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El lote de documentos que da pie a esta cuarta reconstrucción, “La tala”, perteneció a José Cornet Oliveras, un empresario e industrial de Barcelona que nació el 22 de mayo de 1873. No sé la fecha de su muerte, pero debió producirse en algún momento posterior al 1º de mayo de 1953, fecha de la última carta dirigida a su nombre. Por lo tanto, al menos vivió ochenta años, una larga vida dedicada a la industria y a los negocios. Creo que la documentación debió pasar a sus herederos, que la conservaron por espacio de más de medio siglo hasta el momento en que alguien, cansado del montón de papeles y puede que del mobiliario y enseres acumulados durante tanto tiempo, se deshizo de ella mediante la venta a un vaciador de pisos días antes de que todo aquello apareciera en los Encantes.

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Lo cierto es que la documentación, que me ocupó una mochila entera, me resultó, en un principio, demasiado árida para dedicarle tiempo. Había decenas de facturas, balances y cuentas, descuentos de letras, pagarés y demás documentos mercantiles que la hacían insufrible. Sin embargo, después de revisarla más detenidamente, pude rescatar cincuenta y cinco cartas, escritas entre el 26 de agosto de 1950 y el 1º de mayo de 1953, que trataban de una finca llamada La Coromina y de la tala de unos bosques cercanos, Beví Xic, Beví Gros y El Revell, situados en los términos municipales de Sant Quirze de Besora y Santa María de Besora, al norte de la provincia de Barcelona. Es una zona boscosa y atractiva, de hecho allí se encuentra en la actualidad el Parc Comarcal del Castell de Montesquiu, gestionado por la Diputación de Barcelona, un espacio protegido de gran valor. Y fue allí, en los terrenos que circundan el actual parque, donde se produjo, hacia el verano de 1952, el episodio de tala de árboles que queda recogido en la correspondencia.

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Las cartas se cruzaron entre varios corresponsales: el destinatario de las mismas, José Cornet Oliveras, dueño de parte de los bosques; el que fue su representante en este negocio, Guillermo Puig Gurina, y que a su vez gestionaba otra finca de Cornet cerca de Berga llamada Campllong; Carlos Carandini dalla Rosa, abogado madrileño y esposo de otra de las propietarias de las fincas afectadas; y Juan Franquesa, dueño de una serrería en Ripoll, que fue quien a la postre compró los árboles y llevó a cabo la tala. Por la partición de la llamada “herencia Domingo”, los bosques de la finca La Coromina se habían gestionado mal al hacerse las talas de manera separada. Los intentos de organizar una tala común, que fuera más rentable para los propietarios al ser ofrecida a un solo tratante de madera, fueron el objeto de la correspondencia. Parece que fructificaron al hacerse cargo del negocio el dueño de una serrería de Ripoll, Juan Franquesa, que ofreció cuatrocientas treinta y cuatro mil pesetas por la tala de los árboles, una suma importante.

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Por el contenido de algunas de las cartas, me entero de las cláusulas de este tipo de contratos para la tala de bosques en esos años. Así, los compradores firmaban el contrato con los propietarios y con este documento pedían los permisos forestales. Para ello, hacían el marcado previo de los árboles a talar. Una vez marcados, el delegado del distrito, en este caso perteneciente a Vic, hacía un informe que enviaba a la administración forestal, que concedía, limitaba o denegaba dicho permiso. A la obtención del permiso, el comprador procedía el pago del precio pactado. Además, no se podían cortar los mejores árboles de los bosques porque la administración exigía que sobreviviera determinado número de ejemplares frondosos por superficie, no solo para proteger el desamparo de los otros sino para mantener la cubierta de humus. Por otro lado, en los contratos solía incluirse una cláusula que prohibía expresamente el destino del ramaje para la obtención de carbón, cosa con la que no estaba de acuerdo Franquesa, pues no era lo mismo llevarse las toneladas de ramaje sin valor que proceder sobre el terreno al carboneo, que daba un producto con mayor valor añadido y menor volumen. Además, según Franquesa, al estar siempre presentes los carboneros en el bosque para controlar la combustión, no había peligro alguno para el resto del arbolado, quedando las fincas limpias de los desperdicios de la tala. Luego estaba el problema ocasionado por la caída de los árboles seleccionados para la tala, que podrían causar destrozos en otros de los alrededores. La solución era pactar un precio por esos árboles caídos.

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Los trabajos no fueron del gusto de los propietarios, al menos de Carandini, quien se quejó, amargamente, en una de las cartas. Al parecer, el último propietario de las fincas, un tal Domingo Domingo, tenía la costumbre de talar, con prudencia y acierto, cada año los bosques, logrando que estos estuviesen siempre cuidados y aportando unos recursos importantes. Sin embargo, la entrada de Cornet supuso un clima de falta de entendimiento que dio como resultado un largo período de ocho años sin talas, lo que había provocado que los árboles crecieran menos. Todos esos recursos no generados habían perjudicado gravemente los intereses de la mujer de Carandini, pues el dinero obtenido con las talas anuales de costumbre hubiera sido invertido de forma adecuada y hubiera producido más beneficios que la simple espera de crecimiento de los bosques por efecto de la lluvia y el sol. Además, Franquesa llevó a cabo una explotación defectuosa al incumplir la cláusula obligatoria de dejar limpio el bosque de ramas y brozas, sin hacer carbón, cosa que había incumplido al haber carbonizado árboles no marcados en lugar de esas ramas y brozas. Debido a ese clima de enfrentamiento, las propiedades habían sufrido daños, como el derrumbe de la casa de la finca Beví Gros, que debería haberse arreglado con el fruto de la tala de sus bosques. Por último, abogando por el clima de entendimiento de las partes de cara a una correcta explotación de los bosques y de la finca La Coromina, Carandini sugería la posibilidad de comprar entre la propietaria que él representaba y Cornet la parte que quería vender su cuñado, José Domingo. Su esposa y él no tenían descendencia, por lo que también sugería la posibilidad de que a la muerte de ellos el patrimonio pudiera venderse por entero a Cornet.

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¿Será posible localizar a los herederos de las personas que intervinieron en este negocio de tala de árboles? ¿Qué habrá sido de dichas fincas desde entonces, desde 1953? ¿Forman parte del Parc Comarcal Castell de Montesquiu? ¿Cómo se gestionan ahora esos bosques? ¿No es cierto que esta historia supone un notable cambio de paradigma respecto de los bosques, antes explotados hasta el límite, ahora protegidos quizá excesivamente? Para intentar dar respuesta a estas preguntas, viajo hasta Montesquiu con la intención de visitar tanto La Coromina como el Parc Comarcal. A las afueras de esa población se yergue La Coromina presidiendo sus campos, una casa pairal en verdad imponente, con la típica estructura de la masía catalana, las arcadas de los pisos superiores, el tejado a cuatro aguas, las construcciones auxiliares que la rodean, ante el telón de fondo de los primeros bosques de su territorio. Desde luego, su aspecto es inmejorable, con toda seguridad han debido rehabilitarla hace bien poco.

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Pero no me detengo ante su puerta, he decidido acudir primero a la oficina del Parc, así que continuo otro kilómetro, aproximadamente, hasta llegar al Castell de Montesquiu, en cuya masovería se encuentra la oficina. En principio, tengo la mala fortuna de que el director del parque, Eduard Botey, ha bajado hoy mismo a Barcelona a una reunión en la Diputación Provincial. Sin embargo, puedo hablar con Mercè Plans, que me atiende con sumo interés cuando le cuento la historia que me lleva hasta allí, esta reconstrucción que he titulado La tala. Mercè conoce, personalmente, a Josep María Paret y a Pilar Espadaler, unos amigos de Barcelona originarios de esta zona. Creo que fue su vecina, por lo que todavía se interesa más por mi relato. Lo primero que hago es pedir los planos del parque para comprobar sus lindes exactas y saber si las fincas que fueron taladas en 1952, El Revell, Beví Xic y Beví Gros forman o no, actualmente, parte del territorio protegido. Y no, no pertenecen al parque, sino a la finca La Coromina, que dobla en extensión al propio Parc Comarcal, de unas quinientas hectáreas, por lo que la extensión total de sus terrenos debe de ser de unas mil hectáreas. En el plano, he trazado las lindes del parque con una línea negra. Como se ve, los bosques quedan fuera y los terrenos de la finca La Coromina, según Mercè, rodean el parque al menos desde el sur, donde está la masía, hasta la zona norte del parque y por todo el este.

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A propósito de aquel antiguo propietario del Castell de Montesquiu y de los terrenos de su territorio, Emili Juncadella, que donó a la Diputación de Barcelona y que son los que ahora forman el Parc Comarcal, me regala el libro Emili Juncadella. Aventures d’un burgés als Pirineus. La vida de Juncadella debió ser apasionante. Hijo de una familia de la alta burguesía catalana, pudo dedicar su tiempo a sus aficiones, entre las que se encontraban la montaña, la caza, los viajes y la vida social. Era coleccionista de armas y aficionado a la fotografía y la literatura, por lo que poseía un gran archivo y una extensa biblioteca. Monárquico convencido, fue amigo de Alfonso XIII, con quien se carteaba, y de Juan de Borbón. En la época de Primo de Rivera llegó a ser diputado provincial. También escribió sus impresiones acerca de sus escapadas al Pirineo, recogidas en un cuaderno personal de veinte excursiones realizadas entre 1908 y 1913. Incluso tiene una aguja con su nombre, Juncadella, en la cresta Cregüenya, en el macizo de la Maladeta. Murió asesinado el 29 de julio de 1936 cuando se dirigía al aeropuerto de El Prat para coger un avión hacia Madrid, huyendo de los republicanos, que habían sofocado el golpe de estado en Barcelona. Otras versiones sostienen que fue sacado de su domicilio y fusilado en la carretera de la Rabassada. Está enterrado en el cementerio de Montjuïc. Juncadella no se casó ni tuvo descendencia legal, motivo por el que donó el Castell de Montesquiu y los bosques que lo rodean a la Diputación de Barcelona.

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En ese momento llega el ingeniero de montes del parque, Jordi Jürgens, quien me informa de los tipos de aprovechamientos forestales que se practican hoy en día. Me explica que se hace una tala cada diez o quince años y que hay, básicamente, dos tipos diferentes: los tratamientos de mejora de árboles, entre los que distingue el aclareo, que consiste en la saca de producto no comercial, y la “clarida”, que conlleva la saca de productos aprovechables; y los tratamientos de regeneración, o talas en sentido estricto, como el corte del arbolado a ras de suelo dependiendo de las zonas, las condiciones climáticas, las especies, etc. Me explica que en esta zona se hacían lo que se llamaban “cortes de selección”, talas de arbolado dependiendo del grosor de los ejemplares, como es el caso de la que investigo yo y que tuvo lugar en 1952. Este tipo de aprovechamiento se hizo hasta, aproximadamente, el año 2000, cuando empezaron a introducirse en el parque métodos más modernos, como los que se utilizan en toda Europa. En resumidas cuentas, antes se cortaba lo bueno del bosque, los árboles de más porte (aunque se dejaran algunos para evitar el sufrimiento de la cubierta vegetal), y ahora se hace lo contrario, se deja lo bueno, el arbolado más imponente, y se aprovecha el resto. También hablamos del carboneo, costumbre que se mantuvo en la comarca hasta los años sesenta, cuando se introdujo el carbón mineral y el gasóleo. Todavía es posible ver en el suelo del bosque alguna zona donde se hizo carboneo, por el color oscuro de las cenizas que impregnó el humus.

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Una vez se marcha Jordi, retomo la charla con Mercè y le pregunto si sabe el nombre del actual propietario de La Coromina. Una llamada de teléfono y la información que le facilitan nos sacan de dudas: se trata de Vicenç Torns. Así que con estos datos me despido de mi anfitriona y me dirijo hacia La Coromina en busca de alguien que me pueda informar, quizá el masovero o algún empleado. Llamo insistentemente y nadie me contesta. Al rato, aparece por la carretera un tractor que accede a la finca por un camino de tierra y puedo hablar con su conductor. Es un hombre ya entrado en años al que apenas entiendo un catalán muy cerrado, lo justo para oírle decir que debo llamar a la empresa Eurospain Promociones Hoteleras. Y eso hago nada más llegar a casa, pues encuentro en internet los datos de esta empresa, llamar y charlar un rato con Vicenç Torn, actual propietario de La Coromina, nieto de Josep Cornet Oliveres, que conoce, como no podía ser de otra manera, a todos los protagonistas de La tala: a su abuelo; a Guillermo Puig Gurina, de quien me dice que era el mayor propietario de censos de la provincia de Barcelona; a Joan Franquesa; al abogado Carandini… Quedo con él en su empresa, domiciliada en la calle Wagner, del Polígono Industrial Can Jardí, en Rubí. Y me cita por la mañana porque por las tardes tiene que acudir a un tratamiento de quimioterapia por el cáncer que padece.

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El día convenido me acerco a Rubí para entrevistarme con el señor Torns, que me recibe a pie de escalera. Debe tener unos sesenta y cinco años y le encuentro algo frágil de aspecto, normal si tenemos en cuenta el cáncer con el que está lidiando. El 13 de octubre de 2009, martes para más señas, como me subraya él, le fue extirpado un tumor bastante grande que tenía en la cabeza. Sin embargo, uno más pequeño que fue imposible extraer es el que le está causando ahora los problemas que le obligan a seguir tratamiento. Hablamos durante cerca de una hora sin un orden predefinido. Me cuenta que su abuelo, Josep Cornet Oliveras, compró la finca La Coromina hacia 1945 gracias al consejo de su amigo Guillermo Puig Gurina. En aquellas fechas, La Coromina, después de la Guerra Civil, carecía de arbolado, por lo que su precio no era muy alto. Además, la masía se encontraba casi en ruinas. Durante la guerra, llegaron a quemar la capilla y el retablo que allí había. La compra debió ser complicada, pues parte de la familia Domingo, que era la propietaria, estaba exiliada en Méjico, y resultó bastante difícil realizar todos los trámites. Son datos que se corresponden, perfectamente, con lo que yo había deducido de las cartas encontradas. Durante años ha ido rehabilitando la masía, que ahora goza de un aspecto imponente, al menos desde el exterior, aunque esos trabajos todavía continúan.

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También me cuenta otras curiosidades, como que una antigua propietaria, Mercedes Faura, hacía subir cada día al sacerdote de Sant Quirze de Besora para que dijera misa, que ella escuchaba desde el balcón de la masía. Esta señora se casó con el administrador de la finca del Castell de Montesquiu, por lo que renunció a su parte de la herencia de La Coromina. Por cierto, me dice que uno de los administradores de la Diputación de Barcelona que se hizo cargo de la gestión del Parc fue José Montilla, en su momento Presidente de la Generalitat. De La Coromina me dice que hace unos cuatro o cinco años, desde que los países del este de Europa entraron en la Comunidad Económica Europea, ya no se tala nada, pues resulta mucho más económico importar la madera desde allí. Hasta entonces, era normal someter a talas los recursos forestales de la finca. Su abuelo, José Cornet, el propietario de la documentación que encontré, vivía en la Avenida José Antonio 515, 1º-2ª, la actual Gran Vía de las Cortes Catalanas, como ya sabía. Su familia vivía en la misma finca. Su madre era la hija mayor de Josep Cornet, por lo que su nombre completo es Vicenç Torns Cornet. Recuerda cómo su abuelo, cada tarde, cuando él volvía del colegio, le hacía entrar en su piso para jugar a las cartas, al parecer una de sus pasiones.

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Creo que al señor Torns le resulto un tipo singular, si no hubiera sido así me hubiera mandado a paseo a los dos minutos de comenzada nuestra charla, dadas sus múltiples ocupaciones relacionadas con sus empresas, como me recalca. Sin embargo, siente cierta simpatía por los personajes que él llama de la bohemia, artistas, escritores y demás, con quienes me relaciona cuando le cuento, de una manera bastante pormenorizada, el proyecto de estas Reconstrucciones. Creo que le interesa cuanto le digo. A la vez que le devuelvo la carpeta con los documentos de su abuelo, toda la correspondencia que reuní en un portafolio rojo y una copia de La tala como estaba antes de nuestra reunión, le dejo también una tarjeta con el enlace de mi blog y mis teléfonos particulares. Leerá el relato y me llamará si desea seguir adelante.