Bucle-camarote

Otra vez en el camarote. Creo que debería hacer una buena limpieza, pero me da mucha pereza. Muebles atornillados al suelo y a las paredes, cubiertos de objetos. Las fotos que ella me regaló. Ropa tirada, que también necesita una limpieza. Desde el ojo de buey se ven los tinglados del puerto de Alicante, un paisaje familiar. ¿Cuántos años? Me gusta tumbarme sobre mi catre y escuchar el rumor de la maquinaria. Es un latido monótono que viaja a través del metal y llega junto a la almohada, a unos centímetros de mis oídos. Las paredes, los muebles vibran, mi organismo vibra como si formara parte del engranaje. Soy una pieza más del engranaje de este buque. Incluso en sueños percibo el sonido, el buque navega las veinticuatro horas. Otras veces me incorporo y abro el ojo de buey. Una cabeza de carne y hueso aparece sobre el casco. Entonces, el rumor se diluye, se disipa por su insignificancia. Las olas golpean el navío y estallan. Y mis pensamientos se deshacen como gemas de sal.

Bucle-mediterraneo

Hace dos horas que el buque navega por el Mediterráneo, sin percances, con clima benigno, a veinte nudos. Es mucho el tiempo libre que sobra tras la jornada, y las posibilidades de distracción demasiado limitadas. Películas de serie B en cintas de vídeo, campeonatos de mus y dominó, revistas sobadas, fumarse unos pitillos y beberse unas cervezas. Hoy se me ha presentado un tipo nuevo, un tal Julio. Un bisoño del mar. Debe rondar los treinta y cinco años, es huesudo, pálido de tez, de facciones agradables y rostro sereno. Lo contrario de la imagen tópica del marinero surcado de arrugas, el de torso lleno de tatuajes y aliento a ron. Solo quiere hablar conmigo, se ha fijado en mí mientras comíamos. Dice que me ha visto nervioso, que mis ojos vagaban de un lado a otro del comedor, como si temiera que las paredes se me echaran encima. Él es marinero desde hace solo dos años. Lleva encima la cartilla de navegación, que me muestra lleno de orgullo, quizá esperando rellenarla con el paso de los años. Se convertirá, me dice, en el certificado de sus peripecias por los mares del mundo, el nombre de los buques, las fechas de embarque y desembarque.

Bucle-cebollas

El buque sigue su rumbo, cargado de cebollas. Siempre llevamos cebollas desde Alicante a Canarias, siempre regresamos desde allí con plátanos. Siempre hacemos el mismo itinerario, año tras año. Se llama El Mansour Bi Llah, El Victorioso por Ala, y aunque su armador es marroquí la mayoría de la tripulación es española. Durante el día, ha cruzado por parajes que ya he visto centenares de veces. Mi cuadrilla tiene orden de lijar y preparar la superficie de las paredes que hay junto a la cabina de mando. El contramaestre, al que llaman Luisón, supervisa la labor. Han pasado junto a nosotros el capitán del buque y su oficial, también españoles. Es sorprendente la juventud del capitán, no tendrá treinta y cinco años.

Bucle-malaga

El carguero está amarrado al puerto de Málaga y las grúas trabajan en el trasiego de cajas. Julio se me acerca, saca una petaca del bolsillo trasero de su pantalón y me ofrece un trago. Vodka. La vaciamos en un momento. Quiere que le cuente anécdotas de mis borracheras por las tabernas de Málaga. Pero le digo que hace años que no bajo del buque, nunca, viaje tras viaje. Sin embargo, es verdad que tengo un amigo en este puerto, un tal Pepillo, que se cree el dueño de todos los barcos que atracan aquí. Cuando el alcohol se apoderaba de su voluntad, se ponía a enumerar los nombres de los buques, las mercancías que transportaban y las toneladas de registro bruto que llevaba anotados en cuadernos llenos de manchas.

Bucle-mus

Julio me ha pedido que juegue al mus con él. Dice que me paso las tardes encerrado. Es verdad, las tardes y los años. Julio me ha retado, medio en broma, a una partida. Me sorprenden los esfuerzos que hace para llevarme a la sala de recreo, al puente si hay alguna tertulia. No sabe que prefiero encerrarme en el camarote con las fotos. Sin embargo, he estado jugando con Julio, como le he prometido. Es un poco tonto esto de jugar dos personas al mus, me ha explicado, pero así nos iremos entrenando. Hemos repasado las señas mirándonos a la cara, una situación en verdad cómica. Quiere que formemos pareja para el campeonato que están organizando, será un acontecimiento en la vida de a bordo. Julio y Jimeno, una extraña pareja. Hasta el capitán y su oficial se han apuntado, y todos sueñan con endosarles un doble tres a cero. Julio sabe que tiene pocas posibilidades de triunfo si juega conmigo. Pero me dejo llevar, correspondiendo a sus esfuerzos. Luego damos un paseo por cubierta.

Bucle-gibraltar

¿Cuántos metros cuadrados tiene el camarote? No más de seis, un espacio angosto, una caja de resonancia de mis recuerdos. Las paredes, el techo, el mobiliario, todo es de metal, salvo el ojo de buey que tengo abierto sobre el paisaje de la otra orilla del estrecho de Gibraltar. A veces creo que sería razonable salir del enclaustramiento y dirigirme a la sala de recreo, jugar al mus con Julio, beber cervezas, admirar los rostros de los marinos, entretenerme con sus bravuconadas. Incluso asistir a retransmisiones deportivas por radio envuelto en el entusiasmo colectivo. O tentar a la fortuna en la timba y jugarme las heridas como si fuesen monedas sin valor o fichas de plástico. Se me antoja que mi camarote es la celda del penado que sólo se abandona para cumplir con el ritual del trabajo y del recreo, con el beneficio penitenciario de atracar un par de días en un puerto que ya he visitado antes demasiadas veces y ver, desde el ojo de buey, un paisaje que me resulta indiferente.

Bucle-capitan

Hoy hemos perdido la primera partida del campeonato de mus. Los esfuerzos de Julio no han dado sus frutos. Tres uno y tres cero contra el capitán y su oficial. El joven capitán ha hecho su entrada en la cantina marcando las distancias, en un tono dicharachero. Se ha sentado con ceremonia y ha pedido cubatas de ron para los cuatro, advirtiendo que no pensaba pagarlos. Confiaba en su victoria. Le ha dicho a Andrade que debían acabar cuanto antes y jugar sin concesiones. Andrade ha cumplido las órdenes y ha manejado las cartas y el rostro con rigor algo castrense. Sus ojos me han vigilado sin asomo de cansancio, científicamente, tratando de descifrar mis señas. Se lo ha tomado muy en serio y me ha sometido a un marcaje excesivo, teniendo en cuenta mi parálisis. Incluso ha interpretado mal una de mis muecas, lo que ha ocasionado una leve discusión a cuenta de un órdago. Al final, Julio ha pagado los cubatas, quitando hierro al asunto.

Bucle-carguero

Porque viajo en un carguero que surca el Mediterráneo y el Atlántico, la leve oscilación que provoca el oleaje, el aroma salado del gigantesco ser extendido, las profundidades que hay bajo mis pies y que están habitadas por la voracidad, todo cuanto me rodea me va transformando en un ser submarino, con agallas en el cuello y aletas en lugar de extremidades, escamas en la piel, y palabras como burbujas reventando en la superficie. Es una sensación que ya he experimentado en otras travesías, cuando las aristas de la existencia se van puliendo hasta convertirse en curvas repasadas por la mano húmeda, cuando los acontecimientos de la vida en el buque se cubren de una capa de laxitud y los tripulantes y los oficiales se mueven difícilmente, fuera de su elemento, tentados de lanzarse al mar para seguir a nado hasta el próximo puerto. Si escudriño las caras de mis compañeros, sus gestos, sus andares, me da la impresión que el aire que respiran es otro mar paralelo que sube hacia la estratosfera, hectómetros en vertical de una masa que aplasta, que me fuerza a permanecer tumbado sobre el catre.

Bucle-atlantico

El buque avanza despacio. Hoy el Atlántico está agitado y las olas se vuelven amenazadoras. Densos nubarrones se apoderan de la bóveda celeste y oscurece por momentos. El color cambia, como en noche prematura, dentro de poco será imposible distinguir el horizonte. Quizá por temeridad, la perspectiva del oleaje zarandeando el buque me alegra. Otros marineros se han recluido en sus camarotes con la inquietud esculpida en los rostros. Julio es uno de ellos. He descubierto el miedo en el brillo de sus ojos. Sin embargo, deseo fervientemente que el buque pase por el centro de la borrasca y se someta a la fuerza desatada. Así, durante unas horas, mis pensamientos insignificantes perderán la carga dramática. Un ejercicio físico que deja la mente en blanco y el cuerpo extenuado.

Bucle-tormenta

El mar agitado a través del ojo de buey. Mis ojos se han fijado en las grandes olas que zarandean el buque, en la vasta superficie convulsa que me hace desear el naufragio y la nueva existencia en el medio acuoso. Pero mis deseos no se van a cumplir. La tormenta remite y la vida de a bordo recupera su ritmo, la faena, las charlas animadas de los marinos que salen de sus camarotes. Paso por la sala de recreo y veo caras aliviadas, casi eufóricas. Julio juega al mus. Su expresión ha cambiado radicalmente. Al parecer, el buque ha navegado por el límite de la borrasca, sin llegar a sufrir todos sus efectos. En el fondo yo también me alegro, aunque sólo sea por estos marinos que no merecen tan malos ratos. Julio se da cuenta de que comparto su animosidad, deja el juego y se sienta conmigo a beber en otra mesa. Me presenta a Ahmed, que ha embarcado en Tánger. Tiene las uñas ennegrecidas por la grasa. Ahmed cuenta la historia de un naufragio frente a las costas de Mauritania, cuando el mercante sufrió un golpe que desgarró su casco. Muchos se fueron al fondo atrapados en las dependencias. Él tuvo suerte, le dio tiempo de saltar.

Bucle-canarias

El paisaje en el comienzo del ocaso. Hablo con Julio en cubierta mientras el carguero efectúa las maniobras de aproximación y atraque al puerto de Las Palmas de Gran Canaria. El buque pasa frente al faro. Emite ya sus poderosos destellos. La ciudad, extendida a lo largo de la costa, es una planicie opaca salpicada por la electricidad que le concede un aspecto universal. Guiado por el remolcador del práctico, el buque cruza la ensenada del puerto. Al rato, amarra en la terminal, junto a otros navíos de pabellones distintos. Los barrios viejos quedan en la otra punta. Aquí sólo se ven grúas, tinglados, contenedores superpuestos.

Bucle-gruas

Faenar en el puente, a diez metros sobre el muelle, se ha convertido en el contrapunto ideal de las horas que paso encerrado en el camarote. Pintar la superficie lijada del buque es un ejercicio minucioso que acerca a los detalles y los magnifica, como rememorar mi vida junto a ella. ¿Y la ciudad? ¿Sería conveniente desembarcar y mezclarme en el tumulto aunque sólo fuera por una tarde? ¿Debo conformarme con una visita apresurada en compañía de Julio, la terraza de un café, los seres que pasan, la algarabía de los mercados, el contacto comercial rechazado con suficiencia? Un carguero sale de puerto. Las grúas se mueven con una lentitud propia de movimientos geológicos, provocando un chirrido penetrante. Depositan las cajas sobre el muelle con mimo, como si fueran objetos frágiles. Otras grúas cargan centenares de cajas de plátanos.

Bucle-tenerife

En la cubierta del buque, con Julio, contemplo el atardecer. Hace calor, la brisa apenas se nota. Es un instante ideal para las confidencias y le hago una. En Santa Cruz de Tenerife, tres marineros bajaron para correrse una juerga por los tugurios del barrio de putas. Estaban a punto de dar parte de su desaparición a la policía cuando llegaron acompañados de cuatro mujeres negras. Iban borrachos, las mujeres también, armaron un gran escándalo hasta que se durmieron. Eran prostitutas y les habían prometido una vida cómoda si embarcaban. En la península sería distinto. Durante cuatro días pasaron por todos los camarotes, bastaba con pagar cien pesetas a los marinos. El capitán del barco nunca dijo nada. Al final, ya nadie quería saber de las putas, se habían aburrido de ellas. Fue en Tánger donde las desembarcaron a la fuerza, asustadas y sucias. ¿Qué podían hacer en un sitio tan inhóspito como Tánger? ¿Cómo regresarían a su país? Me acosté con ellas varias veces. No me arrepiento, las mujeres parecían divertirse. Pero con sus ojos inyectados me vigilaron con una angustia indescriptible.

Bucle-estela

La vida diaria se diluye, se estira, cae por la borda y se mezcla con la estela del buque. Acodado sobre la barandilla de popa, estoy convencido de que no hay tarea en el puente, ni cenas en el comedor de la marinería, ni paseos por cubierta entre pilas de cajas que se elevan como viviendas de objetos indeterminados, ni charlas con Julio, ni recomendaciones del contramaestre. Oigo las voces de unos marineros en animada tertulia, hablan de mujeres, cuentan proezas, mas percibo un zumbido de fondo que desnaturaliza la escena.

Bucle-tanger

Hemos llegado a Tánger. Me hubiera gustado contemplar desde la cubierta las maniobras del buque en su entrada a puerto, pero me quede dormido junto a sus fotografías.  Es de noche y las farolas del muelle iluminan débilmente. Las etapas de la singladura se cubren según lo previsto. ¿Me quedaré también en el camarote? ¿Encerrado? Ya no existe la tragedia, a nadie le interesa, solo es cuestión de borrarla de la memoria, de relegarla a las estanterías, de merodear por los escenarios de la batalla como quien visita una exposición canina. El buque sigue amarrado al dique de descarga del puerto. En mi paseo por cubierta he contemplado Tánger, la ciudad vieja, los minaretes gallardos. Pero el paisaje no consigue sacarme del camarote, del pasado junto a ella que recorro con una sed indescriptible. Deseo que mi conocimiento de la realidad sea tan superficial como el de los marinos que desembarcan de noche, sin consentimiento pero con la complicidad de la guardia, y se emborrachan como mandan los cánones en las tabernas del centro.

Bucle-timba

Julio me ha resumido cuanto ha podido averiguar acerca de Roberto, uno de los contrincantes de esta noche en el mus. Me ha dicho que es un tipo chiflado que ya se ha hecho famoso entre la tripulación. Estuvo en la cárcel por un asunto de tráfico de drogas y se embarcó para escapar de su vida. Tiene cuentas pendientes en Alicante y el navegar le ayuda a huir de sus deseos de venganza. Montó una timba en su camarote nada más embarcar. Al principio el ritmo de las apuestas era moderado, nada del otro mundo, una reunión de amigos que juegan al póquer. Pero en Las Palmas hubo jaleo. Había botellas de whisky y cinco marineros dispuestos a jugarse los cuartos. También estaba Luisón, el contramaestre, y el ambiente se enrareció pronto. No cae simpático, siempre acechando a los tripulantes. Al principio todo fue bien, se jugaba y bebía sin problemas, pero el ritmo de las apuestas subió como la embriaguez y la partida se tornó apasionada. A pesar de las advertencias, Roberto firmó varios pagarés a cuenta de su salario, completamente borracho, y falló en el envite definitivo con Luisón. Roberto es un tipo de mal perder, se puso a volcar vasos y botellas y a dar gritos como enloquecido. Pero en el mus será distinto. Antes de la partida me lo presenta. No es de extrañar que atraiga a Luisón, tiene el aspecto de un adolescente y el gesto cansado de los que han vivido deprisa. Sus ojos son negros y la cara de niño, pero en su boca se dibuja un rictus singular que habla sin que él lo quiera de su pasado turbulento, y que mi imaginación, durante la partida, se entretiene en rellenar con detalles grotescos, como quien mete insectos en un almohadón de seda escarlata. Roberto me vigila con astucia mientras sonríe y apura sus copas. Por supuesto, perdemos estrepitosamente.

Bucle-lluvia

Sin duda mi memoria está sufriendo transformaciones notables. Experimento truenos de certeza que me ensordecen en cualquier lugar del buque, en cubierta mientras pinto, en el camarote, y con Julio en la sala de recreo o ante los humeantes platos del almuerzo. El buque está inmóvil, no se oyen sus motores. Por el ojo de buey veo otro puerto y esta vez llueve, las gotas se estrellan en la superficie del mar con un sonido que preludia algo. Después de la cena, me he asomado a contemplar el paisaje de Málaga, la urbe gris, los charcos, las grúas de la terminal. El dique solitario, una autovía a lo lejos recorrida por luces noctámbulas. Hay luna y al fondo, como una amenaza pétrea y arquetípica, se ve Málaga, todo negro, en silencio. En cuanto terminen las tareas de estiba y desestiba El Mansour Bi Llah zarpará rumbo a Alicante. La lluvia me ha empapado y dejo que se evapore sin hacer nada. Caen gotas desde mi cabello sobre el plástico que protege sus fotos.

Bucle-nudos

¿Veinte nudos? Es una velocidad exagerada para un ingenio que se desplaza las veinticuatro horas. Si yo fuera el capitán, ordenaría un avance lento, dibujaría una ruta sobre una corriente oceánica. Pero surcamos las aguas y los motores trabajan sin fisuras, ninguna pausa se percibe. Todo se precipita, la singladura, el recuerdo, y cae en un sumidero sin fondo. Algo debe quedar del rumor de las ocupaciones de los hombres. El exagerado júbilo de la pareja triunfadora del campeonato de mus, que tuvo la suerte de derrotar en la final al capitán y a Andrade. O los gritos de Roberto, arrestado tras agredir a Luisón, que por lo visto le había ofrecido olvidarse de su deuda a cambio de favores sexuales. O la voz de Julio que ni siquiera tras su muerte se ocultará, que perdurará en una decadencia infinita, como una vibración que no se detiene. Demasiado rápido. Dentro de unas horas avistaremos la costa y los demás desembarcarán.

Bucle-mar

El buque surca las aguas del mar. Hace cuatro horas que ha zarpado del último puerto y la singladura llega a su fin. Por eso los marineros laboran a ritmo pausado, con la inercia de lo que termina, con el optimismo ante la perspectiva de pisar tierra firme. El mar está tranquilo, las olas acarician el casco del buque. Me detengo unos minutos, dejo la brocha en el cubo de pintura y me asoma por la borda. Pienso que los hombres copiamos el humor del mar. Somos animales de sangre caliente que nos recogemos y temblamos bajo la tormenta, que nos explayamos con el anticiclón y la bonanza. En este momento mis compañeros tienen los rasgos relajados, los cabellos mecidos por la brisa. Como yo, que prefiero amoldarme a las maneras universales, no hay otra posibilidad en un buque. Al menos la imaginación nada libre entre heridas y aniquilaciones, mientras escucho la espuma que forma el casco en su avance. Alicante está cerca. Cuando termine la jornada ordenaré mis cosas, las fotos y las cartas de ella, antes de subir otra vez a cubierta para contemplar la vista nocturna de la ciudad.

Bucle-alicante

El buque está fondeado frente al puerto de Alicante, otra vez, esperando su turno de entrada. Hay otros cinco o seis navíos en idéntica situación. Son las once y media de la noche del 24 de junio de 1976. La noche de San Juan. El mar es una plancha negra y silenciosa que refleja el jolgorio de la ciudad. En todos los barrios se lanzan petardos, cohetes, bengalas, y la capital resplandece a cada segundo por alguna de sus zonas. Un foco que ciega y que deja el resto sumido en la oscuridad. Escucho las tracas, me parece distinguir una por el Cabo de las Huertas, ahora en La Florida, el Casco Antiguo, quizá en Colonia Requena… El ruido de la pólvora progresa como un eco de sí mismo, libre de obstáculos, sobre el Mediterráneo plano, que actúa como canalizador de sonidos.