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En mi juventud, fui una mujer muy guapa. Me sentía atractiva. Los hombres giraban sus cabezas a mi paso. Mon mari sentía una mezcla de celos y orgullo. Y las mujeres me miraban también. Nosotras nos fijábamos en las otras mujeres. No por un impulso sexual, eso es cierto, pero sí para compararnos. Para sentirnos superiores. Y, a veces, inferiores, todo hay que decirlo. En fin, un buen vestido era la clave. Cubrir un cuerpo gallardo como el mío con un buen vestido. No es que yo fuera una modelo, en sentido estricto. Conocía mis limitaciones. Tendía a engordar. Por eso tenía más mérito sacar partido de lo que había. Recuerdo bien un vestido blanco muy escotado. Debió de ser allá por el verano del año 1952. Lo estrené para una corrida de toros. Costó un riñón, es cierto, mon mari puso caras raras. Luego, él me decía: “Inès, tu as bien fait, ma petite, ce vêtement te va aussi bien. Y era verdad. Los hombres se volvían, las mujeres se volvían, y yo me sentía el centro de la creación. Lo estrené un domingo de fiesta. Fue en una plaza de toros llena de gente, abarrotada literalmente. Hacía sol. Se estaba bien allí sentada en la gradería, sintiéndome observada. La envidia de las demás mujeres, el deseo estampado en las caras de los hombres.

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Y luego estaban los placeres de la buena mesa. Una llegaba a un restaurant y todo eran atenciones. “¿Tienen reserva los señores?” Los camareros siempre tan solícitos. Levantabas un dedo y ahí estaban, con la carta y la libreta de notas. Una de gambas a la plancha. Crevettes, decía Jean. Una de mejillones al vapor. Moules, aún me acuerdo. Unos pulpitos. Y la paella de marisco para dentro de un cuarto de hora. Y cerveza bien fresca. Y vino blanco con aguja, refrescante, burbujeante. El sol lo justo, ni mucho, ni poco. Al aire libre. Una pareja de buenos amigos, cuatro en total, más era multitud. Aquellos sabores que todavía recuerdo nítidamente. El sabor de la sal gorda sobre la piel de una gamba. Y chupar la cabeza de una crevette. El sabor a mar de un moule. Y el arroz meloso y calentito mezclándose en la tripa con el vino fresco. Una buena charla. Un pitillo entre plato y plato. La brisa del mar meciendo los cabellos. Hubiera vivido siempre así, comiendo paellas todos los días. Entonces, claro, mon mari se levantaba y me hacía una foto. Menos mal que me hacía fotos a todas horas. De lo contrario, me pregunto qué hubiera pasado con mis recuerdos. Se hubieran perdido. Nada del restaurant, nada de mi vida. Menos mal.

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Mon mari, mi marido, el bueno de Jean, Jean Chassignet, aunque todos le llamaban Juan. Salió de la France en 1944 y cruzó los Pirineos. Estuvo liado con todo lo del régimen de Vichy. Decían que era colaboracionista. Pero a él no le quedó más remedio. Cumplía órdenes. Y luego la desbandada, después del desembarco de los aliados en Toulon. Bueno, fue una suerte para mí que fuera colaboracionista. Si hubiera sido de la resistencia nunca lo habría conocido. Luego se dedicó a los negocios de importación y exportación, y las cosas pronto le fueron bien. Tenía sus contactos. El poder tiene eso, te ofrece ventajas. Y él supo aprovecharlas. Montó su negocio, tenía tres secretarias. Un oficial contable. Tres viajantes. Y amigos en las aduanas. Por eso nos podíamos permitir tantos lujos. Yo nunca supe qué vendía exactamente. Ni siquiera se lo pregunté. Me bastaba con los sobres llenos de billetes que me daba todas las semanas. Tiens, petite Inès, pour les dépenses de la maison et pour que tu t’achètes quelque chose”. Buena comida en la maison. Champagne français, claro. Excursiones y viajes por toda la geografía nacional en nuestros coches importados. Eso sí, nunca cruzamos los Pirineos. De la France, ni hablar. Alguna vez desapareció durante semanas.

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Y yo en casa haciéndome la toilette. Sí, es verdad, una de las cosas más placenteras que conocí era hacerme el aseo. Me encerraba en el baño, después de que Jean se fuera, y me pasaba un par de horas de reloj allí dentro. Me metía a las nueve de la mañana y así hasta las once. Primero un largo baño con espuma. Sales y jabones aromáticas. Cuarenta y cinco minutos de reloj dentro del agua caliente. Luego me embadurnaba de cremas. Lociones para el cuerpo. Cremas para la cara. Piedra pómez para los pies. Las uñas siempre bien arregladas. Y perfumes sofisticados. Largos ratos peinando mis cabellos, pintando los ojos, espolvoreando mi cara. La sensación de relajación era total. Y nunca tenía prisa, ya me preocupaba yo de quedar con las amigas más tarde de las doce. Luego escogía la ropa interior, siempre de primera calidad. Tener un mari francés dedicado a los negocios de importación tenía sus ventajas. Y el resto del vestuario, los vestidos vaporosos, las blusas a la moda, los trajes de chaqueta, los abrigos de piel. El cuerpo quedaba como cocido, blando, expectante, listo para cualquier aventura. Envuelto en materiales de primera calidad. Y una mujer así podía enfrentarse a la vida con garantías de éxito.

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Y luego mi maison. Cómo me gustaba mi casa. Vivíamos en un buen barrio de Barcelona. Vecinos adinerados, seguridad en las calles. Un portero muy atento, serenos que nos conocían de toda la vida. Un piso muy amplio y lleno de luz. Sin gérmenes. Sin malos olores ni oscuridad. Tenía un comedor precioso, con aquellos muebles que también encargó Jean en la France. Muebles modernos, funcionales, de líneas sencillas. Y muy caros. Y el salón a la moda, no como en España, que los salones se amueblaban sin gusto. Unos sofás de verdad cómodos. Una chaise longue que era mi favorita. Y cuadros de artistas franceses por la paredes, vistas de París, del Sena, qué se yo lo valiosos que eran. El dormitorio con esa cómoda llena de cajones. Un colchón de verdad, sintético, importado de la France. Y el tocador, cuántas horas me habré pasado entre la toilette y el tocador. Ma chérie Inés, tu passes plus de temps en faisant ta toilette que moi dans le bureau”, decía siempre Jean.

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Luego estaban las habitaciones de invitados. Y la cocina con su dormitorio de servicio. Esos eran los dominios de Felisa, la empleada que se encargaba de la limpieza, la compra y las comidas. No teníamos habitación para los niños. No nos hizo falta. No los tuvimos. Sin ellos, la vida era mucho más cómoda. Todo el dinero para nuestros gastos. Viajes. Lujos. Joyas. Eso de los hijos es un incordio. Bueno, a los hijos los suplían los amigos. La compañía ideal, claro. Estaban allí durante unas horas y luego se largaban. Mucho más cómodo, no se puede comparar. A los hijos hay que atenderlos siempre. A los amigos, a veces. Llegaban a las siete con sus sonrisas brillantes y unas botellas de licor. Llegaban y todo eran abrazos, besos y chistes. Fiesta. Lo bien que lo pasábamos en las fiestas que hacíamos. No escatimábamos en gastos. Buena comida, desde luego, fiambres, quesos de primera, patés. Vino blanco y champagne français. De eso se encargaba Jean. Y nos poníamos a beber y a cantar, era todo tan alegre, se contaban tantos chistes. Nos reíamos tanto. Jean se sabía muchos chistes franceses y era muy gracioso oír sus adaptaciones. Se pasaba un buen rato. Nos tirábamos confeti. Poníamos la casa hecha un asco, pero bueno, para eso estaba Felisa. Que se caía una copa, daba igual. Las risas eran continuas, de verdad. Luego nos íbamos de paseo, abrazados, tan contentos, por las calles tranquilas de la ciudad. Sí, una buena fiesta con amigos era realmente algo extraordinario.

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Lo que no podía soportar eran esas bebidas tan amargas que tomaban Jean y los demás hombres. Ginebra, coñac, eso no era lo mío. Pero el vino y el champagne, sí. Con dos o tres vasos las cosas empezaban a entonarse. Sobre todo si era de mañana, antes de comer. Una buena cata de vinos antes de comer abría el apetito. Sentías todo tu cuerpo vivo. La cabeza empezaba a girar, muy despacio, y la sonrisa se dibujaba en el rostro. ¡Cuánto me gustaba emborracharme! Y las tertulias con los amigos, sí. Una sobremesa agradable, con buen café y pasteles. Tengo mucha añoranza de las fiestas, de los amigos. Lo que daría yo por hacer una fiesta, aunque solamente fuera una. Lo que daría, incluso, por tener hijos molestos que lloran y lloran, aunque solo fuera eso. Lo que daría por recuperar a mis mascotas, a mis perros, que a veces pensaba que eran como hijos. Aquel perra que me trajo Jean una buena mañana, con lo bueno que era, que era como una persona, igual que una persona. Pero no me voy a poner triste. Mejor recordar las cosas buenas. Sí. Las fiestas que hacíamos y los vasos de buen vino que bebíamos. El sabor del vino. Recuerdo perfectamente el sabor del vino blanco, mi favorito. Cómo inundaba la boca. Cómo se esparcía por el paladar, cómo impregnaba la lengua. También me gustaba el rosado, por este orden, y luego el tinto. Y el champagne français, desde luego. Y moscatel, anís…

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Otra de mis debilidades eran los dulces. Siempre había en casa. Pastas de té, brazos de gitano. Pastel de chocolate. Bocaditos de nata, qué maravilla, bañados de chocolate caliente. La nata, vaya recuerdo. Galletas con fruta escarchada. Magdalenas con azúcar glasé. Un buen gâteau, Jean siempre me traía alguno. Nunca faltaba en casa. El cabello de ángel, por Dios, qué gratos recuerdos. Una ponía una porción de chocolate y la deshacía lentamente en la boca. Podía pasarme una tarde entera con una tableta. Vaya que si recuerdo las tertulias alrededor de un buen gâteau. Además, los invitados de mon mari siempre eran personas cultas. Daba gusto oírles hablar. Sabían de todo. Hablaban de arte, de economía. Algunos daban conferencias, por eso resultaban tan interesantes. Las mujeres allí, más bien calladas, escuchando toda esa sabiduría. Pero, en fin, yo me quedaría con los sabores, no con las palabras. No me harían falta, ahora, las palabras de esos hombres tan inteligentes. Me conformaría con una cucharadita de gâteau, una sola, aunque fuera pequeña. Aunque fuera una cucharadita de café, ahora, en la boca, un trocito de gâteau.

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Y salir de viaje, otro gran placer. Una se iba de viaje y daba gusto vivir esas experiencias. Ya en la preparación empezaban las emociones. Una cogía el coche, o el barco, por ejemplo, y las cosas empezaban a ser extraordinarias. Todo era extraordinario. El mismo balanceo del barco, el olor del mar. El camarote, toda una aventura. Esas camas tan divertidas. Era divertido también asearse al compás de las olas. O comer en el restaurant del barco. Había por allí otras personas en la misma situación y se podían hacer amigos. Una buena charla sobre una hamaca en proa. La brisa marina en la cara. En bañador. Tomando el sol en la cubierta del barco. Y llegabas a destino y todo eran maravillas. Visitabas una ciudad nueva, desconocida, parabas a comer en el mejor restaurant, que alguien había recomendado. O en una pastelería. Te tomabas unos vinos en una tasca de otro país, en Italia, en Grecia. Una se sentía viva, en forma. Las cosas se veían de otra manera. No había rutina. La gente era extraordinaria. Viajar, otro de esos grandes placeres que hecho tanto de menos.

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Incluso salir al campo un día, que parecía una tontada, era maravilloso. Una se ponía ropa cómoda, de sport, que importaba Jean de la France. Ma chérie Inés, tu est belle même avec les pantalons courts”. Cogíamos el coche y salíamos a eso de las once de la mañana. Un sábado de excursión. Unos cuántos kilómetros y enseguida llegabas al campo. Nos llevábamos una cesta de picnic que también importó desde la France. Embutidos, quesos, una buena hogaza de pan. Estirábamos una manta en el suelo y nos recostábamos. Allí, tan ricamente. Sintiendo el vino correr por la venas. Y el aire tan limpio del campo, la hierba, los árboles, qué maravilla. Comíamos con tanto apetito. Bebíamos con tanta alegría. Incluso, ahora puedo decirlo, que ya no importa, más de una vez me hizo mon mari el amor. Sí, de verdad, me hacía el amor en mitad del campo. Yo le decía: “Jean, que nos puede ver alguien.” Pero él no me hacía ni caso. Tant mieux. Et qu’est ce que ça peut te faire, ma petite Inés? Ils vont craquer d’envie”. Y en parte tenía razón, daba un gusto especial hacerlo así, al aire libre. Sobre una manta. Expuestos a las miradas de otros excursionistas. De los campesinos y las campesinas. Era más excitante, no lo negaré ahora. Otra de esas combinaciones tan fantásticas de la vida. Sol, campo, vino y un poco de sexo.

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Y he dejado para el final lo mejor. La playa. Era mi destino favorito. Un fin de semana. Las vacaciones enteras. Escapadas de un día con alguna amiga. Allí, mecida por la brisa marina, expuesta a los rayos del sol. Allí, refrescada por el agua salada, calentada por la arena fina. Siempre llevábamos buena comida, buena bebida. Y buena compañía. Si era una cosa especial hacer el amor en el campo, todavía era más especial hacerlo junto al mar. O aunque estuviera sola. Miraba mi cuerpo bronceado y no me cansaba. Mis pies bronceados, qué bonitos eran mis pies. Mi vientre plano, los brazos con granos de arena. Me sentía cómoda en mi cuerpo. Tenía un cuerpo de primera. Y eso era lo que importaba de verdad, la carne. Sentir los órganos por dentro. Sentir la piel en contacto con el aire, con las cosas, con la piel de otra persona, la de mon mari, por ejemplo. Mirar mis pies descalzos y bronceados sobre la arena. Qué imagen tan bonita. Tocar mis muslos dentro del agua. Nadar sobre las olas. Tomar el sol tumbada, la mente en blanco, la vida derramándose por los poros. Lo demás, todo lo demás, es superfluo.