábamos las comidas y las cenas en la cocina en penumbra de Flora. Ella había comprado suficientes alimentos para unos diez días, que era el tiempo que nos habíamos concedido para nuestro falso viaje, fruta y verdura, algo de carne y de pescado con los que había preparado algunos guisos y que tenía perfectamente empaquetados en el frigorífico, para evitar los ruidos y los olores. Por eso nos bastaba cortar algo de lechuga y tomate para prepararnos ensaladas, emplatar las raciones de carne guisada, de marmitaco, la fruta fresca, alguna botella de vino que allí nos bebimos y que tan bien nos sentaba a pesar de que teníamos que reprimir nuestras carcajadas. Flora seguía inventando, tomábamos notas que luego nos estudiaríamos para no decir cosas diferentes, era tan agradable viajar así, sin problemas, tan cómodamente.

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Decidimos entonces salir de Francia y entrar en Italia por Ventimiglia. Allí tomábamos la carretera que llamaban de las flores porque a cada cien metros había puestos que las ofrecían a los coches y que daban una nota de color tan agradable. Más tarde comíamos en San Remo esa fabulosa comida italiana, risotos, pasta, lambrusco y demás. En este punto Flora tuvo otra de sus geniales ocurrencias, que luego resultó la más verosímil de todas, tanto que nuestras familias siempre hablaban de ese suceso como el más memorable de nuestro viaje y el que mejor habíamos sabido capear. Tendríamos una avería en nuestro coche. Allí, en medio de una autoestrada italiana llena de tráfico, el coche comenzaría a hacer ruidos raros y solo dando tumbos conseguiríamos llegar hasta Piacenza, que era la ciudad que Flora había escogido recorriendo el atlas con su dedo índice. Diríamos que había sido una odisea de lo más desagradable. Parecía todo el rato que el coche no andaría más, pero milagrosamente aguantó hasta Piacenza, donde lo llevamos a un mecánico.

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Le pusimos cara y carácter al mecánico de Piacenza, quien resultó ser un hombre simpático y bien dispuesto que nos aseguró que nos tendría el coche preparado en un momento. Sin embargo, después de examinarlo había resultado que la avería era grave y no podíamos continuar con él nuestro viaje. Ya veíamos las caras de preocupación de nuestras familias, angustiadas ante la estampa de dos mujeres solas, en Italia, sin coche. Pero todo se solucionaba pues el mecánico nos alquilaba otro coche para poder seguir nuestra ruta mientras se arreglaba el nuestro, que podríamos recoger como nuevo a la vuelta. Y como Flora sabía también de coches, convinimos en que se trataría de un FIAT 1100, más amplio y confortable que el SEAT de Flora, y que el precio sería de veinticinco liras el kilómetro, algo caro para los precios españoles, pero ya se sabía, en Europa las cosas salían siempre más caras que en España. Así que allá íbamos nosotras, en el FIAT alquilado, a toda velocidad por las autoestradas italianas, con tantos carriles que los conductores se volvían como locos y corrían una barbaridad.

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Y nuestro viaje inventado llegaba al fin a Venecia, su punto culminante, el objetivo principal de cualquier viajero de esa época. No resultaba difícil imaginarse Venecia, las dos habíamos visto reportajes en el cine, teníamos la guía, las fotografías de la amiga de Flora. Las cosas que se dicen de esa ciudad apenas varían, la mayoría de los testimonios son idénticos. ¿Qué dicen los viajeros de Venecia? Que es una ciudad única en el mundo. Que allí todo es distinto. Incluso que el agua de los canales, que tan pésima fama tiene por maloliente, es la que le confiere toda su belleza, pues no se siente mal olor ni en los canales grandes ni en los más pequeños. Que la ciudad siempre está llena de turistas y esto es uno de los mayores inconvenientes que presenta. Que se ven gentes de todas las naciones de Europa, la mayoría extranjeros del norte que llevan unos pantalones horrorosos y que lo enseñan todo, sobre todo ellas, las señoras, por llamarlas de alguna manera. Que la gente ha perdido en Europa la compostura, no así las italianas, que van más elegantes, con vestidos, como nosotras, las españolas. Que los precios son bastante altos para lo que dan y que los ristorantes siempre están llenos. Que está todo pensado para el turista. Que lo mejor son los canales que como calles recorren la ciudad. Que pese a todo Venecia es única en el mundo. Diríamos que habíamos pasado el primer día de arriba a abajo, visitándolo todo, y que habíamos terminado agotadas. Que habíamos dado un paseo en góndola de una hora visitando todos los rincones pintorescos de la ciudad, que el gondolero no cantaba ni nada, pero aún con todo resultó un paseo muy entretenido. Y muy caro.

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Diríamos también que nunca se nos olvidaría el gentío que había por la Plaza de San Marcos y alrededores, que no se podía dar un paso sin pisar a un turista. Que de todas formas visitamos la Catedral, más hermosa por fuera que por dentro, la Torre del Reloj extraña y antiquísima, y otra torre todavía más alta a la que se subía en ascensor. Diríamos que habíamos tomado un refresco en la plaza de San Marcos, donde nos habían preguntado por nuestra nacionalidad y al servirnos nos habían tocado un chotis, delicadeza que acostumbraban a hacer por lo visto con el turismo pero que nos habían cobrado veinticinco pesetas por cada Coca-cola. ¿Y por qué no una visita al Lido en vaporeto? Flora estaba entusiasmada, hablaba y hablaba sentada en el sofá, me explicaba las cosas que le había contado su amiga de su estancia en Venecia y cómo había pasado algunos días en el Lido, que era, según ella, un rincón delicioso para los millonarios, todo un paraíso en limpieza, con una hermosa playa de arena fina. Así que convinimos en que nosotras también lo habíamos visitado, que nos habíamos puesto el bañador y pasado un día entero tomando el sol. Y como prueba, una foto nuestra en la playa del Saler. ¿Y si unos hombres habían intentado ligar con nosotras? Esa sí que fue una gran idea, dos apuestos caballeros italianos convidándonos a cenar en un restaurante lujoso del Lido, y a quienes nosotras habíamos rechazado.

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No, no sería extraño que de haber viajado de verdad hasta allí hubiera pasado algo por el estilo. Flora, en esas fechas, cuando tenía veintisiete años y estaba en todo su esplendor, era una mujer hermosísima, a mí me lo parecía, desde luego, con esa figura despampanante que lucía siempre, y esa manera de moverse que me volvía loca, ya desde el principio, encerradas en su apartamento y amándonos día tras día… Y los días iban pasando en aquel verano tan caluroso del 56, nosotras siempre sudando y medio desnudas porque no queríamos abrir las ventanas por si se golpeaban y alguien nos descubría allí encerradas. Una vez llamaron a la puerta y nos quedamos paralizadas del susto, pero no insistieron y debieron marcharse. También sonó el teléfono tres o cuatro veces, y desde luego nunca lo descolgamos. Qué rápidos pasaban los días, a pesar de que no teníamos casi nada que hacer, salvo amarnos, leer y preparar nuestro viaje, nuestra coartada, que a nadie extrañó lo más mínimo. Y no se crean que preguntaron demasiado, pues adelantándonos nosotras con nuestras invenciones les dejábamos satisfechos y con pocas ganas de interrogar.

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¿Y desde Venecia, adónde habíamos ido?, nos preguntaban. Pues a Milán, última de las ciudades del itinerario, adonde llegamos a media tarde del 12 de julio de 1956. ¿Y qué nos había parecido Milán? Milán era una gran ciudad donde se vestía bien, se calzaba mejor y había mujeres muy elegantes y hermosos escaparates. Y es que en el extranjero casi todas las mujeres se vestían de ropa ya confeccionada, así había trajes desde ciento setenta hasta tres mil pesetas. Y todo a lo grande, aunque sus precios eran inasequibles para nosotras, porque estaban por las nubes. Flora se imaginaba que nos sentábamos en un café de una plaza cualquiera a ver pasar a las chiquillas con sus tacones de diez centímetros finísimos y contoneándose de lo lindo, y eran tan hermosas, decía, esas jovencitas italianas, y nos quedábamos mirándolas como embobadas, siempre libremente, no como en Valencia que había que disimular y ponerse gafas de sol. Pero claro, ese era un recuerdo falso solo para nosotras y que a nadie podríamos confiar.

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La última ocurrencia de Flora y que terminó de redondear nuestro viaje de tal manera que nadie nunca llegó a sospechar lo más mínimo fue que al regresar a Piacenza a por nuestro coche todavía no estaba reparado. Ella se inventó que la avería había sido mucho más grave de lo esperado y que el mecánico había tenido que mandar la culata del motor a Milán para soldarla, ya que en Piacenza no había especialistas capacitados para hacerlo. ¿Quién podía poner en duda una cosa así? Esa pequeña desgracia de la avería convenció a todo el mundo, tanto que incluso nosotras hablamos de ella alguna vez en nuestra vida en común, muertas de risa, recordando todos los detalles, también el detalle final en el viaje de regreso, ya llegando a Valencia, cuando el motor volvió a hacer el mismo ruido y terminó por pararse a las puertas mismas de nuestra casa. Por eso más de uno nos aseguró que el mecánico aquel de Piacenza nos había engañado, que había exagerado la avería para alquilarnos un coche, que la había reparado mal y cobrado mucho más de lo conveniente.

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Lo cierto es que la última noche, a eso de las cuatro de la madrugada, cuando nadie se movía por las calles de nuestro barrio, nos fuimos Flora y yo a por el SEAT y regresamos al amanecer con toda la parafernalia de una llegada después de un largo viaje: aparcar, estirar las piernas y los brazos como agotadas del largo trayecto, acarrear unas maletas que nada pesaban y que nosotras arrastramos por la calle y escaleras arriba, entrar haciendo todo el ruido posible, abrir las ventanas de par en par para que la casa se ventilara después de tantos días de ausencia, cuando la realidad es que debía ventilarse de nuestros olores después de tantos días de encierro. Es cierto que nos dio tiempo más que de sobra para conocernos, para hacernos tantas confidencias y amarnos tan apasionadamente, se puede decir que nuestra relación comenzó en esos días con tan buen pie y ya nunca más nos separamos. Semanas después de nuestro viaje inventado y después de explicar los detalles a nuestras respectivas familias, anunciamos nuestra intención de vivir juntas, la experiencia había resultado positiva, la convivencia posible y de esa manera ahorraríamos gastos. Desde entonces, nuestra vida fue así, como una fiesta privada, porque había que actuar con sigilo en la Valencia de los años sesenta y setenta. Pero nos daba igual. De todo, del viaje falso por tierras de Francia y de Italia, de mi vida junto a Flora en nuestro apartamento de Valencia, queda el mejor recuerdo, aunque ella se marchara tan pronto, y sirvan estas palabras para expresarlo y para mandar un beso a mi amada Flora, esté donde esté, de parte de Dalia Campos.