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Una nueva visita a los Encantes me depara una de esas sorpresas tan increíbles que a veces nos regala el azar. Como cada mañana, todo se desarrolla dentro de la normalidad, gente por doquier, puestos llenos de objetos, tesoros ocultos a la espera de quien los descubra. Los compradores, cada uno entregado a su obsesión, sopesan sus hallazgos, regatean, llegan a tratos, compran, pagan, salen contentos o decepcionados. Yo, como hago desde hace unas semanas, voy buscando una carpeta de documentos que me permita seguir con estas Reconstrucciones. Entonces, llego ante un puesto cualquiera, de los que ya he visto cientos, algún mueble, cuadros, adornos, libros tirados unos sobre otros. Me acuclillo para rebuscar entre tanto papel cuando cae en mis manos una cartulina partida anunciando un enlace matrimonial. ¿Cómo es posible? No me lo puedo creer… ¡Es la tarjeta de boda de María Dolores Mollet Bazús, Loles! Resulta que Loles es compañera mía de trabajo desde que llegué a Barcelona, allá por 1989. Incluso antes, en 1987 y también en Barcelona, había hecho conmigo y con otros compañeros el curso de prácticas. También sé que se casó y que más tarde se separó, no me extraña que la tarjeta de participación esté rasgada. Lo primero que pienso es que Loles ha perdido estos papeles. Entonces, sigo rebuscando entre todo aquello tratando de rescatar lo que puedo, documentos, cartas, postales, cuantas cosas me parecen relevantes entre otras muchas que no lo son. Convengo un precio con el marroquí que vende el lote y me marcho deprisa, quiero llegar cuanto antes a casa para llamarla y contárselo.

Foto-acciones-prodigioso-azar-Conjeturas

Por el camino, todo son conjeturas: me veo llamando a Loles y explicándole mi hallazgo, acompañándola a los Encantes para enseñarle el puesto, ayudándola a regatear con el marroquí para que no abuse en el precio de todo el lote y a acarrear hasta su casa ese pasado recuperado. Pero, a la vez, voy pensando en otras posibilidades: bien podría ser que alguien, un hermano de Loles, un primo, un pariente, haya vendido todo esto por descuido, sin darle importancia, quizá estuviera traspapelado entre otras cosas sin valor; podría tratarse de otra persona, otra María Dolores Mollet Bazús, aunque esos apellidos no me parecen nada corrientes; o quizá realmente ha querido deshacerse de todo, la verdad es que la mayoría de los objetos desparramados por el suelo parecen de escaso valor. En todo caso, el azar me ha puesto entre las manos otro material y las cosas han dado un giro total: ya no se trata de investigar unos documentos para dar con unas personas, como he hecho en las primeras reconstrucciones, ahora la persona la tengo localizada inmediatamente, es más, el hecho de que la conozca me ha forzado a comprar el lote, y la trama del relato se invierte comenzando por su final.

Foto-acciones-prodigioso-azar-Desalojo

Lo cierto es que llamo a Loles y le cuento todo lo que me acaba de pasar. Me dice que ayer mismo salió de casa de sus padres, en manos de unos que desalojan pisos, un montón de cosas que no podían conservar, muebles, ropa, viejos papeles sin importancia. Entre ella y sus hermanos ya habían seleccionado lo que tiene valor. Su padre murió en el año 2000, su madre en 2006, y desde entonces tenían la vivienda sin tocar. Ahora, los hermanos han decidido hacer unas reformas y han comenzado por hacer el desalojo y una limpieza de todo lo acumulado en el piso. Así que no necesita ir corriendo a los Encantes para recuperar los objetos perdidos, como yo había pensado. Pero es verdad que la cosa tiene gracia, que aparezca yo por allí y me lleve un lote de sus documentos. Aprovecho para explicarle mi proyecto, estas Reconstrucciones que tantas sorpresas me están deparando, y se muestra encantada de colaborar conmigo. Algún tiempo después, voy hasta su casa para sostener una larga charla. En todo caso, este es un acto en memoria de sus padres. Ahora, Loles tiene la palabra.

Foto-acciones-prodigioso-azar-RENFE

Mis padres nacieron el mismo año, en 1917, con apenas unos días de diferencia. María Dolores Bazús Portella, el 31 de mayo, Ricardo Mollet Pesas, el 7 de junio. La familia de mi padre era originaria de Montcada i Reixach, cerca de Barcelona, donde tenía una mercería, aunque nunca tuvimos mucho trato con ella debido a que era una gente un tanto huraña. Mi padre tuvo un hermano que se llamó Román, que fue quien se quedó, a la muerte de los abuelos, tanto con la tienda como con la casa, por lo que las relaciones se enfriaron definitivamente y el trato con ellos quedó cortado de raíz, algo tan habitual entre los seres humanos como son las rencillas que surgen por las herencias. Por el contrario, con la familia de mi madre las relaciones siempre fueron mucho más estrechas y frecuentes. Los abuelos maternos eran de un pueblo que se llama Azanúy, cerca de Monzón, en la provincia de Huesca. Mi abuelo se llamaba Mariano Bazús Puyuelo y nació en el año 1875. Mi abuela, Dolores Portella Vidal, en 1880. Mi abuelo trabajó en la RENFE desde 1907, con el cargo de “levantador”, en los talleres de San Andrés, en Barcelona, el barrio en el que se asentaron.

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Un episodio de la vida de mi madre muy curioso se produjo hacia 1934. Ella era admiradora de una actriz llamada Fay Wray, la protagonista del primer King Kong, la película de Merian Cooper y Ernest B. Schoedsack, aquella en la que hacía el papel de Anne Darraw, la chica que engatusa al gorila gigante. Mi madre le mandó una carta y, al poco tiempo, recibió una tarjeta de respuesta: la actriz, después de agradecerle su simpática nota, se disculpaba por no enviarle el retrato firmado que le demandaba, debido a las numerosas peticiones similares que recibía, que hacían de todo punto imposible que las satisfaciera de modo gratuito. En la misma tarjeta hay un pequeño cuadro con las tarifas que pedía por los diferentes formatos de sus retratos. Esta actriz murió en 2004, en su apartamento de la Quinta Avenida, muy cerca del Empire State Building, en cuya cima vivió la extraordinaria peripecia con el gorila.

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Ya durante la guerra civil, mi madre trabajó en el Ministerio de Defensa Nacional de la República, en la Subsecretaría de Armamento, como mecanógrafa. De esta fecha es un documento que le fija un sueldo mensual de quinientas pesetas. Este puesto le dada derecho, entre otras cosas, a la utilización de comedores económicos y a la retirada de víveres de los almacenes de distribución dependientes de dicho Ministerio. Una de las pocas cosas que sé de la guerra es que mi madre se desplazaba algunas veces hasta Cervera, en la provincia de Lérida, en tren, para comprar alimentos, sobre todo patatas y legumbres, productos que no se pudrieran muy deprisa y que pudieran almacenarse fácilmente. Supongo que debía tener en esa ciudad a algún pariente o amigo que le podía facilitar esos suministros, tan valiosos en aquellos momentos de penuria. Para eso necesitaba, como era por otro lado normal en tiempos de guerra, salvoconductos. Por su parte, mi padre nunca entró en combate. Estuvo destinado como mecanógrafo en el Centro de Reclutamiento, Movilización e Instrucción n. º 16 de Barcelona, del Ejército del Este de la República Española, por lo que se libró de los horrores relacionados con los campos de batalla. Tampoco era una persona que contara nada de la guerra, de los bombardeos en la ciudad, del clima que se respiraba, de las peleas políticas entre las diversas facciones de la República.

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Entre los documentos que salvamos de mis padres, hay una tarjeta postal que representa a la que se llamó en la zona Republicana catalana la mascota de la democracia, El mes petit de tots. Este dibujo fue uno de los iconos del período bélico y revolucionario. Fue creado por Miquel Paredes, debiéndose a Jaume Miravitlles la enorme difusión que alcanzó. Joan Oliver, Pere Quart, adaptó la letra de la canción Els tres tambors, quedando así la historia de El mes petit de tots: tres hermanos se alistan voluntarios para ir al frente. Pero el capitán ve que uno de ellos es todavía muy pequeño y dice: “¡Es por este niño y todos los de la tierra por quienes los hombres lucharemos hasta morir o vencer!” El niño se queda con su madre cuando la tropa parte y enarbola la bandera. Con esta letra y la melodía de Els tres tambors se grabó un disco interpretado por Emili Vendrell. También se editó un libro ilustrado por Lola Anglada. El éxito de la mascota fue enorme. De la estatuilla del niño se vendieron en Cataluña entre doscientas y trescientas mil copias.

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Al terminar la Guerra Civil, mi padre fue momentáneamente encarcelado, como supongo le debió pasar a tantos y tantos republicanos, aunque fue liberado muy pronto, el 21 de abril de 1939. En ese clima de represión, no le quedó más remedio que colaborar de alguna manera con el nuevo régimen, y así fue, durante un tiempo, agente del Servicio de Información e Investigación de la Falange, adscrito a la Jefatura Local de Montcada i Reixach. Inmediatamente después, comenzó a trabajar en el ayuntamiento de Montcada i Reixach. Fue notable su participación en la elaboración del mapa del término municipal de ese pueblo cercano a Barcelona. Más adelante, pasó a una empresa muy importante de aquella época, Aiscondel, una industria química que fabricaba plásticos, hules y su producto estrella, el aironfix, un film transparente de plástico con el que todos los niños de este país, durante decenios, forraron sus libros de texto. Allí, en la sede de la calle Lepanto, fue escalando puestos, desde contable, cuando ingresó, a Jefe de Finanzas, cuando se jubiló. Mi madre también estuvo empleada en esa empresa como administrativa. De hecho, entró primero mi madre y algo después mi padre, por lo que coincidieron un tiempo. Aunque ahora Aiscondel como tal ya no existe, la empresa fue comprada por la multinacional Monsanto.

Foto-acciones-prodigioso-azar-Cartas

Mi padre estudió para perito mercantil en Barcelona, por lo que tomaba el tren en Montcada con destino a Barcelona, y en una parada intermedia, en San Andrés, subía Dolores, así que de esta manera llegaron a conocerse, pues compartían parte del viaje. De hecho, hay algunas cartas a través de las que se citaban en el mismo tren que cogían. Eso fue, más o menos, en febrero o marzo de 1944. Cuando mis padres se casaron, en un primer momento pasaron unos años en casa de los abuelos, y más tarde, hacia 1950, se fueron a vivir a la calle del Orden, que ahora se llama Ignasi Iglesias, justo en la esquina con Concepción Arenal, en el barrio de San Andrés, que es el lugar donde nacimos mi hermana Neus y yo ese mismo año y donde vivimos los primeros años de nuestras vidas. Luego nos mudamos todos a la calle Padre Secchi, muy cerca de la anterior, donde estuvimos viviendo hasta 1962, antes de mudarnos a la casa de la calle Camp, 34, en el barrio de Sant Gervasi. De hecho, mis padres habían comprado antes de mudarnos la casa de la calle Camp, pero no fuimos a vivir a ella hasta que murió la abuela materna, ya que ella no quería salir del barrio de San Andrés, donde había estado siempre. Además, tuvieron que hacer reformas. En esa casa pasé toda mi adolescencia y primera juventud.

Foto-acciones-prodigioso-azar-Calle-Camp

La casa del número 34 de la calle Camp la compraron mis padres entera. Lo curioso es que allí vivía una inquilina, la señora Irene, que era tejedora, a quien tuvieron que respetar su contrato de alquiler y hacer un piso para ella, a su gusto, pues el edificio hubo de reformarse de arriba abajo. La distribución del inmueble quedó igual, y a ella se le reservó el piso de arriba, de más de cien metros cuadrados. Nosotros nos reservamos el primer piso, donde estaba nuestra casa, y la planta calle se alquiló como almacén. La idea de mis padres era que con el tiempo, después de la muerte de esa inquilina, nos harían pisos a nosotros en ese segundo, pero claro, luego eso nunca se llevó a cabo entre otras cosas porque siempre nos opusimos. Aquella inquilina no tenía hijos, ni sobrinos, ningún pariente, y al morir, hacia 1964, sin testar, todos sus ahorros, que no eran pocos, pues calculamos que tenía más dinero que todo lo que había costado el inmueble entero y su reforma, se los quedó La Caixa. Lo curioso del tema es que, cuando esta mujer ya era mayor y estaba impedida, la cuidaron unas hermanitas de la caridad, y sin embargo no les dejó ni siquiera una parte de su fortuna. También, se encontraron dentro de la casa unas ochenta mil pesetas en metálico, que no era poco. A la muerte de esta señora la casa se cerró, no se puso nunca en alquiler, todo lo más la utilizábamos nosotras para nuestras fiestas, solamente se quedaron los muebles y nuestros padres debieron deshacerse de todo lo demás, la ropa, los libros, lo que se acumula en un piso a lo largo de una vida.

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Por aquellas fechas Neus se casó y dejó la casa paterna, donde seguimos mi hermano y yo. La primera mujer de mi hermano fue una Aguilera, dueños de una casa de Antoni Gaudí, la casa Bellesguard, que en castellano puede traducirse por Buena Vista, de la calle Bellesguard, por la zona del Tibidabo, una de las obras más importantes de Gaudí. Esta familia sigue viviendo allí, y con el tiempo, al no poder tocar ninguno de los elementos originales de la construcción, la vida en semejante casa se ha convertido casi en un infierno. La verdad es que es espectacular, con unos techos altísimos, un jardín impresionante, por lo que reciben algún tipo de subvención para llevar a cabo las labores imprescindibles de mantenimiento.

Foto-acciones-prodigioso-azar-Infartos

Mi padre, a partir de 1989, cuando tenía setenta y dos años, tuvo varios infartos cerebrales, aunque ni él ni mi madre nos decían nada. Sin embargo, en una ocasión, conduciendo el coche por General Mitre y entrando, precisamente, en la calle Camp, sufrió uno de esos infartos y se empotraron contra un coche aparcado. Fue la señal de alarma para nosotras. Neus trabajaba en el Hospital del Mar, y sometimos a nuestro padre a toda la batería oportuna de pruebas. El diagnóstico fue obstrucción de las carótidas, una, al 100% y la otra, a un 80%, por lo que tuvieron que hacerle baipás de carótida, con tan mala fortuna que pasó un coágulo al cerebro y lo dejó afásico y sentado en una silla de ruedas, aunque nunca perdió la lucidez. No podía hablar ni escribir, no se podía comunicar con los demás, salvo algunos gestos simples que utilizaba para las cosas más elementales, como señalar que tenía hambre o frío, por ejemplo. Vivió diez años más, hasta los ochenta y dos, en unas circunstancias bastante dramáticas, haciendo siempre vida en casa, por lo que fue necesario emplear gente que ayudara a nuestra madre, una chica para las tareas domésticas, un señor encargado de levantar a mi padre y bañarlo, y otra chica para cubrir los fines de semana. Además, mi madre tenía también la movilidad reducida porque le habían sometido a una operación de columna. Cuando pasó todo esto yo me ofrecí para mudarme a la calle Camp y ocuparme de mis padres, pero entre mis dos hermanos me quitaron la idea de la cabeza, que, literalmente, habría significado una especie de enterramiento en vida, dedicada todo el tiempo al cuidado de dos personas impedidas.

Foto-acciones-prodigioso-azar-Residencias

Las cosas estuvieron así un tiempo hasta que mi madre también tuvo un infarto cerebral y todo se torció. Nos quedó un panorama dantesco, los dos en sillas de ruedas, eran necesarias varias personas para atenderlos, dos chicas de diario, otras dos para los fines de semana, el encargado de levantarlos y acostarlos… Fue una historia complicadísima que duró unos tres meses. No quedó más remedio que buscarles una residencia donde estuvieran los dos correctamente atendidos, lo que no fue fácil. Primero, estuvieron en una residencia en Collbató, pero resultó un desastre, no los lavaban, estaban pésimamente atendidos. Luego, encontramos una en Sabadell, recién inaugurada, que resultó ser estupenda. Y allí fue donde mi padre murió el 29 de octubre de 2000. Evidentemente, y pese a la calidad de la residencia de Sabadell, sacamos de allí a nuestra madre y la trajimos a Barcelona, a la calle Padre Claret, para tenerla más cerca y evitarnos los viajes, pero también fue una mala experiencia. Más tarde la llevamos a Collserola, donde estuvo hasta su muerte en mayo de 2006, a punto de cumplir los noventa años. Mis padres están enterrados en el cementerio de San Andrés, donde había un nicho propiedad de la familia.

Foto-acciones-prodigioso-azar-Limpieza

Evidentemente, la casa de la calle Camps se cerró cuando ellos empezaron el periplo de residencias. Quizá hubiera sido el momento de hacer la limpieza de todo el contenido, pero los tres hermanos decidimos que mientras viviera uno de ellos no se haría por respeto. Cuando murió nuestra madre nos costó tomar la decisión, nos daba pena acudir a aquella casa y revivir todo el pasado de golpe. Sin embargo, debido a que tenían que comenzar las obras de rehabilitación del edificio, ya no hubo más remedio que personarse allí y proceder a la limpieza de todo lo que ellos, y nosotros, habíamos acumulado en una vida, muebles y tantas otras cosas que no nos podíamos llevar por falta de espacio en nuestras casas. Nos guardamos lo que nos pareció de valor y todo lo demás se vendió y llegó a los Encantes para rebotarnos de nuevo en esta experiencia que nos devuelve el pasado por un increíble golpe de azar. La reforma del edificio de Camps, 34, la ha supervisado mi sobrina, Anna Mollet, hija de mi hermano y heredera de la casa Bellesguard de Gaudí, ayudada por su marido, Carles Salillas. En la planta calle se ha dejado un piso y un local, en la primera planta dos pisos más y arriba, en la segunda planta, otro piso que es el que habitan Anna y Carles. Ahora está todo terminado, se ha tabicado todo, se ha terminado la fachada, la escalera, el vestíbulo…

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La visita al domicilio de Anna y Carles cierra esta reconstrucción que he titulado Prodigioso azar. Me cuentan mis anfitriones que llevan unos cuantos meses enfrascados en la apasionante tarea de abrir la casa Bellesguard al público, para lo que han debido acometer obras de rehabilitación en el edificio y documentar el monumento de cara a ofrecer una información completa a los futuros visitantes. Así, me entero que esta obra, construida por Gaudí entre 1900 y 1909, es la más catalanista de las que ideó. De hecho, se eleva en los terrenos que ocupó en la Edad Media la casa de campo del último rey de Aragón, Martín I, “el Humano”, por lo que se ha dicho que es un homenaje a los tiempos más florecientes de Cataluña. Está repleta de simbología, como la relacionada con el Consell de Cent y el Consolat de Mar. Sin embargo, me interesa más esta pequeña casa de la calle Camp, 34, de donde salió hace unos meses la documentación que me ha permitido añadir otro relato a este proyecto. Fueron los papeles de Ricardo y María Dolores, sus muebles, los objetos de uso cotidiano, la ropa de toda una vida que yo encontré en los Encantes y que me llevó a comprar una pequeña muestra. Ahora, me complace especialmente escuchar a esta joven pareja en el salón restaurado de su hogar. Son las voces de un nuevo ciclo que se abre.