Hoy hace exactamente un año, el 20 de octubre de 2016, expuse en el curso “Memoria y desacuerdo: políticas del archivo, registro y álbum familiar”, organizado por la UIMP y la Diputación de Huesca dentro del programa Visiona, mi comunicación “Palabra e imagen: Ficción y realidad en el camino hacia una memoria colectiva”. Era una reflexión personal sobre la fotografía de aficionado y su profundo significado antropológico. Me permito ofrecérosla como foto-ensayo con el título “La memoria colectiva”.

Memoria-colectiva-visiona
Memoria-colectiva-encantes

Mis exploraciones en los Encantes comenzaron hacia 1995. Me acercaba a este singular rastro barcelonés en busca de primeras ediciones de literatura. Pero bien pronto me di cuenta de la enorme potencialidad de los objetos allí abandonados, fruto del desalojo de una vivienda de la ciudad. Imaginaba la muerte de una anciana y la posterior visita de los herederos a su piso. ¿Qué objetos de valor podían llevarse? A nadie le interesan las prendas de vestir de una mujer muerta, o sus zapatos, tampoco la vajilla, los adornos de la librería del salón, los muebles demasiado viejos para suscitar interés. Tampoco los álbumes familiares llenos de instantáneas en blanco y negro de un tiempo gastado, que yo veía tirados por el suelo sin que despertaran la curiosidad de los visitantes. ¿Cómo era posible que el objeto más valioso de una persona, la colección de instantáneas que acreditaban su paso por el mundo, hubiera sido arrojado, como el resto de los desperdicios que deja la muerte, sobre el suelo del rastro barcelonés?

Memoria-colectiva-albumes

Entonces, tomé uno de esos álbumes entre mis manos, lo ojeé con una mezcla de tristeza ajena e infinita curiosidad, y le pregunté al vendedor cuánto pedía por él: “¿Los conoce?”. No cabía en su cabeza que alguien quisiera comprar un álbum de fotografías de unos desconocidos. Puesto que me interesaba por ese objeto, es que tenía que conocerlos a la fuerza, como si estuviera rescatando la memoria de unos parientes lejanos, o de un viejo amigo cuya muerte había propiciado la dispersión de sus bienes. Era, bajo este punto de vista, ese acto de compra un rescate, una restitución del orden natural de las cosas. Estoy seguro de que, si le hubiera dicho que los conocía, el vendedor me hubiera regalado el álbum. Al ver mi cara de extrañeza y escuchar mis poco convincentes explicaciones, procedió a poner un precio en consonancia con mi vil interés: “Dame cinco mil pesetas”.

Memoria-colectiva-familias

Desde aquella primera compra seguí volviendo a los Encantes en busca de otros álbumes de otras tantas familias desconocidas. Y compré decenas, al principio sin ningún criterio, solo porque estaban allí, abandonados. Me sentía como un rescatador de la memoria ajena, aunque no supiera muy bien qué significaba eso. Luego, conforme se acumulaban en las estanterías de mi salón, los compraba buscando ciertas características que los distinguieran, la calidad de las emulsiones, la pericia del fotógrafo aficionado, la temática diferenciadora que mostraban, lo que me llevaba a rechazar los que carecían de interés. Allí colocados, en los estantes del salón, más que un archivo, formaban un cementerio de anhelos humanos, de vidas minúsculas y extinguidas. ¿No eran, esas fotos perdidas, espectros que exigían un acto de restitución?

Memoria-colectiva-crueldad

La crueldad del fotógrafo fue ese acto de restitución. Mezclando fotos de unos y otros, fabriqué un álbum de una familia que había emigrado a Panamá en 1930 y que había regresado a Zaragoza en la posguerra, y que venía a reflejar la vida de tres generaciones. Sería el modelo de álbum que me permitiría escribir una novela sobre los álbumes, el modelo de memoria que me llevaría a fabular sobre la memoria de los otros. La crueldad del fotógrafo, la novela resultante, tiene esta trama: un tipo divorciado, Alfonso Vallejo, se instala en un apartamento amueblado del que el anterior inquilino no se ha llevado sus pertenencias; entre ellas, encuentra un álbum de fotos familiar; y examinándolo con curiosidad se descubre a sí mismo al fondo del encuadre de una foto tomada en Salou, en el verano de 1968, a una niña, Penélope Cortés, que posaba en la playa; un recuerdo perdido en la memoria viene hasta él y rememora ese verano, su estancia en Salou, la niña que le enamoró y a la que había olvidado. Entonces, una determinación se adueñará de Alfonso: buscar a esa mujer y devolverle el álbum, a la vez que se pone a indagar en sus circunstancias vitales y la historia de su familia.

Memoria-colectiva-vertigo

Un primer vértigo queda reflejado en la novela: la posibilidad cada vez más certera de que otros nos fotografíen sin nuestro consentimiento, porque pasábamos por allí, al fondo del encuadre en uno de esos parajes abarrotados por los turistas. Además del álbum con las fotografías conscientes y voluntarias, habría otro, diseminado por el mundo, que recogería las fotos inconscientes e involuntarias, aquellas en las que aparecemos aún a nuestro pesar, por pura coincidencia espacio temporal: esa playa de Salou en 1968, el retrato de una niña presumida y el semblante de Alfonso Vallejo detrás, atento a la escena.

Memoria-colectiva-domingo

El segundo vértigo tendría que ver con la insistencia temática de los álbumes de los fotógrafos aficionados: nadie fotografía el dolor, la desidia, el aburrimiento, la ira o el conflicto. Los fotógrafos aficionados desempolvan su cámara un domingo soleado para retratar a los suyos en las poses arquetípicas, la ceremonia social, la comida de hermandad, el viaje que depara la fortuna. La insistencia temática de los álbumes familiares es abrumadora. ¿Sería posible la práctica de una fotografía familiar al margen del uso normal? Alfonso Vallejo podrá comprobar que no cuando intente hacer un reportaje fotográfico de la gastroenteritis de su hija y sienta el rechazo sin paliativos que provoca su conducta.

Memoria-colectiva-edulcorada

Y el tercer vértigo tiene que ver con la imposibilidad de recuperar la memoria utilizando como vehículo las fotografías del álbum familiar, que casi siempre muestran una versión edulcorada de la realidad, como si la gente, a lo largo de su vida, no hubiera hecho otra cosa sino comer y beber, bailar y reír. Con la colección de instantáneas de la familia Cortés, Alfonso reconstruye en su imaginación una vida de pura dicha, de emigración gozosa, de éxito profesional y personal, para comprobar que en realidad nada de eso pasó, que la vida de los Cortés escondía innumerables miserias y que las fotografías no son buenas herramientas para reconstruir la vida de sus propietarios. Desde luego, no la de Penélope y su familia, quizá tampoco la suya: en su álbum tampoco hay fotos que reflejen el dolor, como el que él mismo sintió a la muerte de su hija pequeña.

Memoria-colectiva-foto-relatos

Pero seguía siendo propietario de una gran cantidad de álbumes, que yo empezaba a ver como series narrativas que debían servir de base a experiencias literarias. Es así como nació mi blog Foto-relatos en abril de 2008 y que fue alojando, hasta abril de 2016, la colección de foto-relatos y foto-ensayos que escribí por entonces. Había narratividad en algunas de aquellas fotografías, pequeñas series con cierta unidad temática: sesiones de un solo día, viajes por una geografía que podía documentarse, ciertas profesiones y sus requerimientos, reportajes con alguna peculiaridad… Construir ficción a partir de estas evidencias tendría, además, el añadido de la verosimilitud, al reforzar la imagen fotográfica el discurso literario. Tanto es así, que no fueron pocas las veces en que ciertos lectores confundieron estas ficciones con la realidad.

Memoria-colectiva-julio-1936

Como ejemplo puedo mencionar el foto-relato 18 de julio de 1936, que creó no pocas confusiones. Las ocho instantáneas que utilicé mostraban a una madre con su hijo, en julio de 1936, fotografiados por el padre en una cala ibicenca entonces completamente virgen. Di nombres a los personajes, imaginé una experiencia vital, también una carta enviada desde la playa en ese verano de dicha eterna justo en el momento del estallido de la Guerra Civil, de la que el trío no era consciente, como si estuviera viviendo en un paraíso, de espaldas a la historia. Con el paso del tiempo, este relato, plausible y apoyado en evidencias fotográficas, pasó a convertirse en un hecho histórico cuando algunos lectores llegaron a convencerse de que el caso de este abogado madrileño y su familia había sido real y lo había documentado en fuentes fidedignas: la misma carta que era el texto que yo había escrito fue tomada por una carta real, encontrada junto a las fotos.